A partir de 1950 comenzaron a gestarse cambios en el panorama
poético argentino. Por esos años, el escritor argentino Juan Jacobo Bajarlía
(1914-2005) publicaba un ensayo, “Literatura de vanguardia”, en el que daba
cuenta de la reciente aparición de una nueva tendencia vanguardista: el invencionismo.
Reunidos en torno a la revista “Poesía Buenos Aires” que dirigía el poeta Raúl
Gustavo Aguirre (1927-1984), los poetas invencionistas mostraban una cierta
influencia surrealista. Edgar Bayley (1919-1990), uno de los principales
artífices de la neovanguardia invencionista, sostenía que en el lenguaje
poético invencionista “la palabra entra en relaciones y, en vez de reducir o
encerrar su poder poético como en el discurso lógico, tiende a liberarla,
dotándola de una consistencia nueva, inventiva”. Francisco “Paco” Urondo
(1930-1976), por entonces poeta y futuro periodista, académico y militante
político, se integró a este proceso de renovación que se produjo en la poesía
con sus primeros poemarios: “Historia antigua”, “Dos poemas”, “Breves” y “Lugares”.
En ellos Urondo asimiló la influencia de dos grandes poetas disímiles entre sí,
Oliverio Girondo (1891-1967) y Juan L. Ortiz (1896-1978), lo que habría de
reconocer en uno de sus poemas: “Pero/ yo sé que soy culpable de los dolores/
que aquí siento y recorren el mundo; de las soledades/ que lo van vaciando:
quisiera saltar como Juan L. Ortiz, vociferar/ como Oliverio Girondo, pero:
primero, ellos me ganaron/ de mano; segundo, no me sale bien y aquí/ empieza
todo nuevamente: otro sufrimiento/ igual a diapasones y recursos/ que conozco
perfectamente y que no vale la pena/ repetir: primero, para no emularlos;
segundo, porque/ tendré que ir reconociendo que no he sabido/ hacerme entender”.
Pero, a partir de “Nombres”, Urondo agregó elementos coloquiales y comenzó a
usar un lenguaje absolutamente personal que lo convertirían en uno de los
poetas argentinos más relevantes de la segunda mitad del siglo XX. Sus libros
posteriores -“Del otro lado”, “Adolecer”, “Son memorias” y “Poemas póstumos”-
confirmaron esa singularidad que en ocasiones se advirtió también en otros
géneros que el poeta frecuentó en forma esporádica, como los relatos de “Todo
eso” y “Al tacto” o su incursión en la dramaturgia con “Sainete con variaciones”.
Ya hacia fines de la década del '60 publicó el ensayo “Veinte años de poesía
argentina” y colaboró en la escritura de varios guiones cinematográficos y
televisivos. En los primeros años '70 alcanzó a publicar la novela “Los pasos
previos” y el reportaje testimonial “La patria fusilada” antes de ingresar a
las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), las que luego fueran absorbidas por
Montoneros, la organización armada nacionalista, católica y pretendidamente
peronista (aunque el peronismo ortodoxo la rechazase y contribuyese en buena
medida a su exterminio), en donde se dedicó de lleno a las tareas de prensa.
Absurdamente fue trasladado a Mendoza en mayo de 1976 como parte de un plan de
operaciones en un contexto que, ya por entonces, era de total derrota. Al mes
siguiente murió en un enfrentamiento con el ejército. Como periodista había
colaborado en diversos medios del país y del extranjero, entre ellos, “Primera
Plana”, “Panorama”, “Crisis”, “La Opinión” y “Noticias”.
En noviembre de 1970, Julio Cortázar (1914-1984) viajó a Chile
por tercera vez -las dos primeras habían sido en 1942 y en 1946-. Fue para
asistir a la asunción del presidente Salvador Allende (1908-1973) en el Palacio
de la Moneda, como una muestra de apoyo al gobierno socialista. En ese
contexto, el escritor argentino, uno de los miembros más populares del Boom Latinoamericano,
llegó como un ídolo literario: cientos de personas fueron a recibir al aeropuerto
de Pudahuel al autor de la célebre novela “Rayuela”. Cortázar, quien se había declarado
múltiples veces admirador de la poesía de Pablo Neruda (1904-1973), se hospedó
en el hotel Conquistador, ubicado en el centro de Santiago, donde fue asediado
por numerosos fanáticos, escritores y periodistas. “No he venido como escritor,
sino como expresión de una ideología”, declaró en su encuentro con la prensa.
Tras el acto de la asunción a la presidencia de Allende, con quien se reunió y
fumó con él “el cigarro de la victoria”, un regalo de Fidel Castro (1926-2016),
en los días siguientes Cortázar almorzó con miembros de la Sociedad de
Escritores, dio una entrevista en la televisión, congregó a más de tres mil
jóvenes en el Departamento de Estudios Pedagógicos de la Universidad de Chile y
compartió una cena organizada por el escritor y crítico literario chileno
Enrique Lihn (1929-1988) con un grupo de intelectuales. También mantuvo
diálogos con el escritor cubano Nicolás Guillén (1902-1989), a quien había
conocido en su visita a Cuba tras el triunfo de la Revolución Cubana, y con el
escritor chileno Antonio Skármeta (1940-2024), quien en 1964 había obtenido una
maestría en la Columbia University de Nueva York con una tesis sobre la
narrativa del autor de “Final del juego” y “Las armas secretas”. En una
entrevista concedida poco después, ante la pregunta sobre que lo había motivado
a ir a Chile, respondió: “El resultado de las elecciones, si hubiera sido otro
el resultado no estaría aquí. Además, creo necesaria mi presencia como
intelectual en este proceso, ya que hubiera sido muy cómodo de mi parte haberme
quedado en Francia y desde allí enviar un telegrama de felicitación. Me parece
que el hecho de estar presente en estos casos es más que todo una obligación y
un reconocimiento al pueblo chileno”. Luego pasó unos días por Buenos Aires
donde Paco Urondo, como periodista de la revista “Panorama”, mantuvo con él una
larga charla que, bajo el título “Julio Cortázar: el escritor y sus armas
políticas” y editada por el propio Urondo, fue publicada en el nº 187 del 24 de
noviembre de ese año.
P.U.: Usted acaba de sostener
que las diferencias sociales podían ser el común denominador para los países de
América Latina. Antes, había hablado de un destino socialista de esos países.
El hecho de ir caminando hacia el socialismo, ¿es otro punto común, otro
parámetro?
J.C.: Yo no diría caminando.
Diría que, a esta altura de las cosas, después de lo que ha hecho Cuba y de lo
que estamos viendo en Chile (y las tentativas más tímidas pero interesantes en
Bolivia y en Perú), parecería que cada vez más hay, aunque parezca una
paradoja, una toma de conciencia inconsciente por parte de las grandes masas
que, durante mucho tiempo, aceptaron su situación sin mayores protestas, salvo
los grupos de choque. Pero toda esa masa indiferente, ese campesinado, fue
sometida al régimen de los gamonales, de los patrones y de los grandes
capataces. Ahora tengo la impresión de que eso se está quedando rápidamente
atrás, es decir que el último peoncito tiene ya, en el fondo de la cabeza, la
noción de que algo puede pasar, de que algo va a pasar: un individuo que puede
ser perfectamente incorporable a un movimiento que vaya hacia el socialismo. Y
se irá en la medida en que tengamos los hombres, las vanguardias. Yo soy muy
desconfiado del concepto de caudillo: cuando sale un Fidel Castro, vale la
pena, pero cuando salen... bueno, para qué nombrarlos, los Somoza, los Trujillo
y “compañía limitada”... Por eso no es fácil decir que estamos en camino hacia
el socialismo. Yo creo que hay una cierta tendencia. Parecería que se están
empezando a cumplir algunas condiciones básicas que facilitarían -que van a
facilitar, de eso estoy convencido- un avance hacia la izquierda. Sería una
ruptura de la alienación, del estado de enajenación de las grandes masas
latinoamericanas.
P.U.: Habló usted también de la
desnivelación social. ¿Cree que los problemas del hombre de América estarían
resueltos con una nivelación económica?
J.C.: No, no lo creo. Por
empezar, creo que esa nivelación se puede lograr, pero sólo a través de la
revolución, como consecuencia de una revolución; pero yo dudo mucho que se pueda
lograr por una vía reformista o progresista.
P.U.: ¿Tiene entonces dudas
sobre el proceso chileno?
J.C.: Me parece que el gobierno
de Chile, tal como se autodefine, puede tomar una serie de medidas y dar una
serie de pasos bastante importantes y algunos bastante radicales. Pero
tendremos que ver que pasará el día -si ese día llega- en que el gobierno
intente o procure realmente dar el gran paso hacia un socialismo auténtico y no
institucional. En ese momento creo que habrá toda clase de tentativas para echar
abajo el gobierno, para neutralizarlo. Tentativas internas y tentativas con las
complicidades externas obvias. Creo que en Chile puede darse un caso parecido
al que se da en llamar el socialismo en Argelia. No conozco muy bien los
problemas de Argelia, pero es obvio que el socialismo de Boumédiène es un
socialismo bastante tímido.
P.U.: Si se concretase la
liberación económica -sea como fuere- del continente, ¿cree que allí terminaría
el proceso?
J.C.: No, por supuesto. Es
fundamental que la gente coma, pero de que serviría que la gente coma y eso le
dé un cierto equilibrio si es que sigue tan alienada como antes y sometida, por
ejemplo, a la influencia yanqui en todos los aspectos. Viviría el mismo drama
que viven las sociedades de consumo.
P.U.: En estos últimos ocho
largos años que pasó fuera del país, han ocurrido estas cosas, estos cambios en
América Latina y en usted. Al cabo de todo eso, usted ha regresado. ¿Cómo lo
ve?
J.C.: Esto hará sonreír
irónicamente a todos los que reprochan mi alejamiento. Afectivamente, sigo
estando tan vinculado con la Argentina como cuando me fui. De aquí se podría
inferir que cuando me fui yo no estaba muy vinculado y es verdad en alguna
medida; yo me creo un argentino y he tenido siempre con la Argentina una relación
de tipo amoroso, esa clase de vínculo con una mujer con la cual se tienen
relaciones difíciles, profundamente amorosas, pero difíciles, continuos choques,
continuas repulsas. Y cuando digo la Argentina, quizá tenga que decir América
Latina, y Cuba también: en mi temperamento hay un montón de cosas que se
adecuan mejor con lo europeo que con lo latinoamericano. Y me complace decirlo
porque no decirlo sería una cobardía; es la verdad. Me importa un bledo que a
partir de aquí vuelvan a acusarme de europeo disfrazado de latinoamericano. Por
ejemplo, he llegado aquí a Buenos Aires hace dos o tres días; todo el mundo me
decía que Buenos Aires estaba muy cambiado. Pero, por lo poco que he andado por
la calle, no veo la ciudad nada cambiada: me siento como si mañana tuviera que
dar examen en el Mariano Acosta, igual que cuando era estudiante. Es
exactamente igual, no han pasado treinta años. A lo mejor es porque mi
sentimiento del tiempo es un tanto anormal; yo vivo en un tiempo que es
evidentemente distinto. Cada uno es loco a su manera, y yo tengo mi locura: mi
espacio y mi tiempo son diferentes. Entonces vengo aquí a la Argentina y ya no
digo ocho años: son veinte años los que están abolidos. Tengo que hacer un
esfuerzo para aceptar que la confitería “London” ya no está como estaba,
porque, en el fondo, me sigue pareciendo que está.
P.U.: Cuando usted vio la
esquina y las obras de refacción, recordó que ahí empezaba y terminaba su
novela “Los premios”. Luego dijo que lo había entristecido verla así.
J.C.: Claro, me entristeció
porque es el café de mi juventud, ese café donde yo me juntaba con todas mis
novias y donde me encontraba con mis amigos y donde todos los mozos eran mis
amigos. Y no sé, había una cosa en ese café que me gustaba. Ese café y el “Boston”,
que desapareció antes; bueno, y que sé yo, y algún “Paulista”. Son “los cafés”
y los cafés son un poco para mí como las galerías cubiertas en mis cuentos y en
mis novelas: lugares mágicos de pasaje. Uno entra en un café y es una tierra de
nadie, un punto donde uno va a encontrarse con alguien o a buscar algo, y
cuando se sale siempre ha sucedido algo o puede suceder algo: los cafés son
para mí una especie de puente. Entonces, claro, me entristeció ver que ya no es
el “London”.
P.U.: Si, y parece que esta vez
su esquema se hubiese dado al revés: es el café el que cambió; lo de afuera
está como estaba.
J.C.: Una ciudad es muchas
cosas, pero la estructura general de la ciudad, es decir, la cara de la ciudad,
me ha parecido la misma. Lo vi al salir del subte. Me quedé asombrado al ver la
calle Florida: estaba el monumento a Sáenz Peña, la lencería “Etam” con su
cartel luminoso, tal como yo los he visto siempre, tal como estaban hace veinte
años.
P.U.: ¿Y recordó que la palabra
“Etam” era “mate” al revés?
J.C.: Si, yo juego mucho con
dar vuelta las palabras, porque además es un medio de conocimiento. Creo que
los cabalistas tenían razón: en las palabras hay cosas muy extrañas.
P.U.: Además de los cabalistas,
los reos usan el “vesre”.
J.C.: Y seguro, porque los reos
por algo son reos; no cualquiera es reo. Es una cosa que hay que merecerla,
como ser loco. Desde luego: abogado es cualquiera, pero reo no es cualquiera;
es una cosa muy importante.
P.U.: ¿Usted se considera un
reo?
J.C.: Bueno, yo soy muy bien
educado, como se habrá podido dar cuenta.
P.U.: ¿Pero se considera un
tipo auténticamente de barrio?
J.C.: ¡Cómo no! Me crié en un
suburbio, en Banfield, y me eduqué en el barrio de Once; viví en Villa del
Parque y en Villa Devoto, que eran bastante espesos en esa época. He sido un
tipo de andar por los cafés de La Paternal y de Villa Urquiza, que tienen lo
suyo. Son esas las zonas de Buenos Aires que conozco mejor. Y el centro
también.
P.U.: ¿Tipo del centro también?
J.C.: Si, sobre todo a partir de
cierta edad.
P.U.: Tipo de barrio, tipo de
centro; usted es tipo internacional, de mundo, si se quiere. Creo que esto
tiene mucho que ver con usted y con su lenguaje, donde parecen hablar a veces
esos reos y locos, por citar personajes que le resulten respetables. Me llamó
la atención cómo el otro día se interesó cuando yo dije la palabra “yeite”.
J.C.: Claro, porque para mí era
“guille”; “yeite” es una novedad. Las denominaciones del dinero, por ejemplo;
la primera vez que oí la palabra “luca”, no supe lo que era porque en mi tiempo
no se decía “luca”.
P.U.: Creo que esto también
tiene que ver. Que todo tiene que ver con todo.
J.C.: Yo también.