5 de marzo de 2015

El cerebro, ese obscuro objeto de las neurociencias (4). Rastreo

Poco se sabe sobre los conocimientos acerca del cerebro que tenían las antiguas civilizaciones anteriores a los griegos. La suposición de que el cerebro era un órgano que causaba enfermedades o conductas anómalas se remonta aparentemente a los pueblos mesolíticos, los que utilizaban la trepanación como tratamiento quirúrgico para curar o extirpar el mal que suponían localizado en alguna de sus partes. Existen numerosos restos humanos con incisiones en el cráneo en los pueden verse los distintos tipos de perforaciones que se realizaban. Esa variedad hace suponer que esta práctica quirúrgica pudo haber sido utilizada tanto para prácticas religiosas como para tratar de curar enfermedades. Edwin Smith (1822-1906), un norteamericano mercader de antigüedades, adquirió en enero de 1862 a un traficante egipcio -supuestamente de manera ilegal- un papiro que conservaría hasta su muerte, cuando su hija lo donó a la New York Historical Society, uno de los museos de historia más importantes de Estados Unidos. El documento, que pasó a conocerse como Papiro Quirúrgico de Edwin Smith, es un tratado médico egipcio que data aproximadamente del siglo XVII a.C. En él aparecen por primera vez términos médicos específicos como cerebro, fractura y convulsión, y también se describen procesos fisiológicos, entre ellos el retorno sanguíneo, el sistema nervioso y la importancia de la columna vertebral como centro de control y movimiento. James Breasted (1865-1935), director del Instituto de Estudios Orientales de la Universidad de Chicago durante los años ’20 del pasado siglo, se encargó de la traducción y es quién sugirió que el autor pudo haber sido un cirujano militar debido a la gran cantidad de lesiones traumáticas que se describen.
Al igual que este papiro, el Papiro de Ebers presenta tratamientos para numerosas enfermedades. El documento, que actualmente se conserva en la Universidad de Leipzig, Alemania, fue descubierto en 1873 por el egiptólogo alemán Georg Ebers (1837-1898) en Luxor y data del siglo XVI a.C. Está escrito en escritura hierática egipcia y contiene la información más voluminosa de la medicina egipcia antigua conocida. El corazón es presentado como el centro del flujo sanguíneo, con vasos unidos para todos los miembros del cuerpo, y los trastornos mentales están detallados de manera tal que se desprende que, para los antiguos egipcios, no existían diferencias entre las enfermedades mentales y físicas. Existen además otros papiros tanto o más antiguos que los mencionados: el de Brugsch, el de Kahoum, el de Hearst, etc. Luego de estos documentos, deben considerarse los escritos del médico griego Hipócrates de Cos (460-370 a.C.) como los de mayor calidad y análisis de la antigüedad por cuanto contienen las primeras explicaciones objetivas sobre enfermedades cerebrales. En ellas rechazó las supersticiones, leyendas y creencias populares que señalaban como sus causantes a fuerzas sobrenaturales o divinas. Unos años más tarde, otro médico griego, Herófilo de Calcedonia (335-280 a.C.), consideraría que las funciones humanas, las conductas, las pasiones, la personalidad -esto es, la forma en como cada uno se manifestaba y era percibido por los otros-, estaban organizadas o impulsadas por el alma, y que ésta estaba situada en el cerebro.


La palabra “personalidad” proviene del latín “per so­nare”, que significa “hablar a través de” y del griego “prosopón”, que cuyo significado es “máscara”. Esto deriva de la práctica en los actores de la épo­ca clásica que hablaban a través de unas máscaras que cubrían sus rostros y que denotaban el carácter del personaje y de la obra que estaban interpretan­do. Resulta difícil dar una definición adecuada de la personalidad, es decir, de la naturaleza del hombre escondida tras la máscara del comportamiento. Durante mucho tiempo se pensó que el lóbulo frontal -la gran masa de tejidos que se extiende desde detrás de la frente hasta el surco central de la corteza cerebral- era el centro del control emocional y la sede de la inteligencia. Incluso, para tratar ciertas psicosis como la esquizofrenia y la paranoia aguda, el psiquiatra y neurocirujano portugués António Egas Moniz (1874-1955) creó en 1936 la lobotomía, un tratamiento quirúrgico consistente en cortar las fibras nerviosas que unen los lóbulos prefrontales del cerebro con el tálamo, centro de retransmisión de impulsos sensoriales. Actualmente se sabe que el lóbulo frontal es el responsable de la ideación y del juicio, y que proporciona la facultad de formar conceptos -y de modificarlos- mediante el uso de información procedente de otras áreas del cerebro tales como la de la memoria. De todas maneras, desde que se conoció que el lóbulo frontal asumía un papel significativo en la actividad mental superior, se creyó que ésta era la parte del cerebro esencialmente responsable de la personalidad, de la combinación de cuali­dades que hace de cada uno un ser único.
La idea viene de lejos, desde el ya mencionado Hipócrates, quien clasificó el temperamento humano partiendo de la consideración de que existían cuatro sustancias corporales (humores): sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla. La preponderancia del “humor” sangre originaba individuos sanguíneos; los tipos flemáticos eran perezosos; los que tenían un exceso de bilis amarilla eran coléricos; y en los que predominaba la bilis negra, había una tendencia hacia la melancolía y la depresión. Esas descripciones subsisten todavía en el lenguaje de la personalidad, y, hasta la aparición de la psicología y la psiquiatría científicas a finales del siglo XIX, no empezaron a ser formuladas teorías basadas en la observación clínica y en la investigación. Y no sólo se buscó explicar en términos científicos la personalidad sino también, con la intención de descubrir cómo son realmente los seres humanos y por qué se comportan como lo hacen, se investigaron las causas de la genialidad, aquel talento fuera de lo común, con una capacidad intelectual extraordinaria, que es asociado comúnmente a logros sin precedente, creativos y originales.
En ese sentido, en 1925 el gobierno soviético invitó al físico y neurólogo alemán Oskar Vogt (1870-1959), director del Kaiser Wilhelm Institut für Hirnforschung, una institución berlinesa dedicada a la investigación del cerebro, a que se trasladara a Moscú. Vladimir Ilich Ulianov (1870-1924), más conocido como Lenin, líder de la Revolución Rusa y fundador del Estado soviético, había muerto el año anterior y las autoridades contrataron a Vogt para que examinara su cerebro como punto de partida para establecer en Moscú un instituto dedi­cado al desarrollo de la neuropsicología. Luego de algo más de un año, tiempo que tardó en cortar en 34.000 pequeñas láminas el cerebro de Lenin para someterlas a estudio, presentó su primer informe: "El marcado desarrollo de las células piramidales de la cor­teza cerebral produjo, forzosamente, una intensificación de la actividad general de las diver­sas divisiones del cerebro. El gran número de conexiones procedentes de dichas células une porciones del cerebro que de otra forma habrían estado ampliamente separadas, lo que explica, además, el amplio espectro y la multiplicidad de ideas que se desarrollaron en el cerebro de Lenin; y explica en particular su capacidad para imponerse rápidamente cuando se veía confrontado con situaciones y proble­mas de alta complejidad. La multiplicidad de ideas, junto con la amplitud y rapidez de su poder para concebirlas, produjeron en Lenin una intuición fenomenal. En otras pala­bras, la actividad cerebral de Lenin es compa­rable a toda una ola de sonidos estrechamente entrelazados, que se topan en vértigo unos con otros y, sin embargo, están combinados de tal manera que el resultado es una poderosa armo­nía". Semejante informe llevó a los jerarcas soviéticos a proponerle al médico alemán a que en un futuro trabajase sobre otros prestigiosos cerebros con la intención de ampliar los conocimientos en la materia. Así se pensó en estudiar los cerebros del escritor Maksim Gorki (1868-1936), del poeta Vladimir Mayakovsky (1893-1930) o del famoso descubridor del reflejo condicionado, el fisiólogo Iván Pávlov (1849-1936), algo que, para bien o para mal, no sucedería tras sus respectivos fallecimientos.


El caso de Lenin no fue el único, cier­tamente, en la búsqueda por descubrir el fundamento neuroanatómico de la genialidad. De hecho, los cerebros de muchas personalidades destacadas del siglo XX fueron a parar a labo­ratorios con esa intención: el del maris­cal Józef Piłsudski (1867-1935), artífice de la restauración de Polonia tras la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, fue minuciosamente rebanado en 14.000 láminas. Y también el del físico alemán Albert Einstein (1879-1955), cuyo caso es no sólo singular sino también extravagante. Thomas Stoltz Harvey (1912-2007), el patólogo que le realizó la autopsia luego de su muerte, le inyectó formol a través de la arteria carótida interna, lo diseccionó en 240 bloques y los encapsuló en probetas del plástico que guardó en una caja de cartón. Durante más de dos décadas los conservó en el refrigerador de su casa de Kansas con la esperanza de que la neurociencia del futuro fuera capaz de descubrir que era lo que había hecho a Einstein ser tan inteligente. En 1978 un equi­po californiano de neuroanatomistas -dirigi­do por los doctores Arnold Scheibel (1930) y Marian Diamond (1926)- logró convencerlo de que les per­mitiera tomar algunas pruebas y se llevaron cuatro trozos para someterlos al microscopio.
Basado en trabajos previos de la docto­ra Diamond -que había investigado el inusual desarrollo de las células lla­madas gliales en la corteza cerebral de ratas introducidas en un hábitat enriquecido-, el enfoque del equipo californiano fue original: el incre­mento de células gliales podría ser el reflejo de un mayor empleo de las células neuronales, y el cerebro de Einstein debería demostrarlo, como que él mismo había dicho alguna vez que "el juego combinatorio de signos e imágenes" produce pensamientos productivos. En efecto, descubrieron que en un área mínima del hemisferio izquierdo había un número de células gliales mucho más considerable que el habitual en cerebros normales, lo que les permitió suponer que las células neuronales vecinas, excitadas por la acción y producción cerebral de Einstein, nece­sitaban mucho más los servicios metabólicos que realizan las células gliales. El informe de los doctores Scheibel y Diamond explicaba que "la cantidad de materia gris no guarda relación con la genialidad, pero la manera en que las neuronas están conectadas sí podría tenerla: la gente brillante tiene autopistas neuronales más complejas y eficientes que las habituales para transmitir información". Evidentemente, la idea de encontrar la genialidad humana en un punto espe­cífico del cerebro tenía una fascinación semejante a la que en el Medievo provocó la búsque­da de la piedra filosofal.
A principios del siglo XX, Sigmund Freud (1856-1939), médico neurólogo austríaco, padre del psicoanálisis, desarrolló una detallada teoría de la personalidad sustentada en su experiencia en el tratamien­to de pacientes a los que instaba a “hacer consciente lo inconsciente” diciendo todo aquello que se les ocurriera sin censurarse nada. El neurólogo vienés, quien subrayó la importancia de los primeros años de la infancia, fue el primer teórico que elaboró los aspectos del desarrollo de la persona­lidad. Teorizó acerca del aparato psíquico y, como se requería de un método aceptado por la comunidad científica, trató de dar una explicación “tópica”, es decir, designar un lugar para los procesos que la clínica le mostraba. Es así como formuló su Primera Tópica formada por tres sistemas: el Consciente, el Preconsciente y el Inconsciente. Sin embargo la clínica le mostraría que el inconsciente también tenía un aspecto dinámico y que no siempre habría de llegar a la conciencia. Luego de muchas elucubraciones, años más tarde, alrededor de 1920, formuló su Segunda Tópica en la que delimitó tres instancias: el Ello (que sería el polo pulsional, inconsciente), el Yo (mediador entre el Ello, el Superyo y la Realidad), y el Superyo (donde se ubica la conciencia moral, la auto observación y la formación de ideales). Aunque resulta difícil poder establecer un paralelismo entre ambas tópicas, a grandes rasgos podría verse así: los sistemas Inconsciente, Consciente y Preconsciente definidos en la etapa 1913-1915 se corresponden a las instancias formuladas a partir de 1920 del Ello, el Yo y el Superyo respectivamente.
El psiquiatra suizo Carl Gustav Jung (1875-1961), quien trabajó en su juven­tud con Freud y formó más tarde su propia escuela de psicoanálisis, elaboró su propia teoría de la personalidad, compleja y más bien mística, en la que incluyó tanto los factores derivados de las experiencias vividas por el individuo que han sido reprimidas u olvidadas, como los modelos de comportamiento y los recuerdos derivados del pasado ancestral del hombre. Por el contrario, el médico y psicoterapeuta austríaco Alfred Adler (1870-1937), también en un principio discípulo de Freud, consideraba la consciencia como el centro de la personalidad ya que sostenía que los se­res humanos eran conscientes de las razones que determinaban su conducta.


El neurocientífico británico Francis Crick (1916-2004), uno de los descubridores en 1953 de la estructuración en doble hélice del ADN junto al biólogo estadounidense James Watson (1928), dedicó la ultima etapa de su vida científica al estudio de la conciencia. Buscando los correlatos neuronales mínimos necesarios para dar lugar a un aspecto específico de la conciencia, Crick señaló en su obra “The astonishing hypothesis: the scientific search for the soul” (La búsqueda científica del alma: una revolucionaria hipótesis para el siglo XXI), que “todas nuestras alegrías y sufrimientos, nuestras ambiciones y memorias, el sentido de nuestra identidad y de nuestro libre albedrío, no son más que el funcionamiento de amplias redes neuronales y de las moléculas asociadas a estas conexiones neurales”.
Como quiera que sea, que el cerebro está involucrado en la ejecución del conocer y del querer es una constatación antigua, la que se desarrolló al comprobar que las lesiones de la cabeza podían provocar un deterioro de los procesos mentales. A pesar de la tesis platónica que sostenía que el alma podía existir al margen del cuerpo y de las vacilaciones aristotélicas a la hora de atribuir una función al cerebro, ya en la Edad Media el científico persa Ibn Sina (980-1037), más conocido por su nombre latinizado Avicena, uniendo la práctica de la medicina al cultivo de la filosofía elaboró la tesis de que el cerebro era el órgano implicado en la actividad cognitiva y afectiva del hombre y el que explicaba enteramente su conducta.