21 de mayo de 2008

Stonehenge, el observatorio de piedra

Al sudeste de Inglaterra, en la planicie de Aversbury a 12 kilómetros del pueblo del mismo nombre, se emplaza en medio de la ex­tensa llanura, un conjunto armónico de rocas gigantescas de entre tres y nueve toneladas de peso conocido con el nombre de Stonehenge. La estructura de esta construcción está cons­tituida por tres círculos concéntricos, a su vez formados con enormes piedras implantadas en la tierra. La altura promedio de éstas es de siete metros y medio; algunas de ellas forman trilitos (arcos primitivos hechos con dos piedras verti­cales y una horizontal que descansa sobre las otras). Únicamente el círculo interior está inte­grado por treinta rocas de más de cinco metros de altura. En los extremos norte y sur de la cir­cunferencia mayor existen unos pequeños mon­tículos; en el centro de cada uno de ellos hay clavadas unas piedras de dos metros de altura. De un punto de la circunferencia mayor sale una calzada que termina en una piedra de siete metros de alto, conocida como "Friar's heel" (Talón del frai­le).
El profesor Richard Atkinson (1920-1994), arqueólogo y es­pecialista en culturas europeas primitivas, dio su visión de Stonehenge en un artículo publi­cado en 1949 por la "Scientifical Review", de Londres: "De primer impacto la impresión que causó Stonehenge en mí es que se trataba de un templo. Sin embargo, una observación más minuciosa borró esta impresión. En realidad, cuanto más tiempo observaba, más me parecía que el monumento tenía claras implicaciones astronómicas; se nota que la erección de las piedras obedeció a medidas muy precisas. Me retiré sumamente desconcertado del lugar".Atkinson no fue la primera persona a quien Stonehenge causó sorpresa. Durante siglos, los cuentos y leyendas sobre esa construcción proliferaron sin cesar. Así, por ejemplo, la tradi­ción popular inglesa cuenta que Stonehenge fue construido en los míticos tiempos del rey Arturo por el mago Merlín, como un templo para él y sus discípulos, los druidas. Conforme a tal idea, se trataría de un ámbito sagrado que distintos hechiceros utilizaron posteriormente en diversos periodos de la historia.
En el siglo diecisiete, el arquitecto Iñigo Jones (1573-1652), que investigó el monumento por mandato del rey Jacobo Carlos Estuardo (1566-1625), llegó a la conclusión de que Stonehenge no pudo haber sido construido por los druidas debido a su desconocimiento de la astronomía, la arquitectura y la aritmética, ni por los antiguos británicos a quienes consideraba demasiado rudimentarios, sino por los romanos durante su época de domi­nio en las islas británicas (siglo X a.C.), a los que atribuyó el poder de realizar una construcción semejante por sus avanzados conocimientos en materia de artes y de ciencias. Luego de someter a los habitantes de las islas, sostuvo Jones, los romanos hi­cieron de Stonehenge un templo para sacrificios.Los primeros aportes a los que se conce­de cierta validez científica los hizo el científico John Aubrey (1626-1697), alrededor de 1790, cuando determinó que Stonehenge era anterior a la presencia de los romanos en Gran Bretaña. Además hizo interesantes descubrimientos como "Los agujeros de Aubrey", 56 pequeños ho­yos dispuestos en círculo formando una circunferencia, y sostuvo la veracidad de las leyendas sobre los druidas.
Durante el siglo XVIII fueron elaboradas va­rias explicaciones para el misterio de Stonehen­ge: una de ellas -expuesta por un relojero de nombre Fitzkirk- sostenía que el monumento de piedra había sido levantado por una raza de gigantes que supuestamente vivió en el sudeste de Inglaterra hacia el año 1000 a.C. Para apuntalar su explicación, Fitzkirk declaró haber encontrado bajo tierra -a diez metros de profundidad- restos óseos, entre los que había un fémur hu­mano de un metro y medio de longitud. Aunque Fitzkirk nunca pudo enseñar el su­puesto fémur del gigante (ni siquiera algún resto óseo procedente de Stonehenge), su expli­cación alcanzó relativa notoriedad.En 1740 el doctor William Stukeley (1687-1765) prestigioso anticuario británico, estudió las ruinas y afirmó que los constructores de Stonehenge conocían y usaron el compás en los planos, puesto que el círculo de la zanja era perfecto; de ahí concluyó que Stonehenge constituía una especie de calen­dario agrícola, construido en épocas prehistó­ricas. Cuatro décadas más tarde, el físico Henry Wasey (1731-1798) sugirió la posible utilidad astronómica de Stonehenge cuando afirmó que la construcción se hallaba en el mejor de los lugares para observar los cuerpos celestes.
En 1849, el anticuario Algernon Herbert (1792-1855) afirmó que Stonehenge era un antiguo cementerio construido en el pri­mer siglo de la era cristiana, aunque no dijo quién lo levantó.
Ya a principios del siglo XIX surgieron las explicaciones más audaces sobre los megalitos de Aversbury. Se dijo que Stonehenge había sido construido por una raza de hombres anterior a Adán y que, en realidad, no quedaban más que ruinas de él, ya que fue destruido por el Diluvio Univer­sal. También se sostuvo la hipótesis de que era obra de unos supuestos seres lunares, para quienes los megalitos constituían un punto de reunión en sus visitas a la Tierra, o que el monumento era uno de los últimos resquicios arqueológicos de la legendaria Atlántida.
A pesar de lo descabelladas que suenan al­gunas de estas proposiciones, la investigación científica no había hallado el secreto de tales megalitos.

William Cunnington (1754-1810) realizó excavaciones a principios del siglo XIX y encontró alrededor de las colosales piedras madera carbonizada, huesos de animales, cerámicas y urnas. A co­mienzos del siglo XX, el astrónomo norteamericano Samuel Langley (1834-1906) escribió un artículo sosteniendo la identidad de Stonehenge como observatorio astronó­mico. Pero hubo que esperar las teorías del arqueólogo Richard Atkinson (1920-1994) para darle algo de verosimilitud al origen de los extraños megalitos. A juicio de Atkin­son, el inicio de la construcción de Stonehenge, se remontaba hasta el año 2350 a.C., durante la edad de bron­ce; el monumento, según su teoría, había sido construido por etapas, diferentes en cuanto a tiempo histórico pero complementarias en cuan­to al proyecto global. La primera de esas fases de construcción se sitúa entre los años 2350 y 1900a.C. En esa etapa se hicieron "los agujeros de Aubrey" y la zanja exterior que rodea al círculo de pie­dras. Durante el siguiente periodo, calculado entre el 1900 y el 1700 a.C., se construyeron el círculo interior y parte del círculo exterior, así como el "Talón del fraile". La tercera etapa se extiende de 1700 al 1350 a. C., y en ella fue­ron erigidas las piezas restantes, entre otras los cinco trilitos y los montículos pequeños. Sin embargo, Atkinson no proporcionó da­tos o pruebas precisas acerca de la función de Stonehenge. A principios de 1950, el arqueólogo inglés John F.S. Stone (1891-1957) aportó documentos bastante sólidos a favor de la hipótesis del ob­servatorio astronómico, al demostrar que Stonehenge guarda varios nexos con el Sol. Por ejemplo, si se traza un eje imaginario entre el centro del círculo interior y la piedra llamada "Talón del fraile", se tiene el punto preciso por donde el Sol aparece cada 21 de junio, día en que comienza el verano, y si se toma como punto de refe­rencia el "Talón del fraile" también queda ali­neado al Sol el 21 de diciembre, fecha de en­trada del invierno, mientras que los pequeños montículos señalan la posición lunar en la mis­ma fecha.
No son estas todas las relaciones. Muchas líneas factibles de trazarse partiendo de dife­rentes piedras parecen señalar observaciones astronómicas relacionadas con la posición so­lar. El investigador afirmó que los constructores de Stonehenge habían creado un sistema de pre­dicción de eclipses, vinculado con "los aguje­ros de Aubrey". Por lo pronto, parece haber una perfecta concordancia entre los ejes imagi­narios del centro de la construcción, dichos agujeros y las respectivas posiciones lunares. Para otros eruditos, sin embargo, "los agujeros de Aubrey" marcan eclipses solares. El Museo de Arqueología y Antropología de la Universidad de Cambridge también ha realizado investigaciones en el lugar. Según se desprende de éstas, uno de los misterios de Stonehenge quedó en evidencia: desde el centro del círculo interior y de frente al "Talón del fraile" se observa el paso del Sol a lo largo del horizonte, hasta volver a alcanzar el mismo punto 365 días después; las piedras marcan las estaciones y la posición de la Luna con respecto al Sol. Stonehenge representa, pues, un perfecto ca­lendario anual, así como un inmejorable observatorio astronómico. Asimismo se desprende de las investigaciones que los primitivos poblado­res de las llanuras de Aversbury se propusieron -a través de la construcción de los megalitos- conocer de manera precisa las distintas etapas de los ciclos lunar y solar, para así poder plani­ficar su labor agrícola de antemano.
Con respecto al origen e identidad de los constructores, aún no aparece ningún indicio definitivo. De acuerdo a los estudios realizados recientemente por profesores de la Universidad de Bournemouth y de la Sociedad de Anticuarios, se cree que el monumento fue erigido du­rante la edad de bronce por alguna comunidad proto-celta que inició su etapa sedentaria en las planicies de Aversbury. Este grupo debió ser descendiente de las emigraciones llegadas desde Europa central, por lo que sin duda sus integrantes conocían los principios básicos de un calendario agríco­la, los que plasmaron en los megalitos.
No obstante la aceptación que han recibido estas interpretaciones, no se puede conside­rar al misterio de Stonehenge como perfecta­mente resuelto. Quizá su hipótesis astronómi­ca esté en lo cierto, pero sólo podrá compro­barse cuando se conozca la identidad de los constructores. Y ello quizá no ocurra nunca.