31 de diciembre de 2008
Entremeses literarios (XXIX)
Juan Rodolfo Wilcock
Argentina (1919-1978)
Harux y Harix han decidido no levantarse más de la cama: se aman locamente, y no pueden alejarse el uno del otro más de sesenta, setenta centímetros. Así que lo mejor es quedarse en la cama, lejos de los llamados del mundo. Está todavía el teléfono, en la mesa de luz, que a veces suena interrumpiendo sus abrazos: son los parientes que llaman para saber si todo anda bien. Pero también estas llamadas telefónicas familiares se hacen cada vez más raras y lacónicas. Los amantes se levantan solamente para ir al baño, y no siempre; la cama está toda desarreglada, las sábanas gastadas, pero ellos no se dan cuenta, cada uno inmerso en la ola azul de los ojos del otro, sus miembros místicamente entrelazados. La primera semana se alimentaron de galletitas, de las que se habían provisto abundantemente. Como se terminaron las galletitas, ahora se comen entre ellos. Anestesiados por el deseo, se arrancan grandes pedazos de carne con los dientes, entre dos besos se devoran la nariz o el dedo meñique, se beben el uno al otro la sangre; después, saciados, hacen de nuevo el amor, como pueden, y se duermen para volver a comenzar cuando despiertan. Han perdido la cuenta de los días y de las horas. No son lindos de ver, eso es cierto, ensangrentados, descuartizados, pegajosos; pero su amor está más allá de las convenciones.
DE L'OSSERVATORE
Juan José Arreola
Mexico (1918-2001)
A principios de nuestra Era, las llaves de San Pedro se perdieron en los suburbios del Imperio Romano. Se suplica a la persona que las encuentre, tenga la bondad de devolverlas inmediatamente al Papa reinante, ya que desde hace más de quince siglos las puertas del Reino de los Cielos no han podido ser forzadas con ganzúas.
DE LAS HERMANAS
Eliseo Diego
Cuba (1920-1994)
Eran tres viejecitas dulcemente locas que vivían en una casita pintada de blanco, al extremo del pueblo. Tenían en la sala un largo tapiz, que no era un tapiz, sino sus fibras esenciales, como si dijésemos el esqueleto del tapiz. Y con sus pulcras tijeras plateadas cortaban de vez en cuando alguno de los hilos, o a lo mejor agregaban uno, rojo o blanco, según les pareciese. El señor Veranes, el médico del pueblo, las visitaba los viernes, tomaba una taza de café con ellas y les recetaba esta loción o la otra.
- ¿Qué hace mi vieja? -preguntaba el doctísimo señor Veranes, sonriendo, cuando cualquiera de las tres se levantaba de pronto acercándose, pasito a pasito, al tapiz con las tijeras.
- Ay -contestaba una de las otras-, qué ha de hacer, sino que le llegó la hora al pobre Obispo de Valencia. Porque las tres viejitas tenían la ilusión de que ellas eran las Tres Parcas, con lo que el doctor Veranes reía gustosamente de tanta inocencia.
Pero un viernes las viejecitas lo atendieron con solicitud extremada. El café era más oloroso que nunca, y para la cabeza le dieron un cojincito bordado. Parecían preocupadas, y no hablaban con la animación de costumbre. A las seis y media una de ellas hizo ademán de levantarse.
- No puedo -suspiró recostándose de nuevo. Y, señalando a la mayor, agregó:
- Tendrás que ser tú, Ana María.
Y la mayor, mirando tristemente al perplejo señor Veranes, fue suave a la tela, y con las pulcras tijeras cortó un hilo grueso, dorado, bonachón. La cabeza de Veranes cayó enseguida al pecho, como un peso muerto. Después dijeron que las viejecitas, en su locura, habían envenenado el café. Pero se mudaron a otro pueblo antes que empezasen las sospechas y no hubo modo de encontrarlas.
LA SIESTA DE LAZARO
Virgilio López Azuán
República Dominicana (1953)
Y yo le dije a mi amigo Lázaro: "Levántate y anda", pero él se quedó igual, inmóvil, como si no me escuchara. Había que verlo en esa cama de guata, con una pesadez mortal. Volví a darle la orden, y nada pasaba. Entonces decidí abrir las puertas y las ventanas de la casa para que entrara la luz y se despertara. Pero qué va. Fui a la cocina y traje conmigo unas cantinas y realicé el ruido más grande del mundo. No me conformé, salí a la calle, convidé a mucha gente para que me ayudaran a despertarlo. Rodearon la casa, gritaron, y nada. Entré de nuevo a la habitación, me acerqué a la cama y Lázaro seguía muerto.
EL DIENTE ROTO
Pedro Emilio Coll
Venezuela (1872-1947)
A los doce años, combatiendo Juan Peña con unos granujas recibió un guijarro sobre un diente; la sangre corrió lavándole el sucio de la cara, y el diente se partió en forma de sierra. Desde ese día principia la edad de oro de Juan Peña. Con la punta de la lengua, Juan tentaba sin cesar el diente roto; el cuerpo inmóvil, vaga la mirada sin pensar. Así, de alborotador y pendenciero, tornóse en callado y tranquilo. Los padres de Juan, hartos de escuchar quejas de los vecinos y transeúntes víctimas de las perversidades del chico, y que habían agotado toda clase de reprimendas y castigos, estaban ahora estupefactos y angustiados con la súbita transformación de Juan. Juan no chistaba y permanecía horas enteras en actitud hierática, como en éxtasis; mientras, allá adentro, en la oscuridad de la boca cerrada, la lengua acariciaba el diente roto sin pensar.
- El niño no está bien, Pablo -decía la madre al marido-, hay que llamar al médico.
Llegó el doctor y procedió al diagnóstico: buen pulso, mofletes sanguíneos, excelente apetito, ningún síntoma de enfermedad.
-Señora -terminó por decir el sabio después de un largo examen-, la santidad de mi profesión me impone el deber de declarar a usted...
- ¿Qué, señor doctor de mi alma? -interrumpió la angustiada madre.
- Que su hijo está mejor que una manzana. Lo que sí es indiscutible -continuó con voz misteriosa- es que estamos en presencia de un caso fenomenal: su hijo de usted, mi estimable señora, sufre de lo que hoy llamamos el mal de pensar; en una palabra, su hijo es un filósofo precoz, un genio tal vez.
En la oscuridad de la boca, Juan acariciaba su diente roto sin pensar. Parientes y amigos se hicieron eco de la opinión del doctor, acogida con júbilo indecible por los padres de Juan. Pronto en el pueblo todo se citó el caso admirable del "niño prodigio", y su fama se aumentó como una bomba de papel hinchada de humo. Hasta el maestro de la escuela, que lo había tenido por la más lerda cabeza del orbe, se sometió a la opinión general, por aquello de que voz del pueblo es voz del cielo. Quien más quien menos, cada cual traía a colación un ejemplo: Demóstenes comía arena, Shakespeare era un pilluelo desarrapado, Edison... etcétera. Creció Juan Peña en medio de libros abiertos ante sus ojos, pero que no leía, distraído con su lengua ocupada en tocar la pequeña sierra del diente roto, sin pensar. Y con su cuerpo crecía su reputación de hombre juicioso, sabio y "profundo", y nadie se cansaba de alabar el talento maravilloso de Juan. En plena juventud, las más hermosas mujeres trataban de seducir y conquistar aquel espíritu superior, entregado a hondas meditaciones, para los demás, pero que en la oscuridad de su boca tentaba el diente roto, sin pensar. Pasaron los años, y Juan Peña fue diputado, académico, ministro y estaba a punto de ser coronado Presidente de la República, cuando la apoplejía lo sorprendió acariciándose su diente roto con la punta de la lengua. Y doblaron las campanas y fue decretado un riguroso duelo nacional; un orador lloró en una fúnebre oración a nombre de la patria, y cayeron rosas y lágrimas sobre la tumba del grande hombre que no había tenido tiempo de pensar.
EL PRESENTIMIENTO
Juan Pedro Aparicio
España (1941)
La familia rodeaba al moribundo. El moribundo habló con lentitud:
- Siempre creí que yo no viviría mucho.
Los niños clavaban en él sus conmovidos ojos. El moribundo continuó tras un suspiro:
- Siempre tuve el presentimiento de que me iba a morir muy pronto.
El reloj del comedor tocó la media y el moribundo tragó saliva.
- Luego, a medida que he ido viviendo, llegué a creer que mi presentimiento era falso.
El moribundo concluyó juntando las manos:
- Ahora, ya veis: con ochenta y seis años bien cumplidos comprendo que ese presentimiento ha sido la mayor verdad de mi vida.
LA CARTA
José Luis González
Puerto Rico (1926-1996)
San Juan, puerto Rico 8 de marso de 1947
Qerida bieja: Como yo le desia antes de venirme, aqui las cosas me van vién. Desde que llegé enseguida incontré trabajo. Me pagan 8 pesos la semana y con eso bivo como don Pepe el alministradol de la central allá. La ropa aqella que quedé de mandale, no la he podido compral pues quiero buscarla en una de las tiendas mejores. Digale a Petra que cuando valla por casa le boy a llevar un regalito al nene de ella. Boy a ver si me saco un retrato un dia de estos para mandálselo a uste. El otro dia vi a Felo el ijo de la comai María. El está travajando pero gana menos que yo. Bueno recueldese de escrivirme y contarme todo lo que pasa por alla. Su ijo que la qiere y le pide la bendision. Juan
Después de firmar, dobló cuidadosamente el papel ajado y lleno de borrones y se lo guardó en el bolsillo de la camisa. Caminó hasta la estación de correos más próxima, y al llegar se echó la gorra raída sobre la frente y se acuclilló en el umbral de una de las puertas. Dobló la mano izquierda, fingiéndose manco, y extendió la derecha con la palma hacia arriba. Cuando reunió los cuatro centavos necesarios, compró el sobre y el sello y despachó la carta.
EL DUELO O LA REFUTACION DEL HOROSCOPO
Alejandro Dolina
Argentina (1945)
Los dos hombres nacen el mismo día, a la misma hora. Sus vidas no se cruzan hasta que son enamorados por la misma mujer. Entonces se encuentran y pelean por ella. Uno de ellos obtiene la victoria y el amor. Al otro le corresponde el dolor, la humillación y quizá la muerte. Los astrólogos han previsto ese día el mismo horóscopo para los dos. Tal vez son erróneos los vaticinios. O tal vez se equivoca uno al pensar que el amor y la muerte son destinos distintos.
LA LLAMADA
Jose Martínez Sánchez
Colombia (1955)
- ¿Me amas? -preguntó él.
- Te amo -dijo ella.
- ¿De pies a cabeza? -consultó él.
- Hasta el último pelo -aseguró ella.
- ¿De dónde me llamas? -demandó él.
- No te gustaría saberlo -advirtió ella.
- ¿No me tienes confianza? -interrogó él.
- Contigo nunca se sabe -anotó ella.
- ¿Quieres que vaya contigo? -inquirió él.
- Lo he estado pensando -agregó ella.
- ¿Podrías ser más explícita conmigo? -indagó él.
- No me queda alternativa -explicó ella.
- ¿De dónde me llamas? -insistió él.
- ¡Del más allá! -enfatizó ella.
EL LOCO
Gibrán Khalil Gibrán
Líbano (1883-1931)
En el jardín de un hospicio conocí a un joven de rostro pálido y hermoso, allí internado. Y sentándome junto a él sobre el banco, le pregunté:
- ¿Por qué estás aquí?
Me miró asombrado y respondió:
- Es una pregunta inadecuada; sin embargo, contestaré. Mi padre quiso hacer de mí una reproducción de sí mismo; también mi tío. Mi madre deseaba que fuera la imagen de su ilustre padre. Mi hermana mostraba a su esposo navegante como el ejemplo perfecto a seguir. Mi hermano pensaba que debía ser como él, un excelente atleta. Y mis profesores, como el doctor de filosofía, el de música y el de lógica, ellos también fueron terminantes, y cada uno quiso que fuera el reflejo de sus propios rostros en un espejo. Por eso vine a este lugar. Lo encontré más sano. Al menos puedo ser yo mismo.
Enseguida se volvió hacia mí y dijo:
- Pero dime, ¿te condujeron a este lugar la educación y el buen consejo?
- No, soy un visitante -respondí.
- Oh -añadió el- tú eres uno de los que vive en el hospicio del otro lado de la pared.
29 de diciembre de 2008
Naomi Klein: "Ante las crisis siempre aparecen las mismas recetas con una idea muy redituable: enriquecer a los políticos y a las empresas"
¿Cómo nació "La doctrina del shock"?¿Qué quiere decir con shock? ¿Cómo definiría a la "doctrina del shock"?
Un shock es cualquier acontecimiento catastrófico que nos desorienta. Mi forma preferida de entender el shock es decir que es la brecha entre un acontecimiento y el relato que lo explica. Ese lapso, esa brecha que se abre entre acontecimiento y relato es el estado de confusión en el cual somos vulnerables. La "doctrina del shock" es la filosofía del poder que entiende que esa brecha es el mejor momento para imponer un programa radical pro-empresas.
Pero esa brecha, ¿no es buen momento para tratar de imponer cualquier programa?
En el libro demasiados shocks convergen para mostrar un mismo cuadro.
¿No es forzado equiparar Irak y Rusia, Sudáfrica y Polonia?
Esta no es una historia de esos países, es una historia del neoliberalismo. Esta ha sido una campaña ideológica y económica que sirve a las élites de todo el mundo, que tiene sus libros sagrados y su filosofía del poder. En el libro cito abundantemente a los arquitectos del neoliberalismo cuando dicen que necesitan crisis: "Cualquier crisis sirve". Cito al ministro de Economía de Polonia cuando dice que puede ser "una rápida transición económica, el fin de una guerra, cualquier cosa". El shock es un período en el que la gente pierde la orientación. La izquierda no entendió que hay una filosofía del poder en las crisis que ha permitido el ascenso de esta ideología. Las crisis son todas diferentes pero, en los últimos treinta años aparece este hilo conductor: fueron sistemáticamente aprovechadas por un grupo pequeño que comprendió y estudió la utilidad de las crisis. Todo esto era nuevo para mí cuando empecé la investigación. Es sorprendente tomar el huracán Katrina, el tsunami, Irak o el fin del comunismo y ver que en todos los casos aparecen las mismas recetas. Tienen una sola idea muy redituable: enriquece a los políticos y a las empresas.
El acontecimiento que inicia el shock puede ser predecible o impredecible, una catástrofe natural o de la política. ¿Esto no marca una gran diferencia en cuanto a las responsabilidades en cada "doctrina del shock"?
No es inevitable que reaccionemos ante los acontecimientos difíciles con un shock, un estado de desorientación. Pero el factor determinante de que nos sintamos desorientados, de que nos volvamos maleables y entremos en regresión es que tengamos o no un relato que explique lo que pasa. En estado de shock uno se vuelve vulnerable. Con un electroshock la persona pierde control de su cuerpo, tanto en psiquiatría como en una tortura. La pregunta es cómo mantenerse fuera del shock, porque no podemos evitar que ocurran pero sí podemos controlar el hecho de entrar o no en ese estado de regresión y desorientación o al menos cuánto tiempo permanecemos en él.
Dice que la tesis inicial surgió en Argentina, ¿cómo nació la idea de convertirla en libro?
Lo que me motivó fue presenciar los efectos increíblemente dañinos del prolongado estado de shock en el que entraron los norteamericanos después del 11-S. Fue la quintaesencia de la brecha entre acontecimiento y relato. "¿Por qué nos odian?" se preguntaban. Uno tendría que hablar de las fallas de los medios, de nuestro sistema educativo, de la cultura que creó una situación en la que los estadounidenses quedaron totalmente sorprendidos de tener enemigos que querían su aniquilación, de los cuales no tenían ni la menor idea hasta el día anterior. El shock no fue el atentado sino el hecho de que parecía llegado de otro planeta. Eso creó el contexto para que el gobierno de Bush se adueñara del poder para destruir las libertades civiles, invadir Afganistán e Irak, crear Guantánamo, etcétera. Yo quería entender la teoría del shock. Se combinaron la necesidad de ver los efectos nocivos que esto tuvo en el panorama político del lugar donde vivo y el hecho de haber venido a la Argentina después de un shock, después de la crisis. En enero de 2002, cuando vine por primera vez, todavía reinaba una gran confusión pero lo que me impactó -y esa es la raíz de la tesis de este libro- fue escuchar los relatos de la gente sobre por qué el país había reaccionado así el 19 y 20 de diciembre. Tantas personas contaban la misma historia: "De la Rúa habló por televisión, declaró el estado de sitio y esa situación nos recordó el pasado". En 2001 ustedes tenían el contexto clásico para la aplicación de la "doctrina del shock"; esa vez no funcionó pero, recordémoslo, se intentó hacerlo.
¿A qué se refiere?
Ustedes tenían una crisis económica, hubo un intento del FMI y de Domingo Cavallo de aplicar un programa de austeridad total, de aprovechar esa crisis económica para llevar el neoliberalismo aún más lejos. En los Estados Unidos había un grupo de economistas de derecha, como Rudiger Dornbusch, que proponían que la economía de Argentina se trasladara "offshore". Es la idea más radical que jamás se haya oído. Ninguna de esas ideas prendió y la gente las rechazó porque había aprendido de aprovechamientos anteriores del shock. Cuando De la Rúa declaró el estado de sitio, la gente recordó 1976. Ustedes tuvieron una memoria histórica. En un momento en el que la gente podría haber sido vulnerable a otra terapia de shock económico, algo la mantuvo fuera. Sorprendente. Lo contrario de un shock, como una hiper-orientación. Todo el mundo estaba súper despierto.
Detectar las motivaciones de "todo el mundo", despiertos o dormidos, no es tan sencillo.
Mucha gente salió por propio interés, sin duda. Pero la experiencia cambia a la gente.
Aquellos días de diciembre son interesantes en contexto: por ejemplo, con los cacerolazos de los días previos, una práctica que nace en el Chile anti-Allende. Días atrás tuvimos nuevos cacerolazos y protestas en calles y rutas. ¿Cómo interpreta estos acontecimientos?
No los interpreto porque no los he investigado. Es fácil olvidar que había un programa ambicioso de aprovechar ese shock para adueñarse de la economía argentina, y eso no ocurrió.
Es consciente de que el proceso es muy complejo.
Sí. En este gobierno se han producido algunos cambios muy simbólicos, y creo que la postura de Kirchner ante el FMI fue importante para el debilitamiento del FMI. Ahora el Fondo está en una profunda crisis y la Argentina desempeñó un papel significativo en ella. Dicho esto, no creo que los Kirchner realmente rechacen muchos postulados del neoliberalismo: le pagaron al FMI y la cuestión crucial es la redistribución de la riqueza. El legado neoliberal es la desigualdad masiva y la aniquilación de la clase media, por eso, la reconstrucción pasa por abordar la desigualdad y eso no ocurre aquí de manera significativa. ¿Es este un gobierno anti-neoliberal? No sé. Pero diciembre de 2001 fue un tiempo de cambio y también de desilusión porque había muchas esperanzas en ese potencial y creo que hubo muchas oportunidades perdidas.
¿Por ejemplo?
Una de las desilusiones es la de las fábricas recuperadas. Eso podría haber sido un cambio de política, pero para que eso ocurra hace falta un gobierno al que le interese cambiar la dinámica (y gente que se lo exija), alejándose de la asistencia y la beneficencia para acercarse a la autosuficiencia, que es la amenaza fundamental porque el modelo clientelista es una maquinaria política. Las cooperativas autónomas no necesitan tanto a los partidos políticos. Esto no sólo ocurre en la Argentina. Ese nuevo paso para institucionalizar otro modelo económico no se dio y esa es otra desilusión. Pero creo que sí se está haciendo en otros países que tienen otra relación con los movimientos sociales, una relación más igualitaria. Mire a Evo Morales: tiene que dar respuesta a los movimientos sociales pero no existe esa maquinaria política tan difícil de desarticular. Es un desafío muy particular. Pero el peronismo -eso aprendí en la Argentina- es único.
Bueno, esa singularidad se pierde en el libro, muchos datos parecen inverosímiles; por su complejidad o quizá porque se basan en fuentes secundarias.
¿Cree eso? Sí, me apoyé en fuentes secundarias. No es lo ideal. Había hecho algunas investigaciones aquí pero profundicé más de lo que esperaba y por eso me basé en algunos libros publicados en inglés. Ahora estamos haciendo un documental y podremos hacer más investigación. Lo acabamos de empezar con el director Michael Winterbottom; pronto haremos la primera filmación. Winterbottom quiere ser muy fiel al libro. Los capítulos de Chile y Argentina lo impresionaron, así que vamos a filmar aquí y en Chile.
En la reseña que hizo Joseph Stiglitz de su libro dice que, en verdad, nunca hubo teoría alguna para esas políticas.
Creo que él dice que las teorías de estos economistas eran aún más endebles. Malos economistas. Stiglitz disiente más en la tortura y la metáfora del shock.
Recientemente escribió sobre un arma nueva, Tazer, una pistola que lanza una descarga, como una picana. El video en YouTube donde se ve cómo guardias disparan Tazer y asesinan a un polaco en un aeropuerto canadiense es aterrador.
Sí, ya hubo muchas muertes causadas por el Tazer. Son un producto de consumo. Es increíble: vienen en rosa, con estampado de leopardo o con música. Este es el Estados Unidos post 11 de septiembre. Los padres las están usando con sus hijos, los maridos con las mujeres. Es un arma de abuso en el hogar; y justamente porque tienen fama de seguras son mucho más peligrosas. La empresa repite: "Esto es seguro. No es fuerza mortal". Hay historias de padres que la han usado contra chicos de tres años porque lloraban. Es una epidemia de shock.
La metáfora de la tortura por electroshock sigue viva.
Hay un tercer shock que es necesario para hacer cumplir con la doctrina y no fui lo suficientemente firme al respecto en el libro. Si volviera a escribirlo dedicaría un capítulo a las cárceles estadounidenses, al hecho de que uno de cada cien estadounidenses adultos está preso, que Estados Unidos tiene el índice de encarcelamiento más alto del mundo y que esa población carcelaria está compuesta mayoritariamente por negros y latinos. Nueva Orleans tiene al 30% de su población tras las rejas. Algunas de estas cárceles usan armas de shock. Las poblaciones que estuvieron en la línea de frente de estas políticas económicas sufrieron un nivel increíble de disciplinamiento y brutalidad policial.
Esto contrasta con su pintura de la dictadura argentina, en la que dice: "Todos callaban lo que ocurría". Hoy cualquiera puede aplicar picana a otro y se supone que está bien.
Es más: es entretenido. Uno ve el shock en el cine, en TV... en los "reality shows" hay como una competencia: quién puede soportar un shock. Uno de los motivos por los cuales es tan difícil hablar de esto en los Estados Unidos es que los medios ejercen una amortiguación. La gente no confía en sus propias reacciones emocionales cuando no recibe confirmación de los medios. Y uno empieza a pensar que está loco, que es el único que piensa así. Porque a uno algo le parece chocante pero la televisión está hablando de otra cosa. Para que estas cosas lleguen a ser una controversia hace falta más que un artículo. Tiene que haber un contexto, que los medios electrónicos digan: "Usted tiene razón en opinar que esto está mal". Si uno no recibe esa confirmación, piensa que esa violencia es normal. Por eso el uso de blogs es alentador. En Canadá nos llegó la noticia de que alguien había muerto por el uso del Tazer en un aeropuerto como la nota de un día. Recién cuando se vio el video en YouTube esto se convirtió en una polémica y en investigación.
¿Cuál es el lector ideal de "La doctrina del shock"?
El objetivo era prepararnos para el próximo shock. Y es muy gratificante recibir e-mails de gente que usa el marco de "La doctrina del shock" para interpretar la actualidad. Esa es mi meta como analista desde que empecé a escribir columnas: dar herramientas para leer mejor los diarios. Esa es mi misión. Por eso, es hermoso recibir mensajes de correo electrónico de gente de todo el mundo que me dice: "Está ocurriendo aquí. Están tratando de hacerlo. Lo están haciendo en la junta escolar, con la crisis alimentaria para introducir alimentos genéticamente modificados" o "con la crisis económica quieren privatizar la seguridad social". Ahí me siento muy gratificada porque significa que la gente tiene otra herramienta para interpretar las noticias. Soy bastante realista en cuanto a qué puede y no puede lograr un libro. Los libros no crean movimientos.
¿Cómo fue recibido este libro en el ámbito académico?
Depende del académico. Creo que muchos docentes valoran a quien divulga y sintetiza. Algunos valoran que use como fuente el trabajo tan cuidadoso que hacen ellos. Me invitan a hablar en universidades porque para los alumnos es útil tener el panorama general. Pero el punto de vista de algunos académicos depende de su orientación: para los marxistas o trotskistas, el libro es demasiado keynesiano. Para los neoliberales, es demasiado marxista.
Al presentar "La toma" su marido explicó que habían eliminado opiniones de especialistas porque la película expresaba un "echen a los expertos".
Eso estaba más bien dirigido a los economistas que habían hecho tal desastre. Tengo un gran respeto por quienes dedican tanto esfuerzo a ser precisos. Sin ellos no podría hacer mi trabajo.
28 de diciembre de 2008
Elisabeth Roudinesco: "La característica del verdadero pensamiento filosófico es que es internacional"
¿Qué pretendió lograr con "Filósofos en la tormenta"?A mi entender, es igual porque no era una época en la que sus libros fueran best-sellers, no se pensaba si tenían éxito o no. Escribir libros era parte de la mitología de la vida. Forman parte hoy del patrimonio cultural. Pero usted sabe que en Francia se vive una época extremadamente reaccionaria, conservadora. Hay una tendencia a detestar ese tiempo pasado. Pero, subterráneamente, todos esos filósofos existen. Vivimos en relación a ese pasado porque ellos ocupan su lugar. Periódicamente se deplora esa gran época, pero lo que trato de mostrar en este libro es que en aquellos tiempos esos filósofos no tenían la impresión de vivir una gran época.
¿Hoy se puede establecer la existencia de una filosofía francesa, alemana o italiana como ocurría en siglos anteriores?
Nos situamos en el comienzo de Europa, y la característica de esos filósofos es que eran internacionalistas. Son franceses pero hay que destacar que Sartre estaba marcado por la filosofía alemana, Canguilhem un poco menos, Althusser fue marxista; Deleuze fue un modelo algo diferente y diría que fue el más francés de todos. .
En su libro no hay ninguna mujer... ¿No había lugar para Simone de Beauvoir, por ejemplo?
¡No iba a poner a una mujer sólo por ponerla! Elegí a filósofos franceses de cierto período. Podría haber puesto a Simone de Beauvoir, la única que habría elegido. Pero ella no me marcó. Tomé filósofos con los que tuve una relación personal, ya sea con la lectura de sus obras o con ellos. Si no hubiera habido un Georges Canguilhem, yo nunca hubiera podido escribir "Historia del psicoanálisis". Los dos grandes modelos teóricos para mi propio camino fueron, sin ninguna duda, Canguilhem y Foucault. Fueron los que más me marcaron en la enseñanza. Fui alumna de Deleuze pero no soy deleuziana. El era un maravilloso profesor, pero los modelos para mí fueron Canguilhem y Foucault. Althusser es algo diferente. Su obra me influyó mucho pero la encontré muy literaria. Me marcó, sin duda, su lectura de Marx. Después, en el último período, Derrida me influyó mucho. Al principio yo no era para nada derridiana porque, para mí, la deconstrucción no era un punto clave. Pero lo que me interesó mucho es que Derrida, luego de Foucault y Canguilhem, comprendió, como ninguno lo había hecho, algo del mundo moderno. Cuando escribí mi libro sobre la familia, cuando vi la evolución de lo que él hacía, me dije que Derrida había comprendido muchas cosas del mundo moderno. A saber, la idea de que hay que criticar sin rechazar, la de ser fiel e infiel, la del saber y la herencia.
¿Y por qué un filósofo tan importante como Michel Foucault ha sido tan detestado entre los franceses?
Todos fueron detestados. Excepto Canguilhem, todos. Hay una herencia foucaultiana muy fuerte porque pensó temas nuevos, pero tanto en Estados Unidos como en Francia fue acusado de todo, de homosexualidad, de haber contagiado a otros el sida, de ser un ángel de la destrucción. El dinamizó de alguna forma a cierto número de pensadores académicos, pero lo detestaron los historiadores por filósofo y los filósofos por historiador. Los que tomé son pensadores que encienden la llama. Althusser fue odiado por marxista y, a causa del crimen de su mujer, se lo tildó de filósofo asesino. Tuvo un destino trágico, fue detestado. Deleuze también fue terriblemente atacado. Se lo acusó de defender las drogas, la libertad, de dinamizar la sociedad. Y Derrida fue ignorado en Francia -se hizo famoso en Estados Unidos antes que en Francia- y atacado muy violentamente en la cima de su celebridad. En Inglaterra hubo un debate cuando una universidad le otorgó un "honoris causa": se lo trató casi de oscurantista. En Estados Unidos, al mismo tiempo que era reconocido, también se lo atacaba.
Derrida ha abarcado un campo muy vasto: el estudio de lo femenino, la deconstrucción, la política. Abordó todos los grandes problemas del mundo, la revolución, la pena de muerte, la filosofía, el psicoanálisis, muchas cosas. Es una herencia muy importante. Y finalmente el momento del adiós. Porque es el último sobreviviente de esas dos generaciones. Tuve que enfrentar esta pérdida. Tuve que escribir despedidas para allegados o amigos suyos. Siempre me despedí del muerto después de su muerte. Me parece que no se puede decir la muerte antes de su llegada.
¿El siglo XX fue deleuziano, como dijo Foucault?
Deleuze fue detestado, igual que Derrida y Foucault. Acusado como Sócrates de querer corromper a la juventud con su enseñanza, se le reprochaba su amor desmesurado por las drogas y el alcohol. Incluso se lo comparó, por haber escrito "El Anti-Edipo", con una especie de degenerado que habría hecho la apología de lo "podrido sobre estiércol de decadencia". También fue considerado antisemita por haber protestado contra la prohibición de una película que había sido evaluada como tal por el Ministerio de Cultura y retirada de las carteleras. Deleuze, al ponerse en contra de esta censura, había cuestionado a todas las asociaciones que se arrogaban el derecho de juzgar el contenido de una obra de arte, por problemático que fuese, sin ser capaces siquiera de debatirlo. Me gusta mucho esa frase que usted cita. Vio que hay un lazo entre ellos. Es seguro que Foucault consideró que Deleuze era el más moderno de todos. Me gusta mucho pero, para mí, los más modernos fueron Foucault y Derrida.
25 de diciembre de 2008
Entremeses literarios (XXVIII)
Juan Sasturain
Argentina (1945)
Una tarde de otoño el peceto subió con pasos cortos y esforzados por Plaza Francia arriba desde Libertador y entró en la Biblioteca Nacional. Pidió en el primer piso el Diccionario de la Real Academia Española, después en el segundo una enciclopedia en veinte gordos tomos y se buscó como cualquier nombre propio o común con pretensiones de estar: culo, Sarmiento, azotillo, felicidad o castañuelas. Tal vez el tonto peceto buscó mal, dudaba en la grafía con "c" sola o "sc" como Discépolo -que aparecía: Armando, Enrique Santos- pero lo cierto es que él no estaba. No sólo no figuraba entre los cortes españoles más vistosos sino que simplemente el peceto no existía en general. Hay quienes conjeturan, acaso con criterio, que de entonces data la extraña conducta del peceto, una carne poco demostratativa, insegura de sí, tímida y sólo comparable en perfil bajo a la aguja y las entrañas, e incluso más callado que el mondongo. Otros no. Son aquellos que sostienen hipótesis de premisas más flagrantes, y lo ven atrapado en una lucha amarga y despareja: no es fácil, argumentan, competir con cortes parrilleros pictóricos de buena y aceitada prensa nacional aunque no sean -argentinos al fin- sino groseros, entreverados de grasa o puro hueso de descarte. El melancólico peceto navega así, en salsa anodina y plato de vieja, sin un destino jugoso ni otra aventura a la vista que un agridulce mechado violador. Anomia, marginación y monotonía lo han confinado al horno con papas, el corte regular y el aderezo burocrático. A la hora del elogio, cocineros hipócritas suelen felicitarlo por prolijo mientras comentan por lo bajo qué boludo.
CADA NOCHE
Eduardo Abel Gimenez
Argentina (1954)
Cada noche, en el Museo Entomológico, un ejemplar de Cithaerias Pyritosa ingresado en 1949 y clasificado en 1952 despierta misteriosamente de un profundo letargo, se desprende de sus ataduras y parte a realizar la tarea encomendada. Está afuera menos de quince minutos. Luego vuelve a acomodarse en su sitio de la vitrina, donde permanecerá inmóvil por otras veintitrés horas y tres cuartos. A la mañana siguiente, un nuevo titular sangriento llenará la primera página de los periódicos sensacionalistas.
VECINAL
Roberto Gutiérrez Alcalá
México (1961)
Se llama Aurora, es delgada y menuda, y tiene la piel muy pálida. De seguro no pasa de los treinta y cinco. Vive en el 206 con su esposo y sus dos hijos pequeños. Cuando llegamos a vivir aquí, en marzo del año pasado, fue ella quien nos dio la bienvenida, porque en ese entonces era la encargada de administrar los cuatro edificios. Por cierto, a pesar de su frágil apariencia, poco tiempo después supo encarar a varios vecinos que se habían retrasado en el pago del mantenimiento. Les puso un ultimátum: o pagan lo que deben o se les corta el gas. Como era de esperarse, no le hicieron caso. El día que se venció el plazo, Aurora le ordenó al conserje que subiera a la azotea de cada edificio, cerrara las llaves del gas de los vecinos morosos y las bloqueara con candados que ella misma se encargó de comprar en una ferretería. Obviamente, los afectados gritaron, amenazaron, pero ella no se dejó intimidar. Entonces, aquéllos no tuvieron otra salida que pagarle lo que debían. Norma me ha contado que a veces viene por las tardes y le pide permiso para hablar por teléfono. Mientras lo hace, sus niños se quedan parados junto a ella, muy quietecitos, sin decir ni hacer nada. Durante una de esas llamadas, Norma se enteró de que tiene problemas con el esposo. Luego, ella misma se lo confirmó. Parece que él conoció a otra mujer; además, no le da dinero suficiente para comida, ropa, colegiaturas... Por eso decidió vender suéteres y vajillas de plástico. Según Norma, le estaba yendo bastante bien. Pero de buenas a primeras comenzó a sentir unos fuertes dolores en el estómago y a vomitar todo lo que comía. Es un tumor, le dijeron. El conserje dice que se la llevaron el martes en la noche y que está grave. Ayer en la mañana me encontré a su esposo y sus hijos en las escaleras del edificio.
- Buenos días -dijo él.
- Buenos días -dije yo-, y me hice a un lado para dejarlos pasar.
EL PROGRAMA
Víctor Montoya
Bolivia (1958)
Cierto día me uní a un hombre que refería este episodio. En la mina se reunieron cuatro obreros bajo la luz mortecina y alguien preguntó:
- ¿Qué desean compañeros?
El primero contestó:
- Conquistar el aumento salarial.
El segundo:
- Matar al general.
El tercero:
- Organizar un frente único de trabajadores.
El cuarto, emanando una voz acumulada durante años, dijo:
- Tener un programa revolucionario y que los agentes del dictador rodearan mi casa y me despertaran a balazos y, sin tener tiempo siquiera para vestirme, huir con el programa entre ráfagas y gritos y, perseguido por jaurías hambrientas y caballos a galope, sin dormir ni comer, llegar con vida hasta esta misma galería.
Los mineros, al cabo de masticar la última hoja de coca, miráronse taciturnos, confundidos, hasta que el más viejo rompió el silencio:
- ¿Y qué ganarías con eso?
- El programa -fue la respuesta.
EL VUELO DEL PAJARO ELEFANTE
Angel Olgoso
España 1961
Avanzo a través del túnel que excavé durante meses en la toba blanda. Me arrastro por este nauseabundo arroyo con la desesperación de los que se saben imantados por fuerzas fatales, de los que han infligido dolor, de los que han sido martillos inclementes para numerosos clavos. Después de dos horas de angustia, mi cuerpo asoma fuera de la boca del túnel. El zumbido de los oídos desaparece. Logro esquivar los reflectores en el mortal damero del patio de la prisión. Me muevo como un veneno recién inoculado. Acometo sin respiro los vastos y resbaladizos muros de cantería. Tras ocultar las sábanas encordadas, atento a los paseos de los guardianes, me interno en las sombras reconocibles de la tercera galería. Puedo escuchar el roce de mis pisadas y el frotecillo asombrado del mecanismo de la suerte. Por fin estoy ante los barrotes. Inspiro profundamente, adelgazándome, y me deslizo entre ellos. Con infinito alivio regreso a las dulzuras de mi celda, a salvo de la aturdidora, extenuante y espantosa libertad.
RUBIA
Carlos Nine
Argentina (1944)
Diana era una falsa rubia que sufría en silencio. Su porte elegante no era suficiente para asegurarle el éxito social que tanto ambicionaba. Paseaba invariablemente por la rambla, al atardecer, con su ataché repleto de cosméticos y una coqueta sombrilla roja. Movía rítmicamente sus piernas en secuencias alternadas de 3-2-3 y también 1-3-1, pero era inútil, no pasaba un catzo. Desesperada, recurrió a Jacobo, el famoso estilista, en busca del diagnóstico correcto.
- Te faltan tetas, m'hija -le espetó el experto tras un rápido vistazo.
- Pero... ¿de qué habla, imbécil? -contestó ella evidentemente irritada por la falta de tacto del profesional-. Tengo lo que hay que tener y además, me teñí de rubio ceniza con reflejos de Plutonio -remató la falsa blonda.
- Plutonio las pelotas. O te ponés tetas o no te dan ni cinco de bola. El color del pelo es elemento visual, y ésta es una época táctil. En estos tiempos los impresionistas se morirían de hambre, ¿entendés babieca?
Diana pareció derrumbarse ante la cruda solidez del esteta, y bajando la barbilla, murmuró:
- Está bien, proceda...
Un mes después, Diana se paseaba por la playa, al atardecer, sin sombrilla ni ataché, pero con unas tetas de novela, y con su pelo natural. Sin embargo, estos adminículos la cohibían de tal manera que vacilaba al caminar, bajaba los ojos y se restregaba las manos con gesto suplicante. La farsa duró poco tiempo. Diana volvió al rubio Plutonio, arrumbó las tetas en el desván de los recuerdos, y continuó paseando por la rambla al atardecer, serena, tranquila, al saber que hiciera lo que hiciera, jamas tendría aceptación social.
PERDER LA CABEZA
Roberto Gutiérrez Alcalá
México (1961)
Ayer, lo confieso, perdí la cabeza. Alguien debió de haber dado la voz de alarma, pues a los diez minutos un grupo de personas se presentó en mi domicilio.
- Somos del Comité Pro Defensa de la Integridad Individual y Social -dijo un hombre de aspecto saludable-. ¿Nos permite pasar?
- Adelante -dije.
- ¿Se encuentra usted bien?
- Un poco confuso.
- Caballero, entremos en materia: ¿por qué perdió la cabeza?
- Bueno, verá: estoy enamorado y...
- Esa no es razón para perder la cabeza -atajó una mujercita elegantemente vestida y de ademanes nerviosos.
- Sí, lo sé -dije-. Aunque...
- Nada, nada. ¿Se imagina qué sería del mundo si todos perdiéramos la cabeza cada vez que el amor embargara nuestros corazones? ¡El caos!
- Es que...
- Caballero, en realidad no nos interesa saber por qué perdió la cabeza -dijo el hombre-. Estamos aquí para encontrarla y para reprenderlo severamente.
- Bien.
- ¿Tiene idea de dónde pudo haberla perdido?
- No.
- Haga memoria... -dijo un anciano de mirada acuosa y cristalina.
- Me levanté a las siete -dije-. Luego de vestirme, sonó el teléfono. Era Olga. No recuerdo qué me dijo, sólo sé que perdí la cabeza cuando dejó de hablar. Tal vez rodó debajo de la cama...
- Ya revisé ahí -dijo una joven que momentos antes había visitado mi cuarto-. No hay más que un par de pantuflas viejas y mucho polvo.
- ¡Oh! -exclamó la mujercita.
- Caballero -dijo el hombre que parecía llevar la batuta-, si lo desea, puede perder un dedo, una mano, incluso una pierna... Sin embargo, la sociedad no puede permitir que uno de sus miembros pierda la cabeza. La cabeza, óigame bien, debe permanecer siempre en su sitio.
- Sí -dije.
- Además -dijo el anciano-, hablando desde un punto de vista meramente estético, un individuo que pierde la cabeza adquiere una apariencia bastante fea. Si pudiera verse...
- Cada uno de nosotros peinará una zona -anunció el cabecilla-. Así nos resultará más fácil encontrarla. Mientras tanto, usted aguardará sentado en este sofá. Confío en que no intentará huir.
- ¡Por supuesto que no!
- Muy bien. Manos a la obra -dijo, y se desperdigaron por toda la casa.
Inmóvil en el sofá, rogué al cielo para que la busca terminara pronto. Creo que fui escuchado, pues al rato la joven reapareció con mi cabeza bañada en lágrimas y con el pelo revuelto. Apenas la reconocí. La joven dijo que la había encontrado en el cuarto de servicio, y me la dio. Yo me la coloqué de inmediato y, antes que pudiera poner en orden mis pensamientos, aquellas buenas personas me dijeron que, si me atrevía a perderla otra vez, el castigo, entonces, sería ejemplar. Luego se despidieron amablemente y emprendieron la retirada.
TELEQUINESIA
Raúl Brasca
Argentina (1948)
- Habrá que creer o reventar -le dijo el hombre que salía de la habitación cuando él entraba.
El terminó de entrar. La mujer esperó que se sentara, cerró los ojos y, con voz cavernosa, llamó a la mesa provenzal que estaba en el primer piso. Moviendo ágilmente las patas, como un perfecto cuadrúpedo amaestrado, la mesa bajó por la escalera.
- Esto es increíble -exclamó él.
Y, antes de que pudiera explicarse mejor, reventó.
LAS GANAS
Carlos Alvahuante
México (1978)
El metro no llega. José consulta el gran reloj digital que cuelga del techo del andén: 7:52. Es la tercera vez que lo hace y las tres veces el resultado ha sido el mismo. O se trata del minuto más largo de su vida o el reloj está descompuesto. Las demás personas, unas quince dispersas por el andén, parecen no darse cuenta. De nada. Sólo siguen esperando. El calor es asfixiante en la estación. José imagina lo que sería salir a refrescarse, sentarse en la banqueta, disfrutar de la noche, de un cigarro y del recuerdo de Norma. Se encamina hacia las escaleras, pero a los pocos pasos se arrepiente: podría ser que mientras él no estuviera llegara el metro. Las otras personas lo observan. José se pone nervioso, le gustaría decirles que no lo vean, que no tiene nada raro, que es una persona como cualquier otra esperando el metro, que de todos modos ya ni extraña tanto a Norma, que... No dice nada. Ocupa nuevamente su lugar, baja la mirada y espera. Mete las manos en los bolsillos del pantalón. Luego las saca y se truena los dedos. Luego las vuelve a meter y, de reojo, con mucho disimulo, checa el reloj del andén: 7:52. Sonríe. Si el reloj no está descompuesto, entonces él es quien lo está. Sólo para cerciorarse, le pide la hora a una mujer que se encuentra a su lado. Ella le da la hora, 7:52, y la espalda. José permanece inmóvil. Contempla a la mujer y a las demás personas, quienes actúan con naturalidad. O mejor dicho, no actúan; esperan. ¿Será que de verdad no se han dado cuenta? José insiste. Oiga, ¿está segura de que son las siete cincuenta y dos? La mujer ni siquiera se da la vuelta, únicamente levanta el brazo para que José pueda leer por sí mismo la hora. Gracias. Son las 7:52. El metro no llega. Después de una recitación silenciosa de las Coplas a la muerte de su padre y una acalorada discusión interna sobre la posibilidad de que haya vida más allá de la muerte, José levanta la mirada y la conduce muy despacio hacia el gran reloj digital. Por un instante, apenas una fracción de segundo, los números rojos desaparecen. Lo que sucede enseguida es casi simultáneo, a una velocidad espeluznante: el reloj marca las 7:53. José oye que el metro se aproxima, la mujer se vuelve y lanza un grito, un hombre que está a unos pasos de la mujer deja caer el periódico abierto y empalidece, las llantas se bloquean en un desesperado intento por frenarse y el metro cierra los ojos. El periódico desciende lentamente, en zigzag. Antes de que toque el suelo, José alcanza a agradecer que el metro al fin haya llegado: con semejante espera, ya se le andaban quitando las ganas.
CHISTE
Cecilia López
México (1964)
Nació como todos los chistes, por generación espontánea en medio de una conversación. Sin embargo, este chiste veía más allá y quiso ser cuento... Así, antes que nada tenía que cambiar su inicio para que no sonara a ahitienesquestaún. En el principio quedó el verbo. Ahora debía crecer, redondearse, ser más ancho y profundo. Se empezó a meter de todo, ideas, metáforas, adjetivos, sustantivos, cláusulas, vueltas de tuerca y comas y puntos y rayas. No obstante, cómo les sucede con frecuencia a los cuentos, éste no supo dónde parar y en sus entrañas procreó personajes a granel, quienes luego luego se trajeron sus historias, sus anécdotas y, cómo veían que aquél resistía, fueron a llamar a sus árboles genealógicos. Ya encarrerado, la prosa y el verso, la ética, la moral y la filosofía formaron su cuerpo, al que llamaba corpus, porque se creía mucho. Pero a pesar de todo no pudo deshacerse de su origen primigenio, por eso la Biblia tiene su chiste.
24 de diciembre de 2008
Toni Negri: "No son los intelectuales los que organizan a las masas; son ellas las que proponen las formas de actuar"
Hay un grado de vitalismo que usted expresa fuertemente y que contrasta con quienes subrayan la discontinuidad de la política. ¿En qué se funda ese optimismo?22 de diciembre de 2008
Ray Bradbury: "Yo no traté de prever, sino de prevenir el futuro"
¿Considera que su best-seller "Fahrenheit 451" fue mal interpretado?
Se me han acercado japoneses para ponerme un "walkman" en las orejas y decirme: "¡Con "Fahrenheit 451", usted inventó esto, señor Bradbury!". Mi respuesta ha sido: "No, gracias". Estamos rodeados de demasiados juguetes tecnológicos, con internet, los iPod... La gente se equivocó. Yo no traté de prever, sino de prevenir el futuro. No quise hablar de la censura sino de la educación que el mundo tanto necesita. Podemos salvar a Estados Unidos, gracias a los niños, si les enseñamos a leer y a escribir a partir de los tres, cuatro, cinco años para que lleguen a la escuela primaria sabiendo leer. Después, es muy tarde. Cuando en realidad, ya desde muy pequeños, queremos leer las palabras de las historietas. Yo aprendí a leer a los tres años, para leer las caricaturas.
En "Fahrenheit 451", los humanos salvan los libros memorizándolos. ¿Las bibliotecas digitales pueden cumplir ese papel?
La digitalización no es la solución propiamente dicha, la cuestión es cómo se la utiliza. Si es algo que alienta la lectura, perfecto, de lo contrario, ¿qué sentido tiene? Por otra parte, he rechazado ofertas de digitalización de mis libros. Me gusta tocar un libro, respirarlo, sentirlo, llevarlo... ¡Es algo que una computadora no ofrece!
Este año publica dos nuevos libros y sus adaptaciones teatrales se representan regularmente en Los Angeles...
Escribo todos los días, cada mañana, desde hace setenta años. ¡No paro! Y escribo para el teatro desde hace cuarenta y cinco años; me encanta... Mi último libro, "Now and forever" (Ahora y siempre), que salió en setiembre, incluye un homenaje a Katharine Hepburn, "Somewhere a band is playing" (En algún lugar una banda está tocando), que escribí después de conocerla hace cuarenta años, ¡y yo estaba enamorado de ella!. Habíamos hablado del proyecto con Katharine y George Cukor, con la esperanza de que ella fuera la protagonista...
Cuando salió "From the dust returned" (De la ceniza volverás), en 2001, usted dijo que era Timothy, el personaje principal de ese libro. ¿Es también Douglas Spaulding, el héroe de "Farewell summer" (El verano de la despedida), la continuación del clásico "Dandelion wine" (El vino del estío), que acaba de publicarse en los Estados Unidos?
¡Por supuesto que soy Douglas! Dicho sea de paso, recibí excelentes críticas escritas por hombres de edad madura que tienen a ese niño oculto en su interior. Ese libro es una conversación entre un chico de doce años y un hombre de ochenta y siete. Y yo soy los dos, ¿no le parece? De todas maneras, soy un escritor híbrido que creció con los libros y el cine. Vi la película "Notre Dame de Paris" (Nuestra Señora de París) a los tres años, y esperaba ser jorobado. Vi "The phantom of the Opera" (El fantasma de la Opera) a los seis años, me encantó. A la misma edad, vi el film "The lost world" (El mundo perdido), y gracias a ese amor por los dinosaurios John Huston me propuso escribir la adaptación de "Moby Dick".
¿El cine sigue adaptando su obra?
Mi amigo Frank Darabont prepara una nueva adaptación de "Fahrenheit 451", y escribió un guión muy bueno. He tenido experiencias diversas en Hollywood, muy malas cuando un agente inmobiliario de New Jersey robó el guión de "The illustrated man" (El hombre ilustrado). ¡Pero Warner acaba de comprarme de nuevo los derechos! Esta vez, el guión lo escribo yo y Frank Darabont va a producirlo y, quizá, dirigirlo. La mejor adaptación de mi obra es "The wonderful ice cream suit" (El maravilloso traje de color crema), realizada por Disney en 1998 con Joe Mantegna y Edward James Olmos. Ellos respetaron realmente mi guión, la historia de un hombre pobre que sueña con un traje blanco. Universal prepara una versión de "The martian chronicles" (Crónicas marcianas). Ya encargaron veinte guiones seguidos, entre ellos cinco míos... pero piensan que no sé escribir. ¡Para cuando terminen esa película, Marte ya va a estar colonizado! Kirk Douglas había financiado una adaptación televisiva, pero los canales de TV estadounidenses no la quisieron.
Usted dedica tiempo a alentar a jóvenes escritores, ¿qué consejos les da?
Lo que funda toda escritura es el amor, es hacer lo que amamos y amar lo que hacemos. Y olvidarse del dinero. En mis comienzos, yo ganaba treinta dólares por semana, y mi novia era rica, pero le pedí que hiciera voto de pobreza para casarse conmigo. No teníamos ni auto ni teléfono, vivíamos en un departamento pequeño en Venice, pero la estación de servicio de enfrente tenía una cabina telefónica. Iba corriendo a atender cuando sonaba y la gente creía que me llamaba a mi oficina. Yo les repito: "Rodéense de personas que los quieran, y si no los quieren, échenlos. No hay necesidad de ir a la Universidad, donde no se aprende a escribir. Vayan más bien a las bibliotecas". Yo escribí "Fahrenheit 451" porque había oído hablar del incendio de la biblioteca de Alejandría y de los libros quemados por Hitler en Berlín.
Para usted, Los Angeles es "treinta naranjas que no están obligadas a tener el mismo ombligo". ¿Una ciudad no necesita un centro?
No, puesto que ahora, no teniendo un epicentro en la ciudad, esa función la cumplen los centros comerciales. Yo trabajé en la creación de esos centros e intenté explicar a los promotores cómo hacerlos. Cuando se construyó el centro comercial de Century City, hace treinta años, cerca de los estudios de la 20th Century Fox, expliqué que no funcionaría pero no me escucharon. Más adelante, me consultaron, y yo detallé los errores: no había restaurantes, no había vida social. Les dije que agregaran doscientas mesas con quinientas sillas, y que abrieran por lo menos veinte restaurantes para que la gente pudiera comer adentro o afuera, y dar vueltas y mirar, como en París. Siguieron mis consejos, y funcionan los restaurantes, los cines, una gran librería. Estoy ayudando a reconstruir Westwood, es necesario salvar a ese barrio muerto.
¿Le preocupan los problemas ambientales?
Contra la contaminación tenemos que recurrir a los franceses, que ya vinieron a salvar nuestra revolución con Lafayette. Ustedes son el único país que depende de la energía nuclear, y pueden enseñarnos a construir centrales nucleares en todos los Estados de la Unión, menos contaminantes que nuestros recursos actuales, petróleo y carbón. De esa manera, salvan nuestras vidas y Estados Unidos y Francia pueden volver a enamorarse.
La exploración espacial lo fascina, y Marte especialmente.
Esa noche en que llegamos a la Luna fue una noche de éxtasis para mí. ¡Nunca tendríamos que haber parado! Sacar una foto, está bien, pero eso no salva a la humanidad. Si la vida desaparece de la Tierra, podemos encontrarla en otros planetas. Los viajes al espacio nos harán inmortales. Hay que volver a la Luna y hacer allí una base, para partir a la conquista de Marte... en los próximos veinte o treinta años, pero ya no seré de este mundo y eso me entristece mucho. Pero me enterrarán en Marte, en el cráter Chicago Abyss. Dejé instrucciones para eso a mi familia. Seré el primer muerto en Marte, aunque no tengo ninguna intención de morir pronto. ¡Llegaré a los cien!
¿Por qué candidato votará en las próximas elecciones presidenciales?
Prefiero a Rudy Giuliani, que ya hizo sus pruebas como alcalde de Nueva York, contra la criminalidad. Si los demócratas estuvieran a favor de bajar los impuestos, votaría por ellos. Pero no me gusta Hillary Clinton. Cuando su marido era presidente, la reforma del sistema de salud que proponía habría sido una catástrofe para nuestro país. Lástima que Arnold Schwarzenegger no pueda presentarse, es un buen gobernador. Soy miembro de la Academia y cuando participé en el comité de documentales, apoyé "Pumping iron" (Hombres de hierro), la película de 1977 que lanzó a Schwarzenegger al estrellato.
¿Sigue siendo siempre igual de optimista?
¿Por qué no? Mi vida marcha bien, sigo creciendo... ¡Es maravilloso! Si uno hace lo que ama, es feliz. Algunos psicoanalistas me han preguntado cómo hacía, porque no estoy nunca deprimido ni ansioso, salvo cuando muere un ser querido. Cuando murió mi mujer, Margherite, escribí un poema en su memoria... En un matrimonio pasan cosas misteriosas. Mi mujer quiso dejarme, porque teníamos demasiados bebés y ella pensaba que era mi culpa. Yo no quise divorciarme, para no alejarme de mis hijos, y seguimos juntos, como padre y madre. He tenido amantes, no es que sea mujeriego, pero cuando una mujer bella llama a mi puerta y me dice: "Te amo", ¿cómo puedo resistirme? Bo Derek me propuso ir en tren al sur de Francia con ella y pasamos dos días juntos. La veo una vez al año. En la vida, todo es amor. Si uno ama está vivo, si crea amor, las cosas buenas forzosamente llegan.
21 de diciembre de 2008
Augusto Monterroso: "Todo hombre es neurótico y eso, precisamente, es lo que lo hace humano"
Faulkner decía que era un escritor fracasado. Decía, "yo y todos los de mi generación". Olga Orozco afirmaba que el dolor de la literatura proviene de que nunca se está contento con lo que se escribe. Usted mismo alguna vez afirmó que eso que termina por decirse está siempre por debajo de la voz interior. En este sentido, ¿también usted se siente un escritor fracasado?Sí. Ese ha sido uno de mis problemas porque desde el principio los críticos que se ocuparon de mis libros supusieron que yo quería ser un humorista. Pero no era así, y muchos descalificaron mis libros pues no les producían ningún sentimiento risueño. Interpretaron mal: cierto humor, cierta tendencia a la sátira o a retratar el ridículo les hacía pensar que yo estaba tratando de provocar su risa... cuando yo sólo intentaba provocar su pensamiento.
Sí... la ironía puede ser una manera de mostrar el dolor. Pero hay que tener cuidado con qué tipo de risa se quiere provocar. Hay humoristas que causan mucha risa, pero lo hacen alejándose de la realidad y están siendo muy superficiales pues se limitan a mostrar la parte jocosa de las cosas. Hacen un chascarrillo sobre la desgracia o el dolor ajeno. Esos humoristas no valen la pena. Parece que alguna vez decía yo que el verdadero humorista no pretende hacer reír, sino que pretende hacer pensar. Ciertamente, hay que saber reír y transmitir esto a los demás para ayudar a soportar la tristeza del mundo. Pero lo valioso es lograr la risa a través de una obra de arte, a través de la belleza, y no de lo simplemente superficial.
Usted ha escrito que "hay que ser neurótico para dedicarse a escribir". ¿Encuentra algún vínculo entre la literatura y la depresión, entre las almas torturadas y la necesidad de escribir? ¿Cree que los neuróticos son más abundantes en el mundo de las letras que en los demás oficios?
Yo creo que escritor o no escritor, el ser humano está expuesto a la neurosis, a no soportar o a no saber manejar sus conflictos. Todo hombre es neurótico y eso, precisamente, es lo que lo hace humano: tener que esforzarse en resolver conflictos para salvarse de situaciones neuróticas. Se suele suponer que los escritores lo son en grado mayor, quizá porque tengan una sensibilidad más aguda. Pero todo eso es sólo quizá: no hay por qué creer que el escritor o el artista es diferente del señor que limpia los zapatos. La única diferencia es que el artista ha encontrado otro camino para darle cauce a sus sufrimientos.
Escribió en una ocasión que aprendió a ser breve leyendo a Proust... ¿era una ironía o lo decía en serio?
¡Já, já! Eso no se lo voy a decir yo. Eso lo tiene que decidir usted o la persona que lea eso.
Sólo a mi mujer, Bárbara Jacobs. No tengo amigos a quienes leerles mis cosas porque me estoy volviendo demasiado respetuoso del tiempo ajeno. Cada vez todos tenemos menos tiempo y ahora Bárbara es mi primera lectora. Y bien que me ayuda.
Creo que sí... pero, además, creo que tienen razón: no hemos sido capaces de analizarnos de manera tal que no existan todos estos enormes problemas que tenemos y de los que se habla todos los días: la pobreza, la miseria, la enfermedad, la falta de educación. Realmente, estamos llegando a lo sub-humano. Llamarlo "infantil" sería un elogio. Y si así nos ven los europeos, con mayor razón nos ven así los estadounidenses. Nos consideran seres fácilmente dominables mediante la economía y la fuerza.
¿De dónde viene esa enorme dificultad latinoamericana para resolver problemas arrastrados desde hace tanto tiempo?
Pienso que esa dificultad, en gran parte, es inducida. Y es inducida, ahora más que nunca, por los Estados Unidos. Desde nuestros albores, hemos estado bajo el dominio de alguna potencia extranjera, nunca hemos dejado de ser explotados de una u otra forma. Algunos de los himnos de nuestros países hablan de libertad, de soberanía, pero hasta ahora no hemos conocido la verdadera libertad, ni la verdadera soberanía. Seguimos siendo colonias de los imperios, especialmente de los Estados Unidos que han dado pruebas palpables de no ser verdaderos partidarios de la democracia en nuestro continente. Recordemos cómo arrasaron con la democracia en Guatemala o en Chile, democracias ambas que se acercaban bastante a la democracia real. No es que nosotros seamos sub-humanos, es que ellos se sienten sobrehumanos... y nos tratan como si fuéramos menos que humanos.
¿Así dije? ¡Qué barbaridad!
Pero es así, ¿no?
Sí, es cierto.
Decía usted que "cualquier acusación de vanidad por desear la fama y el aplauso es sólo signo de la hipocresía de la sociedad en que vivimos, en la cual desear el aplauso vendría a ser malo...". En relación a esto, y a otras muchas afirmaciones suyas que lo desnudan frente a sus lectores no precisamente con lo mejor que tiene, sino más bien mostrando ciertos vicios, costumbres poco enaltecedoras o facetas suyas que no lo dejan muy bien parado, uno se pregunta si esa honestidad, esa inusual franqueza, le sale naturalmente o es algo que se propuso concientemente como escritor. ¿Duda usted antes de publicar estas cosas?
¡Já, já! Pues será descuido, que bajo la guardia y digo cosas que van en contra mía... Aunque pensándolo bien, creo que se debe a esto: yo tengo una propensión a la sátira, eso dicen los críticos, y tal vez sea cierto. ¿Y qué es la sátira? Una crítica de las costumbres, una crítica de los demás, una crítica de los defectos ajenos. Pero yo aprendí, no sé si de los libros o de mí mismo, que si como escritor uno ha de criticar a sus prójimos y a la humanidad en general, debe empezar por criticarse uno mismo. Eso vale también para la literatura en el sentido de que si la literatura trata de los demás, la mejor manera de conocer a los demás es conocerse a sí mismo, lo cual, ya se sabe, es un consejo muy antiguo. Si a mí me pasa algo lo más seguro es que a los otros también les suceda alguna cosa similar. De modo que si soy capaz o me creo con derecho a criticar a otros o señalar sus defectos, también puedo señalar los míos... o debo hacerlo, que es otra cosa. Decir que puedo hacerlo es decirlo más suavecito; decir que debo, es ya un señalamiento ético.
En el prólogo de sus "Tres novelas ejemplares", Unamuno se refiere a una teoría según la cual cada persona es, al mismo tiempo, la persona real, la ideal y la que es para otros. Pero para Unamuno el que uno quiere ser es el real de verdad y por el que hayamos querido ser, no por el que hayamos sido, nos salvaremos o perderemos. ¿Qué es lo que usted ha querido ser?
No había pensado en eso... aunque me acuerdo de lo de Unamuno. Supongo que quería ser el que soy... sí. Nunca he querido ser de otro modo, ni ser otro, ni hacer lo que hacen otros, sino que siempre he tenido un estímulo natural para dar lo que puedo hacer. Sí, he llegado a ser lo que he querido ser.
