Claudia Piñeiro es una de
las escritoras argentinas más traducidas a otros idiomas y ha sido galardonada
con numerosos premios tanto en Argentina como en Alemania, España y México.
Además de las novelas mencionadas, es autora de obras de literatura infantil y
juvenil como “Serafín, el escritor y la bruja”, “Un ladrón entre nosotros”, “El
fantasma de las invasiones inglesas” y “Mi miedo xixi”; del libro de cuentos
“Quién no”; de las obras teatrales “Cuánto vale una heladera”, “Un mismo árbol
verde”, “Verona”, “Morite, gordo” y “Tres viejas plumas”; y del tomo de notas
periodísticas y reflexiones íntimas “Escribir un silencio”. En una entrevista
que le hizo recientemente la agencia de noticias española “EFE”, expresó su
preocupación por “los constantes ataques a la cultura” del actual gobierno
argentino con respecto a la cultura”. “Cuanta menos cultura, menos se piensa,
menos capacidad de crítica y de valorar hay” expresó, y añadió luego: “Supongo
que piensan que en la cultura hay una resistencia y una posibilidad de crítica
que no les interesa. Han desmantelado todos los organismos que podían
defenderla con la excusa de que no hay dinero. Son los tiempos que nos tocan y
quienes no estamos de acuerdo con todo eso estamos bastante confundidos en cómo
desarmarlo, es muy difícil. Han encontrado una forma de comunicarse con las
generaciones más jóvenes, muy directa, que llega mucho, y nosotros seguimos con
argumentaciones, pero nadie te quiere escuchar”.
A continuación, la segunda
y última parte de los fragmentos escogidos de las entrevistas que le hicieron
Jorge Fontevecchia (radio “Perfil”), Nora Fernández (revista “Por el Camino de
Puan”) y Florencia Ripoll y Virginia Guevara (diario “La Voz del Interior”).
El 25 de mayo de 2024,
escritores, intelectuales, artistas lanzaron una campaña contra la ley Bases o
una parte de ella, pidiendo que los legisladores la rechacen en el Congreso,
dijiste “estamos luchando para que no se aprueben las leyes, pero también para
contrarrestar un discurso horrendo de desprecio a la cultura”, ¿a qué atribuís
que la cultura sea atacada por este gobierno?
Por lo pronto es un
movimiento global. Es llamativo porque la derecha siempre fue ilustrada,
históricamente la derecha era una derecha ilustrada que tenía cultura. Ahora
hay un desprecio hacia la cultura desde todas las derechas y hay un discurso,
sobre sobre todo lo que tiene que ver con la actividad cultural o artística,
que los que hacen cine, teatro, literatura son vagos, viven del Estado. Todo un
discurso de odio que no es cierto, que genera violencias, etcétera, ¿por qué
está ese discurso? Yo creo que porque es más fácil accionar sobre determinadas
personas con discursos posibles que con discursos que todavía no pueden lograr.
Quiero decir, el gobierno prometió ciertos beneficios económicos, que vamos a
estar mejor en algún momento, etcétera, que se le iban a aprobar las leyes, que
iba a dolarizar, un montón de cosas que se van postergando. En cambio, atacar a
la cultura es fácil, y es como algo muy visible. Atacar a los grupos LGTB o
mujeres también es fácil y es muy visible. Decir que ahí está la culpa de todo
es como un argumento muy rápido para sacar conclusiones rápidas y para llegar a
determinadas personas que lamentablemente no tienen a lo mejor el tiempo, la
formación, las ganas, o lo que sea, de ponerse a pensar, pero esto que me está
diciendo ¿es así? Entonces me parece que es darle una moneda por otra. Bueno,
no te puedo dar todavía esto económico que te prometí, pero te puedo dar en
cambio que voy a destruir la cultura.
¿Eso no es la contracara
de lo mismo que se acusa en Europa y Estados Unidos al progresismo de que, en
los últimos treinta años, en lugar de producir progreso económico, lo que hacía
era lo que llaman peyorativamente “woke” (promover la ideología de género, el
igualitarismo y el colectivismo) y que no tenía ningún costo económico y era
fácil de instalar?
Lo que creo es que se
ponen culpas y responsabilidades donde no corresponde. Por ejemplo, también al gobierno
anterior se le ha dicho, se ocuparon del lenguaje inclusivo, se ocuparon de la
ley del aborto y entonces no se ocuparon otra cosa. Si no se ocuparon de otras
cosas fue por otros motivos, porque no pudieron, por la pandemia, porque se
equivocaron, porque cometieron errores, por lo que quieran, pero no porque
dieron la ley del aborto, pero no porque se ocuparon del lenguaje inclusivo.
Pero es muy fácil la simplificación. Me parece que en otras partes del mundo
pasa lo mismo, decir “porque se ocupan de esto entonces, desatendieron esto
otro”, todo lo que se gasta en esos proyectos o programas no es lo que cambia
la economía de un país. Acaban de cerrar o sacar el 80% del personal de la
Subsecretaría de Protección contra la Violencia de Género, ¿cuánta plata se van
a ahorrar con eso? Y queda el 144, el teléfono donde uno llamaba si tenía
violencia de género, las personas que acompañaban a las mujeres en violencia de
género. ¿Cuánta plata pensás que se puede ahorrar con el impuesto que quieren
sacar con el que se financia el Fondo Nacional de las Artes?, ¿es sustancial
para el presupuesto del país? Estoy segura de que no, y sin embargo lo dan como
“uy, mirá lo que logramos, acá desmantelamos esto, acá sacamos este impuesto”.
En cuanto a la cultura
democrática. ¿Qué estás viendo del modo en que hoy discutimos, debatimos y
decidimos? Todos estamos muy alertas a los cambios de los últimos años en
cuanto a la discusión pública.
Sí, creo que todos estamos
muy alertas. Más allá de que hay algunas instituciones que parecen no funcionar
del todo como a mí me gustaría, las instituciones están ahí para defendernos de
avances y desbordes. Pero creo que donde se ve muchísimo el deterioro de la
cultura democrática es en la conversación pública. Se observa en los insultos y
en la forma de tratarnos que, por otra parte, vienen avalados desde el poder.
Es muy difícil escapar de ese tipo de conversación hostil cuando está derramada
desde los lugares más importantes del gobierno.
¿Y cómo te llevás vos con
las redes sociales? Son una especie de discusión más transversal y horizontal,
aunque allí también se da esa línea de arriba hacia abajo; el presidente, por
ejemplo, las utiliza mucho. ¿Creés que ese tipo de ámbitos está erosionando la
discusión democrática?
Sin duda que sí. Pero, por
otra parte, a veces me parece que es inútil luchar contra lo que ya está
establecido. Cuando empezamos a manejar gran parte de nuestra discusión a
través de las redes sociales -sobre todo a través de “X”, que es donde más se
debate este tipo de cosas-, al principio decías: “Bueno, no importa, son sólo
las redes”. Pero la verdad es que muchas veces lo que pasa en las redes se
traslada a la calle y a los medios de comunicación. Si prendés la televisión,
mirás los diarios o escuchás la radio, ves que levantan cosas que estaban en “Twitter”
antes. Entonces, por más que quieras decir “son sólo las redes, las agresiones
quedan ahí, hay que salirse”, si te salís, te quedás un poco fuera de la
conversación. Yo soy una persona grande, tengo quizás una posibilidad diferente
de soportar ciertos embates o de correrme cuando me parece que me tengo que
correr. Pero tengo un montón de amigas escritoras y actrices que la pasan mal.
Y digo “amigas” en femenino porque fuimos más atacadas las mujeres que los
varones, o somos atacadas de una manera que nos cuesta más soportar. Por eso,
muchas compañeras se fueron de las redes. A mí me parece que irte del todo
provoca que te retires de esa conversación, y entonces no tenés la posibilidad
de comentar tu trabajo, de avisar que vas a estar mañana en Córdoba, por
ejemplo, o de comunicar determinadas cosas interesantes a un montón de gente
que sí conversa bien en esas plataformas.
¿Y dónde ves, mirando en
términos generales el ámbito de la cultura, las resistencias más interesantes a
esta serie de disvalores que erosionan la conversación y la democracia? Se
habla mucho de que la dirigencia política está metida en bloque ahí adentro y
que no hay una oposición que se diferencie. ¿Ves en la cultura algún
contramensaje interesante?
En todo lo que nombraste
veo resistencia, y me parece que son espacios que tenemos que preservar. Por
ejemplo, lo que pasó con la ley de supuesta inviolabilidad de la tierra, que en
realidad facilitaba la extranjerización, demuestra cómo la gente sale a la
calle y discute de manera transversal. Había personas de distintos partidos
políticos y ciudadanos sin ninguna inclinación partidaria defendiendo algo que
es de todos. Esas son las manifestaciones más interesantes desde la cultura y
desde las ciencias. Muchos de los que convocaron a esa marcha fueron músicos
jóvenes, también escritores, pero los músicos son más conocidos popularmente y
lograron llegar a un montón de chicos y chicas a los que de otra manera no se
puede llegar. Su trabajo fue genial porque construyó un mensaje muy positivo de
solidaridad. Los científicos también están muy dispuestos a dar batalla cuando
la situación lo justifica. Lo que pasa es que son tantas las batallas diarias
que a veces hay que cuidarse y dosificar la energía.
Mencionabas que hay que
elegir y dosificar la energía para las batallas que valen la pena. El gobierno
también parece notar ciertos límites; por ejemplo, con el intento de desregular
la Ley del Libro y eliminar el precio único de tapa, donde finalmente
retrocedieron. ¿Qué postura tenés sobre esta cuestión del libro?
Era hora de que se dieran
cuenta de que del otro lado hay una resistencia y de que no se pueden modificar
las cosas de manera patotera, diciendo simplemente “vengo y cambio esto”. Con
respecto a la Ley de Fomento de la Actividad Librera y Editorial, no sólo es
fundamental defender el precio único de tapa, sino también otro artículo del
que se habla menos: el fondo para la compra de libros destinado a las
bibliotecas populares. Ese punto es tan importante como el precio único. Las
bibliotecas populares tienen una red sumamente desarrollada en todo el país y
llegan allí donde el mercado no llega, garantizando el acceso a la lectura para
quienes no pueden comprar un libro. Ese artículo también estuvo bajo amenaza. Para
explicárselo de manera sencilla a la gente que a lo mejor se pregunta: “¿Por
qué no está bien que me vendan el libro más barato en un supermercado?”: un
supermercado puede bajar el precio del libro porque su ganancia principal está
en vender arroz o Coca-Cola. Se puede permitir ese margen de pérdida que una
librería independiente no tiene. Si las librerías de barrio cierran porque no
pueden competir, el supermercado pasa a tener el monopolio y luego pone el
precio que quiere. Esto ya se vio en los países que desregularon su mercado
literario. Inglaterra eliminó el precio único y vio caer una enorme cantidad de
librerías independientes, lo que terminó bajando el índice general de lectores.
En cambio, países con un público lector consolidado y una gran diversidad
editorial -como España, Italia, Francia y Argentina- sostienen con firmeza la
Ley del Libro. Además, está el tema de la diversidad. Un supermercado sólo va a
comprar y exhibir los libros de altísima venta. Si eliminamos las librerías,
¿cómo hace el lector para conseguir esas otras obras que no representan un
negocio masivo pero que son esenciales para nuestra cultura? Lo mismo que
ocurre con los supermercados se aplica a las grandes corporaciones de venta
online; lo que en Estados Unidos se ve con “Amazon”, aquí se vería reflejado
con “Mercado Libre”.
Tuviste un rol muy activo
en el debate por la legalización del aborto y en la defensa de las políticas
contra la violencia de género. El gobierno actual asumió con un discurso
marcadamente antifeminista, sugiriendo incluso eliminar la figura del femicidio
como agravante en el Código Penal. ¿Cómo analizás esta situación? ¿Por qué
creés que las derechas van de forma tan sistemática contra estas conquistas?
Es una teoría larguísima
de desarrollar, pero hay factores muy concretos. En primer lugar, las
estadísticas demuestran que las mujeres votan menos a las opciones de
ultraderecha que los hombres, tanto en Argentina como en el resto del mundo.
Por otro lado, en el sistema capitalista, las mujeres hemos aportado
históricamente una cantidad colosal de trabajo gratuito a través de las tareas
de cuidado no remuneradas. Algunos estudios estimaban que ese trabajo
representaba cerca del 20% del Producto Bruto Interno. A ese modelo económico
no le conviene que las mujeres dejen de realizar ese trabajo gratuito para
perseguir una vida profesional o para decidir tener menos hijos. Pero lo que
más me preocupa hoy es que el mundo, más que por los presidentes de los países,
está empezando a ser manejado por los “tecnofeudales”, los dueños de las
grandes corporaciones de tecnología e inteligencia artificial. Y en ese grupo
son todos varones; no hay mujeres en la mesa de decisiones. El mundo del futuro
está siendo diseñado por señores que promueven discursos donde las mujeres
deben volver al hogar y dedicarse exclusivamente a la reproducción. Tenemos que
ser muy conscientes de esto, tanto las mujeres como los hombres que no queremos
vivir en un mundo diseñado bajo esa concepción restrictiva.
Usás frecuentemente la
palabra “resistencia”. ¿Cómo se conjuga ese concepto con un gobierno
democrático que ganó legítimamente en las urnas? ¿Quién resiste y qué pensás de
aquellos que no comparten esa visión? ¿No sería mejor buscar la convivencia?
El Gobierno ganó las
elecciones en buena ley, eso no se discute. Lo votó un montón de gente, aunque
creo que a esta altura muchos de sus votantes ya no opinan lo mismo en varios
aspectos, o quizás lo votaron por motivos económicos y no están de acuerdo con
los insultos diarios, con el hostigamiento a los periodistas o con el fomento
del odio. Ahora bien, ganar una elección no significa tener un cheque en
blanco. Un gobierno democrático debe gobernar para toda la población, no sólo
para quienes lo votaron. Nosotros tenemos el legítimo derecho a resistir
aquellas medidas que nos dañan. Me preguntás si no sería mejor convivir. A mí
me encantaría convivir; yo tengo la posibilidad material de hacerlo porque
tengo un trabajo y un ingreso estable. Pero miremos a nuestro alrededor: una
persona con discapacidad a la que le recortan la asistencia médica o el
transporte tiene que resistir. Un jubilado que debe elegir entre comprar sus
remedios o comer tiene que resistir. Un científico al que le quitan las becas
tiene que resistir. Para muchísimos ciudadanos hoy, la palabra “resistir” no es
una declaración de guerra armada; es simplemente la lucha diaria por no ser
arrojados fuera del sistema, por sobrevivir. Resistir, en este contexto, es un
mecanismo de supervivencia.