Durante los últimos años de su vida Copleston
dictó conferencias en distintas partes del mundo e impartió clases en la
Gregorian University de Roma y en la Santa Clara University de California.
Mientras tanto, nunca dejó de escribir y publicó ensayos como “Schopenhauer.
Philosopher of pessimism” (Schopenhauer, vida del filósofo pesimista),
“Aquinas” (Aquino), “Contemporary philosophy. Studies of logical positivism and
existentialism” (Filosofía contemporánea. Estudios sobre el positivismo lógico
y el existencialismo), “Philosophies and cultures” (Filosofías y culturas) y
“Religion and the One. Philosophies East and West” (La religión y el Uno.
Filosofías orientales y occidentales). En 1958 se editó en la Argentina el
libro “Por qué no soy cristiano y otros ensayos sobre asuntos relacionados con
la religión” de Bertrand Russell. El mismo contiene una colección de ensayos
escritos por el autor de “In praise of idleness” (Elogio de la ociosidad) y
“The ABC of relativity” (El ABC de la relatividad) entre 1899 y 1954. En el
mismo se reprodujo una versión del tan mentado debate con Copleston del año
1948, cuya cuarta y última parte se transcribe a continuación.
La exposición de
Copleston, como ya se dijo, estuvo enmarcada dentro del esquema de la doctrina
escolástica clásica, en su intento por demostrar la existencia de Dios.
Russell, por su parte, adoptó una postura defensiva, manteniendo en todo
momento su posición agnóstica.
F.C.: Bien, ¿acepta alguna obligación moral?
B.R.: El responder a eso me obligaría a extenderme
mucho. Hablando en términos prácticos, sí. Hablando teóricamente, tendría que
definir la obligación moral muy cuidadosamente.
F.C.: Bien, ¿cree que la palabra “debo” tiene
simplemente una connotación emocional?
B.R.: No, no lo creo, porque, como decía hace un
momento, uno tiene que tener en cuenta los efectos, y yo opino que la buena
conducta es la que probablemente produciría el mayor saldo posible en valor
intrínseco de todos los actos posibles de acuerdo con las circunstancias, y hay
que tener en cuenta los efectos probables de una acción al considerar lo que es
bueno.
F.C.: Bien, yo traje a colación la obligación moral
porque pienso que uno puede acercarse por ese camino a la cuestión de la
existencia de Dios. La gran mayoría de la raza humana hará, y siempre ha hecho,
alguna distinción entre el bien y el mal. La gran mayoría, a mi entender, tiene
alguna conciencia de una obligación en la esfera moral. Yo opino que la
percepción de valores y la conciencia de una ley y una obligación morales tienen
su mejor aplicación en la hipótesis de una razón trascendente del valor y de un
autor de la ley moral. No entiendo por “autor de la ley moral” un autor
arbitrario de la ley moral. Creo, en realidad, que esos ateos modernos que han
sostenido, a la inversa, “no hay Dios; por lo tanto, no hay valores absolutos
ni ley absoluta” son completamente lógicos.
B.R.: No me gusta la palabra “absoluto”. No creo que
haya nada absoluto. La ley moral, por ejemplo, cambia constantemente. En un
período del desarrollo de la raza humana casi todo el mundo pensaba que el
canibalismo era un deber.
F.C.: Bien, no veo que las diferencias entre juicios
morales particulares constituyan ningún argumento concluyente contra la
universidad de la ley moral. Supongamos por el momento que hay valores morales
absolutos; incluso manejando esta hipótesis sólo se puede esperar que
diferentes individuos y diferentes grupos posean diversos grados de percepción
de esos valores.
B.R.: Me siento inclinado a pensar qué “debo”, el
sentimiento que uno tiene acerca de “debo”, es un eco de lo que nos han dicho
nuestros padres y nuestras ayas.
F.C.: Bien, yo me pregunto si se puede acabar con la
idea del “debo” solamente en términos de ayas y de padres. Realmente no sé cómo
puede ser transmitida a nadie en otros términos que los propios. Me parece que,
si hay un orden moral que pesa sobre la conciencia humana, entonces ese orden
moral es ininteligible sin la existencia de Dios.
B.R.: Entonces, tiene que elegir una de las dos cosas.
O Dios sólo habla a un pequeño porcentaje de la humanidad -que da la casualidad
que le comprende a usted-, o deliberadamente dice cosas que no son ciertas,
cuando se dirige a la conciencia de los salvajes.
F.C.: Bien, yo no estoy sugiriendo que Dios dicte
realmente los preceptos morales a la conciencia. Las ideas humanas del
contenido de la ley moral dependen, desde luego, en gran parte de la educación
y del medio, y un hombre tiene que usar su razón al estimar la validez de las
ideas morales reales de su grupo social. Pero la posibilidad de criticar el
código moral aceptado presupone que hay un patrón objetivo, que hay un orden
moral ideal, que se impone (quiero decir, cuyo carácter obligatorio puede ser
reconocido). Creo que el reconocimiento de este orden moral ideal es parte del reconocimiento
de la contingencia. Implica la existencia de un fundamento real de Dios.
B.R.: Pero el legislador siempre ha sido, a mi parecer,
los padres o alguien semejante. Hay muchos legisladores terrestres, lo que
explica por qué las conciencias de la gente son tan extraordinariamente
distintas en diferentes tiempos y lugares.
F.C.: Eso ayuda a explicar las diferencias de
percepción de los valores morales particulares, diferencias que de lo contrario
son inexplicables. Ayudará también a explicar los cambios en materia de ley
moral, en el contenido de los preceptos aceptados por esta o aquella nación, o
este o aquel individuo. Pero su forma, lo que Kant llama el imperativo
categórico, el “debo”, yo realmente no sé cómo puede ser inculcado a nadie por
los padres o las ayas, porque no hay términos posibles, que yo sepa, con que se
pueda explicar. No puede definirse con otros términos que los suyos propios,
porque una vez que se le ha definido en otros términos que ésos, se ha
terminado con él. Ya no es un deber moral. Ya es otra cosa.
B.R.: Bien, yo creo que el sentimiento del deber es la
consecuencia de la imaginaria reprobación de alguien; puede ser la imaginaria
reprobación de Dios, pero es la reprobación imaginaria de alguien. Y eso es lo
que yo entiendo por “deber”.
F.C.: A mí me parece que todas las cosas externas, las
costumbres y tabúes, son las que pueden ser explicadas en base al medio y la
educación, mas todo eso pertenece, a mi entender, a lo que llamo la materia de
la ley, al contenido. La idea de “deber” es tal que no puede ser inculcada a un
hombre por un jefe de tribu ni por nadie, porque no hay términos para ello. Me
parece perfectamente...
B.R.: Pero no encuentro ninguna razón para decir eso.
Todos sabemos algo sobre reflejos condicionados. Sabemos que un animal, si se
le castiga habitualmente por un determinado acto, al cabo de un tiempo dejará
de hacerlo. No creo que el animal deje de hacerlo porque se ha dicho “mi amo se
enfadará si hago esto”. Tiene la sensación de que no debe hacer aquello. Eso es
lo que ocurre con nosotros y nada más.
F.C.: No veo ninguna razón que nos haga suponer que un
animal tiene conciencia de la obligación moral; y la verdad es que no
consideramos a un animal moralmente responsable por sus actos de desobediencia.
Pero el hombre tiene conciencia de la obligación y de los valores morales. No
creo que se pueda condicionar a los hombres, como se puede “condicionar” a un
animal, ni supongo que usted quisiera hacerlo realmente, aun cuando se pudiera.
Si el conductismo fuera cierto, no habría distinción moral objetiva entre el
emperador Nerón y San Francisco de Asís. No puedo menos que pensar, Lord
Russell, que usted considera la conducta del comandante de Belsen como
moralmente reprensible, y que usted jamás, bajo la circunstancia que fuese,
actuaría de ese modo, aun cuando pensase, o tuviera razones para pensar, que
posiblemente el saldo de felicidad de la raza humana podría aumentarse si se
tratase a algunas personas de esa manera abominable.
B.R.: No. Yo no imitaría la conducta de un perro
rabioso. Pero el que no lo hiciera no incumbe a la cuestión que estamos
discutiendo.
F.C.: No, pero si usted estuviera dando una explicación
utilitaria del bien y del mal en términos de consecuencias, podría sostenerse,
y yo supongo que algunos de los mejores nazis lo habrán sostenido, que, aunque
es lamentable proceder de este modo, sin embargo, a la larga el saldo de
felicidad es mayor. No creo que usted afirme eso, ¿verdad? Yo creo que usted
dirá que esa acción es mala, en sí, aparte de que aumente o no la felicidad
general. Entonces, si está dispuesto a decir esto, creo que debe de tener
cierto criterio del bien y del mal, al margen del criterio del sentimiento.
Para mí, ese reconocimiento tendría como último resultado el reconocimiento de
Dios, como suprema razón de los valores existentes.
B.R.: Creo que nos estamos confundiendo. No es el
sentimiento directo hacia el acto el que me sirve de juicio, sino más bien el
sentimiento hacia sus efectos. Y no puedo reconocer circunstancia alguna en la
cual ciertas clases de conducta como las que ha estado poniendo como ejemplo
podrían causar un bien. No concibo circunstancias en las cuales pudieran tener
un efecto beneficioso. Creo que las personas que lo creen se engañan. Pero si
hubiera circunstancias en las que produjesen un efecto beneficioso, entonces
podría verme obligado a decir, aunque de mala gana, “no me gustan esas cosas,
pero las aceptaré”, como acepto el Código Penal, aunque el castigo me molesta
profundamente.
F.C.: Bien, quizás ha llegado el momento de que yo haga
un resumen de mi postura. He discutido dos cosas. Primero, que la existencia de
Dios puede ser probada filosóficamente, mediante un argumento metafísico;
segundo, que sólo la existencia de Dios da sentido a la experiencia moral y a
la experiencia religiosa del hombre. Personalmente, opino que su modo de
explicar los juicios morales del hombre lleva inevitablemente a una
contradicción entre lo que exige su teoría y sus juicios espontáneos. Además,
su teoría da de lado a la obligación moral, y eso no es una explicación. Con
respecto al argumento metafísico, aparentemente estamos de acuerdo en que lo
que llamamos mundo consiste sencillamente en seres contingentes. Es decir, en
seres carentes de razón para su propia existencia. Usted dice que la serie de
acontecimientos no necesita explicación: yo digo que, si no hubiera un ser
necesario, un ser que tuviera que existir y no pudiera dejar de existir, no
existiría nada. El carácter infinito de la serie de seres contingentes, aun probado,
no conduciría a nada. Hay algo que existe, por lo tanto tiene que haber algo
que explique este hecho, un ser que esté al margen de la serie de seres
contingentes. Si usted hubiera admitido esto, podríamos haber discutido si ese
ser es personal, bueno, etcétera. En el punto sobre el que hemos realmente
discutido, si hay o no un ser necesario, yo estoy de acuerdo con la gran
mayoría de los filósofos clásicos. Usted sostiene, según creo, que los seres
existentes existen sencillamente, y que no hay justificación para plantear la
cuestión de la explicación de su existencia. Pero yo querría indicar que esta
posición no puede fundamentarse mediante el análisis lógico; expresa una
filosofía que necesita pruebas. Creo que hemos llegado a un callejón sin salida
porque nuestras ideas filosóficas son radicalmente diferentes; me parece que a
lo que yo llamo una parte de la filosofía, usted lo llama el total, al menos en
lo que tiene de racional la filosofía. Me parece, si me perdona que se lo diga,
que además de su sistema lógico, que llama “moderno” por oposición a la lógica
anticuada (un adjetivo tendencioso), defiende una filosofía que no puede ser
verificada mediante el análisis lógico. Después de todo, el problema de la
existencia de Dios es un problema existencial mientras que el análisis lógico
no trata directamente los problemas de la existencia. Luego, a mi modo de ver,
declarar que los términos que suponen una serie de problemas carecen de
sentido, porque no son necesarios para tratar otra serie de problemas, es
establecer desde un principio la naturaleza y la extensión de la filosofía, y
esto en sí mismo es un acto filosófico que necesita justificación.
B.R.: Bien, también yo diré unas cuantas palabras como
resumen. Primero, en cuanto al argumento metafísico: no admito las
connotaciones del término “contingente” o la posibilidad de explicación en el
sentido del padre Copleston. Creo que la palabra “contingente” inevitablemente
sugiere la posibilidad de algo que no tendría lo que llamaría usted el carácter
accidental de existir simplemente, y no creo que esto sea verdad excepto en el
sentido puramente causal. A veces se puede dar una explicación causal de algo
diciendo que es el efecto de otra cosa, pero esto es sólo referir una cosa a
otra y no hay -a mi entender- explicación alguna en el sentido del padre
Copleston, ni tiene sentido tampoco llamar "contingentes" a las
cosas, porque no podrían ser de otra manera. Esto es lo que yo diría acerca de
eso, pero querría decir unas palabras sobre la acusación del padre Copleston
acerca de que considero la lógica como el total de la filosofía, lo que no es
así. No considero en absoluto la lógica como el total de la filosofía. Creo que
la lógica es una parte esencial de la filosofía y que la lógica tiene que ser
usada en filosofía, y creo que en eso él y yo estamos de acuerdo. Cuando la
lógica que él usa era nueva, a saber, en la época de Aristóteles, hubo que
darle una gran importancia; Aristóteles le dio pues una gran importancia a la
lógica. Ahora se ha hecho vieja y respetable y no hay que darle tanta
importancia. La lógica en que yo creo es relativamente nueva y, por lo tanto,
tengo que imitar a Aristóteles dándole mucha importancia; pero no es que yo
crea que representa toda la filosofía, no lo creo. Creo que es una parte
importante de la filosofía y, cuando digo eso, que no encuentro un significado
para esta o la otra palabra, se trata de una apreciación basada en lo que he
averiguado sobre esa palabra en particular, al pensar acerca de ella. No se
trata de una postura general que implique que todas las palabras usadas en
metafísica carezcan de sentido, o cosa semejante, que realmente yo no creo. Con
respecto al argumento moral advierto que cuando uno estudia antropología o
historia se da cuenta de que hay personas que piensan que su deber consiste en
realizar actos que yo considero abominables y, por lo tanto, no puedo atribuir
origen divino a la materia de la obligación moral, cosa que el padre Copleston
no me pide; pero creo que incluso la forma que toma la obligación moral, cuando
se trata de ordenarle a uno que se coma a su padre, por ejemplo, no me parece
una cosa muy noble y bella; y, por lo tanto, no puedo atribuir origen divino a
la obligación moral en este sentido que creo que puede explicarse fácilmente de
otras muchas maneras.