En 1962, después de
cuarenta años de la publicación original, la editorial estadounidense New
Directions reeditó “Labyrinths” (Laberintos), una antología en inglés de
cuentos de Borges. La edición original había sido prologada por el escritor
francés André Maurois (1885-1967); el prólogo de la reedición fue escrito por
el escritor estadounidense William Gibson (1948), considerado el precursor de
la novela “ciberpunk”, un subgénero de la ciencia ficción que muestra un futuro
sombrío, a menudo sobrepoblado y gobernado por grandes corporaciones que
dominan de facto el destino de la raza humana. En ese prólogo contó: “Descubrí
a Borges en una de las más liberales antologías de ciencia ficción que había
incluido su cuento ‘Las ruinas circulares’. Eso me intrigó lo suficiente y
busqué ‘Laberintos’, del cual recuerdo la sensación, a la vez compleja y, de
forma misteriosa, simple, producida por mi primera lectura de ‘Tlön, Uqbar,
Orbis Tertius’. Si el concepto de ‘software’ hubiera estado a mi alcance,
imagino que me habría sentido como si estuviera instalando algo que aumentara
de manera exponencial lo que un día se llamaría ‘ancho de banda’. Esta sublime
y cósmicamente cómica fábula sobre información pura que gradual e implacable se
infiltra en lo cotidiano hasta consumirlo, abrió algo que nunca ha sido cerrado
dentro de mí. Las obras que recordamos toda la vida haber leído por primera vez
son verdaderos hitos, pero ‘Laberintos’ fue uno profundamente singular para mí,
porque, al tiempo en que había terminado con ‘Tlön..’ y había atravesado ‘El
jardín de senderos que se bifurcan’ y me había maravillado, con los ojos
saltados, con ‘Pierre Menard, autor del Quijote’, descubrí que me estimulaban,
en ese momento, las tecnologías que Borges, con sus doctrinas del tiempo circular,
sus tigres invisibles, sus paradojas, sus cuchilleros y espejos y ocasos, no
había necesitado”.
En la edición del 15 de junio de 2011 del diario “Infobae” se publicó un artículo titulado “Jorge Luis Borges, precursor de Internet”, en el cual puede leerse: “No se trata de un planteo nuevo, pero llama la atención la unanimidad. El diario español ‘ABC’ recordaba, ya en el año 2008, que el escritor italiano Umberto Eco había sido uno de los primeros en exponer este enfoque. ‘La insistencia con que el argentino recrea un mundo, más que conocido, devorado por el conocimiento, donde los libros atrapan a sus lectores incluso físicamente, donde se cruzan sin cesar infinidad de datos y donde el saber parece tener vida propia, al margen de los sabios, despierta inmediatas asociaciones con la ciber realidad actual’, decía el periódico, que definía a Borges como un ‘ciber autor’ de moda en los Estados Unidos”.
Y en la edición del 29 de abril de 2016 del diario “La Nación”, el escritor e investigador universitario argentino Martín Hadis (1971) publicó el artículo “De la ficción a la ciencia: los mitos tecnológicos de Borges”. En él expresó: “A primera vista, las obras de Borges y las tecnologías digitales parecen no tener demasiado en común. Sus plataformas físicas -hileras de letras en papel, en el caso de las primeras; surcos de silicio, en las segundas- no podrían ser más disímiles. Sin embargo, los senderos que conectan a ambas son múltiples. El vínculo más fuerte entre las ficciones del escritor argentino y las nuevas tecnologías está dado por los mundos imaginarios que las dos abren. Para encontrar una analogía de Internet en la obra de Borges es aconsejable recurrir al ‘Tlon, Uqbar, Orbis Tertius’ para describir Internet: ‘un vasto fragmento metódico de la historia total de un planeta, con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el rumor de sus lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales y sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego’. Otro aspecto de la informática que Borges encontraba interesante es la disciplina que ahora recibe el nombre de inteligencia artificial, que intenta lograr que las computadoras imiten distintos aspectos del pensamiento humano. Borges mantuvo en el año 1971 un curioso diálogo con uno de los pioneros de esta disciplina: el ilustre científico Herbert Simon. Allí, tras un contrapunto acerca de computadoras y programas, Herbert Simon compartió el concepto de “laberinto”, de “senderos que se bifurcan” que usó Borges en sus cuentos. Y, al reflexionar sobre su propia obra señaló: “Me he situado en el laberinto de senderos que se bifurcan, en un castillo de innumerables habitaciones. La vida es el movimiento a través de los jardines de ese castillo, experimentando sorpresas a lo largo del sendero que sigues, preguntándote (sin demasiada solemnidad) adónde habrían conducido los otros senderos; una búsqueda de heurísticas para la solución de un problema mal estructurado. Si hay objetivos, ellos, más que guiar la búsqueda, emergen de ella. No se necesita resumirlo antes de vivirlo”.
Lo que sigue es la segunda y última parte precisamente de esa charla, la cual fue reproducida en el nº 414 de la revista “Primera Plana” del 5 de enero de 1971.
En la edición del 15 de junio de 2011 del diario “Infobae” se publicó un artículo titulado “Jorge Luis Borges, precursor de Internet”, en el cual puede leerse: “No se trata de un planteo nuevo, pero llama la atención la unanimidad. El diario español ‘ABC’ recordaba, ya en el año 2008, que el escritor italiano Umberto Eco había sido uno de los primeros en exponer este enfoque. ‘La insistencia con que el argentino recrea un mundo, más que conocido, devorado por el conocimiento, donde los libros atrapan a sus lectores incluso físicamente, donde se cruzan sin cesar infinidad de datos y donde el saber parece tener vida propia, al margen de los sabios, despierta inmediatas asociaciones con la ciber realidad actual’, decía el periódico, que definía a Borges como un ‘ciber autor’ de moda en los Estados Unidos”.
Y en la edición del 29 de abril de 2016 del diario “La Nación”, el escritor e investigador universitario argentino Martín Hadis (1971) publicó el artículo “De la ficción a la ciencia: los mitos tecnológicos de Borges”. En él expresó: “A primera vista, las obras de Borges y las tecnologías digitales parecen no tener demasiado en común. Sus plataformas físicas -hileras de letras en papel, en el caso de las primeras; surcos de silicio, en las segundas- no podrían ser más disímiles. Sin embargo, los senderos que conectan a ambas son múltiples. El vínculo más fuerte entre las ficciones del escritor argentino y las nuevas tecnologías está dado por los mundos imaginarios que las dos abren. Para encontrar una analogía de Internet en la obra de Borges es aconsejable recurrir al ‘Tlon, Uqbar, Orbis Tertius’ para describir Internet: ‘un vasto fragmento metódico de la historia total de un planeta, con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el rumor de sus lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales y sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego’. Otro aspecto de la informática que Borges encontraba interesante es la disciplina que ahora recibe el nombre de inteligencia artificial, que intenta lograr que las computadoras imiten distintos aspectos del pensamiento humano. Borges mantuvo en el año 1971 un curioso diálogo con uno de los pioneros de esta disciplina: el ilustre científico Herbert Simon. Allí, tras un contrapunto acerca de computadoras y programas, Herbert Simon compartió el concepto de “laberinto”, de “senderos que se bifurcan” que usó Borges en sus cuentos. Y, al reflexionar sobre su propia obra señaló: “Me he situado en el laberinto de senderos que se bifurcan, en un castillo de innumerables habitaciones. La vida es el movimiento a través de los jardines de ese castillo, experimentando sorpresas a lo largo del sendero que sigues, preguntándote (sin demasiada solemnidad) adónde habrían conducido los otros senderos; una búsqueda de heurísticas para la solución de un problema mal estructurado. Si hay objetivos, ellos, más que guiar la búsqueda, emergen de ella. No se necesita resumirlo antes de vivirlo”.
Lo que sigue es la segunda y última parte precisamente de esa charla, la cual fue reproducida en el nº 414 de la revista “Primera Plana” del 5 de enero de 1971.
