El Festival de Aviñón es
un evento que se realiza desde 1947 en Francia, en el cual se abordan y analizan
diversas propuestas artísticas vinculadas a la vanguardia teatral, y se
realizan debates y reflexiones entre intelectuales sobre temas actuales. En ese
ámbito se reunieron en 2011 dos de los filósofos más leídos en la actualidad,
el esloveno Slavoj Zizek (1949) y el alemán Peter Sloterdijk (1947), para
debatir sobre lo que ellos denominaron “la quiebra de la civilización
occidental”. Ante la situación que vive Occidente en medio del avance de la
mercantilización desmesurada, el desastre ecológico y las crecientes tensiones
sociales, Zizek y Sloterdijk debatieron sobre estos temas durante su encuentro.
El diálogo entre ambos filósofos fue publicado en la edición del 27 de mayo de
2011 de “Le Monde”, y reproducido en el nº 412 de la revista “Ñ” del 20 de
agosto de 2011.
P.S.: ¿Qué queremos decir
cuando empleamos el término “civilización occidental”, en la cual vivimos desde
el siglo XVII? En mi opinión, hablamos de una forma de mundo creada en base a
la idea de una salida de la era del apego al pasado. La primacía del pasado se
rompió: la humanidad occidental inventó una forma de vida inaudita fundada en
la anticipación del porvenir. Esto significa que vivimos en un mundo que se “futuriza”
cada vez más. Creo, por ende, que el sentido profundo de nuestro “ser en el
mundo” reside en el futurismo, que es el rasgo fundamental de nuestra forma de
existir. La primacía del porvenir data de la época en que Occidente inventó
este nuevo arte de hacer promesas, a partir del Renacimiento, cuando el crédito
ingresó en las vidas de los europeos. Durante la Antigüedad y la Edad Media el
crédito no desempeñaba prácticamente ningún papel porque estaba en manos de los
usureros, condenados por la Iglesia. El crédito moderno, en cambio, abre un
porvenir. Por primera vez, las promesas de reembolsos pueden ser cumplidas o
mantenidas. La crisis de civilización radica en lo siguiente: entramos en una
época en la cual la capacidad del crédito de inaugurar un porvenir sostenible
está cada vez más bloqueada porque hoy se toman créditos para reembolsar otros
créditos. En otras palabras, el “creditismo” ingresó en una crisis final. Hemos
acumulado tantas deudas que la promesa del reembolso en la cual se funda la
seriedad de nuestra construcción del mundo ya no puede sostenerse. Pregúntenle
a un estadounidense cómo imagina el pago de las deudas acumuladas por el
gobierno federal. Su respuesta seguramente será: “Nadie lo sabe” y creo que ese
no saber es el núcleo duro de nuestra crisis. Nadie en esta Tierra sabe cómo
pagar la deuda colectiva. El porvenir de nuestra civilización choca contra un
muro de deudas.
S.Z.: Adhiero totalmente a esa
idea de una crisis del “futurismo” y de la lógica de crédito. Pero tomemos la
crisis económica llamada de las “subprimes” de 2008. Todo el mundo sabe que es
imposible pagar créditos hipotecarios, pero cada uno se comporta como si fuera
capaz de hacerlo. Yo a eso lo llamo en mi jerga psicoanalítica, una denegación
fetichista: “Sé perfectamente que es imposible, pero de todos modos voy a
tratar...”. Sabemos muy bien que no podemos hacerlo, pero actuamos en la
práctica como si pudiéramos hacerlo. Sin embargo, emplearía el término “futuro”
para designar lo que usted llama el “creditismo”. El término “porvenir”, por
otra parte, me parece más abierto. La fórmula “no future” es pesimista pero la
palabra “porvenir” es más optimista. Para caracterizar nuestra situación,
económica y política, ideológica y espiritual, no puedo dejar de recordar una
historia probablemente apócrifa. Se trata de un intercambio de telegramas entre
los estados mayores alemán y austríaco durante la Gran Guerra. Los alemanes
habían enviado un telegrama a los austríacos diciéndoles: “Aquí, la situación
en el frente es seria pero no catastrófica”, y los austríacos respondieron: “Aquí,
la situación es catastrófica pero no seria”. Y eso es lo catastrófico: no
podemos pagar las deudas pero, en cierta forma, no lo tomamos en serio. Además
de ese muro de deudas, la época actual se acerca a una suerte de “grado cero”.
En primer lugar, la enorme crisis ecológica nos impone no continuar en esta vía
político-económica. Segundo, el capitalismo, como sucede en China, ya no está
naturalmente asociado a la democracia parlamentaria. Tercero, la revolución
biogenética nos impone inventar otra biopolítica. En cuanto a las divisiones
sociales mundiales, crean las condiciones de explotaciones y alzamientos
populares sin precedente. La idea de lo colectivo también se ve afectada por la
crisis. Aunque debemos rechazar el comunitarismo ingenuo, la homogeneización de
las culturas, igual que ese multiculturalismo en que se ha convertido la
ideología del nuevo espíritu del capitalismo, debemos hacer dialogar las
civilizaciones y los individuos singulares. A nivel de los particulares, hace
falta una nueva lógica de la discreción, de la distancia, de la ignorancia
incluso. En la medida en que la promiscuidad se ha vuelto total, es una
necesidad vital, un punto crucial. A nivel colectivo, es necesario,
efectivamente inventar otra forma de articular lo común. Ahora bien, el
multiculturalismo es una falsa respuesta al problema, por un lado porque es una
suerte de racismo denegado, que respeta la identidad del otro pero lo encierra
en su particularismo. Es una suerte de neocolonialismo que, a la inversa del
colonialismo clásico, “respeta” las comunidades, pero desde el punto de vista
de su postura de universalidad. Por otra parte, la tolerancia multicultural es
una engañifa que despolitiza el debate público, remitiendo las cuestiones
sociales a las cuestiones raciales, las cuestiones económicas a las
consideraciones étnicas.
P.S.: Es necesario encontrar la
verdadera problemática de nuestra era. El recuerdo del comunismo y de esa gran
experiencia trágica de la política del siglo XX nos recuerda que no hay una
solución ideológica dogmática y automática. El problema del siglo XXI es la
coexistencia en el seno de una “humanidad” convertida en una realidad,
físicamente. Ya no se trata del “universalismo” abstracto de la Ilustración,
sino de la universalidad real de un colectivo monstruoso que comienza a ser una
comunidad de circulación real con probabilidades de encuentros permanentes y
probabilidades ampliadas de colisiones. Nos hemos convertido como partículas en
un gas, bajo presión. La cuestión es de aquí en más el vínculo social dentro de
una sociedad demasiado grande; y creo que la herencia de las presuntas
religiones es importante, porque son las primeras tentativas de síntesis
meta-nacionales y meta-étnicas. La comunidad budista era una nave espacial
donde todos los desertores de todas las etnias podían refugiarse. Del mismo
modo, podríamos describir la cristiandad, suerte de síntesis social que
trasciende la dinámica de las etnias cerradas y las divisiones de las
sociedades de clases. En la era de la concentración, hay que plantear y
reformular todo lo que se pensó hasta ahora sobre el vínculo de coexistencia de
una humanidad desbordante. Es imposible escapar a la nueva situación mundial. Mi
punto de partida es una evidencia aplastante: no podemos continuar así. Yo
propongo introducir el pragmatismo en el estudio de las presuntas religiones: esa
dimensión pragmática obliga a mirar más de cerca qué hacen los religiosos, a
conocer las prácticas interiores y exteriores, que se pueden describir como
ejercicios que forman una estructura de personalidad. Lo que yo llamo el sujeto
principal de la filosofía y la psicología es el portador de las series de
ejercicios que componen la personalidad. Y algunas de las series de ejercicios
que constituyen la personalidad pueden describirse como religiosas. ¿Pero qué
significa esto? Se hacen ejercicios mentales para comunicarse con un “partenaire”
invisible, son cosas absolutamente concretas que es posible describir, no hay
nada de misterioso en eso. Creo que, hasta nueva orden, el término “sistema de
ejercicios” es mil veces más operativo que el término “religión” que remite a
la santurronería estatal de los romanos. No debemos olvidar que la utilización
de los términos “religión”, “piedad” o “fidelidad” estaba reservada en tiempos
de los romanos a los epítetos que llevaban las legiones romanas estacionadas en
el valle del Rin y en todas partes. El privilegio más elevado de una legión era
portar el epíteto “piadoso y fiel”, porque eso expresaba una lealtad particular
al emperador en Roma. Creo que los europeos simplemente olvidaron lo que quiere
decir “religión”. La palabra significa literalmente “diligencia”. Cicerón dio
la etimología correcta: “releer”, es decir, estudiar atentamente el protocolo
para organizar la comunicación con los seres superiores. Es, por ende, una
suerte de diligencia o en mi terminología, un código de entrenamiento. Por esa
razón creo que “la vuelta de lo religioso” sólo sería eficaz si pudiera llevar
a prácticas de ejercicios intensificados. Por el contrario, nuestros “nuevos
religiosos” no son, la mayoría de las veces, más que soñadores perezosos. Pero
en el siglo XX, el deporte se impuso en la civilización occidental. No volvió
la religión, reapareció el deporte, después de haber sido olvidado durante casi
mil quinientos años. No fue el fideísmo sino el atletismo el que ocupó el
primer plano. Pierre de Coubertin quiso crear una religión del músculo en los
primeros años del siglo XX. Fracasó como fundador de una religión, pero triunfó
como creador de un nuevo sistema de ejercicios.
S.Z.: Considerar la religión
como un conjunto de prácticas corporales ya existía en las vanguardias rusas.
El realizador soviético Serguei Eisenstein escribió un texto muy bello sobre el
jesuita Ignacio de Loyola como alguien que sistematizó algunos ejercicios
espirituales. Mi tesis sobre la vuelta al cristianismo es muy paradójica: creo
que solamente a través del cristianismo uno puede sentirse verdaderamente ateo.
Si consideramos los grandes ateísmos del siglo XX, se trata en realidad de una
lógica totalmente distinta, la de un “creditismo” teológico. El físico danés
Niels Bohr, uno de los fundadores de la física cuántica, recibió la visita de
un amigo en su casa de campo. Éste, sin embargo, se resistía a pasar la puerta
de su casa por una herradura que estaba clavada (una superstición para impedir
que entraran los malos espíritus). Y el amigo le dijo a Bohr: “Eres un
científico de primer nivel, ¿cómo puedes creer en esas supersticiones
populares?”. “¡No las creo!”, respondió Niels Bohr. “Pero entonces, ¿por qué
dejas esa herradura?”, insistió el amigo. Y Niels Bohr tuvo esta respuesta
excelente: “Alguien me dijo que da resultado aunque uno no crea”. Sería una
imagen bastante buena de nuestra ideología actual. Creo que la muerte de Cristo
en la cruz significa la muerte de Dios y que ya no es más el “Gran Otro”
lacaniano que mueve los hilos. La única forma de ser creyente, después de la
muerte de Cristo, es participar en vínculos colectivos igualitarios. El
cristianismo puede ser entendido como una religión de acompañamiento del orden
de lo existente o una religión que dice “no” y ayuda a resistir. Creo que el
cristianismo y el marxismo deben combatir juntos la marejada de nuevas espiritualidades
así como la gregariedad capitalista. Yo defiendo una religión sin Dios, un
comunismo sin amo. Usted es demasiado severo con los movimientos sociales que a
su criterio provienen del resentimiento.
P.S.: Hay que distinguir la ira
del resentimiento. Hay toda una gama de emociones que pertenecen al régimen del
orgullo. Existe una suerte de orgullo primordial, irreductible, que está en lo
más profundo de nuestro ser. En esa gama del orgullo se expresa la jovialidad,
contemplación benévola de todo lo que existe. Aquí, el campo psíquico no conoce
trastorno. Si bajamos en la escala de los valores, es el orgullo de sí mismo.
Bajamos un poco más y es la vejación de ese orgullo lo que provoca la ira. Si
la ira no puede expresarse, está condenada a esperar para expresarse más tarde
y en otra parte, eso lleva al resentimiento, y así hasta el odio destructivo
que quiere aniquilar el objeto del cual salió la humillación. No olvidemos que
la buena ira, según Aristóteles, es el sentimiento que acompaña al deseo de
justicia. Una justicia que no conoce la ira es una veleidad impotente. Las
corrientes socialistas de los siglos XIX y XX crearon puntos de recolección de
la ira colectiva, algo justo e importante. Pero demasiados individuos y
demasiadas organizaciones de la izquierda tradicional se deslizaron hacia el
resentimiento. De ahí la urgencia de pensar e imaginar una nueva izquierda más
allá del resentimiento.
S.Z.: Lo que satisface a la
conciencia en el resentimiento es más perjudicar al otro y destruir el
obstáculo que beneficiarse uno mismo. Nosotros los eslovenos somos así por
naturaleza. Conocerán la leyenda en la que a un campesino se le aparece un
ángel y le pregunta: “¿Quieres que te dé una vaca? ¡Pero cuidado, también le
daré dos vacas a tu vecino!”. Y el campesino esloveno dice: “¡Por supuesto que
no!”. Pero para mí, el resentimiento, no es nunca la actitud de los pobres. Más
bien la actitud del pobre amo, como Nietzsche lo analizó tan bien. Es la moral
de los “esclavos”. Sólo que se equivocó un poco desde el punto de vista social:
no es el verdadero esclavo, es el esclavo que, como el Fígaro de Beaumarchais,
quiere reemplazar al amo. En el capitalismo, creo que hay una combinación muy
específica entre el deseo de reconocimiento y el aspecto erótico. Es decir, que
el erotismo capitalista es mediatizado en relación a una mala energía que
engendra el resentimiento. Estoy de acuerdo con usted: en el fondo, lo más
complicado es cómo pensar el acto de dar, más allá del intercambio, más allá
del resentimiento. No creo realmente en la eficacia de esos ejercicios
espirituales que usted propone. Soy demasiado pesimista para eso. A esas
prácticas auto-disciplinarias, como en los deportistas, yo quiero agregar el
espacio heterogéneo social. Por eso escribí el capítulo final de "Vivir en
el fin de los tiempos", donde vislumbro un espacio utópico comunista,
refiriéndome a las obras que dan a ver y oír lo que podríamos llamar una
intimidad colectiva. Me inspiro también en esas películas de ciencia ficción
utópicas, donde hay héroes errantes y tipos neuróticos rechazados que forman
verdaderas colectividades. Los recorridos individuales también pueden guiarnos.
Suele olvidarse que Víktor Krávchenko, el dignatario soviético que denunció muy
temprano los horrores del estalinismo en “Yo elegi la libertad” y que fue
ignominiosamente atacado por los intelectuales prosoviéticos, escribió una
continuación, “Yo elegí la justicia”, mientras luchaba en Bolivia y organizaba
un sistema de producción agraria más equitativo. Hay que alentar a los Krávchenko
que emergen en todas partes, desde América del Sur hasta las orillas del
Mediterráneo.
P.S.: Considero que usted es
víctima de la evolución psico-política de los países del Este. En Rusia, por
ejemplo, cada uno carga sobre sus hombros con un siglo entero de catástrofe
política y personal. Los pueblos del Este expresan esa tragedia del comunismo y
no salen de ella. Todo eso forma una especie de vínculo de desesperación
autógena. Yo soy pesimista por naturaleza, pero la vida refutó mi pesimismo
original. Soy, por así decirlo, un aprendiz de optimista. Y en eso pienso que
estamos bastante cerca uno del otro porque en cierto sentido recorrimos
biografías paralelas desde puntos de partida radicalmente diferentes, leyendo
los mismos libros.