14 de abril de 2009

Conversaciones (XXVII). Alfred Hitchcock - Francois Truffaut. Sobre el cine y sus menesteres (2/4)

En otro tramo del prólogo de “El cine según Hitchcock”, Truffaut expresó: “Contemplando sus films era evidente que Hitchcock había reflexionado sobre los medios de su arte más que ningún otro de sus coetáneos y que, si por vez primera aceptaba responder a un cuestionario sistemático, podría resultar de ahí un libro capaz de modificar la opinión de los críticos norteamericanos. Esta es toda la historia de este libro... En realidad, los críticos norteamericanos prestaron a partir de 1968 más atención al trabajo de Hitchcock -una película como ‘Psicosis’ está considerada hoy por ellos como un clásico- y los cinéfilos más jóvenes adoptaron definitivamente a Hitchcock sin verse obligados por su éxito, por su riqueza y por su celebridad. Mientras que yo grababa estas entrevistas con Hitchcock en agosto de 1962 en el Universal City, él terminaba los trabajos de montaje de ‘Los pájaros’, su película número cuarenta y ocho... El 2 de mayo de 1980, algunos días después de su muerte, se dio una misa en una pequeña iglesia del Boulevard de Santa Mónica en Beverly Hills. El año anterior, en la misma iglesia, decíamos adiós a Jean Renoir. El ataúd de Jean Renoir estaba delante del altar. Estaban la familia, unos amigos, unos vecinos, unos cineastas norteamericanos y unos simples curiosos. Para Hitchcock, eso fue diferente. El ataúd no existía, había tomado un destino desconocido. Los invitados, convocados por telegrama, eran apuntados y controlados por el servicio de seguridad de la Universal Pictures. La policía hacia circular a los curiosos. Era el entierro de un hombre tímido y que llegó a intimidar quien, por una vez, rechazaba la publicidad porque no le podía ya servir para su trabajo, un hombre que se había entrenado desde la adolescencia para controlar la situación... El hombre había muerto, pero no el cineasta, porque sus películas, realizadas con un cuidado extraordinario, una pasión exclusiva, una emotividad extrema enmascarada por una maestría técnica poco frecuente, no dejarían de circular, difundidas por todo el mundo, rivalizando con las producciones nuevas y desafiando el paso del tiempo”. A continuación, la segunda parte de la conversación que mantuvieron ambos cineastas en el estudio cinematográfico Universal City de Hollywood en agosto de 1962.
 

F.T.: Leí la novela “Psicosis” y la encontré vergonzosamente trucada. En el libro se leen cosas como ésta: “Norman fue a sentarse al lado de su anciana madre y sostuvieron una conversación”. Este convencionalismo de la narración me molesta mucho. El film está contado con mayor lealtad y se da uno cuenta de ello cuando lo vuelve a ver ¿Qué le gustó en el libro?
 
A.H.: Creo que lo único que me gustó y me decidió a hacer la película era la instantaneidad del asesinato en la ducha; es algo completamente inesperado y por ello me sentí interesado.
 
F.T.: Es un asesinato que es como una violación... Creo que la novela estaba inspirada en un suceso real.
 
A.H.: Por la historia de un tipo que había guardado el cadáver de su madre en su casa, en alguna parte de Wisconsin.
 
F.T.: El asesinato de Janet Leigh a puñaladas está también muy bien logrado.
 
A.H.: El rodaje duró siete días y tuvimos que realizar setenta posiciones de cámara para obtener cuarenta y cinco segundos de película. Para esta escena me habían fabricado un maravilloso torso artificial con sangre que debía brotar bajo la presión del cuchillo, pero no me serví de él. Preferí utilizar a una muchacha, una modelo desnuda que servía de doble a Janet Leigh. De ésta, no se ven más que las manos, los hombros y la cabeza. Todo el resto está hecho con la modelo. Naturalmente, el cuchillo no toca jamás el cuerpo, todo está hecho en el montaje. No se ve jamás ninguna parte tabú del cuerpo de la mujer, pues filmamos al ralentí ciertos planos para evitar recoger en la imagen los senos. Los planos rodados al ralentí no fueron acelerados después, pues su inserción en el montaje da la impresión de velocidad normal.
 
F.T.: Es una escena de una violencia increíble.
 
A.H.: Es la escena más violenta del film y después, a medida que la película avanza, hay cada vez menos violencia, pues el recuerdo de este primer asesinato basta para hacer angustiosos los momentos de suspenso que vendrán después.
 
F.T.: Es una idea ingeniosa y muy nueva. Al mismo asesinato, yo prefiero -por su musicalidad- la escena de la limpieza, cuando Perkins maneja la escoba y la arpillera para borrar todas las huellas. La construcción total del filme me hace pensar en una especie de escalera de lo anormal; en el arranque, una escena de adulterio, luego un robo, después un crimen, dos crímenes y finalmente la psicopatía; cada etapa nos hace subir un escalón ¿Es así?
 
A.H.: Sí, pero para mí Janet Leigh interpreta el papel de una burguesa corriente.
 
F.T.: Pero nos transporta hacia lo anormal, hacia Perkins y sus pájaros disecados.
 
A.H.: Los pájaros disecados me interesaron mucho como una especie de símbolo. Naturalmente, Perkins se interesa por los pájaros disecados porque él mismo ha disecado a su madre. Pero hay una segunda significación, por ejemplo, con el búho; estos pájaros pertenecen al dominio de la noche, son acechadores y esto halaga el masoquismo de Perkins. Conoce bien a los pájaros y se sabe observado por ellos. Su propia culpabilidad se refleja en la mirada de esos pájaros que le vigilan y el motivo de que le guste la taxidermia es que su propia madre está llena de paja.
 
F.T.: De hecho, ¿podría considerarse a “Psicosis” como un film experimental?
 
A.H.: Tal vez. Mi principal satisfacción es que la película ha actuado sobre el público, y es lo que más me interesaba. En “Psicosis”, el argumento me importa poco, los personajes me importan poco; lo que me importa es que la unión de los trozos del film, la fotografía, la banda sonora y todo lo que es puramente técnico podían hacer gritar al público. Creo que es para nosotros una gran satisfacción utilizar el arte cinematográfico para crear una emoción de masas. Y con “Psicosis” lo hemos conseguido. No es un mensaje lo que ha intrigado al público. No es una gran interpretación lo que ha conmovido al público. No era una novela de prestigio lo que ha cautivado al público. Lo que ha emocionado al público era el film puro.
 
F.T.: Hay una anécdota interesante con respecto a la escena de la escalera...
 
A.H.: Saul Bass debía hacer los títulos de crédito y, como el filme le interesaba, le dejé dibujar una escena, la del detective Arbogast subiendo la escalera antes de ser apuñalado. Durante el rodaje del film estuve acostado dos días con fiebre y, como no podía ir al estudio, le dije al operador y a mi ayudante que rodaran la subida de la escalera utilizando los dibujos de Saul Bass. No se trataba del asesinato, sino únicamente de lo que le precede, la subida de la escalera. Había un plano de la mano del detective deslizándose por la barandilla y un “travelling” a través de los barrotes de la escalera mostrando de lado los pies de Arbogast. Cuando vi la proyección de la escena, me di cuenta de que aquello no servía y fue una revelación interesante para mí. La subida de la escalera, planificada de esta manera, no producía un sentimiento de inocencia, sino de culpabilidad. Estos planos hubieran servido si se hubiera tratado de un asesino que subía una escalera, pero el espíritu de la escalera se situaba en sentido opuesto. Recuerde los esfuerzos que hicimos para preparar al público para esta escena; dejamos establecido que había una mujer misteriosa en la casa, dejamos establecido que esta mujer misteriosa había salido de la casa y había apuñalado a una muchacha mientras tomaba una ducha. Todo lo que podía provocar el suspenso en la subida de la escalera del detective estaba implícito en estos elementos. Por consiguiente, debíamos recurrir en este caso a la máxima sencillez nos bastaba con presentar una escalera y un hombre que sube esta escalera de la manera más simple posible.
 
F.T.: Estoy convencido de que el hecho de haber visto antes la escena mal rodada le ayudó para indicar al detective Arbogast la expresión adecuada. En francés diríamos: “il arrive comme une fleur” (llega como una flor) y, por lo tanto, dispuesto a “se faire cueillir” (a dejarse atrapar).
 
A.H.: No se trata exactamente de impasibilidad, sino casi de benevolencia. Por tanto, me serví de una sola toma de Arbogast que sube la escalera y, cuando se acerca al último peldaño, coloqué la cámara deliberadamente en lo alto por dos razones: la primera para poder filmar a la madre verticalmente, pues si la mostraba de espaldas hubiera dado la impresión de que ocultaba deliberadamente su rostro, y el público desconfiaría. Desde el ángulo en que me situaba no parecía querer evitar que se viera a la madre. La segunda y principal razón para colocar la cámara tan alta, era conseguir un fuerte contraste entre el plano general de la escalera y el primer plano de su cara cuando el cuchillo caía sobre él. Era exactamente como música, fíjese, la cámara en lo alto, con los violines, y de pronto, la gran cabeza, con los instrumentos de metal. En el plano encuadrado desde lo alto tenía a la madre que llegaba de improviso y el cuchillo que atacaba. Cortaba en el movimiento del cuchillo que cae y pasaba al primer plano de Arbogast. Le habíamos pegado en la cabeza un tubito de plástico lleno de hemoglobina. En el momento en que el cuchillo se aproximaba a su rostro yo tiraba bruscamente de un hilo que liberaba la hemoglobina y de esta manera su rostro se inundaba de sangre, pero siguiendo un trazado ya previsto. Finalmente, caía hacia atrás en la escalera.
 
F.T.: Esta caída de espaldas por la escalera me ha intrigado mucho. En realidad, no cae verdaderamente. No se ven sus pies, pero la impresión que se tiene es que desciende la escalera a reculones, rozando levemente cada escalón con el extremo de los pies, un poco como lo haría un bailarín...
 
A.H.: Es una impresión perfecta, pero, ¿adivina cómo lo conseguimos?
 
F.T.: En absoluto. Comprendo que se trataba de dilatar la acción, pero no sé cómo lo hizo.
 
A.H.: Trucándolo. En primer lugar, rodé con la Dolly el descenso de la escalera sin el personaje. Luego, coloqué a Arbogast en una silla especial y estaba, por lo tanto, sentado ante la pantalla de transparencia en la cual se proyectaba el descenso de la escalera. Entonces se movía la silla y Arbogast no tenía más que hacer unos gestos batiendo el aire con los brazos.
 
F.T.: ¿Cómo conoció la novela corta de Daphne du Maurier “Los pájaros”? ¿Antes de que fuera editada o después?
 
A.H.: ¡La leí en una de esas antologías que se titulan “Alfred Hitchcock presenta”! Luego, me enteré de que habían intentado adaptar “Los pájaros” para la radio y la televisión sin conseguirlo.
 
F.T.: Antes de decidirse a adaptarla a la pantalla, ¿intentó usted asegurarse de que los problemas técnicos con los pájaros podrían solucionarse?
 
A.H.: En absoluto. Ni siquiera me lo planteé. Leí la novela y me dije: “He aquí algo que podemos hacer, pues hagámoslo”. No hubiera rodado la película si se hubiera tratado de buitres o de pájaros de presa; lo que me agradó es que se trataba de pájaros corrientes, pájaros de todos los días. ¿Comprende este estado de ánimo?
 
F.T.: Tanto más que está basado, de nuevo, en su principio de partir de lo más pequeño para ir a los más grande, tanto desde un punto de vista plástico como intelectual. Después de haber presentado a simpáticos y dóciles pájaros que arrancan los ojos de los hombres, ¡debió hacer usted una historia de flores cuyo perfume envenena a la gente!
 
A.H.: ¡No, no! Hay que presentar flores que se coman a los hombres.
 
F.T.: Desde 1945, cuando se habla del fin del mundo se piensa enseguida en la bomba atómica. Era inesperado reemplazar la bomba por millones de pájaros.
 
A.H.: Esta es la razón por la cual el escepticismo en relación a la posible catástrofe está expresado por la anciana ornitóloga; es una reaccionaria, una conservadora, y no puede creer que podría ocurrir algo grave con los pájaros.
 
F.T.: Hizo usted bien en no dar las causas y motivos de la acción agresiva de los pájaros. El film es claramente una especulación, una fantasía.
 
A.H.: Así es precisamente como lo veía yo.
 
F.T.: Supongo que la idea de los pájaros que agreden a la gente en el campo le fue inspirado a Daphne du Maurier por hechos reales, ¿no es cierto?
 
A.H.: Sí, eso ocurre de vez en cuando y está originado por una enfermedad de los pájaros, concretamente la rabia, pero era demasiado horrible para ponerlo en la película, ¿no cree?
 
F.T.: Demasiado horrible, sin duda, y seguramente menos bonito.
 
A.H.: Mientras rodaba en Bodega Bay, leí una pequeña noticia en un periódico de San Francisco que hablaba de unos cuervos que habían atacado a unos corderos y aquello ocurría muy cerca del lugar en que rodábamos. Me entrevisté con el campesino que me explicó cómo los cuervos habían descendido para matar a sus corderos, atacándoles a los ojos, y esto me inspiró la muerte del granjero, con los ojos arrancados. El film comienza en San Francisco, con nuestros dos personajes principales, y los hago ir después a Bodega Bay. La casa y la granja las reconstruimos, reconstituyendo fielmente las habitaciones existentes; era una vieja granja rusa, edificada en 1849, pues en aquella época algunos rusos vivían en esta parte de la costa y, a trece kilómetros de Bodega, se encuentra una ciudad que se llama precisamente Sebastopol, al norte de la bahía. Cuando los rusos ocupaban Alaska, bajaban hasta allí para pescar focas.