Conversaciones (XXIV). Georges Simenon - León Trotsky. Sobre la democracia y las dictaduras
El 10 de febrero de 1929,
León Trotsky (1879-1940) abandonó para siempre su país rumbo al exilio. Atrás
quedaba un Estado soviético completamente controlado por Iósif Stalin
(1878-1953) y su camarilla burocrática. Quien había nacido en Yánovka, Ucrania, como Lev
Davídovich Bronstein y se convertiría en uno de los organizadores clave de la
Revolución de Octubre, pasó la primera etapa de su destierro en Prinkipo, una
isla en el Mar de Mármara frente a Estambul, Turquía. Salvo un viaje que
realizó a Copenhague para pronunciar una conferencia el 25 de noviembre de 1932
con motivo del decimoquinto aniversario de la Revolución de Octubre, allí
viviría hasta julio de 1933. Por entonces, el escritor belga Georges Simenon
(1903-1989) residía en París y hacía un par de años que había creado al
personaje Jules Maigret en la novela “Pietr le letton” (Pedro el letón), la
primera de las ciento tres historias que protagonizaría el célebre inspector de
la policía judicial. Dependiente en una librería hasta la muerte de su padre en
1922, Simenon comenzó a trabajar como reportero en “La Gazette de Liége” un
periódico de Lieja, su ciudad natal, y ya nunca abandonó el periodismo, una
carrera que alternó con una literatura fuertemente influida por aquél. En 1932
inició una serie de viajes que lo llevaron como periodista hasta Rusia, África
y algunos países mediterráneos, entre ellos Turquía, con un plan de notas y
entrevistas. El novelista belga, que tenía entonces treinta años y era
corresponsal especial de “Paris Soir” y “Voila”, viajó a Constantinopla (hoy
Estambul) con la intención de entrevistar al fundador del Ejército Rojo, y con
la idea de utilizarla en un libro que estaba escribiendo sobre varios
personajes prominentes de la política y las nuevas tendencias de la política
mundial de aquellos años.
Trotsky aceptó la
entrevista y le sugirió que le formulara las preguntas por escrito. Simenon lo
hizo, pero le aclaró que le resultaba difícil formular preguntas precisas y que
lo que más le interesaba era que el revolucionario opinara sobre “los nuevos
grupos humanos que surgen en esta época de turbulencia”. Fue así que un
secretario de Trotsky, vía telefónica, lo citó para que concurriese a una
antigua casona, conocida como la “Mansión de los Yanaros”, ubicada en la isla
de Prinkipo. Hacia allí se dirigió tomando un barco
en el puerto cercano al antiguo Puente de Gálata y, tras una hora y media de
viaje, desembarcó en la isla. Allí un coche tirado por caballos lo condujo
hasta la casa del autor de la teoría de la “revolución permanente”. Ese día, el
6 de junio de 1933, Trotsky le entregó sus respuestas escritas y luego sostuvo
una breve conversación con Simenon. La charla fue publicada poco después en
el diario francés “Paris Soir” y luego reproducida por el “Die Nieuwe Weg”, el
periódico del Partido Socialista Revolucionario de Holanda. Muchos años
después, en 1976, Simenon publicó “Mes apprentissages. Reportages 1931-1946” (Mis
experiencias de aprendizaje. Reportajes 1931-1946), libro en el cual, entre
otras anécdotas, recordó su paso por Prinkipo: “El muelle de desembarco en
Prinkipo es elegante y está rodeado de restaurantes cuyos manteles blancos
brillan al sol. Carros esperan, con dos caballos cubiertos de telas blancas que
tienen que soportar la competencia de burros ensillados que esperan sin ninguna
impaciencia. Un carro me lleva por una ruta bordeada de villas. Muchos están en
venta o en alquiler, porque la crisis también es dura en Turquía. El carro se
detiene. El cochero extiende el brazo. Sólo me queda bajar por un callejón
entre dos paredes. Todo es tan tranquilo, tan inmóvil, el aire, el agua, las
hojas, el cielo, que al pasar uno tiene la impresión de romper los rayos del
sol. Estoy en un jardín frondoso que mide sólo cien metros por cincuenta. Un
perrito se revuelca en el polvo. Sin embargo, hay un hombre tras la reja. Su
guerrera de policía turco está abierta sobre una camisa blanca y, como un
tranquilo jubilado en su jardín, calza zapatos cómodos. ‘¿Señor Simenon?’. Todo esto en cámara lenta. Creo que es por el
aire. Yo también voy en cámara lenta, sin prisa; iba a decir, sin curiosidad. Un
joven se adelanta, cordial, con la mano extendida, y pronto ambos estamos
sentados en la terraza. ‘Si quiere, primero hablamos los dos. Después verá al
señor Trotsky’. El secretario no es ruso. Es un joven del norte, rebosante de
salud, de mejillas sonrosadas y ojos claros. Habla francés como si hubiera
nacido en Francia. ‘Me sorprende bastante que el señor Trotsky haya aceptado
recibirlo. Normalmente evita a los periodistas’. ‘¿Sabes por qué recibí tal
favor?’. ‘No tengo ni idea’. Yo tampoco. Y seguiré sin saber por qué. ¿Quizás
mis preguntas coincidan con el deseo de Trotsky de hacer una declaración sobre
cierto tema? Charlamos, y a nuestro alrededor todo es quietud en la inmovilidad
del aire. ‘Como ve, la vida es sencilla. Los dos policías viven en esta choza,
yo al fondo del jardín. El señor Trotsky rara vez va a Constantinopla, sólo
para ver a su médico o dentista. Toma el barco que lo trajo aquí y los policías
lo acompañan. Para los demás, ni siquiera baja al pueblo. ¿De qué le serviría?’.
Hay que estar allí para comprender, en esa terraza que mira al jardín y al mar
como horizonte cercano, con Asia a un lado y Europa al otro. ‘¿Le gustaría
verlo ahora?’. Las paredes de las habitaciones son desnudas, blancas, y sólo
hay estanterías para aportar un poco de diversidad. Los libros están en todos
los idiomas, y veo sobre
el escritorio ‘Viaje al fondo de la noche’ de Céline con la portada gastada. ‘El
señor Trotsky acaba de leerlo y se conmovió profundamente. Por cierto, cuando
se trata de literatura, son los franceses a los que mejor conoce’. Trotsky se acerca
y me tiende la mano. Luego se sienta en su escritorio, dejando que su mirada se
pose suavemente en mí. Lo han descrito mil veces, y no me gustaría intentarlo
yo mismo. Lo que me gustaría hacer es dar la misma impresión de calma y
serenidad que recibí, la misma calma, la misma serenidad que en el jardín, en
la casa, en la decoración. Trotsky, sencillo y cordial, me extiende las páginas
mecanografiadas que contienen sus respuestas a mis preguntas. ‘Los dicté en
ruso y mi secretaria los tradujo esta mañana. Sólo le pediría que firme una
segunda copia que me quedaré’. Hay periódicos de todo el mundo repartidos por
su escritorio, y “Paris-Soir” está en lo más alto de la pila. ¿Trotsky lo leyó
antes de que yo llegara? ‘Desgraciadamente, sólo recibo los periódicos con
varios días de retraso’. Sonríe. Su rostro está en reposo, la mirada tranquila.
¿Pero no es esto a costa de un esfuerzo? ¿No se ve obligado a ahorrar fuerzas?
Para continuar su trabajo, ¿no se obliga a seguir esta vida prudente, que hace
pensar en los gestos vacilantes de un convaleciente? ‘Puedes interrogarme’, me
dijo”.
G.S.: ¿Cree usted que el
problema racial será un factor de primera importancia en la determinación de
los acontecimientos que sucederán al período actual de turbulencia social? ¿Lo
será el problema económico? ¿El problema social? ¿El problema militar?
L.T.: No, de ninguna manera
creo que el problema racial será determinante en el período próximo. La raza es
un factor puramente antropológico: heterogéneo, impuro, una mezcolanza. La
historia se valió de ese material para crear las naciones, productos
semiacabados… El destino de la nueva era estará determinado por las clases, los
agrupamientos sociales y las corrientes políticas que se basan en las mismas.
De ninguna manera niego la importancia de las características y diferencias
raciales, pero creo que resultan superadas por la tecnología del trabajo y por
el pensamiento. La raza es un elemento pasivo y estático, la historia es
dinámica. ¿Cómo es posible que un elemento relativamente fijo determine la
acción y el desarrollo? Todos los rasgos que distinguen a las razas desaparecen
ante la máquina de combustión interna, ni qué hablar de la ametralladora.
Cuando Hitler se preparaba para implantar una forma de gobierno adecuada a la
raza germánica del norte, se le ocurrió nada menos que plagiar a la raza latina
del sur. Mussolini, en la época en que luchaba por el poder, utilizaba la
teoría social -si bien poniéndola patas arriba- de un alemán, el judío alemán
Marx, al que uno o dos años antes aún llamaba "nuestro maestro
inmortal". Ya que hoy, en pleno siglo XX, los nazis se proponen ignorar la
historia, la dinámica social y la cultura para referirse a la "raza",
¿por qué no dar un paso más atrás? ¿Acaso la antropología no es parte de la
zoología? ¿Quién sabe si los racistas no irán a buscar las inspiraciones más
elevadas para su obra creadora en el reino de los antropoides?
G.S.: ¿Puede considerarse que
el conjunto de dictaduras constituye el comienzo de un reagrupamiento de los
pueblos, o será sólo un fenómeno pasajero? ¿Qué ocurrirá con el conjunto de las
democracias occidentales?
L.T.: No comparto el criterio
de clasificar las naciones en democracias y dictaduras. Exceptuando a una
reducida capa de políticos profesionales, las naciones, pueblos y clases no
viven de la política. Las formas de gobierno son simplemente los medios para
realizar tareas específicas y principalmente económicas. Naturalmente, una
cierta similitud en las formas estatales favorece la comparación. Pero, en
última instancia, lo decisivo son las consideraciones materiales: los intereses
económicos y los cálculos militares. ¿Considero el grupo de dictaduras
fascistas (Italia, Alemania) y las cuasi bonapartistas (Polonia, Yugoslavia,
Austria) episódicas y temporales? Lamentablemente, no puedo hacer una
predicción tan optimista. El fascismo no es provocado por una psicosis o una “histeria”
(así es como los teóricos de salón como Sforza ofrecen consuelo), sino por una
profunda crisis económica y social que corroe sin piedad el cuerpo de Europa.
La actual crisis cíclica no ha hecho más que agudizar los procesos orgánicos
mórbidos. La crisis cíclica inevitablemente cederá su lugar a una reanimación
coyuntural, aunque será en menor grado de lo esperado. Pero la situación
general de Europa no mejorará mucho. Después de cada crisis, las pequeñas y
débiles empresas se debilitan aún más o desaparecen por completo. Las empresas
fuertes se fortalecen aún más. Al lado del gigante económico de Estados Unidos,
una Europa destrozada representa una combinación de pequeñas empresas hostiles
entre sí. La situación actual de Estados Unidos es muy difícil: el propio dólar
se ha doblegado. Sin embargo, después de la crisis actual la relación de
fuerzas internacionales cambiará a favor de Estados Unidos en detrimento de
Europa. El hecho de que el viejo continente, en su conjunto, esté perdiendo la
posición privilegiada que tenía en el pasado provoca una exacerbación excesiva
de los antagonismos entre los Estados europeos y entre las clases dentro de
estos. Por supuesto, en los distintos países, estos procesos han alcanzado un
nivel de tensión diferente. Creo que el aumento de las contradicciones sociales
y nacionales explica el origen y la relativa estabilidad de las dictaduras. Para
explicar mi pensamiento, permítame referirme a lo que dije hace unos años sobre
esta cuestión: ¿Por qué las democracias dan paso a las dictaduras? ¿Y si esto
dura mucho tiempo? Permítame citar un artículo del 25 de febrero de 1929. “A
veces se dice que, en este caso, se trata de naciones atrasadas o con poca
madurez. Esta explicación apenas es aplicable a Italia. Pero incluso en los
casos en que es correcta, no aclara nada. En el siglo XIX se consideraba casi
una ley que los países atrasados ascendieran a la democracia. ¿Por qué, entonces, el siglo XX
los empuja por el camino de la dictadura? Las instituciones democráticas demuestran que no
pueden soportar la presión de las contradicciones contemporáneas, ya internacionales,
ya internas, casi siempre internacionales e internas a la vez. ¿Es esto bueno?
¿Es esto malo? En cualquier caso, es un hecho. Por analogía con la tecnología
eléctrica, la democracia puede definirse como un sistema de interruptores y
aisladores contra las corrientes excesivamente fuertes de la lucha nacional o
social. Ninguna época de la historia de la humanidad ha estado tan saturada de
tantos antagonismos como la nuestra. Un exceso de corriente se siente cada vez
más en partes de la red europea. Bajo la excesiva presión de las
contradicciones de clase e internacionales, los interruptores se funden o
estallan. Estos son los cortocircuitos de las dictaduras. Los interruptores más
débiles son, obviamente, los primeros en fallar”. Cuando escribí estas líneas,
Alemania aún tenía un socialdemócrata al frente del gobierno. Es evidente que
la evolución posterior de los acontecimientos en Alemania -un país que nadie
puede considerar atrasado- no ha logrado quebrantar mi comprensión de la
situación. Es cierto que durante este tiempo el movimiento revolucionario en
España derrocó no solo la dictadura de Primo de Rivera, sino también la
monarquía. Corrientes contrarias de este tipo son inevitables en un proceso
histórico. Pero el equilibrio interno está lejos de alcanzarse en la península
ibérica. El nuevo régimen español aún no ha demostrado su estabilidad.
G.S.: ¿Cree usted posible la
evolución por deterioro paulatino o considera necesaria una conmoción violenta?
¿Cuánto tiempo más se puede prolongar la situación actual?
L.T.: Es indudable que el
fascismo, sobre todo el nacionalsocialismo alemán, amenaza a Europa con
conmociones bélicas. Hablo como observador, y posiblemente me equivoque, pero
me da la impresión de que en general se menosprecia la magnitud del peligro. Si
se contempla la perspectiva, no de los próximos meses sino de los próximos años
-en todo caso, no de décadas-, considero absolutamente inevitable que la Alemania
fascista provoque una guerra. Esto será posiblemente lo decisivo para el futuro
de Europa. En todo caso, próximamente publicaré un artículo más extenso sobre
este tema. Quizás usted considere que el cuadro que trazo es demasiado sombrío.
Me limito a sacar conclusiones de los hechos; no me dejo arrastrar por la
lógica de los partidismos y anti partidismos sino por la lógica del proceso
objetivo. La nuestra no es una época de paz, calma y prosperidad; confío en que
nadie lo dude. Pero mi caracterización sólo puede resultar pesimista para
quienes miden el curso de la historia con una vara demasiado corta. Todos los
grandes períodos históricos parecen sombríos cuando se los mira de cerca. Hay
que reconocer que el mecanismo del progreso es muy imperfecto, pero no hay
razón para suponer que un Hitler, o una combinación de “Hítleres”, podrá hacer
marchar siempre, o siquiera por una década, el mecanismo hacia atrás. Romperá
muchos engranajes y palancas. Obligará a Europa a retroceder durante algunos
años. Pero no dudo que, en definitiva, la humanidad encontrará la salida. Toda
la historia pasada respalda esta afirmación. ¿Quiere hacerme más preguntas?
G.S.: Una sola, pero temo que
sea indiscreta.
L.T.: Pregunte.
G.S.: Algunos diarios afirman
que hace poco vinieron a verlo unos agentes enviados por Moscú para pedirle que
vuelva a Rusia.
L.T.: Es falso, pero conozco el
origen de ese rumor. Se trata de un artículo mío, publicado por la prensa
norteamericana hace un par de meses. Yo diría entre otras cosas que, dada la
situación existente en Rusia, estaría dispuesto a servir al país si lo amenaza
cualquier peligro.
G.S.: ¿Volvería usted al
servicio activo?
L.T.: Sí.