27 de abril de 2009

Conversaciones (XXVIII). Jorge L. Borges - Herbert A. Simon. Sobre laberintos y libre albedrío (2/2)

En 1962, después de cuarenta años de la publicación original, la editorial estadounidense New Directions reeditó “Labyrinths” (Laberintos), una antología en inglés de cuentos de Borges. La edición original había sido prologada por el escritor francés André Maurois (1885-1967); el prólogo de la reedición fue escrito por el escritor estadounidense William Gibson (1948), considerado el precursor de la novela “ciberpunk”, un subgénero de la ciencia ficción que muestra un futuro sombrío, a menudo sobrepoblado y gobernado por grandes corporaciones que dominan de facto el destino de la raza humana. En ese prólogo contó: “Descubrí a Borges en una de las más liberales antologías de ciencia ficción que había incluido su cuento ‘Las ruinas circulares’. Eso me intrigó lo suficiente y busqué ‘Laberintos’, del cual recuerdo la sensación, a la vez compleja y, de forma misteriosa, simple, producida por mi primera lectura de ‘Tlön, Uqbar, Orbis Tertius’. Si el concepto de ‘software’ hubiera estado a mi alcance, imagino que me habría sentido como si estuviera instalando algo que aumentara de manera exponencial lo que un día se llamaría ‘ancho de banda’. Esta sublime y cósmicamente cómica fábula sobre información pura que gradual e implacable se infiltra en lo cotidiano hasta consumirlo, abrió algo que nunca ha sido cerrado dentro de mí. Las obras que recordamos toda la vida haber leído por primera vez son verdaderos hitos, pero ‘Laberintos’ fue uno profundamente singular para mí, porque, al tiempo en que había terminado con ‘Tlön..’ y había atravesado ‘El jardín de senderos que se bifurcan’ y me había maravillado, con los ojos saltados, con ‘Pierre Menard, autor del Quijote’, descubrí que me estimulaban, en ese momento, las tecnologías que Borges, con sus doctrinas del tiempo circular, sus tigres invisibles, sus paradojas, sus cuchilleros y espejos y ocasos, no había necesitado”.
En la edición del 15 de junio de 2011 del diario “Infobae” se publicó un artículo titulado “Jorge Luis Borges, precursor de Internet”, en el cual puede leerse: “No se trata de un planteo nuevo, pero llama la atención la unanimidad. El diario español ‘ABC’ recordaba, ya en el año 2008, que el escritor italiano Umberto Eco había sido uno de los primeros en exponer este enfoque. ‘La insistencia con que el argentino recrea un mundo, más que conocido, devorado por el conocimiento, donde los libros atrapan a sus lectores incluso físicamente, donde se cruzan sin cesar infinidad de datos y donde el saber parece tener vida propia, al margen de los sabios, despierta inmediatas asociaciones con la ciber realidad actual’, decía el periódico, que definía a Borges como un ‘ciber autor’ de moda en los Estados Unidos”.
Y en la edición del 29 de abril de 2016 del diario “La Nación”, el escritor e investigador universitario argentino Martín Hadis (1971) publicó el artículo “De la ficción a la ciencia: los mitos tecnológicos de Borges”. En él expresó: “A primera vista, las obras de Borges y las tecnologías digitales parecen no tener demasiado en común. Sus plataformas físicas -hileras de letras en papel, en el caso de las primeras; surcos de silicio, en las segundas- no podrían ser más disímiles. Sin embargo, los senderos que conectan a ambas son múltiples. El vínculo más fuerte entre las ficciones del escritor argentino y las nuevas tecnologías está dado por los mundos imaginarios que las dos abren. Para encontrar una analogía de Internet en la obra de Borges es aconsejable recurrir al ‘Tlon, Uqbar, Orbis Tertius’ para describir Internet: ‘un vasto fragmento metódico de la historia total de un planeta, con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus mitologías y el rumor de sus lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus minerales y sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego’. Otro aspecto de la informática que Borges encontraba interesante es la disciplina que ahora recibe el nombre de inteligencia artificial, que intenta lograr que las computadoras imiten distintos aspectos del pensamiento humano. Borges mantuvo en el año 1971 un curioso diálogo con uno de los pioneros de esta disciplina: el ilustre científico Herbert Simon. Allí, tras un contrapunto acerca de computadoras y programas, Herbert Simon compartió el concepto de “laberinto”, de “senderos que se bifurcan” que usó Borges en sus cuentos. Y, al reflexionar sobre su propia obra señaló: “Me he situado en el laberinto de senderos que se bifurcan, en un castillo de innumerables habitaciones. La vida es el movimiento a través de los jardines de ese castillo, experimentando sorpresas a lo largo del sendero que sigues, preguntándote (sin demasiada solemnidad) adónde habrían conducido los otros senderos; una búsqueda de heurísticas para la solución de un problema mal estructurado. Si hay objetivos, ellos, más que guiar la búsqueda, emergen de ella. No se necesita resumirlo antes de vivirlo”.
Lo que sigue es la segunda y última parte precisamente de esa charla, la cual fue reproducida en el nº 414 de la revista “Primera Plana” del 5 de enero de 1971.
 

 H.A.S.: Alguna vez me dijeron que usted había leído en inglés por primera vez el “Quijote”.
 
J.L.B.: Sí. es cierto.
 
H.A.S.: Es curioso porque yo lo leí en castellano la primera vez. Luego encontré que en inglés el humor del Quijote perdía toda delicadeza.
 
J.L.B.: También es cierto, la experiencia con traducciones suele ser ésa. Me ocurrió algo interesante con Walt Whitman. Fue alrededor del año 1917. Yo estudiaba alemán. Entonces me tropecé con la traducción de algunos de sus versos a ese idioma. Luego leí los mismos versos en inglés y descubrí que Whitman es fácilmente traducible al alemán, que sus poemas mantienen su valor. En cambio, la traducción al castellano se hace mucho más difícil.
 
H.A.S.: Es un problema de la facilidad con que es posible formar palabras compuestas en inglés y alemán y lo difícil que es hacerlo en castellano.
 
J.L.B.: Sí, eso es cierto. Pero ahora me gustaría que usted me explique algo sobre el llamado conductismo o behaviorismo. ¿Cuál es el fundamento? ¿Es decir, se habla de libre albedrío o más bien de predestinación?
 
H.A.S.: Bueno, yo siempre tengo que hablar de computadoras. Estoy enamorado de las computadoras. Lo podríamos plantear de la siguiente manera: frente a determinado problema la computadora se comporta, también, de determinada manera, y nos preguntamos si tuvo libre albedrío en ese comportamiento. Decimos que tuvo libre albedrío en el siguiente sentido: si se le hubiera colocado otro programa hubiera actuado en distinta forma, hubiera tenido otro comportamiento.
 
J.L.B.: ¿Qué quiere decir con comportamiento? Porque éste sería un proceso mecánico, me refiero por supuesto al de la computadora.
 
H.A.S.: Sí, es un proceso mecánico. Pero yo pienso, al igual que muchos otros en mi especialidad, que el ser humano tiene también un comportamiento de tipo mecánico, similar al de la computadora.
 
J.L.B.: Es decir que actuamos así por fuerza de la costumbre.
 
H.A.S.: Más bien yo diría por fuerza de los programas que tenemos almacenados en nuestro cerebro. Y tenemos libre albedrío en el sentido de que el comportamiento resultante surge en función de nosotros mismos tanto como en función de la situación que enfrentamos. No todos se comportan de la misma manera frente a determinada situación.
 
J.L.B.: ¿Usted piensa entonces que, frente a una disyuntiva, digamos, de dos comportamientos posibles frente a determinada situación, yo puedo elegir uno de esos comportamientos?
 
H.A.S.: Su programa elige. Sí, se puede elegir. Pero eso no es una causa incausada. Uno no es una causa incausada.
 
J.L.B.: ¿Esto implicaría que si algún ser poderoso, algún dios, conociera todo mi pasado, mi infancia, inclusive antes de mi infancia, diría mis antepasados, esto implica que ese dios podría predecir mi comportamiento frente a cualquier situación?
 
H.A.S.: Mis creencias científicas me dicen que es así. Teniendo todos esos conocimientos sobre un individuo se puede predecir su comportamiento frente a determinada situación.
 
J.L.B.: Entonces lo que yo estoy diciendo en este preciso instante es...
 
H.A.S.: ...es una función de todo su pasado...
 
J.L.B.: ...es inevitable.
 
H.A.S.: Inevitable, sí; pero esa inevitabilidad no le quita a usted su identidad, su individualidad. Usted es la encarnación de su propio pasado.
 
J.L.B.: Comprendo. O por lo menos me plazco en pensar que entiendo. Ahora, ¿esto da cuenta de todas nuestras acciones? Es decir, si mi mano derecha está apoyada sobre mi mano izquierda, ¿es porque tenía que ser así? Yo pienso que hay muchas cosas que hacemos de una forma, diría, impensada.
 
H.A.S.: Cosas que ocurren en el subconsciente. Sí, es cierto. Si no fuera así no podríamos ni siquiera atarnos los cordones de los zapatos. La mayoría de las cosas ocurren así. Pero eso se debe a que tenemos muchas cosas programadas.
 
J.L.B.: Pero, ¿las cosas son inevitables en ese sentido también?
 
H.A.S.: Podrían ser distintas, pero siempre en función de sus programas. Podría haber algún determinante que haga que su programa le indique otra acción a tomar. Y si hablamos del azar, el científico piensa siempre en última instancia que en esto no existe el azar. En algún momento quizá tenga que decir que no puede explicar determinado fenómeno, pero igual trabaja con el supuesto de que hay causas que determinan una acción. Y por lo tanto, cuando estudiamos el comportamiento de una persona que está resolviendo un problema, partimos del supuesto de que cada “¡hummm!” o “¡ah!”, de que cada exclamación, tiene su causa. No siempre podemos descubrir esa causa.
 
J.L.B.: Bueno, claro. Cuando estudian el comportamiento tienen que remontarse al pasado entero de esa persona. Inclusive al pasado, a los comienzos de la humanidad, inclusive del cosmos.
 
H.A.S.: No, no es así. Porque el pasado influye su comportamiento presente en la medida en que ese pasado ya está contenido en su persona, por lo que siempre podemos encontrar un punto de partida. Y eso es como trabaja, por ejemplo, el físico. Si quiere estudiar la Luna, no necesita conocer todo su pasado. Sólo necesita conocer su posición y velocidad actuales en relación con los demás planetas. Puede tomar eso como punto de partida. Necesita conocer las determinantes pasadas de unas pocas cosas. Y es sorprendente lo poco del pasado que influye en una acción determinada ocurrida en un breve lapso de tiempo, es decir, una acción tomada por un hombre. Por ejemplo, si yo juego al ajedrez con un hombre, digamos, cinco meses, sin parar y sin tener otra actividad con ese hombre, es sorprendente lo poco que voy a saber o conocer de los contenidos de su mente, lo poco que voy a conocer sobre los determinantes que actuarían en él frente a otras situaciones.
 
J.L.B.: Es decir que hay lugar para el libre albedrío.
 
H.A.S.: Sí. Esta es la forma en que yo concibo el libre albedrío, en que yo soy el que actúa cuando tomo determinada acción. Y el hecho de que algo haya causado ese comportamiento de ninguna manera me hace sentir encerrado. Así que cuando llegamos a una bifurcación del camino o, digamos, del laberinto, “algo” elige cuál es la rama a tomar. Y la razón de mis investigaciones y también la razón por la que sus laberintos me han fascinado de tal forma ha sido, justamente, observar individuos que se encuentran con bifurcaciones y tratar de entender por qué toman el camino de la derecha o el de la izquierda.
 
J.L.B.: Me parece que ese tipo de cosas suceden continuamente en mis historias. Tendría que pedirle disculpas por haberlo enfrentado a nuevos interrogantes...
 
H.A.S.: Al contrario...
 
J.L.B.: ...pero es que si no escribiera esas historias en particular, todo sería artificial. Quiero decir, si escribo estas historias es porque tengo que hacerlo, o porque las necesito. Porque si no podría inventar otras historias y esas historias no tendrían ningún significado para mí y quizá tampoco para el lector. Porque el lector sentiría que son ejercicios literarios artificiales.
 
H.A.S.: Yo pienso que estas historias son muy de nuestro siglo o de nuestros tiempos y por eso me interesó mucho lo que usted dijo sobre Bertrand Russell. La idea del laberinto ramificado, la idea de la combinatoria en grandes espacios como el de sus bibliotecas. Estas ideas son extremadamente centrales para muchos de los avances de la lógica moderna y en la investigación operativa o ciencia de la computación.
 
J.L.B.: Es cierto que he sacado muchas de mis ideas de los libros de lógica y de matemática que he leído, pero, en verdad, cada vez que me propuse la lectura de estos libros, ellos me han derrotado, no he logrado interpretarlos a fondo. Ahora, la mayoría de estas ideas yo las he sacado de las anotaciones de mi padre. Yo no he leído mucho, lo que sí he hecho es releer mucho. Porque siempre me ha parecido que se saca más releyendo un libro viejo que intentando la lectura de uno nuevo.
 
H.A.S.: Hay otro problema con los libros nuevos. Y eso es que hay que evaluarlos primero. Pero para evaluarlos hay que arriesgarse a perder tiempo leyéndolos. Y esto parece señalar una importante diferencia, diría, generacional. Es muy evidente que la gente que actualmente tiene alrededor de cincuenta años, pongamos por promedio, ha educado sus gustos literarios en los clásicos; en tanto que los que están por debajo de esa edad han perdido el gusto inclusive, hablemos de mi país, por la Biblia o por las obras de Shakespeare.
 
J.L.B.: Sí, yo lo he notado en nuestro país también.
 
H.A.S.: No tengo en claro todas las razones por las que esto ocurre, pero en mi experiencia he descubierto algunos datos. Estando en París, en algún momento me deprimió la idea de la cantidad de monumentos con los que conviven los franceses. Se me ocurrió que, de algún modo, habría que ordenar las cosas de forma que los monumentos no se eternicen sino que, en algún momento, fueran reemplazados para poder permitir un continuo flujo de nuevos símbolos, controlado en cierta medida. Y por supuesto que las mejores cosas serían las que permanecerían por más tiempo. Es decir, habría que darle a las nuevas generaciones la posibilidad de amalgamar cosas nuevas con las más antiguas. Claro que esto significa que muchas cosas, simplemente, tendrían que desaparecer.
 
J.L.B.: Volviendo a la literatura. Yo noto que muchos escritores argentinos leen uno o dos clásicos españoles y otro tanto de franceses, o en inglés, y después se dedican a leer autores argentinos. Es una lástima que se olviden otros clásicos tan importantes como Cervantes o los clásicos franceses.
 
H.A.S.: Quizás ocurre que, por las necesidades del momento, los escritores argentinos han tenido que volcarse a la literatura de este país y por lo tanto descartan a la fuerza los clásicos.