25 de octubre de 2022

Trotsky revisitado (LVII). Guerras y revoluciones (11)

Jean Jacques Marie: Vaivenes de la guerra civil

El historiador Jean Jacques Marie, a partir de un arduo trabajo de investigación bien documentada, hace una cuidadosa reconstrucción histórica de la guerra civil rusa y el papel desempeñado en ella por Trotsky. Durante ese sangriento conflicto se enfrentaron militares del ex ejército zarista y sectores promonárquicos relacionados con la iglesia ortodoxa rusa (los blancos), apoyados por tropas extranjeras enviadas por Estados Unidos, Japón, Gran Bretaña, Francia, Checoslovaquia y otros países europeos, contra milicianos bolcheviques, obreros armados y soldados que apoyaron la revolución (los rojos). También existió una minoritaria tercera fuerza surgida del mundo rural, conformada por campesinos conservadores y muy apegados a sus tradiciones que se oponían al proceso de colectivización de las tierras (los verdes). Jean Jacques Marie aportó precisiones respecto a este hecho histórico en varias de sus obras, entre ellas, “Histoire de la guerre civile russe” (Historia de la guerra civil rusa), “La guerre des russes blancs. 1917-1920” (La guerra de los rusos blancos. 1917-1920) y “La guerre civile russe, 1917-1922. Armées paysannes, rouges, blanches et vertes” (La guerra civil rusa, 1917-1922. Ejércitos campesinos, rojos, blancos y verdes). También se refirió a este  conflicto armado en el capítulo “Guerra civil” de su libro “Trotsky, un revolucionario sin fronteras”, cuya cuarta parte se puede leer a continuación.


En julio de 1918 fracasa la ofensiva del ejército austrohúngaro sobre el Piave, en Italia; millares de heridos y mutilados agonizan durante varios días y noches a orillas del río. Es el principio del fin; en octubre, el Imperio Austrohúngaro estalla: checos, húngaros, galitzianos y eslavos del sur proclaman su autonomía o su independencia. El 30 de octubre, la huelga general se propaga por toda Viena, donde soldados, obreros, empleados y estudiantes desfilan al grito de “¡Paz y libertad! ¡Viva la república! ¡Abajo la monarquía!”. El 11 de noviembre, el emperador Carlos abdica; el 12 se proclama la República.
En Berlín, el 9 de noviembre, enfrentada a la huelga general de los trabajadores de la capital y la eclosión, desde comienzos del mes, de los consejos de obreros, soldados y marineros, la monarquía alemana se hunde y Guillermo II huye. El canciller Max de Bade dimite y su cargo queda en manos del socialdemócrata Fritz Ebert, último baluarte del Estado. Lenin anula el tratado de Brest-Litovsk. La revolución en Alemania y Austria pone fin a la guerra, condenada sin ella a eternizarse y a provocar nuevas víctimas y destrucciones masivas, hasta el total agotamiento físico de los beligerantes.
El cerco que atenazaba Rusia se afloja; la esperanza de que la revolución golpee al fin en el corazón de Europa devuelve la confianza a los militantes. El 18 de noviembre, en Vorónezh, Trotsky pone en guardia a su auditorio contra las ilusiones: “En el ejército alemán, el capitalismo ha encontrado su expresión más cabal y contundente”. Ese ejército no ha podido resistir la enorme tensión que pesaba sobre él, pero “sería erróneo esperar que la clase obrera alemana dé un rápido salto del antiguo legalismo al régimen de la dictadura comunista”. En ausencia de un Partido Comunista, los dirigentes socialdemócratas, que en la víspera aún eran partidarios de la monarquía y la guerra, dirigen la revolución para estar en mejores condiciones de sofocarla. La clase obrera alemana “debe, pues, hacer su revolución y al mismo tiempo crear el ejército de esa revolución”.  Tarea casi insuperable: el Partido Comunista alemán, fundado a toda prisa por los “espartaquistas” Rosa Luxemburgo, Leo Jogiches, Karl Liebknecht y Franz Mehring a fines de diciembre de 1918, es decapitado dos semanas más tarde.
Obreros, soldados y desocupados desfilan casi por doquier en una Alemania en ebullición. El 3 de enero la policía mata a veintidós manifestantes en Kónigshüte; al día siguiente, el gobierno socialdemócrata destituye al prefecto de policía revolucionario de Berlín, Emil Eichhorn. El 5, decenas de miles de obreros y soldados se manifiestan contra su destitución en el corazón de la ciudad; la obstinación del gobierno, ligado al Estado Mayor, transforma la manifestación en motín. Noske, ministro del Interior, afirma estar dispuesto a cumplir el papel de “perro sangriento” del Estado. En la capital, pese a la huelga general que barre el Ruhr el día 10 y la proclamación de la república de los consejos obreros en Bremen, la insurrección obrera espontánea y sin plan se frustra; el 15 de enero, unos soldados asesinan a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. A principios de marzo, la policía abate al ex marido y asistente de Rosa Luxemburgo, Leo Jogiches, y luego ametralla a más de mil obreros y soldados en el transcurso de violentos combates callejeros librados en Berlín entre el 12 y el 15 de ese mismo mes. La socialdemocracia y el ejército alemanes logran contener la revolución, que refluye. Las tenazas vuelven a cerrarse sobre la Rusia soviética.
Europa entera, estremecida por la guerra y la miseria, se enfrenta al mismo problema. Trotsky destaca: “I.a conciencia es el factor más perezoso de la historia. Es preciso que los hechos materiales impulsen, golpeen a los pueblos y las clases en la espalda, el cuello, las sienes, para que esa maldita conciencia por fin despierte y comience a cojear detrás de los hechos”. Ahora bien, el partido es por definición una creación de la conciencia. También él, en consecuencia, puede estar rezagado con respecto a la realidad. Y debe ser internacional, como la revolución misma. El 24 de enero de 1919, “Pravda” publica un llamamiento a la convocatoria del congreso de fundación de la Internacional Comunista, redactado por Trotsky y corregido por Lenin, publicado con el nombre de ambos y adoptado en una reunión de comunistas extranjeros en Rusia. La asamblea se inicia el 2 de marzo en una sala del Kremlin. A causa del bloqueo sufrido por la Rusia soviética, muchos posibles participantes sólo recibirán la invitación a su término; otros están en la cárcel o han sido interceptados antes de alcanzar la frontera soviética.


El congreso reúne a cincuenta y un delegados, entre ellos ocho rusos, dirigidos por Lenin y Trotsky, y unos cuarenta militantes bolcheviques letones, lituanos, bielorrusos, armenios, miembros de las secciones extranjeras del partido ruso o de los grupos comunistas checo, búlgaro, yugoslavo, francés, chino, coreano y estadounidense, residentes en la Rusia soviética. Los únicos delegados de partidos de fuera de Rusia son los alemanes, los austríacos, los polacos y los húngaros. No existen actas taquigráficas de ese congreso que durará cinco días. Trotsky no lo menciona en “Mi vida”, a pesar del papel que desempeñó en él. Es casi igualmente lacónico sobre los tres congresos siguientes, aunque también en ellos ocupa un lugar importante. Ese silencio es tanto más sorprendente cuanto que su autobiografía es, en buena medida, una crítica del socialismo nacional de Stalin y el aparato dirigente.
Lenin abre la asamblea con un breve discurso en el cual afirma que la revolución mundial comienza y se amplía en todos los países. Trotsky lee un inflamado informe sobre el Ejército Rojo, destinado a infundir confianza en los delegados. El único representante alemán presente, Hugo Eberlein, tiene mandato para oponerse a la proclamación de una nueva Internacional, considerada apresurada. Durante un momento, Lenin parece entonces dispuesto a diferir su creación. Pero sus vacilaciones no duran mucho. Si la revolución madura, necesita un centro organizador, aun cuando ese congreso fundacional exprese más su devenir esperado que su realidad inmediata. Trotsky sostiene su punto de vista. Stalin no dice nada. El 3 de marzo a la noche, la llegada del delegado austríaco, Gruber, facilita la decisión. Desgreñado, éste describe con un lirismo comunicativo la revolución en ascenso en Austria y Europa. La asamblea proclama la Internacional Comunista o III Internacional por unanimidad con la salvedad de la abstención de Eberlein. Y define su perfil mediante la sanción de las tesis elaboradas por Lenin, la plataforma escrita por Bujarin y el manifiesto redactado por Trotsky. Pero el Partido Bolchevique, único partido de masas, aislado por el bloqueo y paralizado por las insurrecciones campesinas en Ucrania y la nueva ofensiva de Kolchak en Siberia, apenas puede entonces ocuparse de la cuestión.
El manifiesto asigna como misión de la Internacional naciente “la unión de todos los partidos verdaderamente revolucionarios del proletariado mundial para facilitar y apresurar la victoria de la revolución comunista en el mundo entero”. La guerra ha mostrado que el capitalismo arrastra al mundo a la barbarie. “La alternativa ante la cual se ve la humanidad es clara: socialismo o barbarie. El Estado nacional, después de haber dado vigoroso impulso al desarrollo capitalista, es hoy un marco demasiado restringido para el desarrollo de las fuerzas productivas”. Por eso, los pequeños Estados, de independencia ilusoria, no tienen más futuro, y la ruina del Estado nacional quebranta también los imperios coloniales, donde la lucha por la emancipación nacional reviste ya, a menudo, un carácter social. Bajo la máscara de la democracia parlamentaria, gobierna la oligarquía financiera; por eso es absurdo exigir de la clase obrera que “en su última lucha a muerte contra el capital respete piadosamente los principios de la democracia política; ello equivaldría a exigir a un hombre que defiende su existencia contra unos bandidos que respete las reglas artificiales y convencionales del boxeo francés, definidas por un adversario que no las observa”.
Lanzado este llamamiento, Trotsky vuelve a partir hacia el frente. Debe encarar una oposición militar a su política, oficialmente sostenida, sin embargo, por el Politburó durante el VIII Congreso, que se inaugura el 18de marzo de 1919. Dos días antes, el 16, el día de la muerte de Yákov Sverdlov, arrebatado por la fiebre tifoidea, en el este las tropas de Kolchak toman Ufa. Trotsky pide al Comité Central que lo envíe al frente, así como a todos los delegados militares que deben asistir al congreso. Muchos son entonces los que, deseosos de criticar su política militar, protestan y denuncian una artimaña de su parte para evitar la discusión. El Comité Central decide que sólo han de trasladarse los delegados que juzguen indispensable su presencia en el frente. Casi todos prefieren asistir al congreso.
Con un desprecio que le granjea nuevas enemistades, Trotsky clama que no se quedará a parlotear cuando la República está en peligro. Antes de partir, sostiene que la guerrilla se ha convertido en un factor reaccionario y que es menester ponerle fin a cualquier precio. Esta declaración excita a sus oponentes. La comisión rechaza por amplia mayoría sus tesis para la construcción de un ejército regular mediante la utilización de oficiales profesionales, luego de una discusión en que los argumentos son de vuelo bajo. Un delegado se burla de la idea de que Trotsky “pase revista a sus tropas durante un desfile, puesto que no sabe montar a caballo”. A juicio de otro, el reglamento del Ejército Rojo “crea un ejército contrarrevolucionario”. Para un tercero, Trotsky “no conoce ese frente de los Urales” hacia el cual acaba de partir; “el comisario de Asuntos Exteriores (¡Trotsky ya no lo es desde hace un año!) no conoce el 3º Ejército”, y así de seguido. El congreso aprueba las tesis rechazadas en comisión por dos tercios de los votos. No obstante,  el Comité Central, reunido el 25 de marzo en ausencia de Trotsky, le envía una carta confidencial redactada por Zinóviev en la que cuestiona, no su política, sino su manera de aplicarla maltratando a los cuadros del partido descontentos o críticos.


El mensaje propone que Trotsky reúna una vez por mes en conferencia a todos los responsables del Partido que trabajan en los distintos frentes. Trotsky considera absurda semejante propuesta en plena guerra. El Comité Central insiste: “El Congreso ha hecho una seria advertencia, y luego de ésta es imposible no prestar la debida atención a sus recomendaciones”, y termina tímidamente: “Por eso es necesario que el camarada Lenin las discuta con el camarada Trotsky”. Lenin, deseoso de desarmar a la oposición, aprueba esas recomendaciones. El Ejército Rojo necesita, sin duda oficiales, pero sin la estructura del Partido no podría sostenerse. Por eso intenta moderar a Trotsky, cuya rudeza e incluso la altanería con que trata a sus oponentes, tensan la atmósfera y facilitan las intrigas. Con todo, utiliza guantes de seda. Tras una intervención de Stalin que demanda explicaciones sobre una decisión de Trotsky, el Comité Central decide interpelar a éste, pero de tal manera que no se perciba ni la sombra de un ataque contra él, sino únicamente una pregunta.
En una carta al Comité Central, Trotsky responde secamente que la oposición está formada por dos grupos de hombres: por un lado, “la ‘intelligentsia’ pretenciosa del partido, compuesta en lo esencial de funcionarios soviéticos ofendidos y gente con los nervios cansados”, y por otro, “militantes bastante obstinados e independientes, pero propensos a simplificar todas las cuestiones para rebajarlas al nivel de desarrollo político o de otro tipo al que han llegado hasta aquí”; en síntesis, fatuos ignaros. Esas expresiones multiplican las vanidades heridas, los amores propios pisoteados, los orgullos puestos por los suelos. Algunos creen que este bolchevique de nueva data se toma demasiadas confianzas con los bolcheviques de ayer y de anteayer.
Trotsky se justifica en “Mi vida”: “En la gran lucha que librábamos, el objetivo era demasiado grande para que yo pudiera mirar a diestra y siniestra; a menudo, casi a cada paso, tuve que pasar sobre el cadáver de las pasiones personales, las amistades y los amores propios”. Las pequeñas inquietudes y debilidades individuales deben dejarse a un lado ante la historia en marcha. Es verdad, pero Trotsky manifiesta cierto placer en aplastar esos cuerpos mezquinos y lo señala con satisfacción a las propias víctimas que conservarán un recuerdo mortificante y, llegado el día, se aliarán contra él detrás de Stalin, quien las recibirá con beneplácito. Trotsky vuelve a insistir, y escribe a Lenin: “La consigna de la oposición es '¡Aflojad las clavijas!' Yo creo, al contrario, que hay que apretarlas aún más”. 
El 17 de mayo de 1919, en una carta enviada al Comité Central de Jarkov, donde el desorden de la actividad guerrillera multiplica las catástrofes, reclama “la liquidación radical, implacable, del guerrillerismo, el separatismo y el izquierdismo vandálico” y exige el despliegue de una “vasta agitación a favor de la disciplina y el orden”. Esta exigencia gobierna su actitud frente a Majnó. En la primavera de 1919, el anarquista ucraniano reúne un ejército de más de 25 mil hombres que pronto serán 50 mil, dotado de una caballería móvil, rápida y eficaz. Pero la disciplina es caótica, y el ejemplo de esos destacamentos en los que reina una jubilosa permisividad favorable a los saqueos, contadas veces castigados con una que otra ejecución simbólica, contamina los regimientos vecinos del Ejército Rojo, compuestos en su abrumadora mayoría de campesinos alistados de no muy buen grado, reacios a la disciplina, que encuentran en Majnó el espíritu del partisano libre y la guerrilla.
El 22 de mayo de 1919, Trotsky escribe a Lenin: “Hay que disciplinar las bandas anarquistas de Majnó”, y al día siguiente le reafirma su voluntad de “imponer el orden en la brigada de Majnó”. Pero la tarea es imposible. Majnó puede aceptar en cualquier momento la integración de sus tropas al Ejército Rojo y obedecer las decisiones militares, pero su ejército insurreccional está animado de un espíritu de autonomía y de indisciplina orgánicas que lo hace inasimilable y amenaza la disciplina en el propio Ejército Rojo. Trotsky propone al mismo tiempo una vasta campaña de propaganda contra el líder anarquista y los suyos.
Ahora bien, Lenin quiere velar el mayor tiempo posible por Majnó, popular en el campesinado ucraniano que se ha levantado contra el poder soviético en los meses previos. El 7 de mayo, mediante un telegrama a Kámenev, invita, mientras Rostov no sea tomada, a “ser diplomáticos con los ejércitos de Majnó” y a designar para negociar con éste al comandante del frente ucraniano, Antonov-Ovseienko, partidario de esa actitud. Trotsky, por su parte, es sobre todo sensible a la influencia desorganizadora de Majnó y sus guerrilleros sobre un Ejército Rojo del frente sur donde las tradiciones de los partisanos están muy vivas; por lo demás, varias brigadas se pasan a los majnovistas y desorganizan aún más el frente.


El 23 de mayo de 1919, una ofensiva del general blanco Shkuró dispersa por un momento las tropas de Majnó. Algunos días después, Trotsky estigmatiza el pillaje organizado de las riquezas de la región llevado a cabo por el ejército majnovista, en el cual ve “el peor rostro de la guerrilla, aunque tenga buenos soldados. Es imposible encontrar la más mínima huella de disciplina y orden” en ese ejército “que roba alimentos, uniformes, reservas militares en donde puede, y los derrocha sin ton ni son”. Y que, agrega, “atrae actualmente todos los elementos de descomposición, decadencia, revuelta y putrefacción”. A su juicio, su ejemplo es tanto más nefasto cuanto que en el frente sur imperan la mentira y el caos, sobre los cuales esboza un cuadro alucinante en el orden del día del 5 de junio:
“Los informes de las operaciones tienen por único objetivo enmascarar u ocultar los fracasos y exagerar los éxitos. De dar fe a los informes, todas las localidades son ocupadas por nuestras unidades a costa de duros combates. En realidad, en la mayoría de los casos, la batalla se reduce a un cañoneo sin objeto ni otro resultado que el mero derroche de municiones y obuses; cuando nuestras unidades se baten en retirada, siempre lo hacen bajo la presión de un enemigo numéricamente superior y siempre combatiendo. De hecho, con mucha frecuencia, estas frases esconden la triste realidad de un abandono de posiciones por parte de importantes unidades ante la aparición de patrullas aisladas, e incluso, simplemente, bajo la influencia del pánico y de rumores provocadores sobre la aproximación del enemigo. La mayoría de las veces, replegarse combatiendo significa replegarse en medio de tiroteos sin orden ni concierto como una manera de vencer el enloquecimiento que las embarga”. Trotsky completa esta triste descripción -más o menos valedera para todos los frentes y todos los ejércitos- con la denuncia de la “vanagloria” por botines de guerra a menudo imaginarios, así como de la disimulación sistemática de las pérdidas materiales. Los planes estratégicos elaborados sobre esa base sólo pueden ser ilusorios. “A la hora de la prueba, el cuadro de falsedades vuela hecho polvo”. Es lo que sucede por entonces en el frente sur.
Ahora bien, Majnó ha convocado para el 15 de junio de 1919, en Guliay Polié, un congreso extraordinario de soldados, campesinos y trabajadores, abierto a todos. La invitación incluye a los tránsfugas y hasta a los soldados del Ejército Rojo, quienes, atraídos por el espíritu de independencia de los majnovistas, amenazan con abandonar en gran número sus unidades para participar de la asamblea. Trotsky ordena entonces interrumpir la entrega de armas y municiones a las tropas de Majnó y lanza una división en su persecución. Denikin penetra en la brecha abierta en el frente. El 6 de junio, Trotsky prohíbe el congreso de Guliay Polié y hace saber que “todo eventual participante será considerado como un traidor, culpable de complotar en la retaguardia de nuestras tropas y de abrir las puertas al enemigo”, por lo cual deberá enfrentar el pelotón de fusilamiento. Dos días después, lanza la consigna de “terminar con Majnó” y atribuye la responsabilidad de los últimos fracasos del frente meridional al líder anarquista y sus bandas, que renacen constantemente de sus cenizas.
Dos semanas más adelante, Trotsky intenta explicar ese renacimiento singular. El 28 de junio, destaca que el campesino ucraniano, en menos de dos años, ha visto pasar siete regímenes diferentes, todos los cuales le han exigido pan para alimentar la ciudad y las tropas y han movilizado a sus hijos. El campesino tiende, pues, a rechazar cualquier poder gubernamental: ese rechazo adopta una coloración anarquista que movimientos como el de Majnó nutren y organizan. El ejército insurreccional de este último es su forma más consumada.