11 de octubre de 2022

Trotsky revisitado (XLVII). Guerras y revoluciones (1)

Pierre Broué: El estudioso de la Revolución Francesa

Pierre Broué (1926-2005) fue un historiador francés nacido en una familia de tradición republicana. En 1940, cuando se produce la ocupación de Francia por la Alemania nazi, descubre en la biblioteca de su profesor de Historia -un antiguo militante de la Fédération de l'Éducation Nationale (FEN), la agrupación de sindicatos docentes socialistas- libros de los historiadores franceses Marc Bloch y Georges Lefebvre (especializado en la Francia medieval el primero y en la revolución francesa el segundo) y una obra que influiría notablemente en su futuro: “Historia de la revolución rusa” de Trotsky. Ya a muy temprana edad, las huelgas francesas, la lucha contra las ligas fascistas y el ascenso del franquismo en España le habían dejado su huella. Como dijo alguna vez “de las mil maneras de luchar por la revolución, una de ellas es trabajar por acercarse lo mejor posible a la verdad histórica, lo que podríamos llamar, no un combate por una historia revolucionaria, sino un combate revolucionario por la historia” que es la que eligió a los catorce años por influencia de sus abuelos. Se traslada a París para asistir a las clases preparatorias de Literatura (conocidas como “khâgne”) en el Lycée Thiers y allí toma contacto con miembros de “La Résistance” (La Resistencia), un conjunto de movimientos y organismos que luchaban contra la ocupación nazi. En 1943, mientras estudiaba en el Lycée Henri IV, se incorporó al Mouvement Jeunes Communistes de France (Movimiento de Jóvenes Comunistas de Francia), una organización cercana al Parti Communiste Français (PCF) del cual sería expulsado al poco tiempo acusado de “trotskista”. Al año siguiente, tras encontrarse con miembros del Parti Communiste Internationalist (PCI), la sección francesa de la IV Internacional, comenzó a militar en dicho Partido. Todos estos aconteceres fueron sólo el comienzo de una larga vida dedicada a analizar en sus obras diversos sucesos históricos del siglo XX y, sobre todo, a la difusión de la obra de Trotsky. También se ocupó de desentrañar las mentiras estalinistas en base a un minucioso trabajo de investigador al que consagró su vida. “El trabajo es agotador, pero ¡trae tan buenas recompensas! La mejor: encontrar una clave, un arma imparable para denunciar una mentira, desmentir una calumnia, restaurar el verdadero rostro de una militante o de un militante. Esta investigación me ha dado inmensas alegrías”, diría en una entrevista publicada en la revista “Estrategia Internacional” n° 16 en agosto de 2000. Su accidentada carrera política no eclipsa el mérito de su gran dedicación al trabajo intelectual resumiendo, en su carrera personal, los callejones sin salida políticos de las corrientes que lucharon, o dejaron de luchar, por la IV Internacional después de la Segunda Guerra Mundial. Sus documentadas contribuciones a la historia del movimiento obrero y socialista se cuentan entre las más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Lo que sigue a continuación es la primera parte de su artículo “Trotsky et la Révolution Française” (Trotsky y la Revolución Francesa), publicado originalmente en junio de 1987 en el nº 30 de la revista “Cahiers Leon Trotsky”, periódico fundado por Broué en 1977.

 
Según sabemos, a pesar de la abundancia de materiales que disponía sobre la historia de la Revolución Francesa, Trotsky nunca pensó en escribir sobre ella. Sin embargo, en los índices bien hechos, es fácil darse cuenta de que la Revolución Francesa -a la que casi siempre denominaba la Gran Revolución Francesa- constituía una de sus referencias más constantes y que no concebía un trabajo sobre la revolución que no se refiriera a ella, esbozando al menos una comparación. Se encontraron las primeras referencias importantes a la Revolución Francesa en el folleto polémico de 1904, dirigido contra Lenin, titulado “Nuestras tareas políticas”, con respecto al jacobinismo. Vuelve a esto en su “1905” sobre la Revolución Francesa como “revolución nacional” y “clásica”. Luego se encontrarán elementos de analogía en el conjunto de la obra de Trotsky, por supuesto en primer lugar en su “Historia de la Revolución Rusa” y su “Stalin”, pero también en todos sus textos polémicos y programáticos de la época de la Oposición de Izquierda, luego de la IV Internacional, contra Stalin y los epígonos. Respecto a esto, hay que destacar el importante lugar que tienen las referencias al “Termidor” y al “bonapartismo” en estos trabajos que, por cierto, son trabajos militantes circunstanciales, pero son también muy cuidados en el plano de esta teoría, que eminentes críticos los bautizan, con una evidente incomprensión, como su “sociología”.
En consecuencia, no se encontrará en la obra de Trotsky un análisis original de la Revolución Francesa en sí misma y por sí misma. Se podrá notar una evolución importante que le hace pasar el acento de la burguesía en su conjunto a los “sans-culottes” (los sectores menos acomodados la sociedad urbana francesa, integrados por artesanos, sirvientes, pequeños comerciantes y obreros varios), como motor revolucionario. El lector se arriesga a veces a sentir que Trotsky maltrata un poco las categorías establecidas por Marx y que el “proletariado” constituye para él una noción un poco elástica, ya que llena sus páginas con los que llama los “oprimidos”, los “explotados”, las capas más pobres. Pero no se trata de aquellos que, como escribe Marat, no tienen otra riqueza que su progenie (proles en latín) y a los que los romanos con su cinismo de opresores y explotadores bautizaron “proletarios”.
Tratando de abstraernos de la utilización contemporánea del análisis con un objetivo teórico o polémico, hemos intentado sustraer de la obra de Trotsky, por una parte, su visión general del movimiento y del desarrollo de la revolución, y por otra, la imposibilidad de la Revolución Francesa de ir hasta el final en su tiempo y las nuevas formas políticas que originó en su reflujo inevitable. Entonces nos será posible intentar una apreciación de fondo: en su tratamiento de la Revolución Francesa. ¿Trotsky era historiador o “sociólogo”, teórico o militante revolucionario, todo esto a la vez, o bien finalmente vio mucho más allá este tema que lo apasionaba y que creía comprender a través de su propia experiencia?
En el momento en que dejaba por segunda vez el territorio de la Unión Soviética, expulsado por decisión del mismo partido en nombre del que, doce años antes, había dirigido la insurrección victoriosa por el poder, Trotsky se indignaba: “Habría que ser un servil sin remedio para negar la importancia histórica mun­dial de la Gran Revolución Francesa”. No disimulaba los motivos que lo animaban y destacó la validez del método de las “analogías”, no solamente para el historiador, sino ante todo para el político revolucionario: “Existen rasgos comunes a todas las revoluciones los cuales permiten la analogía, y aun la exigen imperiosamente, si es que hemos de basarnos en las lecciones del pasado y no reiniciar la historia desde cero en cada nueva etapa”.


Sin embargo, la analogía no podría ser perfecta y en 1935 observa que sería “de un pedantismo ciego tratar de hacer coincidir las distintas etapas de la Revolución Rusa con los acontecimientos análogos de fines de siglo XVIII en Francia”. Efectivamente, la historia se desarrolla en el tiempo, y las transformaciones que se dieron se vuelven datos de base. En sus observaciones preliminares a su análisis sobre el carácter de la Revolución Rusa en el siglo XX, Trotsky, en 1909, destacaba el carácter original de la gran Revolución Francesa, o más bien, su doble carácter, “burgués” y “nacional”, escribiendo: “En la época heroica de la historia de Francia, contemplamos una burguesía que todavía no es consciente de los contrastes de que está llena su situación, tomando la dirección de la lucha por un nuevo orden de cosas, no solamente contra las instituciones anticuadas de Francia, sino incluso contra las fuerzas reaccionarias de toda Europa. Progresivamente, la burguesía, representada por sus fracciones, se considera como el jefe de la nación y de hecho se convierte en ello, arrastra a las masas a la lucha, les da un lema, les enseña una táctica de combate. La democracia introduce en la nación el lazo de una ideología política. El pueblo -pequeñoburgueses, campesinos y obreros- elige como diputados a burgueses y las instrucciones que entregan los municipios a sus representantes están escritas en el lenguaje de la burguesía que toma conciencia de su papel de Mesías”.
La burguesía, en su combate, ha arrastrado a las demás capas de ese Tercer Estado, del que ella sólo era el estrato superior: “La poderosa corriente de la lucha revolucionaria expulsa, uno tras otro, de la vida política a los elementos más estacionarios de la burguesía. Ninguna capa es arrastrada antes de transmitir su energía a las capas siguientes. La nación en su conjunto sigue combatiendo por los fines que se había asignado, por medios cada vez más violentos y decisivos. La Gran Revolución Francesa es realmente una revolución nacional. Todavía más. En ella, dentro de los marcos nacionales encuentra su expresión clásica la lucha mundial de la clase burguesa por la dominación, por el poder, por un triunfo indiscutible”.
Ya en 1848, la burguesía se volvió incapaz de jugar un rol similar, al igual que sus capas intermedias, la pequeña burguesía, la clase campesina, la democracia intelectual. El proletariado todavía era muy débil. Pero precisamente porque la Revolución Francesa se desarrolló según un esquema “clásico” y, de alguna manera, químicamente puro, como una experiencia de laboratorio, el observador puede aprehender en su desenvolvimiento las leyes de su desarrollo, y verificarlas para su generalización en condiciones concretas necesariamente diferentes.
Nuestro lector conoce, esperemos, el paralelo fascinante establecido por Trotsky, en su “Historia de la Revolución Rusa”, entre Luis XVI y María Antonieta y Nicolás II y la zarina Alejandra. Rechazando las explicaciones psicológicas absolutas que desfiguran la historia al disimular las fuerzas sociales, muestra cómo las “personalidades” de los soberanos eran poca cosa comparadas a las contradicciones sociales acumuladas y a las explosiones en cadena comandadas por las explosiones de la crisis en las alturas. Trotsky recuerda que Robespierre, en la Asamblea Legislativa, advertía a sus colegas contra las ilusiones de un desarrollo revolucionario rápido en Europa, al recordar la experiencia francesa entrada ahora en las conciencias: en Francia, fue “la oposición de la nobleza que debilitó a la monarquía” la que “puso en movimiento a la burguesía y tras ella, a las masas populares”.
Rechazando la idea que dan los historiadores liberales según la cual el rey había cavado su propia tumba aliándose a la contrarrevolución, lo que, recuerda no sin humor, “no lo salvó de la guillotina ni a él primero, ni más tarde a los Girondinos”, afirma: “Las contradicciones sociales acumuladas tenían que brotar al exterior, y al hacerlo, llevar a término su labor depuradora. Ante la presión de las masas populares, que sacaban por fin a combate franco sus infortunios, sus ofensas, sus pasiones, sus esperanzas, sus ilusiones y sus objetivos, las combinaciones tramadas en las alturas entre la monarquía y el liberalismo no tenían un valor meramente episódico y podían ejercer a lo sumo una influencia sobre el orden cronológico de los hechos, y acaso sobre su número, pero nunca sobre el desarrollo general del drama, ni mucho menos sobre su inevitable desenlace”.


Hace falta el talento literario de Trotsky para mostrar el carácter dinámico y explosivo de estas contradicciones en movimiento, que pesan desde hace años, y pueden, bajo el peso de otras nuevas, resultar en compromisos concluidos en algunas horas (los Mirabeau y los La Fayette se volvieron campeones de esta monarquía, de la que habían dinamitado su autoridad), pero también de las contradicciones que, invisibles en los primeros tiempos, pronto se revelan gigantescas e irreconciliables, las de los “sans-culottes” contra la aristocracia y los burgueses acomodados y ricos, las de los campesinos contra los mismos, las de los burgueses contra la Iglesia, etc. Trotsky escribe:
“¡Qué espectáculo más maravilloso -y al mismo tiempo más bajamente calumniado- el de los esfuerzos de los sectores plebeyos para alzarse del subsuelo y de las catacumbas sociales y entrar en la palestra, vedada para ellos, en que aquellos hombres de peluca y calzón corto decidían de los destinos de la nación! Parecía que los mismos cimientos, pisoteados por la burguesía ilustrada, se arrimaban y se movían, que surgían cabezas humanas de aquella masa informe, que se tendían hacia arriba con las manos encallecidas y se percibían voces roncas, pero valientes. Los barrios de París, ciudadelas de la revolución, conquistaban su propia vida, eran reconocidos y se transformaban en secciones. Pero invariablemente rompían las barreras de la legalidad y recibían una avalancha de sangre fresca desde abajo, abriendo el paso en sus filas, contra la ley, a los pobres, a los privados de todo derecho, a los “sans-culottes”. Al mismo tiempo, los municipios rurales se convierten en manto del levantamiento campesino contra la legalidad burguesa protectora de la propiedad feudal. Y así, bajo los pies de la segunda nación, se levanta la tercera”.
Exalta “la energía, la valentía y la unanimidad de esta nueva clase que se había alzado del fondo de los distritos parisinos y hallaba su asidero en las aldeas más atrasadas”. En este recorrido, Trotsky se venga de las frases de café que los autores de divulgación e incluso algunos especialistas siguen utilizando hoy. Evidentemente, se trata de fórmulas fatalistas como la “revolución que devora sus hijos” o el poder “que deteriora”. La realidad es que las circunstancias cambian con el desarrollo histórico y que los hombres y grupos políticos no pueden más que sufrir las consecuencias de estas modificaciones, lo que Trotsky llama “la ruptura de la correlación entre lo objetivo y lo subjetivo”. Escribe: “Los hombres y los partidos no son heroicos o ridículos en sí y por sí sino por su actitud ante las circunstancias”. Especialmente atento al descrédito que golpeó uno tras otro a los grupos de valientes revolucionarios que habían sido los héroes de las primeras etapas de la revolución, constata: “Cuando la revolución francesa entró en su fase decisiva, el más eminente de los Girondinos parecía una figura lamentable y ridícula al lado del más común de los Jacobinos”. Es así que un Roland, que fue un ministro “brissotin”, como se decía entonces al inspector de las manufacturas, lo que constituía para la época una calificación técnica y científica excepcional, “personaje respetable”, aparece en un momento como “una viva caricatura sobre el fondo de 1792”.
Dedicándose luego a un fenómeno ya antiguamente constatado, ya que los romanos lo tradujeron en términos de destino -“Quos vult perdere Jupiter dementat” (A los que van a perder, Júpiter los vuelve locos)- intenta explicarlo: “En un determinado momento de la Revolución, los jefes Girondinos perdieron totalmente la brújula. A pesar de su popularidad e inteligencia, sólo cometen errores y torpezas. Parecen participar activamente en su propio fracaso. Más tarde, es el turno de Danton y sus amigos. Los historiadores y los biógrafos no dejan de asombrarse de la actividad desordenada, pasiva y pueril de Danton en los últimos meses de su vida. Lo mismo para Robespierre y los suyos: desorientación, pasividad e incoherencia en los momentos más críticos”. La explicación es evidente. En un momento dado, cada uno de estos grupos ha agotado sus posibilidades políticas y ya no podía avanzar contra la poderosa realidad: condiciones económicas internas, presión internacional, nuevas corrientes que tenían consecuencias en las masas, etc. En estas condiciones, cada paso comenzaba a producir el resultado contrario al esperado. Pero la abstención política ya no era favorable.
Sin pronunciar la palabra, está claro que Trotsky considera el desarrollo revolucionario bajo el ángulo de la revolución permanente que da cuenta del desarrollo político, incluidas la grandeza y la decadencia de los hombres, de las fuerzas sociales y políticas, de los clubes y de los partidos. Esto es lo que desarrolla en “La revolución traicionada”: “La continuidad de las etapas de la Gran Revolución Francesa, tanto en su época ascendente como en su etapa descendente, muestra de una manera indiscutible que la fuerza de los ‘jefes’ y de los ‘héroes’ consistía, sobre todo, en su acuerdo con el carácter de las clases y de las capas sociales que los apoyaban; sólo esta correspondencia, y no superioridades absolutas, permitió a cada uno de ellos marcar con su personalidad cierto periodo histórico. Hay, en la sucesión al poder de los Mirabeau, Brissot, Robespierre, Barras, Bonaparte, una legítima objetividad infinitamente más poderosa que los rasgos particulares de los protagonistas históricos mismos”.


Prosigue: “Se sabe suficientemente que hasta ahora todas las revoluciones han suscitado reacciones y aun contrarrevoluciones posteriores que, por lo demás, nunca han logrado que la nación vuelva a su primitivo punto de partida, aunque siempre se han adueñado de la parte del león en el reparto de las conquistas. Por regla general, los pioneros, los iniciadores, los conductores, que se encontraban a la cabeza de las masas durante el primer periodo, son las víctimas de la primera corriente de reacción, mientras que surgen al primer plano hombres del segundo, unidos a los antiguos enemigos de la revolución. Bajo este dramático duelo de corifeos sobre la escena política abierta, se ocultan los cambios habidos en las relaciones entre las clases y, no menos importante, profundos cambios en la psicología de las masas, hasta hace poco revolucionarias”.
La misma explicación vale para este otro fenómeno observado por Saint-Just y expresado por él como una ley del desarrollo de las revoluciones. Según él “los que hacen la revolución a medias no hacen más que cavarse su propia tumba”. Nadie podría discutir que Mirabeau fue en una época el brillante representante de la revolución en ascenso. Nadie podría negar tampoco que ha desaparecido sin pena ni gloria después de haber intentado reconciliar la revolución con la monarquía, es decir, de haber intentado detener la revolución mientras que ella recién había comenzado y estaba lejos de haber agotado sus fuentes de energía, renovadas sin cesar por la movilización de nuevas capas. Menos brillante orador y escritor, pero dotado de una sólida y prestigiosa leyenda, La Fayette no fue menos para la Francia de esa época: “el héroe de dos mundos”, antes de pasarse al bando del ejército extranjero.
Respecto a esto, Trotsky aporta una explicación: “El 17 de julio de 1791 La Fayette ametralló en el campo de Marte a una manifestación pacífica de republicanos que intentaba dirigirse con una petición a la Asamblea Nacional que amparaba la perfidia del poder real. La burguesía realista confiaba liquidar, mediante una oportuna represión sangrienta, al partido de la revolución para siempre. Los republicanos, que no se sentían aún suficientemente fuertes para la victoria, eludieron la lucha, lo cual era muy razonable, y se apresuraron incluso a afirmar que nada tenían que ver con los que habían participado en la petición, lo cual era, desde luego, indigno y equivocado. El régimen de terrorismo burgués obligó a los Jacobinos a mantenerse quietos durante algunos meses. Robespierre buscó refugio en casa del carpintero Duplay, Desmoulins se ocultó, Danton pasó algunas semanas en Inglaterra. Pero, a pesar de todo, la provocación realista fracasó”.
Trotsky, al pasar, pone de relieve un aspecto del desarrollo de las revoluciones: todo intento de detener la revolución por la mitad es, independientemente de las intenciones de sus instigadores y autores, el inicio de una empresa de contrarrevolución, a través de la lucha contra la revolución que continúa. En realidad, son las fuerzas sociales las que dictan esta continuación de la revolución en Francia a partir de 1789 y que actuarán, finalmente, para una sociedad francesa que será, a fines del siglo XVIII, más avanzada en su transformación social que la Alemania luego de la revolución de 1918 o España luego de abril de 1931, cuando ambos monarcas, en los dos casos, habían tomado el camino de Varennes, y habían tenido suerte de que no los detuvo un Drouet.