31 de marzo de 2009

Conversaciones (XXIV). Georges Simenon - León Trotsky. Sobre la democracia y las dictaduras

El 10 de febrero de 1929, León Trotsky (1879-1940) abandonó para siempre su país rumbo al exilio. Atrás quedaba un Estado soviético completamente controlado por Iósif Stalin (1878-1953) y su camarilla burocrática. Quien había nacido en Yánovka, Ucrania, como Lev Davídovich Bronstein y se convertiría en uno de los organizadores clave de la Revolución de Octubre, pasó la primera etapa de su destierro en Prinkipo, una isla en el Mar de Mármara frente a Estambul, Turquía. Salvo un viaje que realizó a Copenhague para pronunciar una conferencia el 25 de noviembre de 1932 con motivo del decimoquinto aniversario de la Revolución de Octubre, allí viviría hasta julio de 1933. Por entonces, el escritor belga Georges Simenon (1903-1989) residía en París y hacía un par de años que había creado al personaje Jules Maigret en la novela “Pietr le letton” (Pedro el letón), la primera de las ciento tres historias que protagonizaría el célebre inspector de la policía judicial. Dependiente en una librería hasta la muerte de su padre en 1922, Simenon comenzó a trabajar como reportero en “La Gazette de Liége” un periódico de Lieja, su ciudad natal, y ya nunca abandonó el periodismo, una carrera que alternó con una literatura fuertemente influida por aquél. En 1932 inició una serie de viajes que lo llevaron como periodista hasta Rusia, África y algunos países mediterráneos, entre ellos Turquía, con un plan de notas y entrevistas. El novelista belga, que tenía entonces treinta años y era corresponsal especial de “Paris Soir” y “Voila”, viajó a Constantinopla (hoy Estambul) con la intención de entrevistar al fundador del Ejército Rojo, y con la idea de utilizarla en un libro que estaba escribiendo sobre varios personajes prominentes de la política y las nuevas tendencias de la política mundial de aquellos años.
Trotsky aceptó la entrevista y le sugirió que le formulara las preguntas por escrito. Simenon lo hizo, pero le aclaró que le resultaba difícil formular preguntas precisas y que lo que más le interesaba era que el revolucionario opinara sobre “los nuevos grupos humanos que surgen en esta época de turbulencia”. Fue así que un secretario de Trotsky, vía telefónica, lo citó para que concurriese a una antigua casona, conocida como la “Mansión de los Yanaros”, ubicada en la isla de Prinkipo. Hacia allí se dirigió tomando un barco en el puerto cercano al antiguo Puente de Gálata y, tras una hora y media de viaje, desembarcó en la isla. Allí un coche tirado por caballos lo condujo hasta la casa del autor de la teoría de la “revolución permanente”. Ese día, el 6 de junio de 1933, Trotsky le entregó sus respuestas escritas y luego sostuvo una breve conversación con Simenon. La charla fue publicada poco después en el diario francés “Paris Soir” y luego reproducida por el “Die Nieuwe Weg”, el periódico del Partido Socialista Revolucionario de Holanda. Muchos años después, en 1976, Simenon publicó “Mes apprentissages. Reportages 1931-1946” (Mis experiencias de aprendizaje. Reportajes 1931-1946), libro en el cual, entre otras anécdotas, recordó su paso por Prinkipo: “El muelle de desembarco en Prinkipo es elegante y está rodeado de restaurantes cuyos manteles blancos brillan al sol. Carros esperan, con dos caballos cubiertos de telas blancas que tienen que soportar la competencia de burros ensillados que esperan sin ninguna impaciencia. Un carro me lleva por una ruta bordeada de villas. Muchos están en venta o en alquiler, porque la crisis también es dura en Turquía. El carro se detiene. El cochero extiende el brazo. Sólo me queda bajar por un callejón entre dos paredes. Todo es tan tranquilo, tan inmóvil, el aire, el agua, las hojas, el cielo, que al pasar uno tiene la impresión de romper los rayos del sol. Estoy en un jardín frondoso que mide sólo cien metros por cincuenta. Un perrito se revuelca en el polvo. Sin embargo, hay un hombre tras la reja. Su guerrera de policía turco está abierta sobre una camisa blanca y, como un tranquilo jubilado en su jardín, calza zapatos cómodos. ‘¿Señor Simenon?’.  Todo esto en cámara lenta. Creo que es por el aire. Yo también voy en cámara lenta, sin prisa; iba a decir, sin curiosidad. Un joven se adelanta, cordial, con la mano extendida, y pronto ambos estamos sentados en la terraza. ‘Si quiere, primero hablamos los dos. Después verá al señor Trotsky’. El secretario no es ruso. Es un joven del norte, rebosante de salud, de mejillas sonrosadas y ojos claros. Habla francés como si hubiera nacido en Francia. ‘Me sorprende bastante que el señor Trotsky haya aceptado recibirlo. Normalmente evita a los periodistas’. ‘¿Sabes por qué recibí tal favor?’. ‘No tengo ni idea’. Yo tampoco. Y seguiré sin saber por qué. ¿Quizás mis preguntas coincidan con el deseo de Trotsky de hacer una declaración sobre cierto tema? Charlamos, y a nuestro alrededor todo es quietud en la inmovilidad del aire. ‘Como ve, la vida es sencilla. Los dos policías viven en esta choza, yo al fondo del jardín. El señor Trotsky rara vez va a Constantinopla, sólo para ver a su médico o dentista. Toma el barco que lo trajo aquí y los policías lo acompañan. Para los demás, ni siquiera baja al pueblo. ¿De qué le serviría?’. Hay que estar allí para comprender, en esa terraza que mira al jardín y al mar como horizonte cercano, con Asia a un lado y Europa al otro. ‘¿Le gustaría verlo ahora?’. Las paredes de las habitaciones son desnudas, blancas, y sólo hay estanterías para aportar un poco de diversidad. Los libros están en todos los idiomas, y veo sobre el escritorio ‘Viaje al fondo de la noche’ de Céline con la portada gastada. ‘El señor Trotsky acaba de leerlo y se conmovió profundamente. Por cierto, cuando se trata de literatura, son los franceses a los que mejor conoce’. Trotsky se acerca y me tiende la mano. Luego se sienta en su escritorio, dejando que su mirada se pose suavemente en mí. Lo han descrito mil veces, y no me gustaría intentarlo yo mismo. Lo que me gustaría hacer es dar la misma impresión de calma y serenidad que recibí, la misma calma, la misma serenidad que en el jardín, en la casa, en la decoración. Trotsky, sencillo y cordial, me extiende las páginas mecanografiadas que contienen sus respuestas a mis preguntas. ‘Los dicté en ruso y mi secretaria los tradujo esta mañana. Sólo le pediría que firme una segunda copia que me quedaré’. Hay periódicos de todo el mundo repartidos por su escritorio, y “Paris-Soir” está en lo más alto de la pila. ¿Trotsky lo leyó antes de que yo llegara? ‘Desgraciadamente, sólo recibo los periódicos con varios días de retraso’. Sonríe. Su rostro está en reposo, la mirada tranquila. ¿Pero no es esto a costa de un esfuerzo? ¿No se ve obligado a ahorrar fuerzas? Para continuar su trabajo, ¿no se obliga a seguir esta vida prudente, que hace pensar en los gestos vacilantes de un convaleciente? ‘Puedes interrogarme’, me dijo”.
 

G.S.: ¿Cree usted que el problema racial será un factor de primera importancia en la determinación de los acontecimientos que sucederán al período actual de turbulencia social? ¿Lo será el problema económico? ¿El problema social? ¿El problema militar?
 
L.T.: No, de ninguna manera creo que el problema racial será determinante en el período próximo. La raza es un factor puramente antropológico: heterogéneo, impuro, una mezcolanza. La historia se valió de ese material para crear las naciones, productos semiacabados… El destino de la nueva era estará determinado por las clases, los agrupamientos sociales y las corrientes políticas que se basan en las mismas. De ninguna manera niego la importancia de las características y diferencias raciales, pero creo que resultan superadas por la tecnología del trabajo y por el pensamiento. La raza es un elemento pasivo y estático, la historia es dinámica. ¿Cómo es posible que un elemento relativamente fijo determine la acción y el desarrollo? Todos los rasgos que distinguen a las razas desaparecen ante la máquina de combustión interna, ni qué hablar de la ametralladora. Cuando Hitler se preparaba para implantar una forma de gobierno adecuada a la raza germánica del norte, se le ocurrió nada menos que plagiar a la raza latina del sur. Mussolini, en la época en que luchaba por el poder, utilizaba la teoría social -si bien poniéndola patas arriba- de un alemán, el judío alemán Marx, al que uno o dos años antes aún llamaba "nuestro maestro inmortal". Ya que hoy, en pleno siglo XX, los nazis se proponen ignorar la historia, la dinámica social y la cultura para referirse a la "raza", ¿por qué no dar un paso más atrás? ¿Acaso la antropología no es parte de la zoología? ¿Quién sabe si los racistas no irán a buscar las inspiraciones más elevadas para su obra creadora en el reino de los antropoides?
 
G.S.: ¿Puede considerarse que el conjunto de dictaduras constituye el comienzo de un reagrupamiento de los pueblos, o será sólo un fenómeno pasajero? ¿Qué ocurrirá con el conjunto de las democracias occidentales?
 
L.T.: No comparto el criterio de clasificar las naciones en democracias y dictaduras. Exceptuando a una reducida capa de políticos profesionales, las naciones, pueblos y clases no viven de la política. Las formas de gobierno son simplemente los medios para realizar tareas específicas y principalmente económicas. Naturalmente, una cierta similitud en las formas estatales favorece la comparación. Pero, en última instancia, lo decisivo son las consideraciones materiales: los intereses económicos y los cálculos militares. ¿Considero el grupo de dictaduras fascistas (Italia, Alemania) y las cuasi bonapartistas (Polonia, Yugoslavia, Austria) episódicas y temporales? Lamentablemente, no puedo hacer una predicción tan optimista. El fascismo no es provocado por una psicosis o una “histeria” (así es como los teóricos de salón como Sforza ofrecen consuelo), sino por una profunda crisis económica y social que corroe sin piedad el cuerpo de Europa. La actual crisis cíclica no ha hecho más que agudizar los procesos orgánicos mórbidos. La crisis cíclica inevitablemente cederá su lugar a una reanimación coyuntural, aunque será en menor grado de lo esperado. Pero la situación general de Europa no mejorará mucho. Después de cada crisis, las pequeñas y débiles empresas se debilitan aún más o desaparecen por completo. Las empresas fuertes se fortalecen aún más. Al lado del gigante económico de Estados Unidos, una Europa destrozada representa una combinación de pequeñas empresas hostiles entre sí. La situación actual de Estados Unidos es muy difícil: el propio dólar se ha doblegado. Sin embargo, después de la crisis actual la relación de fuerzas internacionales cambiará a favor de Estados Unidos en detrimento de Europa. El hecho de que el viejo continente, en su conjunto, esté perdiendo la posición privilegiada que tenía en el pasado provoca una exacerbación excesiva de los antagonismos entre los Estados europeos y entre las clases dentro de estos. Por supuesto, en los distintos países, estos procesos han alcanzado un nivel de tensión diferente. Creo que el aumento de las contradicciones sociales y nacionales explica el origen y la relativa estabilidad de las dictaduras. Para explicar mi pensamiento, permítame referirme a lo que dije hace unos años sobre esta cuestión: ¿Por qué las democracias dan paso a las dictaduras? ¿Y si esto dura mucho tiempo? Permítame citar un artículo del 25 de febrero de 1929. “A veces se dice que, en este caso, se trata de naciones atrasadas o con poca madurez. Esta explicación apenas es aplicable a Italia. Pero incluso en los casos en que es correcta, no aclara nada. En el siglo XIX se consideraba casi una ley que los países atrasados ​​ascendieran a la democracia. ¿Por qué, entonces, el siglo XX los empuja por el camino de la dictadura? Las instituciones democráticas demuestran que no pueden soportar la presión de las contradicciones contemporáneas, ya internacionales, ya internas, casi siempre internacionales e internas a la vez. ¿Es esto bueno? ¿Es esto malo? En cualquier caso, es un hecho. Por analogía con la tecnología eléctrica, la democracia puede definirse como un sistema de interruptores y aisladores contra las corrientes excesivamente fuertes de la lucha nacional o social. Ninguna época de la historia de la humanidad ha estado tan saturada de tantos antagonismos como la nuestra. Un exceso de corriente se siente cada vez más en partes de la red europea. Bajo la excesiva presión de las contradicciones de clase e internacionales, los interruptores se funden o estallan. Estos son los cortocircuitos de las dictaduras. Los interruptores más débiles son, obviamente, los primeros en fallar”. Cuando escribí estas líneas, Alemania aún tenía un socialdemócrata al frente del gobierno. Es evidente que la evolución posterior de los acontecimientos en Alemania -un país que nadie puede considerar atrasado- no ha logrado quebrantar mi comprensión de la situación. Es cierto que durante este tiempo el movimiento revolucionario en España derrocó no solo la dictadura de Primo de Rivera, sino también la monarquía. Corrientes contrarias de este tipo son inevitables en un proceso histórico. Pero el equilibrio interno está lejos de alcanzarse en la península ibérica. El nuevo régimen español aún no ha demostrado su estabilidad.
 
G.S.: ¿Cree usted posible la evolución por deterioro paulatino o considera necesaria una conmoción violenta? ¿Cuánto tiempo más se puede prolongar la situación actual?
 
L.T.: Es indudable que el fascismo, sobre todo el nacionalsocialismo alemán, amenaza a Europa con conmociones bélicas. Hablo como observador, y posiblemente me equivoque, pero me da la impresión de que en general se menosprecia la magnitud del peligro. Si se contempla la perspectiva, no de los próximos meses sino de los próximos años -en todo caso, no de décadas-, considero absolutamente inevitable que la Alemania fascista provoque una guerra. Esto será posiblemente lo decisivo para el futuro de Europa. En todo caso, próximamente publicaré un artículo más extenso sobre este tema. Quizás usted considere que el cuadro que trazo es demasiado sombrío. Me limito a sacar conclusiones de los hechos; no me dejo arrastrar por la lógica de los partidismos y anti partidismos sino por la lógica del proceso objetivo. La nuestra no es una época de paz, calma y prosperidad; confío en que nadie lo dude. Pero mi caracterización sólo puede resultar pesimista para quienes miden el curso de la historia con una vara demasiado corta. Todos los grandes períodos históricos parecen sombríos cuando se los mira de cerca. Hay que reconocer que el mecanismo del progreso es muy imperfecto, pero no hay razón para suponer que un Hitler, o una combinación de “Hítleres”, podrá hacer marchar siempre, o siquiera por una década, el mecanismo hacia atrás. Romperá muchos engranajes y palancas. Obligará a Europa a retroceder durante algunos años. Pero no dudo que, en definitiva, la humanidad encontrará la salida. Toda la historia pasada respalda esta afirmación. ¿Quiere hacerme más preguntas?
 
G.S.: Una sola, pero temo que sea indiscreta.
 
L.T.: Pregunte.
 
G.S.: Algunos diarios afirman que hace poco vinieron a verlo unos agentes enviados por Moscú para pedirle que vuelva a Rusia.
 
L.T.: Es falso, pero conozco el origen de ese rumor. Se trata de un artículo mío, publicado por la prensa norteamericana hace un par de meses. Yo diría entre otras cosas que, dada la situación existente en Rusia, estaría dispuesto a servir al país si lo amenaza cualquier peligro.
 
G.S.: ¿Volvería usted al servicio activo?
 
L.T.: Sí.