El citado Felipe Pigna
publicó en febrero de 2024 el artículo “Un recuerdo de Julio Cortázar a 40 años
de su muerte” en la revista “Viva”, el suplemento dominical del diario
“Clarín”. “¿Por qué lo queremos tanto? -escribió-. Será por su permanente
coherencia y su compromiso con las buenas causas; por su excelente y vibrante
literatura que nos incluía, que nos hacía sentir cómplices de sus pensamientos,
de su surrealismo, de sus miradas del amor, de la política, del cine, del jazz,
de París y Buenos Aires. Julio Cortázar había llegado a aquella ciudad
maravillosa, refugio de mujeres y hombres talentosos del mundo, en 1951,
enojado con aquellas torpezas graves del peronismo, como la que había
convertido a Jorge Luis Borges en inspector de aves de corral. Aquel muchacho
que había estudiado en el Mariano Acosta y había sido profesor en Chivilcoy y
Mendoza, se alojó en la Maison Argentine de la Cité, en la habitación 40 de
aquella residencia universitaria. Allí, pero sobre todo en el Café Old Navy,
ubicado aún hoy en el 150 del histórico Boulevard de Saint Germán y en algún
rincón de la Biblioteca del Arsenal de la rue Sully, nació desde su Olivetti
nada menos que ‘Rayuela’ el 28 de junio de 1963, un libro destinado a
revolucionar la literatura universal, un hermoso puente entre París y Buenos
Aires, entre el amor y el desamor. Un año antes había publicado su maravilloso
‘Historias de cronopios y de famas’, un homenaje al surrealismo. Allí están los
viajes en colectivo, la infancia, los hospitales, los cementerios, los
parentescos, las casas familiares, las oficinas, los rings de box, los amores
imposibles y los otros, la facultad de Filosofía y Letras, los profesores, los
alumnos, las tías, los bares, las utopías y las realidades cotidianas. Pudo
volver a su país en 1973. Venía de Chile, de visitar a sus amigos, Pablo
Neruda, Víctor Jara y Salvador Allende. Llegó preocupado, palpitando el golpe
que ya estaba en marcha. Durante la dictadura fue una de las voces más activas
de la resistencia desde el exilio, escribió textos inolvidables que serían
reunidos en el libro ‘Argentina, años de alambradas culturales’. Su último
viaje fue a su querida Argentina poco después de la asunción de Raúl Alfonsín.
Dio varias entrevistas e intentó entrevistarse con el flamante presidente
democrático. La burocracia se lo impidió. Regresó a Francia a morir en su
querida París el 12 de febrero de 1984. Su tumba en el cementerio de
Montparnasse es una de las más visitadas”. A continuación, la tercera y última parte
de la charla que mantuvo con Osvaldo Soriano publicada en el nº 113 de la
revista “Humor” de septiembre de 1983.
O.S.: ¿Vos creés que el
sandinismo es, en realidad, una revolución?
J.C.: Yo me he planteado
la cuestión muchas veces en Nicaragua. Una revolución es la sustitución total,
dentro de la historia, del capitalismo por el socialismo, sin grados
intermedios. Lo que yo veo en el sandinismo, en cambio, es un movimiento de
liberación. El país fue liberado de Somoza, pero de allí a pasar a la noción de
revolución total hay un paso que el sandinismo no quiso dar, y yo creo que hizo
muy bien, porque si lo hubiera hecho desde el primer día tal vez ya no hubiera
Nicaragua. Ahora bien, la noción de revolución, no es estática ni responde a un
molde. Los procesos tienen que ser completamente distintos según la
constitución social de cada país. El proceso boliviano, por ejemplo, no puede
ser como el cubano, ni éste como el nicaragüense. Eso es lo que la gente se
obstina en no querer ver: en nuestros países no se pueden quemar etapas, no se
pueden modificar las estructuras a fondo si las estructuras no están dadas.
O.S.: ¿Tenés información sobre
ayuda de la dictadura militar argentina, después de la guerra de Malvinas, a
los contrarrevolucionarios que operan desde Honduras?
J.C.: Mis fuentes son
nicaragüenses. Allí se supo, antes de la guerra de las Malvinas, que había unos
cincuenta militares argentinos adiestrando a los contrarrevolucionarios
somocistas. Cuando la guerra de las Malvinas, se dijo allí que los argentinos
habían retirado a los asesores, pero en Nicaragua se dice ahora que los
asesores, si no los mismos, quizá otros, están de vuelta. Además está el caso
de ese barco, el Río Calingasta, que ha llevado armas a Honduras pocos meses
después de la definición de Nicaragua en favor de la Argentina por las
Malvinas.
O.S.: Cuando en “Deshoras” te
hice la observación de que, de los ocho cuentos, seis ocurren en la Argentina,
uno no tiene un lugar físico identificable y no hay ninguno que pase en
Francia. ¿No te sugiere nada eso?
J.C.: No, pero ahora que me lo
decís y que el libro se ha publicado, supongo que eso responde a impulsos
inconscientes muy fuertes, porque no puede ser gratuito que yo haya escrito en
estos últimos dos años esta serie de cuentos de los cuales hay tantos que están
centrados en la Argentina. Vos sabés que a mí nadie me saca de la Argentina: mi
cuerpo se habrá ido de allá por razones equis que se podrían discutir y
analizar, pero yo no me fui nunca de la Argentina. Ese es un detalle que a
veces la gente no ve lo suficiente. Treinta y tres años en Europa, en un país
con el que estoy identificado y en el que me siento muy bien, y sin embargo he
seguido escribiendo en español, en español latinoamericano, y en un español muy
argentino cada vez que el tema lo permite. Si eso no es una prueba de que yo no
me he ido de la Argentina, quisiera que me den una prueba mejor. Ahora bien, yo
siempre dije que soy continentalista, y me siento bien en cualquier país
latinoamericano donde me permitan estar, porque no tengo esa noción, tan
criticable, de nacionalismo, de argentinismo, de cubanismo, o lo que sea, que a
mí me parece detestable porque es la fuente de nuestras peores desgracias, de
nuestra balcanización, de nuestra colonización económica y en gran medida
cultural por los Estados Unidos. Nos han dividido para reinar. América Latina
tiene una fuerza en la que no siempre se piensa, que es la lengua común, esa
cosa maravillosa de que más de veinte países hablen el español.
O.S.: Está por aparecer en
España y Francia tu último libro escrito en colaboración con tu mujer, Carol
Dunlop, poco antes de su muerte. ¿Querés hablarme de ese libro?
J.C.: Es un libro que hicimos
en el curso de un viaje por la Autopista del Sur, entre París y Marsella. Una
loca aventura que consistió en que Carol y yo, utilizando un camioncito que era
como una casa, hiciéramos un viaje en el que no podíamos abandonar nunca la
autopista. Establecimos una regla de juego que no nos permitía detenernos en
más de dos descansos por día. En los primeros capítulos del libro se explica lo
que se puede hacer y lo que no se puede hacer y eso lo cumplimos rigurosamente.
Por ejemplo, podíamos utilizar todo lo que nos diera la autopista: un hotel, si
lo había, nos serviría para ducharnos y dormir en una verdadera cama. Si no lo
había, nos lavábamos en la canilla o dentro de la camioneta. No podíamos
avanzar más de dos descansos por jornada, así que si en el primero no había
sombra o no nos gustaba, seguíamos al otro, pero si éste no era mejor estábamos
obligados a quedarnos allí. Nos llevamos para el viaje los víveres, las
máquinas de escribir, libros, casetes de música y una radio. Era la época de la
guerra de las Malvinas y en el libro se habla mucho de eso. Pero cada uno
elegía su tema, muchas veces inspirado en lo que veíamos en la autopista. Así
se fue compilando un libro al cual se agregaron una enorme cantidad de fotos
que tomó Carol y dibujos imaginarios que luego hizo su hijo. El libro fue
escrito en francés por Carol y en español por mí y nuestro plan era traducirnos
mutuamente. Yo pude hacer la traducción de ella, pero ella no pudo hacer la
mía. El viaje empezó el 23 de mayo del año pasado, hasta julio. Luego volvimos
a París y nos fuimos a Nicaragua. Allí fue cuando Carol se enfermó.
O.S.: ¿Todos los textos hacen
referencia al viaje?
J.C.: No, muchos tienen que ver
con nuestra relación personal, con ese estado de enorme felicidad que tuvimos
viviendo de manera totalmente anónima durante más de un mes. Yo soy un gran
lector de libros de viajes, de Julio Verne a los exploradores polares y
africanos, y quisimos hacer un libro que fuera no una parodia, pero un poco
como una imitación de esas grandes exploraciones científicas. Hasta llevamos
una brújula para orientarnos en los paradores... Es un libro de amor, de contacto
de una pareja que es feliz en esa aventura y la goza en su plenitud.
O.S.: Sabrás que a vos se te ha
atacado bastante en la Argentina, sobre todo cuando dijiste que en el país se
estaba cometiendo un “genocidio cultural”. Estas apreciaciones tuyas le
molestaron a mucha gente y todavía existe un cierto resentimiento. Personalmente
pienso que, expresada así, tu idea tiende a generalizar y perdés de vista
muchos esfuerzos que se hicieron allá para enfrentar o para defenderse de la
ofensiva militar. En Buenos Aires te van a asaltar con preguntas y
cuestionamientos.
J.C.: Sin duda. Entonces
tratemos de ponernos de acuerdo sobre eso. Como en todas las expresiones muy
sintéticas -“genocidio cultural” son dos palabras-, hay siempre peligro de
malentendido. Es evidente que eso puede comportar una noción exagerada visto
desde la Argentina. Cualquier escritor argentino que, con las posibilidades al
alcance de su mano, haya seguido su trabajo dentro del país puede pensar que
algunos exiliados -yo, en este caso-, nos damos demasiada importancia. Es decir
que el hecho de que nosotros no hayamos estado en la Argentina significaba una
especie de muerte de la cultura. Eso, desde mi punto de vista, es totalmente
falso. Yo no quise decir eso, de ninguna manera. Pero al mismo tiempo mantengo
el punto de vista en el valor simbólico que tiene la expresión, porque creo que
ha habido un genocidio cultural en las dos puntas; es decir, nosotros que
estando afuera no podíamos devolver nuestra cultura a la Argentina y quedábamos
frustrados, aislados y separados, y luego los impedimentos bien conocidos a que
se han enfrentado los escritores argentinos que han querido decir lisa y
llanamente la verdad en estos últimos años y que no han podido decirla, o han
podido decirla muy entre líneas, o se han llamado a silencio, o han
diversificado sus actividades. Es evidente que frente al panorama cultural que
había antes de los golpes militares, cuando todo el mundo se expresaba en el
país en un sentido o en otro, la Junta ha hecho todo lo que ha podido por
sofocar la cultura en el interior. Además de mandarnos a nosotros afuera y
eliminarnos de esa manera. De modo que no es a una sola punta esa noción de
genocidio cultural. Yo la tomo en un sentido muy amplio, y evidentemente la
palabra genocidio -y eso es bueno decirlo- es exagerada, pues se emplea cuando
se habla de la destrucción de todo un pueblo, y en este caso la cultura
argentina no está destruida ni mucho menos. Pero que se ha visto profunda y
penosamente impedida durante años, es un hecho y estamos pagándolo muy caro.
Claro, nosotros somos gente de literatura y pensamos en la creación literaria y
artística, pero hay que pensar también en el plano científico, lo que significa
la expulsión violenta de centenares de científicos que se han ido por su cuenta
o por cuenta de la Junta militar y que están en estos momentos vertiendo su
capacidad de trabajo en laboratorios de Suecia, de Inglaterra y de España.
Sabemos muy bien a qué niveles cayó la Universidad, la investigación
científica, los hospitales, la enseñanza. Entonces que se me disculpe la
expresión “genocidio cultural”, que puede ser un poco exagerada pero refleja un
sentimiento muy doloroso mío en el cual sigo creyendo.
O.S.: También dijiste en alguna
oportunidad, y eso despertó más polémica, que te considerabas un exiliado.
¿Podrías decir que ese exilio del que te considerás parte ha terminado?
J.C.: Yo lo espero de todo
corazón, porque mi condición de exiliado se dio a partir de la catástrofe que
siguió a la presidencia interrumpida de Cámpora y todo lo que vino después.
Además, todos mis amigos saben que cuando fui la última vez y me quedé tres
meses, antes de que Cámpora ganara las elecciones, estuve en contacto con el
ala izquierda del peronismo porque encontraba que allí había un montón de gente
inteligente, trabajadora, con ideas, que podía incluso iniciar un proyecto
ideológico que aún falta en la Argentina. Cuando me marché del país, les dije a
mis amigos que habían ido a despedirme a Ezeiza que regresaría en el mes de
septiembre para quedarme un tiempo largo en la Argentina, estar allí y trabajar
con ellos. Naturalmente, los hechos posteriores y las Tres A me cerraron el
camino. La Triple A me hizo llegar a París un desafío a que volviera. Y como ya
lo he dicho muchas veces, tengo buena fama de loco pero no de idiota, de manera
que hubiera sido estúpido ir a que me vaciaran una pistola en el estómago, cosa
que hubieran hecho inmediatamente.
O.S.: ¿Cómo ves ahora tu viaje
a la Argentina, donde hay tanta gente -sobre todo los jóvenes- que tienen ganas
de verte, de preguntarte cosas porque te leen y estudian tu obra?
J.C.: Eso va a ser muy hermoso.
Ya lo he comprobado en los viajes anteriores cuando me iba encontrando con las
nuevas generaciones, con jovencitos llenos de entusiasmo por las ideas, la
literatura, los sueños y una vida mejor. Me imagino, porque ya lo viví, las
conversaciones en las calles, en los cafés, en casas de amigos, en los centros
culturales. Tengo esa sensación maravillada, mezclada con un poco de miedo
frente a la posible invasión, porque naturalmente voy a quedar mal con todo el
mundo ya que no podré contestar todas las preguntas, ni ver a todo el mundo, ni
estar en todos los lugares, ni hacer todo lo que me pedirán tal vez que haga.
Pero, frente a este viaje, no tengo una sensación de regreso, sino simplemente
la alegría de saber que voy a poder entrar al país sin dificultades de tipo
personal y volver a tomar contacto con lo que ha sido mi mundo en mi juventud y
en el comienzo de mi madurez.
