Dos escritores, el argentino
Rodrigo Fresán (1963) y el chileno Roberto Bolaño (1953-2003), se encontraban
-hasta la muerte de este último- trabajando en el armado de un libro sobre
escritores “no convencionales” al que titularían “Fricciones”. Desde la época
en que ambos residieron en Barcelona cultivaron una amistad signada por el
respeto y la admiración mutuos. Bolaño murió cuando Fresán estaba terminando “Jardines
de Kensington”, una novela cuya trama transcurre durante una noche en que se
recorre la vida de James Matthew Barrie (1860-1937), creador del célebre
personaje Peter Pan. En el epílogo de la obra -“Siempre jamás: una nota de
agradecimiento”- Fresán escribió: “A Roberto Bolaño, siempre aquí. Barcelona,
marzo 2000-1 de enero 2002-15 de julio 2003”. Las fechas se refieren al momento
del comienzo y finalización de la escritura de la novela y a la de la muerte
del escritor amigo. En una nota publicada en la revista “Descontexto” Bolaño
escribió: “Me río mucho cuando hablo con Fresán. Raras veces hablamos de la
muerte”. Bolaño padecía por entonces un malestar hepático mortal y sus médicos
le habían dicho que sólo un trasplante de hígado podría salvarlo. Tiempo
después, Fresán recordaría con humor algunos momentos de la vida y la
personalidad del autor de “Los detectives salvajes”, una persona a quien “le
intrigaba y apasionaba la Argentina”, país en el que, decía, “hasta los
escritores más pésimos saben escribir”. Uno de los capítulos del ensayo que
escribían conjuntamente, estaba dedicado al escritor norteamericano de ciencia
ficción Philip K. Dick (1928-1982), autor de la novela “Do androids dream of
electric sheep?” (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?), base de la película “Blade Runner” que Ridley
Scott (1937) dirigió y estrenó en 1982. Bolaño sentía una viva admiración por
Philip K. Dick, a quien consideraba “una especie de Kafka pasado por el ácido
lisérgico y la rabia”. En el libro “Entre paréntesis” -publicado póstumamente-,
una compilación de columnas que Bolaño escribió para los diarios “Las Ultimas
Noticias” de Chile y “Diari de Girona” de España, además de artículos y
discursos que pronunció en diversos encuentros literarios, dijo textualmente: “Con
Rodrigo Fresán largamente hemos hablado de Philip K. Dick sin llegar a agotar
jamás el tema en bares y restaurantes de Barcelona o en nuestras respectivas
casas”. En su nº 42 de junio de 2002, la revista mexicana “Letras Libres”
publicó la siguiente conversación mantenida electrónicamente por Bolaño y
Fresán en la que se explayaron a gusto sobre el escritor norteamericano.
R.F.: Estos últimos meses estuve
releyendo -y leyendo por primera vez algunos textos suyos- a Philip K. Dick y
lo primero que me sorprendió es el hecho de que su obra no haya envejecido en
absoluto, teniendo en cuenta que él solía decir que escribía acerca de lo que
iba a pasar en los próximos meses, sobre un futuro casi presente. Creo que ahí
están su gracia y su talento: proponer una ciencia-ficción donde la ciencia no
importa demasiado (y es casi siempre accesoria e imperfecta, funciona mal o no
funciona) y la ficción no es tal. Me parece que hay suficiente evidencia ya
para afirmar que la idea del futuro -nuestro presente- está mucho más cerca de
lo que pensaba Dick que de lo que sostenían los clásicos del género, ¿no? Dick
se ha convertido en un gran escritor realista/naturalista, que es lo que en
realidad él siempre quiso ser antes de verse obligado a ganarse la vida
escribiendo “novelitas” futuristas.
R.B.: Recuerdo con mucho cariño a
Dick. Yo creo que es el escritor de los paranoicos, del mismo modo que Byron
fue el escritor de los románticos. Incluso su biografía tiene ciertos matices
byronianos: es un hombre de vida amorosa agitada y, políticamente, está con las
causas perdidas. En ocasiones con las causas más extremas o las que la gente
considera que son las más extremas. Y es curioso que uno de los grandes
escritores del siglo XX (algo en lo que creo que estamos de acuerdo) sea
precisamente un escritor “de género”. Un escritor que para ganarse la vida (un
término horrible este de ganarse la vida) se pone a escribir y publicar novelas
en editoriales populares, a un ritmo endiablado, novelas que discurren en Marte
o en un mundo en donde los robots son algo normal y rutinario. En fin, la peor
manera de labrarse un nombre en el mundo de las letras, como diría un escritor
francés de finales del siglo XIX. Y sin embargo Dick no sólo se labra un nombre
en la literatura, sino que se convierte en punto de referencia de otras artes,
como el cine, y su prestigio sigue creciendo. ¿Tú recuerdas la primera novela
que leíste de él? La mía fue “Ubik” y el martillazo que recibí fue
considerable.
R.F.: Es cierto eso de Dick y las
causas políticas. Tiene algo de “héroe de la clase trabajadora” lo suyo, no
sólo en el aspecto de “escritor trabajador” sino que, buena parte de sus
ficciones, giran en torno al hombre trabajador y esclavizado, a la práctica
buena o mala de un oficio, al espanto de ciertas burocracias y a errores
mecánicos o problemas de funcionamiento... En mi caso la primera fue “El hombre
en el castillo”. Recuerdo que acababa de volver a Buenos Aires después de unos
cuantos años viviendo en Caracas y el efecto fue desconcertante. Todavía regía
la dictadura militar -era 1979- y recuerdo que me costaba un poco discernir
dónde terminaba el libro y dónde empezaba la realidad. La sensación se acentúa
todavía más cuando se leen varios Dicks seguidos: la sospecha que te despierta
en cuanto a lo que es verdadero y lo que es falso. Me parece que es una
sospecha que trasciende la vulgar paranoia y está más cercana al pensamiento
religioso. En este sentido -no sé qué te parece- creo que Dick es el escritor
perfecto para los que no creen en Dios pero quisieran que existiera alguna
inteligencia superior que explicara todo este despropósito, ¿no?
R.B.: Sí, sin duda Dick es en gran
medida un escritor con una preocupación religiosa. Hay páginas de Dick en donde
está claro que a él le gustaría creer en Dios, pero también hay páginas en
donde Dick escucha, literalmente, el ruido del universo que se muere de forma
irremediable. Se oye en “Tiempo de Marte”. Una musiquilla de las esferas que
sólo oyen los seres más débiles entre los débiles, las víctimas y los enfermos.
En este sentido Dick jamás hubiera podido ser un escritor de utopías, algo a lo
que su escritura profundamente moral podía haberlo llevado. Ni siquiera de
distopías. Dick escribe sobre la Entropía, con mayúsculas. Lo curioso es que,
al mismo tiempo en paralelo a este tema mayor, discurren otros más terráqueos,
digamos, pero profundamente inquietantes, como el de las realidades
superpuestas de “El hombre en el castillo”, o como su aseveración de que la
historia, y con ella la realidad, terminó en el año ‘60 o ‘70 después de Cristo
y que todo lo que ha venido a continuación es disfraz o realidad virtual y que
de hecho estamos inmersos en pleno Imperio Romano.
R.F.: Tal vez la necesidad de Dick de
creer en otros planos de la realidad tenga un motivo mucho más sencillo o, si
se lo prefiere, banal: la opción de pensar que en otra dimensión Dick sería un
gran escritor, el escritor más importante de todos. Pero tal vez lo más
inquietante de todo sea la incapacidad de Dick para funcionar dentro de los
parámetros del género al que hizo evolucionar tanto. Son muy conocidos sus
problemas con sus colegas y con los “fans” de la ciencia-ficción, que no
entendían lo rebuscado de sus tramas y lo consideraban una especie de
terrorista drogado que no respetaba ninguna de las leyes implícitas y acaso
nunca del todo declaradas del género.
R.B.: No, no creo que Dick soñara con
ser el mejor escritor en una dimensión paralela a esta. En Dick la salvación
está en la amistad, en el sexo, en la aventura compartida, no en la escritura,
ni mucho menos en lo que formalmente se llama “buena escritura” y que no es
otra cosa que una serie de convenciones más o menos aceptadas por todos. Ahora bien,
es muy probable que Dick experimentara esa sensación de lucidez con respecto a
su propia escritura y que en algunos momentos (momentos de debilidad y vanidad
que todo el mundo tiene) viera como algo injusto su destierro en la literatura
de género, en la estantería de los libros populares y baratos. Pero esto es
algo que les ha ocurrido a muchos buenos escritores. En la tradición
norteamericana hay ejemplos en donde el silencio (el caso de Emily Dickinson) o
el desdén (Melville, por ejemplo) son mayores que el silencio y el desdén
buscado y sufrido por Dick.
R.F.: Recuerdo que el otro día me
contaste que navegabas por Internet por varios sitios dedicados a Dick y no
pude evitar preguntarme qué pensaría Dick de todo esto: computadoras, el mundo
invisible de la Red que está aquí y no está al mismo tiempo... El modo en que
la realidad lo viene “plagiando”. Me pregunto también si no se habrá muerto en
el momento justo y si acaso los verdaderos escritores de ciencia-ficción se
mueren -o serán desconectados- cuando la realidad comienza a parecerse
demasiado a las tramas de sus novelas. En este sentido, Dick era un profeta
poco interesado -a diferencia de lo que ocurre con los idiotas de Clarke y
Asimov- en acertar compulsivamente acerca de lo que vendrá. A Dick le
preocupaba mucho menos el futuro (como escenario) que una especie de presente
atemporal liberado de todo rigor cronológico. Incluso sus partes futuristas
parecen casi una obligación editorial, ¿no?
R.B.: Pero más allá de su desdén por
el futuro, Dick es también un profeta. Un profeta callejero, diríamos un
profeta lumpen, sin el prestigio de un Norman Mailer, un Arthur Miller o un
John Updike, y sin el aura de un Salinger. En cuanto a los relatos y novelas,
no se ve una gran diferencia: hay novelas de Dick que no son más que una
sucesión de relatos, como lo es también el “Moby Dick” de Melville. Sus
cuentos, por otra parte, son increíblemente buenos. En lo que respecta a que
algunas de sus novelas no parecen seguir un patrón lógico, yo creo que hay que tener
en cuenta que muchas de estas novelas están escritas por encargo y bajo la
influencia de anfetaminas, que son novelas alimenticias que probablemente Dick
escribía en menos de un mes, sin planteamientos previos ni estructuras, y que
en realidad son improvisaciones. Pero las grandes novelas de Dick, como “El
hombre en el castillo” o “Valis” o “Tiempo de Marte” o “Ubik” o “Dr. Bloodmoney”,
son de una coherencia extrema; lo que no carece de mérito, pues Dick no opera
desde el orden sino desde el desorden. En este sentido su novela de hierro
sería “Valis”, que es una de las últimas, y en donde, entre otras muchas cosas,
Dick aborda directamente lo cerca que se encuentra de la locura. Y lo hace con
la lucidez y con la elocuencia de un gran artista. Aunque también hay que tener
presente que en muchas ocasiones la lucidez y la elocuencia son términos
excluyentes.
R.F.: Es muy cierto eso de Dick y de
la locura como estética: sus novelas acaban siendo, formalmente, casi una
representación estética de lo que significa el “estar loco”. Me parece que -si
nos ponemos musicales- Dick escribe más “variaciones” que “improvisaciones”:
siempre parte de una misma aria central que tiene que ver con las preguntas: “¿Qué
es real? ¿Qué no lo es?”, y te va envolviendo en esa melodía repetitiva y
constante... Párrafos atrás hablabas de Dick como alguien no preocupado por una
“buena escritura” y no estoy tan seguro a pesar del evidente apresuramiento de
sus textos. Creo que esa velocidad desesperada le da algo raro y muy personal y
que, en un punto, te hace sentir en carne propia la adicción química de Dick
como si fuera por transferencia. A Dick le gustaría esto: la literatura como
sucedáneo de la droga, y creo que escribió algún cuento donde los invasores
adoptan las formas de un libro forrado con la piel de un animal extraterrestre,
no recuerdo bien, pero la historia acababa un poco como el “Tlön” de Borges, a
quien, si lo pensamos un poco, Dick se parece tanto en más de un sentido. Pero
en cualquier caso a eso me refería cuando te mencionaba los riesgos de leer
varios Dicks seguidos: hay algo virósico en su escritura que no tiene nada que
ver con el tipo de virus que también son Proust o Nabokov o Salinger. Mientras
que estos últimos te contagian una forma de escribir, Dick te contagia una
forma de pensar.
R.B.: Igual que Burroughs. En algunos
momentos, Dick se parece a Burroughs. Ambos, a la manera norteamericana, en el
fondo muy pragmática, están interesados más por la revolución, por el “estado
de la revolución”, es decir por la resistencia, que por la literatura. Es en
este sentido en que yo creo que a él no le interesa escribir bien, algo que en
un escritor se da por sobreentendido. Dick va camino de ser un clásico y una de
las características de un clásico es ir mucho más allá de la buena escritura,
que no es otra cosa que una cierta corrección gramatical. “Colocar las palabras
adecuadas en el lugar adecuado es la más genuina definición del estilo”, dice
Jonathan Swift. Pero evidentemente la gran literatura no es una cuestión de
estilo ni de gramática, como también sabía Swift. Es una cuestión de
iluminación, tal como entiende Rimbaud esta palabra. Es una cuestión de
videncia. Es decir, por un lado es una lectura lúcida y exhaustiva del árbol
canónico y por otro lado es una bomba de relojería. Un testimonio (o una obra,
como queramos llamarle) que explota en las manos de los lectores y que se proyecta
hacia el futuro. ¿Y qué es lo que Dick proyecta hacia el futuro, en qué
consiste el mecanismo de su bomba de relojería? Básicamente en preguntas.
Preguntas rarísimas y peregrinas. Y en una sensación de malestar, de alteridad,
que muy pocos han logrado plasmar.
R.F.: No había pensado en el nexo
Burroughs/Dick, pero sí, ahí está. Sobre todo en lo que a luchar contra el
Sistema se refiere y en sus fijaciones meta paranoicas con Nixon, la CIA, el
FBI, un Estado policial, en ese costado político-alucinógeno. Y, no sé por qué,
pienso en qué hubiera sido de Dick de haber nacido en Argentina o Chile.
Probablemente habría sido uno de los desaparecidos o, mejor todavía, se habría
convertido en el auténtico “hombre en el castillo”: un artista gurú, un punto
de peregrinación... Me parece, insisto, que a Dick lo que menos le interesa es
el futuro como territorio porque ya se siente excluido del presente. El futuro
sólo puede significar peores noticias, la tecnología jamás le despertó la menor
esperanza y, curiosamente, su novela más “feliz” -con final más feliz- es “Dr.
Bloodmoney”, donde la humanidad recupera una especie de primitivismo campesino
fuera de las grandes ciudades. La mirada de Dick es siempre la mirada de un
noble horrorizado por la decadencia (todos esos adictivos productos comerciales
a los que alude) y, cosa rara, ayer vi por primera vez la versión fílmica de “El
gatopardo” y, volviendo a lo que te decía acerca de Dick como agente
contaminante e invasor, me propuse verla como si fuera una película de ciencia-ficción
dentro del subgénero de planeta agonizante y especie en extinción. Y dirás que
estoy loco, pero funciona... Y me hizo recordar en algo a “Tiempo de Marte”, en
algo a “El hombre en el castillo”. Tal vez esté delirando un poco... Tal vez
deba dejar de leer a Dick por un tiempo...