26 de octubre de 2022

Trotsky revisitado (LVIII). Guerras y revoluciones (12)

Jean Jacques Marie: La creación de los ejércitos de trabajo

El 6 de septiembre de 1924, Trotsky publicó en el periódico oficialista “Pravda” un artículo titulado “Problemy grazhdanskoy voyny” (Los problemas de la guerra civil) en el cual, entre otras conceptos, definió a la guerra civil como “la prolongación violenta de la lucha de clases”. Agregó que “la transición de la política a la acción militar y la conjunción de esas dos alternativas generalmente producen grandes dificultades. No es posible medir la política según la vara de la guerra, como no es posible medir la guerra según la vara única de la política, aunque sea con relación al tiempo. En el período de preparación revolucionaria, medimos el tiempo según la vara de la política, es decir, por años, meses, semanas. En el período de la insurrección, medimos el tiempo en horas y días. No es por nada que se dice que en tiempos de guerra un mes, a veces una sola jornada, cuenta como un año. En Octubre, la pérdida de una sola jornada hubiera podido reducir a la nada todo el trabajo de muchos meses, incluso de años de preparación revolucionaria”. Seguidamente se reproduce la quinta parte del capítulo “Guerra civil” del libro “Trotsky, un revolucionario sin fronteras” de Jean Jacques Marie, en el cual se refirió al papel desempeñado por el líder revolucionario en el conflicto que se desarrolló entre el 6 de noviembre de 1917 y el 17 de junio de 1923.
 

En el ambiente tenso de las relaciones entre Trotsky y sus oponentes, desacuerdos sobre la táctica surgidos en abril de 1919 van a cobrar una amplitud inesperada. Bajo el mando de Serguéi Kámenev, el ejército del este rechaza por entonces a Kolchak hasta los Urales. Trotsky y el jefe del Estado Mayor Vatsetis, temerosos de que Kolchak disponga de reservas en Siberia, proponen suspender esa contraofensiva y transferir varias divisiones del frente este al frente sur, donde Denikin y el ejército de voluntarios pasan a la ofensiva; Kámenev y sus adjuntos rechazan ese plan. Trotsky aparta a Kámenev de su comando: lo felicita, sostiene que está cansado y le concede una licencia de seis semanas que éste no ha solicitado. Lenin lo desautoriza y repone a Kámenev en su cargo. El 29 de mayo, informa de ello a los responsables del frente este: “Sin la conquista de los Urales antes del próximo invierno la derrota de la revolución es inevitable”, y agrega: “En caso de roces con el Estado Mayor, envíenme de inmediato un telegrama cifrado”.
Asume así un papel de árbitro. El ejército del frente este desciende los Urales y arrolla las escasas reservas de Kolchak. Al mismo tiempo Denikin obtiene victoria tras victoria en el sur. El 25 de junio toma Jarkov y el 30 Ekaterinoslav y Tsaritsyn. A fines de mes, en Moscú se inicia una enorme discusión sobre la estrategia que debe adoptarse. Vatsetis, respaldado por Trotsky, propone un contraataque a través de la cuenca del Dónetz, región de población obrera, hostil a la vez a los blancos y a Majnó. Con este fin, quiere transferir algunos destacamentos del 5º Ejército que están aplastando a Kolchak.
La Checa, con el acuerdo de Lenin, detiene entonces a Vatsetis, reemplazado, a pesar de la hostilidad manifiesta de Trotsky, por Serguéi Kámenev. Éste propone un contraataque a través de los territorios ocupados por una población cosaca en su mayoría hostil a los rojos. El 3 de julio, el Comité Central, en ausencia de Trotsky, rechaza por unanimidad el plan de Vatsetis y adopta el de Kámenev. Luego, Lenin reduce la composición del Comité Militar Revolucionario de la República de ocho a seis miembros. Trotsky sigue siendo su presidente, siempre flanqueado por Sklianski pero, además del reemplazo de Vatsetis, a quien Kámenev ha metido en la cárcel, esa modificación desplaza a sus viejos colaboradores. Iván Smirnov, Rosengoltz y Raskolnikov son sustituidos por Gusiev y Smilga, colaboradores de Kámenev. El estado mayor de campaña es desplazado del distante suburbio de Serpujov a la misma Moscú, más cerca del Kremlin y de Lenin.
En su “Stalin”, Trotsky sostiene que el propósito de esa reestructuración era formar un equipo menos numeroso y más compacto. Más compacto, sin duda, pero más para ponerle freno que para ayudarlo. Se trata de una reestructuración política y no administrativa. Al día siguiente, Trotsky, estremecido por esa doble desautorización, aduce estar enfermo y luego revela la verdadera naturaleza de su enfermedad al enviar el 5 de julio al Politburó la renuncia a todos sus cargos y proponer simplemente permanecer como miembro del Comité Militar de la República. Ese mismo día, el Politburó rechaza por unanimidad su renuncia. Promete facilitarle el trabajo en el frente sur y “deja en sus manos la posibilidad de obtener por todos los medios la corrección que estime adecuada de la línea general en la cuestión militar y, si lo desea, el Buró se esforzará por apresurar la convocatoria del congreso del Partido”. Cosa que Trotsky, indudablemente, no podría solicitar visto que el ejército de Denikin se dirige hacia Moscú. Lenin le da entonces un papel en blanco y afirma: “Como conozco el carácter riguroso de las prescripciones del camarada Trotsky, estoy tan convencido del grado absoluto de justeza y de necesidad racional para la causa de la orden impartida por él, que sostengo íntegramente esa decisión”. Ese documento, que Trotsky no utilizará jamás, es una compensación moral por el apoyo que Lenin ha dado al remplazo de Vatsetis por Kámenev.
Trotsky parte de inmediato hacia el frente sur. En el camino, invita a los cuadros a plebiscitar su política, que ha sido desestimada, contra los cambios implementados por el Comité Central. El 11 de julio, en Vorónezh, los instructores políticos del 8° Ejército apoyan sus métodos por cuarentaiún votos contra dos. El 14 de ese mismo mes, Trotsky informa al Comité Central que los instructores políticos del 13° ejército respaldan la antigua política militar y el desarrollo ulterior de sus métodos. Lenin, a no dudar, no aprecia esta actitud. Trotsky no sigue adelante con su contraofensiva política, pero su intento efímero de desautorizar la decisión del Comité Central deteriora aún más sus relaciones con Lenin en un momento dramático. El derrumbe del frente sur pone al desnudo los problemas de un ejército sin medios. El 27 de julio de 1919, Trotsky telegrafía: “La principal razón de la pérdida de Jarkov y Ekaterinoslav ha sido la insuficiencia de cartuchos”. Dos días después, repite: “La falta de cartuchos y la escandalosa insuficiencia de carabinas son fatales para el frente”.
En Ucrania, el plan de Serguéi Kámenev es un desastre. El 10 de agosto, el atamán (líder) cosaco Mamontov consigue abrir una brecha en el frente y, detrás de las líneas del Ejército Rojo, asuela la región de Vorónezh y Tambov; sus cosacos saquean hasta las iglesias y provocan incendios con toda impunidad, llevando a su zaga convoyes donde se amontonan los productos de su rapiña. Al día siguiente, Trotsky lanza por telegrama un grito de alarma al Politburó sobre la catastrófica situación del frente sur, debido a la insuficiencia del aprovisionamiento, al hambre que corroe a los soldados harapientos, casi la mitad de los cuales no tienen ni botas ni ropa interior y, por último, cantilena conocida, a la escasez permanente de cartuchos y carabinas. El Ejército Rojo se obstina en evitar a Mamontov. Lenin, furioso, critica al Comité Militar de la República, “que da órdenes sin interesarse ni velar por su cumplimiento. Si bien ése es un pecado que todos cometemos, en las cuestiones militares significa francamente precipitarse a la perdición”.


Estimando que la política bolchevique es responsable de ese hundimiento, y descontento con la cacería de cosacos organizada entre enero y marzo de 1919, el cosaco rojo Mironov se subleva con su división de 4 mil infantes y mil jinetes. El 22 de agosto de 1919 lanza un llamamiento a los cosacos, en el cual atribuye el retroceso del Ejército Rojo a “las malas acciones constantes del partido dirigente, el partido de los comunistas, que han suscitado contra ellos la indignación general y el descontento de las masas laboriosas. Las fechorías de los comunistas han provocado una insurrección general en el Don. ¡Abajo la autocracia personal y el burocratismo de los comisarios y los comunistas!”.
El 8 de septiembre, Budenny, comandante de la Primera División de Caballería roja, detiene a Mironov. Su consejo de guerra decide fusilarlo. Avisado, Trotsky, que ha denunciado el carácter criminal de la tentativa del cosaco y lo ha hecho poner fuera de la ley, llega a toda prisa, anula el fallo y, pese a las protestas de Budenny, furioso por perder a su presa, despacha al detenido a Moscú, gestiona su amnistía y le asigna un nuevo mando en el Don. Mironov escribe un nuevo llamamiento a los cosacos que contribuirá a revertir la situación a comienzos de noviembre. Así, Trotsky une la exigencia de la disciplina a la flexibilidad política. Mironov se ha sublevado, pero sus extravíos pueden corregirse. Trotsky se consagra a ello. Budenny y su amigo Voroshílov se vengarán. Un año después, dispondrán la detención de Mironov, abatido luego en prisión por un guardia.
Las fuerzas del Ejército Rojo, que retroceden en desorden en el frente sur, son cuatro veces superiores en número al ejército de Denikin, cuyo avance tiene la apariencia de un paseo triunfal. Lenin sermonea a Trotsky, pero Denikin sigue su marcha hacia Moscú. En los esfuerzos desplegados por Trotsky para mitigar los inconvenientes del plan de Kámenev, Lenin ve una manifestación de mala voluntad. Los mensajes que le dirige entonces en nombre del Politburó son insultantes. Las relaciones entre ambos seguirán siendo tensas hasta septiembre. Así, el 9 de agosto de 1919, en respuesta a una reprimenda de Lenin, Trotsky “solicita encarecidamente a Moscú el abandono de su política de temores fantásticos y decisiones inspiradas por el pánico”. El 6 de septiembre, Lenin reprende una vez más a Trotsky y sus adjuntos, que no dejan de intentar en vano arreglar el plan de Kámenev. A principios de octubre, en un telegrama a aquél, Trotsky estigmatiza la anarquía de las altas esferas. Lenin sigue sermoneándolo. Denikin avanza a grandes pasos. Toma Kurks el 21 de septiembre y Orel el 13 de octubre; la ruta de Tula, la mayor concentración de fábricas de armas de la Rusia soviética, está abierta, y si la ciudad cae, el general blanco tendrá Moscú al alcance de la mano.
A fines de octubre, Lenin cambia de caballo. El Politburó rechaza el plan de Kámenev y aprueba una versión reforzada del plan de Vatsetis y Trotsky. El 13 de octubre, Lenin ordena tomar tropas de todos los demás frentes y destinarlas al frente sur. Las circunstancias favorecen a Trotsky. Debilitado por las insurrecciones campesinas en la retaguardia y por los ataques de Majnó, el ejército de Denikin, atrapado entre dos fuegos, se disgrega. En Moscú, Lenin declara inconsistentes las acusaciones contra Vatsetis, a quien la Checa libera. Su presunto complot, urdido por Stalin con el apoyo de Dzerzhinski, se desvanece en el aire. En esos mismos momentos, el 11 de octubre, el general Yudénich, que ha salido de Estonia a la cabeza de una pequeña tropa bien armada y bien encuadrada (un oficial cada siete soldados), provista además de tanques británicos, desencadena una ofensiva relámpago sobre Petrogrado. El Ejército Rojo, diez veces más numeroso, retrocede en desorden. Zinóviev se hunde.


El Politburó, reunido el 15 de octubre, decide no entregar la ciudad y destacar a Trotsky en ella durante dos días. El 16, las tropas de Yudénich, que ahora ascienden a 25 mil hombres, toman Tsárskoye Seló, a 20 kilómetros de Petrogrado, donde Trotsky llega al día siguiente. Encuentra allí un Ejército Rojo en plena desbandada y a un Zinóviev abrumado. Transforma entonces la ciudad en campo atrincherado y la prepara para el combate callejero, para lo cual hace cavar fosos e instalar barricadas. A caballo, exhorta a las tropas a volver al ataque. Como los tanques de Yudénich las aterrorizan, les explica que un tanque no es más que un cañón montado sobre una caja y un vehículo oruga. El 20 de octubre, el Ejército 
Rojo queda acorralado en las colinas de Pulkovo; el 22, en vísperas de la contraofensiva, Trotsky publica el orden del día nº 158: “¡Tratad con indulgencia a los prisioneros! Brindad una recepción amistosa a los tránsfugas. En el Ejército Blanco, los enemigos venales, corruptos, sin honor, los enemigos del pueblo trabajador, son una insignificante minoría. La abrumadora mayoría está compuesta de hombres engañados o movilizados a la fuerza. Aun una parte importante de los oficiales de la Guardia Blanca combate contra la Rusia soviética bajo la amenaza del garrote o porque los agentes de los financistas rusos y anglofranceses y los agentes de los propietarios los han embaucado”. El Ejército Rojo se aferra a las colinas, vuelve al combate y, dos semanas después, un derrotado Yudénich se refugia en Estonia, cuyo gobierno desarma sus tropas. En ese mismo momento, Denikin sale a escape en el sur y su ejército, transformado en una horda de saqueadores y traficantes que cargan todo a su paso en nombre de la Santa Rusia, se disgrega.
La desbandada de Yudénich y Denikin en octubre de 1919, la captura de Kolchak y el derrumbe del ejército de Majnó en diciembre parecen anunciar el próximo fin de la guerra civil, cuyo balance es pasmoso: el Ejército Rojo ha perdido 980 mil hombres, dos terceras partes de los cuales han sucumbido a causa de heridas mal curadas o no atendidas, a menudo vendadas con sus calcetines mugrientos; a causa de la falta de medicamentos, del hambre, del frío, de los piojos, de la gangrena, del tifus o de la disentería. Trotsky toma algunas semanas de vacaciones en el campo, escribe y caza y luego vuelve al Kremlin. El Comisariado de Guerra pasa de la organización del combate a la gestión rutinaria de un ejército cuyo número de efectivos es menester reducir. Esta tarea esencialmente administrativa es de escaso interés para Trotsky. Pero hay una cuestión que lo obsesiona: ¿qué hacer con los 3 millones de soldados desmovilizables en un país exangüe, devastado, arruinado, donde 4 millones y medio de huérfanos hambrientos merodean en las ciudades y el campo? ¿Dónde y cómo emplearlos, habida cuenta de que la industria está destruida? ¿Reducirlos al paro, al bandolerismo endémico?
La fracción bolchevique de los sindicatos ha rechazado sus primeras propuestas de organización de ejércitos del trabajo en enero de 1920. Trotsky las reiterará, las presentará y obtendrá su aprobación en el IX Congreso del partido En enero de 1920 considera aplicar los métodos de organización de tiempos de guerra al período de paz que se inicia, y utilizar los soldados desmovilizados del Ejército Rojo en la reconstrucción del país. El 12 de ese mes propone esta idea a la fracción comunista del Consejo Central de Sindicatos, reunido en presencia de Lenin, que defiende la “militarización” del trabajo propuesta por Trotsky. Lenin responde a las críticas que llueven en el salón y luego somete a votación una moción de apoyo a la medida. Los presentes son alrededor de ochenta; la moción cosecha apenas dos votos. El 15, Trotsky insiste ante el jefe del Estado Mayor por telegrama: es necesario asignar labores sistemáticas a las unidades en proceso de desmovilización. El 16, “Pravda” publica el decreto que transforma el 3º Ejército en el 1º Ejército Revolucionario del Trabajo, destinado por Trotsky a los Urales, viejo núcleo industrial de Rusia. ¡Durante tres semanas, ocho horas por día, maneja la pala junto a los soldados, para dar el ejemplo!


El 27 de enero se lo designa presidente de la comisión interministerial para la puesta en práctica de la obligación del trabajo, que reúne a los representantes de siete comisariados del pueblo y de los sindicatos. A su turno, el 2° y el 7° ejército son transformados en “ejércitos del trabajo” y se los afecta a la tala y la recolección de madera, la extracción de turba, el transporte del trigo requisado y la limpieza de las vías férreas y las rutas cubiertas de nieve. Pero, a pesar de la certeza de tener comida, por entonces bastante poco común, los soldados se quejan; la mitad no se presenta al trabajo y deserta. Convencido de que sólo el trabajo obligatorio puede salvar al país de la ruina, Trotsky amenaza con castigar a los desertores, pero no concreta su amenaza. Propone al mismo tiempo la idea de un plan económico único para la Rusia soviética. Esta conjunción es particularmente malhadada: el vínculo así establecido entre la planificación y los ejércitos del trabajo se volverá contra la idea misma de planificación una vez que éstos fracasen. Por esa razón, Lenin se opondrá durante mucho tiempo a ella.
A principios de febrero de 1920, Trotsky parte en su tren especial hacia el norte del macizo montañoso de los Urales. Una noche, un vagón descarrila en una vía mal mantenida, obstruida por la nieve no barrida. De la estación que está alrededor de 1 kilómetro de distancia, y desde la cual puede verse el tren, volcado sobre un costado, no acude nadie. Transcurren varias horas antes de la llegada del equipo de mantenimiento y luego de los responsables del lugar. Trotsky lleva ese caso de negligencia descarada ante un tribunal militar, cuyo fallo no puede reparar el cansancio profundo que se ha apoderado de la masa de la población ni la burocratización creciente de la vida social y política que ese agotamiento promueve.
En el camino de regreso, Trotsky recibe un telegrama en el que Lenin le propone hacerse cargo de la recuperación de los transportes, cuya parálisis total en un futuro cercano ha sido pronosticada por un ingeniero. Vagones desarmados y locomotoras fuera de uso atestan las contadas vías de rieles intactos. Como el carbón escasea, las calderas se alimentan con la madera de los vallados derribados o la leña que se encuentra al acaso. Trotsky acepta la misión. El 23 de marzo de 1920 se lo nombra Comisario del Pueblo de Transportes, a la vez que conserva el cargo de Comisario de Guerra. Tropieza entonces con la incompetencia y la corrupción del sobreabundante personal de los servicios de la Inspección Obrera y Campesina dirigida por Stalin. El refuerzo de la política de requisa de cereales y la agresión polaca de 1920 hacen aún más urgente esa recuperación de los transportes, cuya lentitud bloquea los convoyes de trigo y los refuerzos enviados a duras penas a la frontera polaca.
En ese mismo momento, Trotsky propone en la reunión del Comité Central de fines de marzo de 1920 reorganizar la política de abastecimiento: “La política actual de requisa de los productos alimenticios provoca la decadencia progresiva de la agricultura y la dispersión del proletariado industrial, y amenaza con desorganizar por completo la vida económica del país. Los recursos del abastecimiento corren el riesgo de agotarse muy pronto; contra esta amenaza, ningún aparato de requisa, por perfeccionado que esté, puede hacer nada”. En enero de 1920, el VIII Congreso de los soviets vota el reemplazo de las requisas por un impuesto que permita a los campesinos el libre uso de sus excedentes. Lenin, furioso por estar convencido de que el libre comercio resucita el capitalismo, hace anular la resolución. Tres meses más tarde, la guerra contra Polonia y la ofensiva del ejército de Wrangel agazapado en Crimea, que exigen la centralización absoluta de los últimos recursos de la república en ruinas, hacen caer esas propuestas en el olvido.
Trotsky constituye una dirección política de los transportes, multiplica los llamados a la conciencia de los ferroviarios, intenta mejorar su aprovisionamiento y su servicio y les impone un régimen disciplinario estricto. Los afiliados del sindicato protestan y sus dirigentes refunfuñan. La agresión polaca, que plantea aún con mayor urgencia la necesidad de recuperar los transportes, permite por un momento a Trotsky hacer que acepten el mal trago, pero los responsables del sindicato ferroviario se resisten. Él hace caso omiso de su oposición.