12 de enero de 2019

Samanta Schweblin: “Como sociedad es de vital importancia tener un espacio donde funcione la ficción. Es algo curativo, ordenador; el espacio en que nos pensamos como individuos y volvemos a nuestra vida ilesos y con una información vital” (2)


Los personajes de la novela “Kentukis” de Samanta Schweblin encarnan el costado más real -y a la vez imprevisible- de la compleja relación que los seres humanos tienen con la tecnología, renovando la noción del vouyerismo y exponiendo al lector a los límites del prejuicio, la intimidad, el deseo y las buenas intenciones. “Siempre empiezo una historia pensando en el cuento -dice la escritora-, aunque luego las historias exijan treinta páginas más, como en ‘La respiración Cavernaria’, o cien páginas más, como en ‘Distancia de rescate’, el cuento sigue siendo el género donde más cómoda me siento. Pero con ‘Kentukis’ el proceso fue distinto al de los libros anteriores. Nació como una novela desde su primerísimo borrador, unas quince páginas que escribí de un tirón. Y en ese primer intento ya era claro que esta historia era una novela, por los tiempos que se tomaba para narrar, porque ya estaba estructurada en capítulos y ya había varios personajes centrales. La verdad que esta novela me sacó de todas mis zonas de confort. No sólo por pasar por primera vez a un relato muchísimo más largo de esas diez o veinte páginas en las que yo ya me sentía más o menos cómoda, sino también por sus temas: tecnología, voyerismo, globalización. Nunca pensé que me pondría a escribir sobre estas cosas, pero sobre todo por la propia estructura del libro, este relato que se va configurando de manera coral desde distintas idiosincrasias y lugares del mundo. Fue un proceso realmente distinto”. “Las tecnologías han cambiado ya todas las artes. Música, cine, teatro… ¡y lo ha hecho para bien! Ha hecho una herramienta más preciosa, exquisita y sensitiva”, exclama Schweblin sobre la irrupción de la tecnología en la cultura. Aunque se pone a sí misma un pero: “En el único lugar que no pudo meterse es en la literatura. Creo que como sociedad es de vital importancia tener un espacio donde funcione la ficción. Me parece algo curativo, ordenador, el espacio en que nos pensamos, nos probamos como individuos y volvemos a nuestra vida ilesos y con una información vital”. A continuación, la segunda y última parte de la compilación editada de entrevistas que la autora concedió a distintos medios de prensa a raíz de la publicación de “Kentukis”.


Tus primeras obras se movían más dentro de lo fantástico, pero a partir de “Siete casas vacías” tu mirada se interesó por la “normalidad rara”, por la realidad.

El fantástico rioplatense fue la tradición fundacional para mí, especialmente los cuentos. Fue lo que me hizo vibrar inicialmente y lo que persigo aun cuando escribo: esa inminencia y ese estupor al que nos enfrenta lo fantástico, que tiene algo que es desconocido y extraordinario pese a que todo, incluso lo imaginario, es de este mundo. Cuando empecé a escribir mis propias historias y a publicar mis libros me di cuenta de que, cuanto más se acercaba ese fantástico a lo cotidiano, cuanto más posible era, cuando dejaba de ser lo imposible de suceder y se convertía en lo extraño de suceder pero posible, más miedo me daba y me tocaba de una manera más real. Y ahora cargo con los dos pesos: la fascinación por lo extraño pero en el mundo de lo real, el introducir en lo cotidiano esa tensión de lo fantástico.

Sabemos que el comienzo de tu anterior novela, “Distancia de rescate”, fue un cuento que no podías acabar ¿cómo fue el proceso a nivel estructural con esta nueva novela?

Mi primer impulso siempre es escribir un cuento. Pero con esta historia fue evidente que estaba frente a un material para novela desde el principio. El primer borrador no tiene más que unas siete u ocho páginas escritas a los apurones, intentando entender lo más posible esa nueva idea antes de cortar la escritura. Y ahí ya estaban tres de las cinco historias que luego fueron estructurales para la novela. Ya estaba la idea de capítulos cortos y largos, y hasta el “timing” de una historia que era claramente de largo aliento. Toda la estructura de la novela nació con ese primer borrador.

Tus dos primeros libros pueden considerarse dentro del fantástico, “Distancia de rescate” es una novela de terror, en “Siete casas vacías” lo fantástico pasa más bien por la locura de los personajes y “Kentukis” es, en gran medida, una novela de ciencia ficción. ¿Te gusta explorar los géneros?

Me gusta explorarlos, sí, pero pienso siempre en términos de historias, personajes, narradores, tiempos, y no tanto en términos de género. Los géneros, e incluso las extensiones -cuento, nouvelle, novela-, son espacios a los que llego casi con sorpresa, como a una conclusión para la que estuve pensando un tiempo. Quizá por eso también termino trabajando un poco en los límites de esos géneros. Quiero decir, me encantan todas las etiquetas de tu pregunta, me encantan porque soy lectora de esos géneros, los disfruto con devoción, y entiendo perfectamente por qué los elegiste para hablar de esos libros. Pero también podría decir que la gran mayoría de los cuentos de “Pájaros en la boca” pertenecen más a la literatura de lo extraño que a lo fantástico; que “Distancia de rescate” no tiene explícitamente ninguna característica del género de terror; y que “Kentukis”, tratándose de una tecnología que no es más que la cruza entre un peluche y el celular más rudimentario de este mundo, no tiene ni trabaja ninguna característica dura de la ciencia ficción. Por ahí entonces lo que más me interesa de los géneros son sus ambientes, la cercanía de sus límites y todo lo que se pone en juego cuando uno se acerca a ellos.

¿Cómo fue la experiencia de escribir una novela larga después de los cuentos y una novela corta?

Este libro, ya desde sus primeras notas, nació con una forma bastante distinta a todo lo que venía trabajando. Quizá el concepto de qué es un kentuki y cómo funciona podría contarse en un cuento, pero eso no es lo que yo quería contar, y desde los primeros borradores fue bastante claro para mí que, si me animaba a escribir esta historia, iba a tener que ser una novela. Me inquietó trabajar tan fuera de los espacios en los que suelo sentirme más cómoda. No sólo por animarme a la novela, sino también por pasar de mis narradores en primera persona a un narrador en tercera, por contar una historia de manera coral, por salirme del territorio argentino y trabajar desde distintas ciudades del mundo, por pensar un tema que hasta entonces me había sido completamente ajeno, como es el de las tecnologías, en fin, todo me parecía un poco extraño. Pero pasada la mitad del manuscrito me di cuenta de la trampa, de que quizá no es tan fácil salirse de esos espacios conocidos, en realidad, seguía hablando de lo que siempre me preocupa en mis historias: de la soledad, la incomunicación, los problemas del lenguaje, lo extraño. Sí hubo algo nuevo en lo logístico, algo que parece una obviedad pero no se siente así cuando finalmente hay que arremangarse, y tiene que ver con la cantidad de material con el que se trabaja en una novela en comparación con las diez o veinte páginas en las que se concentra el cuento. Como la carga es grande, cada movimiento lleva su tiempo, y como mi alma sigue siendo de cuentista, tuve que aprender a ganar algunas batallas internas con mi ansiedad y mi impaciencia.

¿Qué escritores pensás como modelo de “Kentukis”?

Modelo, ninguno, o por lo menos no se me ocurre claramente ninguna estructura o narrador, o personajes que me hayan llevado al mundo de este libro. Pero bueno, ya que me das la hermosa libertad de elegir modelos, pienso en “Crónicas marcianas”, de Ray Bradbury. A priori me cuesta encontrar puntos en común, pero algo hay. O mejor dicho, algo me gustaría que hubiera. Una novela que parece hablar sobre cohetes, pero en la que los cohetes siempre están hablando de otra cosa, una novela de relaciones humanas desde distintos lugares del mundo. Aunque hay algo que le envidio profundamente a Bradbury, y sé que nunca voy a poder heredar. Su optimismo. La luz que siempre deja en cada oscuridad en la que se mete. Es una fe en la humanidad todavía más peligrosa que la de aventurarse en el humor o en el sexo sin maestría. Creo que no hay escritor más valiente que él, y es uno de mis escritores muertos que más extraño. Si todavía siguiera escribiendo... Nos haría a todos tan bien.

¿Lees ciencia ficción? ¿Quiénes son tus autores favoritos?

Me gusta mucho la ciencia ficción. Pienso en autores como Stanislaw Lem, Úrsula K. Le Guin, Ray Bradbury... Mis primeras lecturas adultas fueron sobre todo libros fantásticos y de ciencia ficción. Pero no creo que “Kentukis” pertenezca a ese mundo. Hay un ruido extraño en cómo se lee hoy la ciencia ficción y cómo lidia con ella la literatura. Vivimos en un mundo hiper tecnologizado, y nos manejamos en él con absoluta naturalidad, usando recursos que hace solo diez años atrás serían impensables, y hoy ya no nos sorprenden. Pero basta que esta tecnología entre en un libro para que todo parezca girar alrededor de esto, todavía no terminamos de leerla con naturalidad. “Kentukis” no habla del futuro y no implica la existencia de ninguna tecnología nueva. Y sin embargo la vieja idea de la ciencia ficción late evidentemente entre líneas. Me encanta, porque es un género que siempre disfruto, pero me pregunto qué es lo que nos pasa a nosotros, como lectores, que aceptamos estas tecnologías con toda naturalidad en nuestras vidas pero, puestas estas sobre el papel, tomamos todavía tanta distancia. ¿Será que siguen dándonos algo de miedo? ¿Será que en realidad todavía no las hemos internalizado tanto como creemos?

¿Vivimos en una época voyeurista, donde somos incapaces de desaparecer? ¿Qué lugar ocupan los escritores en ese juego?

Siempre fuimos vouyeristas, cambian las tecnologías, pero siempre nos fascinó mirar al otro. Y el voyeurismo busca una verdad que es imposible de otra forma, y es la de ver al otro tal cual es, ver quién es el otro cuando cree que nadie lo ve. Hay información vital en esos descubrimientos. Y esa es la mirada que puede dar un kentuki. Si seríamos capaces de pagar una fortuna por ser anónimos en la vida digital, ¿cuánto pagaríamos por ser anónimos en la vida real? Y la literatura tiene mucho de esto también. Escribir es, por supuesto, una forma de voyeurismo, o al menos una forma de preguntarse qué es lo que uno miraría si pudiera mirarlo todo, y de descubrir, en las respuestas de esos libros, nuestras propias preguntas y nuestras propias respuestas.

En esta novela, como en “Distancia de rescate”, hay una mirada sobre fenómenos preocupantes, inquietantes, que atraviesan el mundo. En “Distancia de rescate” tenía que ver con una cuestión más vinculada al medio ambiente y en “Kentukis” aparece la trata de mujeres, cuestiones que tiene que ver con los vínculos, divorcios, orfandades, aparecen campamentos de refugiados en Sierra Leona… ¿Estás muy pendiente de lo que pasa en general a la humanidad?

Y sí, absolutamente. Creo que estamos todos un poco expuestos a través de los medios. Incluso en el desentendimiento o en el no saber completamente qué pasa en determinada ciudad o en determinada sociedad. Es como que todos esos males, y esas cosas hermosas también, se reflejan todo el tiempo de una manera rara en las redes. Está todo ahí, lo peor y lo mejor de nuestra sociedad está metido entre imágenes, palabras, sonidos que impactan, y algunas cosas preferís pasar y otras decís no, qué está pasando acá y decidís informarte de otra manera.

¿Considerás que a partir de esta novela hay un giro cosmopolita en tu narrativa, que ya no se limita a retratar personajes argentinos?

Me animaría a decir que no. Pero quién sabe. Creo que “Kentukis” solo podía contarse así, desde múltiples ciudades del mundo, con todos los límites y las libertades que abre ese juego. Es algo que tiene que ver más con la idea de los kentukis que con un giro cosmopolita en mi escritura o en mi vida. De hecho, aunque sea una argentina con pasaporte italiano viviendo en Berlín, me considero un bicho de barrio porteño. De cosmopolita, nada. Ahora estoy trabajando en algunos cuentos y, en cuanto me concentro en la escritura, mi mente vuelve inmediatamente al escenario argentino. Supongo que si aparece una idea en la que, por ejemplo, Berlín necesite ser escenario, me animaría sin problema a escribir sobre Berlín. Pero si nada particular lo convoca, diría que mi escenario sigue siendo Argentina.

¿Es la rica tradición argentina un fardo pesado de llevar?

Una tradición nunca debería comprometer porque es un poco como los abuelos que uno ha querido y admirado, como la familia de la que se viene. Y si lo hace debería ser desde el compromiso con el trabajo, desde la nostalgia de tu país como espacio literario pero que te permite abrirte a otras naciones y géneros literarios... Hay que tener raíces pero sentir que puedes despegarte de todo eso.

Lo decía porque es quizá el rostro más visible de una generación de jóvenes escritoras hispanoamericanas que triunfa en todo el mundo. ¿Cómo vivís esa proyección y ese momento fuerte de la literatura escrita por mujeres? ¿Te sentís reivindicativa?

Me siento muy bien acompañada en un momento privilegiado que no han disfrutado, por desgracia, otras autoras que no han tenido una obra publicada y espléndida, lo que no significa que no hayan escrito. Desde mi adolescencia vi como algo natural que en mi lista de los veinte o treinta favoritos todos fueran hombres. Habíamos leído por supuesto a Eudora Welty, a Flannery O’Connor, pero cuando aparecieron Lucia Berlin, Alice Munro, Edith Pearlman... fue un descubrimiento, también para mí. Cuando la literatura femenina empezó a tomar presencia hace quince años me parecían una esquina peligrosa esos espacios en donde por hacer visible a la literatura femenina se la ponía en un grupo aparte: las mesas de mujeres, las antologías de mujeres... Pensaba: tenemos que estar ahí porque somos buenísimas y no porque somos mujeres. Estoy tan contenta de que el espacio que hemos ganado ahora lo tengamos porque somos buenísimas... Si lees a Fernanda Melchor, a Mariana Enríquez, Vera Giaconi, Guadalupe Nettel, Valeria Luiselli... son buenísimas. Y eso si cito sólo a latinoamericanas pero en todas partes hay una literatura de mujer de primera.

Pasando a cuestiones más generales, ¿cómo sentís la relación con el idioma materno después de años de vivir en otros países? ¿Pensás que esa extranjería, por decirlo así, influyó en tu escritura?

Claro que influye. Sobre todo porque vivo rodeada de un idioma tan distinto al español  como es el alemán y que todavía no domino del todo, y además tengo muchísimas amistades latinoamericanas. Después de tantos años en continuo diálogo con mexicanos, chilenos, venezolanos, colombianos, uno empieza a neutralizar algunas palabras y a tomar otras que no existen en tu idioma pero comunican con mucha precisión algo que ahora sí sabés que existe, y que empezás a necesitar. Pienso mucho en esto en relación a la escritura. Por ejemplo, ¿que sería más natural? ¿Que mis personajes argentinos hablaran mi español, que ya no es exactamente el mismo porteño que se habla ahora en Buenos Aires? ¿O que hablen un porteño perfecto, pero que ya no es el mío, y que por lo tanto yo tendría que reconstruir? Siempre me acuerdo de cómo criticaba la generación de mis padres el “porteño viejo y atrasado” de Cortázar, cuando hacía ya años que escribía desde Francia. Pero creo que ahora tenemos una relación distinta con los cambios del lenguaje. Pienso en la cantidad de escritores de mi generación que viven fuera de sus países, y cómo sus idiomas, deformados y reformados cada uno a su manera, son también un mapa único de su pasado, de las ciudades en las que vivieron y hasta de las ideas que cada uno está rumiando.

¿El hecho de haber obtenido reconocimiento modificó en algo tu manera de escribir?

Estoy tentada a darte un no rotundo, porque así lo siento, pero ¿quién sabe? ¿Cómo puedo medir hasta qué punto separo una cosa de la otra? No lo siento así, eso seguro. Hay algo a lo que sí le tengo miedo, y que justamente, para evitarlo, procuro tener siempre presente, y es la profesionalización. Imagino que, el problema de adquirir cierta experiencia en la escritura, es que uno empieza a ser capaz de resolver demasiado. Y esto no está para nada cerca al hecho de adquirir genialidad, sino más bien al de perderla. En mi ideal, la escritura siempre debería intentar llegar hasta donde quiere desde el abismo de no saber cómo, desde el estupor, la curiosidad y el deseo sin armas.

¿Cuáles son tus lecturas más recientes que te influyeron de algún modo, esos libros que te hacen descubrir algo nuevo sobre lo que puede ser la literatura?

Me alegra la especificidad de tu pregunta, me obliga a dejar de lado libros muy buenos pero que ya se listaron demasiado, y a contestarte con más cuidado. Mi último gran descubrimiento en este sentido debe ser Anne Carson, sobre todo un librito muy chiquito que lamentablemente no está traducido todavía al español, “Short talks”. Nunca me enganché mucho con el microrrelato, pero a estos no puedo parar de leerlos, son pequeñas obras de arte, y sí puedo decir que me dispararon ideas nuevas, o que me hicieron pensar en nuevas posibilidades de escritura. Este año descubrí a Giuseppe Caputo, su novela “Un mundo huérfano” es una historia extraña y potente, y la leí todo el tiempo haciéndome la misma pregunta: ¿Cómo se puede ser tan tierno y tan oscuro al mismo tiempo? Es una novela hermosa. La nueva novela de Pilar Quintana, “La perra”, es muy buena. También me dejó pensando mucho “Las aventuras de la China Iron”, de Gabriela Cabezón Cámara. Y “El discurso vacío”, de Mario Levrero, que es una nouvelle que tenía pendiente hace tiempo. Disfruto mucho de los libros que, más allá de su argumento, también inventan una forma nueva de contarse. Esos libros que, si uno intenta empezar por la página cincuenta, ya le queda claro en muy pocas líneas que hay algo nuevo que se ha construido entre el lector y el escritor, que es indescifrable si no se empieza el libro desde el comienzo, una forma que solo puede ser excusada y entendida por su contenido, y que se aprende durante la lectura.

¿La escritura te da un margen para pensar?

Las palabras tienen su propio poder de invocación, me permiten pensar de manera más profunda e intuitiva, incluso hacer un recorrido novedoso. Cuando uno habla responde muchas veces con automatismos, y eso a mí no me interesa casi nada. La gran diferencia entre la oralidad y la escritura es el tiempo: las personas brillantes suelen ser las que rápidamente llegan a expresar ideas interesantes durante la conversación. Yo, en todo caso, necesito de la escritura. A mí me encanta que me lean, pero no tener que emitir respuestas acertadas todo el tiempo, en relación a lo que hago. Y me cuesta por respeto a mis propios libros: creo que ellos hablan por sí mismos mucho mejor de lo que yo lo hago por ellos.