2 de diciembre de 2011

Conversaciones (XLVII). Jorge Semprún - Jean Paul Sartre. Sobre la literatura, la filosofía y la política (2/2)

Tras su regreso a Francia, Jorge Semprún tuvo un breve paso por el Partido Comunista Francés, el cual reunía a los intelectuales más reputados de aquella época como Georges Bataille (1897-1962), Clara Malraux (1897-1982), Raymond Queneau (1903-1976), Romain Gary (1914-1980) y Marguerite Duras (1914-1996). Luego, en 1952, se afilió al Partido Comunista de España, llegando a ser miembro del Comité Central y del Comité Ejecutivo. Viajó clandestinamente a su país varias veces bajo el seudónimo de Federico Sánchez, pero su postura antiestalinista lo llevó a tener serias disidencias ideológicas con la dirigencia del Partido, siendo expulsado del mismo en 1964. De esa época datan las primeras obras de su extensa carrera como escritor. A lo largo de los años escribió algunas en español y otras en francés.
A lo largo de los años Jorge Semprún escribió algunas obras en español y otras en francés. Entre las primeras figuran “Autobiografía de Federico Sánchez” y “Veinte años y un día”, obras construidas con los fragmentos de su propia memoria como activista político de izquierda, y entre las segundas están “Le grand voyage” (El largo viaje), “L'évanouissement” (El desvanecimiento), “La deuxième mort de Ramón Mercader” (La segunda muerte de Ramón Mercader), “Quel beau dimanche!” (Aquel domingo), “L'algarabie” (La algarabía), “Montand la vie continue” (Montand, la vida continua), “La montagne blanche” (La montaña blanca), “Netchaïev est de retour” (Netchaiev ha vuelto), “Le retour de Carola Neher” (El regreso de Carola Neher), “Le mort qu'il faut” (Viviré con su nombre, morirá con el mío) y “Une tombe au creux des nuages” (Una tumba en las nubes). También en francés, publicó tomos de ensayos, artículos, conferencias y discursos como “L'écriture ou la vie” (La escritura o la vida), “Adieu, vive clarté” (Adiós, luz de veranos), “Blick auf Deutschland” (Una vista de Alemania), “Réflexions sur l'Europe” (Pensar en Europa), “Où va la gauche?” (¿Hacia dónde va la izquierda?), siempre con un fuerte componente autobiográfico y reflexionando sobre los hechos más importantes del siglo XX en España y en Europa. Entre 1988 y 1991 fue Ministro de Cultura del gobierno del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), y en 1993 publicó “Federico Sánchez vous salue bien” (Federico Sánchez se despide de ustedes), donde analizó su etapa ministerial y el problema candente de la izquierda europea. Una de sus últimas obras fue el drama “Pálida madre, tierna hermana”. Semprún, quien durante los años '90 impartió clases de Literatura en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, fue también un notable guionista cinematográfico y televisivo. Así, entre otros, escribió los guiones de “Les routes du sud” (Las rutas del sur) de Joseph Losey (1909-1984); “La guerre est finie” (La guerra ha terminado) y “Stavisky” de Alain Resnais (1922-2014); “Z”, “L'aveu” (La confesión) y “Section spéciale” (Sección especial) de Konstantinos Costa Gavras (1933); “Los desastres de la guerra” de Mario Camus (1935-2021); “L'attentat” (El atentado) y “L'affaire Dreyfus” (El caso Dreyfus) de Yves Boisset (1939-2025); y el de su propia película sobre la Guerra Civil española, “Las dos memorias”.
Algunos años después del fallecimiento de Semprún, el periodista español Roberto Sánchez Benítez (1965) publicó un artículo titulado “Jean Paul Sartre y Jorge Semprún, la escritura de la guerra”, en el cual manifestó que “las razones de la escritura pueden ser varias, sin embargo, con el ejemplo de Sartre y Semprún estamos ante una condición de sobrevivencia. Es el medio, la forma, que tiene el sujeto para enfrentar condiciones limítrofes de su existencia frente a la muerte, sobre todo. No solamente la escritura está ahí para ‘curar’ o ‘exorcizar’ mundos interiores del escritor, sino que es el medio de atención al presente, así como a la insistencia de futuro. Escritura testimonio, monumento, ventana que abre a experiencias que se desearían irrepetibles, aun y cuando ella misma sirva como un medio de autoconocimiento y de la condición humana en general”. Todas estas características sin dudas fueron inherentes a la vida y la obra de ambos escritores. Lo que sigue es la segunda y última parte de la conversación que Semprún mantuvo con el autor de obras notables como “L'être et le néant” (El ser y la nada), “La nausée” (La náusea), “L'existentialisme est un humanisme” (El existencialismo es un humanismo), “Critique de la raison dialectique” (Crítica de la razón dialéctica) y “Qu'est-ce que la littérature?” (¿Qué es la literatura?) sobre la cual, según contó Semprún, “a pesar de la fría presencia del micrófono sobre la mesa, a pesar del suave rumor de la cinta magnetofónica que gira inexorablemente, se desenvuelve siempre en un ambiente caluroso, de rigor intelectual y de entusiasmo lúcido, que él provoca e impone. Como impone, desde hace más de veinte años, en el mundo del pensamiento y de la acción, una presencia original, realmente insustituible”. La misma fue reproducida en el nº 3 de la revista “Cuadernos de Ruedo Ibérico” en noviembre de 1965
 

J.S.: Puesto que hemos ido abandonando los problemas específicamente literarios, ¿qué lugar le parece que ocupa la filosofía en el mundo de hoy?
 
J.P.S.: También a este respecto pienso que la filosofía tiene que serlo todo, o no ser nada. Es decir, que la filosofía es el hombre. Es el hombre planteándose cuestiones acerca de sí mismo. Porque, es algo que hay que comprender, el hombre no llegará nunca a tener un conocimiento científico total de sí mismo por la sencilla razón de que siempre será interior al conocimiento que tiene de sí mismo. El racionalismo científico está muy bien, nos dará una sociología mucho más avanzada, nos dará un psicoanálisis mucho más avanzado, pero el problema del hombre se mantendrá idéntico. Lo que la esfinge preguntaba a Edipo seguirá siendo una pregunta, siempre, y la única forma de proceder para conseguir una especie de intuición comunicable de lo que es el hombre común, aunque no totalmente científica y objetiva, es la filosofía. O sea: la perpetua lucha del hombre con la presuposición que posee del hecho de ser hombre. Si diéramos por supuesto un mundo al fin liberado de las clases sociales, o en el cual, al menos, las clases hubieran plenamente tomado conciencia de sí mismas, siempre quedaría el problema del hombre. O sea, ese problema que hace que un hombre sea a la vez juez y parte de su propia realidad, que se ignore en la medida misma en que se conoce, y esto supone un tipo de verdad aproximativa, y es la verdad propiamente filosófica. Es decir, el esfuerzo del hombre por seguir su propia pista, por borrar todo lo demasiado humano en los conceptos que tiene de sí mismo. Creo que esto siempre será así, es decir, a mi parecer, la filosofía nunca acabará haciéndose mundo, "mundanizándose", a pesar de lo que creyera Marx, nunca será algo totalmente realizado por las masas en la realidad, siempre habrá que seguir planteándose problemas. Se conservará siempre como el asombro del hombre ante sí mismo, y como la crítica de ese hombre en relación consigo mismo. Y, desde este punto de vista, la filosofía es necesariamente práctica, siempre. Porque el nivel al cual se plantean esos problemas implica que, si el hombre comienza a conocerse, va a rebasar esa autoconsciencia y a plantearse una empresa. Yo considero que una filosofía marca su impronta sobre un hombre. Un hombre tiene una filosofía que lo caracteriza como perteneciente a una clase, a una época, &c., pero, al mismo tiempo que lo condiciona, siempre lo rebasa, porque siempre se da ese esfuerzo por ir más allá de la clase, más allá de este mundo, para plantear el verdadero problema.
 
J.S.: O sea, a fin de cuentas, no puede decirse que exista separación entre el pensamiento y la acción...
 
J.P.S.: No pienso que haya una diferencia que no sea histórica en la coyuntura entre pensamiento y acción. Para mí, la acción pone el pensamiento al descubierto. En un comienzo, la acción revela el mundo, al mismo tiempo que lo cambia. Dicho de otro modo: para mí no existe el pensamiento contemplativo. Existen simplemente acciones, que pueden ser de lo más elementales, y, en el interior de esas acciones que van a cambiar el mundo, una especie de descubrimiento del mundo, en tanto que se está transformándolo.
 
J.S.: Ahora, con su permiso, quisiera volver a una cuestión personal. Hace un año, y se trata de un caso único, con el de Bernard Shaw, en la historia de la literatura, usted rechazó el premio Nobel que le había sido atribuido. ¿Cuáles fueron sus razones?
 
J.P.S.: Son razones de dos tipos. Unas de tipo subjetivo, y otras de tipo objetivo. La razón subjetiva se desprende de mi concepción del intelectual, del escritor, que tiene que ser un realista crítico, y rechazar toda institucionalización de su función. Un intelectual ministro, por ejemplo, me parece algo cómico. Un ministro de la cultura sólo puede ser un funcionario. Pienso que no hacen falta ministros de la cultura, pero si hicieran falta, que sean funcionarios con una sólida cultura, y no novelistas, por ejemplo. Considero que el premio Nobel es una especie de ministerio, de ministerio espiritual, si se quiere. Si a uno le dan el premio Nobel, firma uno los manifiestos como premio Nobel, las gentes dicen: "nos hace falta la firma de fulano, porque es premio Nobel". Todo eso, para mí, es lo contrario de la literatura. Diría incluso que, si la literatura se institucionaliza, pues bien, forzosamente muere. Esa es la razón que yo llamaría subjetiva. La razón objetiva es otra. Consiste en que tal vez pueda aceptarse un premio internacional, pero sólo si lo es realmente. Es decir, si en una situación de tensión Este-Oeste, se atribuye tanto al Este como al Oeste, en función únicamente del valor de los escritores. Así ocurre con los premios Nobel científicos. Los premios Nobel científicos se atribuyen a rusos, a norteamericanos, a checos, a hombres de cualquier país. Es un premio que sólo tiene en cuenta el aporte científico de tal o cual individuo. Pero en literatura no ocurre así. Sólo ha habido un premio soviético. Se trata de un gran escritor, Pasternak, que merecía ese premio desde hace veinte años. Pero, ¿cuándo se le da? En el preciso momento en que se quería crear dificultades al gobierno de su país. Se trata aquí, y así lo ha entendido todo el mundo, de una maniobra. No acuso a ningún miembro de la Academia Sueca de haber hecho una maniobra: son cosas que se producen casi objetivamente, ¿no es cierto? Pero considero que no es posible aceptar un premio que no es verdaderamente internacional, que es un premio del Oeste. Como para mí, precisamente, el verdadero problema reside en el enfrentamiento cultural del Este y del Oeste, la unidad en cierta medida contradictoria de ambas ideologías, su conflicto, su libre discusión, pienso que ese premio se dio de una manera que no me permitía aceptarlo, objetivamente.
 
J.S.: ¿Por qué piensa usted que le fue atribuido ese premio Nobel?
 
J.P.S.: Me fue atribuido porque soy de izquierda, pero soy al mismo tiempo un pequeño burgués del Occidente. Por consiguiente, se creaba la impresión de que el premio se daba a un hombre de izquierda, pero se daba al mismo tiempo a un pequeño burgués. ¿Por qué no se me dio ese premio durante la guerra de Argelia? Ya tenía bastante edad para recibirlo, mientras luchaba, junto a mis compañeros intelectuales, por la independencia de Argelia, contra el colonialismo. Pienso que, a pesar de mis principios, si se me hubiera dado en aquel momento, lo habría aceptado. Si se hubiera dado a alguno de los intelectuales que luchábamos por la independencia de Argelia, habría considerado oportuno aceptarlo, porque ello hubiera manifestado el apoyo de la opinión pública a la lucha por la independencia argelina.
 
J.S.: ¿No cree usted que pueda existir una organización cultural verdaderamente libre?
 
J.P.S.: Creo que puede existir una organización cultural que, en todo caso, ponga al Este y al Oeste, a los intelectuales del Este y del Oeste en mutuo contacto, y cuyos dirigentes sólo se propongan una cosa: permitir una libre discusión. Esa organización existe, por cierto, y es la Asociación Cultural Comes, cuyo centro está en Italia.
 
J.S.: Ya que hablamos de organización cultural, surge un tema relacionado con esta problemática. ¿Qué influencia puede tener el libro de bolsillo en la difusión de la cultura?
 
J.P.S.: En lo que concierne al libro de bolsillo, me parece que estamos haciendo una experiencia bastante interesante en Francia. Las tiradas de este tipo de libros son enormes. De eso no cabe duda. Pero pienso que no deben exagerarse los resultados. Por una parte, se trata de una empresa de producción masiva, o sea, capitalista. El libro de bolsillo no llega realmente a las masas. Lo que ocurre, y ya es bastante interesante de por sí, es que desarrolla virtualidades de lectura en la pequeña burguesía. En resumen, podría decirse que representa una ampliación de la lectura de las clases medias. Pero no creo que con ese sistema se llegue a la clase obrera. Creo, por consiguiente, que es una experiencia bastante interesante para obtener el pleno rendimiento de un público virtual. Pero no es eso lo que deseo a los escritores, lo que deseo es la difusión de sus libros en todas las clases sociales, mientras haya clases sociales.
 
J.S.: Mientras haya clases... Esta expresión nos remite al problema fundamental de nuestro tiempo, el problema de la supresión de la sociedad de clases. Nos remite, por tanto, a la pregunta con la cual quisiéramos terminar esta entrevista: ¿Qué es el socialismo, para usted?
 
J.P.S.: Para mí, el socialismo es, ante todo, el movimiento de los hombres hacia su liberación. Esos hombres que, precisamente porque son metafísicamente libres -permítaseme que lo diga así- se encuentran en un mundo de explotación y de alienación que les enmascara y les roba esa libertad. La afirmación de esa libertad contra esa situación, la necesidad para los hombres de tomar en sus manos su destino, de tomarlo colectivamente, pero también individualmente, el hecho, precisamente, de que todas las condiciones de explotación pueden vincularse con esa situación de clase, eso es lo que denomino movimiento hacia el socialismo. No creo que el socialismo exista hoy en parte alguna. Creo que hay países más adelantados que otros, porque han socializado sus medios de producción. El socialismo, ya lo dije antes, sólo puede ir acompañado por la abundancia. Pero supongo que, a partir del momento en que la abundancia esté ligada a la supresión de las clases, es decir, a la supresión de las inversiones individuales, de la propiedad privada de los medios de producción, a partir del momento en que la explotación ya no tenga sentido, en ese momento podrán plantearse los hombres sus verdaderos problemas, en la igualdad. Es decir, igualdad y libertad son una sola y misma cosa. No pienso que el socialismo sea el fin de la historia de la humanidad, ni el surgimiento de la felicidad para el hombre. Pienso que es el momento en que los verdaderos problemas se plantearán, sin ser enmascarados por otros problemas, como son los problemas de clase, los problemas económicos y de explotación. Un ruso me dijo un día, y me parece profundamente cierto, que a partir del momento en que el socialismo se halle verdaderamente instaurado, a partir del momento en que el hombre sea libre, dueño de sí mismo, a partir del momento en que actúe en la colectividad y ésta actúe sobre él, a partir de ese momento se plantearán los verdaderos problemas filosóficos y metafísicos. A partir de ese momento, el hombre llegará a conocerse a sí mismo. No considero el socialismo como un Edén, sino más bien como algo en desarrollo indefinido, que debe poner al hombre en posesión, cada vez mayor, de sus problemas, de su tragedia y de sus poderes de acción.