16 de noviembre de 2022

Trotsky revisitado (LXXII). Aptitudes y conocimientos (6)

Martín Kohan: El autor autobiográfico y sus dificultades con el idioma inglés

Martín Kohan (1967) es un escritor y docente universitario argentino. Licenciado como Profesor de Enseñanza Secundaria Normal, y licenciado y doctorado en Letras por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, trabajó como crítico literario en el periódico “Clarín” y actualmente es profesor de Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, ubicada en Comodoro Rivadavia, provincia de Chubut. De su vasta producción literaria pueden mencionarse, entre otros, los libros de cuentos “Muero contento”, “Una pena extraordinaria”, “Cuerpo a tierra”, “El ahogado” y “Desvelos de verano”; las novelas “La pérdida de Laura”, “Museo de la revolución”, “Ciencias morales”, “Fuera de lugar” y “Confesión”; y los ensayos “Zona urbana. Ensayo de lectura sobre Walter Benjamin”, “Narrar a San Martín”, “El país de la guerra”, “1917” y “La vanguardia permanente”. Lo que sigue a continuación es el engarce editado de dos artículos de su autoría -“El inglés de Trotsky” y “A propósito de ‘Mi vida’, de Trotsky”- ambos publicados en 
ceip.org.ar, el portal del Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones León Trotsky (CEIP).
 
“Soy un hombre armado con un bolígrafo”, ha llegado a decir León Trotsky. Tan luego él, el héroe de acción de la Revolución Rusa, el organizador del Ejército Rojo, llegó en un punto a definirse así: como un hombre cuya arma es el bolígrafo. No deja de pensarse como un hombre armado, y la constancia de esa figuración es de por sí significativa; pero eso mismo que alguna vez fue literal, ahora se ha vuelto metafórico: el hombre armado que combatió al mando de tropas revolucionarias, combate ahora escribiendo, combate con bolígrafo y papel. Las circunstancias explican este cambio: Trotsky está exiliado en México; en Moscú, mientras tanto, ya fue acusado, juzgado y condenado, pero en ausencia; por iniciativa suya se decide constituir en México una comisión investigadora que indague en esas mismas acusaciones, pero dando esta vez a Trotsky la oportunidad de contestar y defenderse. Se monta un juicio o la evocación de un juicio, en base a las acusaciones formuladas por la implacable pero monológica justicia de Stalin: traición, sabotaje, terrorismo, complot. Trotsky se compromete a entregarse en la Unión Soviética si la comisión imparcial formada en México, a efectos de revisar esas causas, encuentra motivos para señalar alguna responsabilidad. La diferencia sustancial es que Trotsky esta vez va a poder responder. Trotsky va a poder tomar a su vez la palabra.
El hombre de acción y de palabra ahora tiene a su alcance solamente las palabras. Así funciona su destierro; en eso radica, entre otras posibles, su inexorable limitación. Al comenzar las sesiones de interrogatorios le preguntan, según se consigna, su nombre. Él empieza mencionando “Bronstein”, pero el nombre que suministra en definitiva es “Trotsky”: es el nombre, y por lo tanto la identidad que la política le dio. A continuación le preguntan por su ocupación. “Escritor”, responde Trotsky, y no es irónico. A lo largo de varios días, y a partir de los diferentes aspectos señalados por la comisión, Trotsky narra, explica, detalla, alega, matiza, enfatiza, refuta. Desde los desacuerdos que pudo mantener en su momento con Lenin hasta las visitas que recibió estando ya en la emigración, desde la penosa situación de sus hijos hasta el contenido de sus artículos publicados en el extranjero, desde su oposición política al terrorismo hasta su visión de los juicios de Moscú, Trotsky habla: puede al fin valerse de la palabra para así ejercer su defensa.
El día…, sin embargo, protesta o se preocupa: “Me prometieron que el Sr. Shaw me ayudaría con mi inglés. Pero está sentado tan lejos que no puede ayudarme”. No se trata en absoluto de un detalle menor en esta situación, porque nunca como en un juicio depende alguien tanto de las palabras: se salva o se condena según lo que sea capaz de expresar. Y Trotsky se tiene que expresar en inglés, pero no lo maneja tan bien como quisiera: “Es mi mal inglés lo que hace que me equivoque”. Que pueda en un momento dado aclarar un concepto recurriendo al francés, o que deba en otro momento admitir que pese a haber vivido en Noruega no alcanzó a aprender el noruego, no afectan el problema de fondo. La comisión es internacional y la lengua a emplear es el inglés. Saber francés no mejora las cosas, ignorar el noruego no se compara. Trotsky lo asume: “Un revolucionario debe saber inglés”. Es como si este trance le revelara la dimensión específicamente idiomática de su férreo internacionalismo. No por nada le menciona a la comisión su preocupación por el hecho de que “en el Politburó no haya nadie que sepa un idioma extranjero”. Se debe ser internacionalista también en las lenguas, también con las lenguas. “Un revolucionario deber saber inglés”.
Trotsky sabe, pero no lo suficiente: se equivoca. A veces inventa palabras; por ejemplo, dice “fusillated”, y en la edición de las actas de las reuniones de la comisión hay que agregar una nota al pie que subsane y diga “shot”. A veces el problema es de pronunciación: Trotsky quiere decir “paciente” y le sale “pasión”, o bien quiere decir “paciencia” y le sale “pasiones”, lo cual, si uno se fija, hasta podría implicar lo contrario. Otras veces oye mal: le dicen “quijotesco” y él entiende “exótico”; se lo aclaran en seguida, por cierto, pero la confusión, entretanto, ya ha revelado su verdad. De este modo, en los errores, van encontrando su lugar los fusilamientos, la pasión revolucionaria, un impensado exotismo.
Por eso es interesante cuando Trotsky quiere decir “adjudicar” pero dice “rechazar”, y habla de las responsabilidades en el empleo del terror durante la revolución. O cuando habla de impedir que Hitler tome el poder, y en vez de decir “cómo”, dice “por qué”. O cuando habla de la cantidad de detenidos y deportados a Siberia y, queriendo decir “estimar”, termina diciendo “valorar”. O cuando se refiere a los burócratas del estalinismo y en lugar de decir “semidiós”, dice “medio dios”. “Debo hacer que mis ideas y mi dominio del inglés vayan juntos”, admite Trotsky, se exige Trotsky. Pero en los tramos en los que el inglés se torna indócil, en esos tramos en que se filtra la imprecisión y hace falta que otro intervenga para introducir una corrección indispensable, se deja ver otra dimensión del drama del hombre de palabra, del drama del internacionalismo jaqueado a partir de entonces por el socialismo en un solo país. Él, Trotsky, emplea la palabra “purga”. No está seguro de haberla dicho correctamente, sus ideas y su dominio del inglés no siempre van juntos. Ante la duda, se detiene y consulta. De inmediato le hacen saber que sí, que la palabra es ésa y se pronuncia así, que dijo bien, que no se equivocó para nada.


Esto ocurría en México en abril de 1937. Ocho años antes, estando exiliado en Turquía, escribía Trotsky: “Yo no pensaba nunca en Stalin”, cuando el “intento autobiográfico” de “Mi vida” va entrando en su tramo final. ¿Es reproche o es jactancia? No lo sé, no estoy seguro; pero me parece decisivo que pueda ser tanto una cosa como la otra, o más aun que pueda ser ambas cosas a la vez. “Yo no pensaba nunca en Stalin”, admite o se ufana Trotsky, y de inmediato se permite ampliar: “En el fragor de la lucha ni siquiera me di cuenta de que existía”. La grandeza de la vida de Trotsky queda inscripta en estas frases, no menos que su completa desgracia. Si Trotsky no repara en Stalin, si ni siquiera se da cuenta de que existe, es ante todo porque presta atención a las cosas que de veras importan, a las cosas decisivas, y eso excluye al gris Stalin, posterga al tan mediocre Stalin.
El hecho mismo de que no esté ni vaya a estar jamás a la altura de Trotsky es justo lo que lo vuelve imperceptible para él. Pero a la vez, qué duda cabe, a Trotsky le habría servido fijarse a tiempo en Stalin, debería haberse percatado de su existencia, le habría sin dudas convenido advertir su juego (que lo mitigado podía perfectamente ser una estrategia de lo subrepticio, que la cortedad de las limitaciones personales podía perfectamente cobrar la fuerza terrible de los resentimientos duraderos). Sabemos demasiado bien que Stalin terminó por alterar el curso de la vida de Trotsky. Lo cierto es que también alteró el curso de “Mi vida” de Trotsky. Lo hace pasar del registro autobiográfico y épico, al género del alegato político. La narración política y la argumentación ideológica, soportes de una evocación monumental, se ven forzadas hacia el final, no menos que su autor, a deslizarse a la autodefensa: refutar calumnias, enderezar tergiversaciones, denunciar infamias, apelar.
Stalin y sus mentiras obligan a desmentir. Stalin y sus invectivas personales obligan al descargo personal. Stalin y su desfiguración histórica obligan a refrendar una figuración histórica. Trotsky asume esa tarea, desde su destierro en Turquía, como seguirá haciéndolo en Noruega o en México, con la firmeza del que tiene una convicción y con la rabia del que sufre una injusticia. Responderá pacientemente a las mentiras, a las invectivas personales, a la desfiguración histórica. Pero cuando esa necesidad se impone en las páginas de “Mi vida”, cuando la épica biográfica de la revolución y los destierros debe hacerle un lugar a la resuelta desintegración de las infamias, el relato que ha ido tramando Trotsky cuenta ya con una comprensión impar de lo que es la verdad (la que proviene de un cierto poder alquímico para extraer verdad de lo que empieza como mentira), con una elaboración singular de lo que es lo personal (la que proviene de la evidencia fáctica de que lo personal no es político, sino que cede a lo político), con un tramado especial de la figuración histórica (la que proviene de una combinación política de mostración y ocultamiento).
La primera vez que Trotsky suministra un nombre falso a sus compañeros de lucha, lo que siente es remordimiento: “Cuando conocí a Mujin y a sus amigos me presenté con el nombre de Lvov. Esta primera mentira de conspirador no fue fácil: me dolía verdaderamente ‘engañar’ a las personas con las cuales yo me entendía para una causa tan grande y buena”. Claro que no tarda en advertir que en esa “mentira de conspirador” está la verdad de la conspiración: la falsificación del nombre es garantía de autenticidad política. No es extraño, por lo tanto, que en la siguiente ocasión consiga establecer otra clase de conexión entre lo azaroso y lo definitivo, entre lo fingido y lo cierto: “En el bolsillo llevaba un pasaporte extendido con el nombre de Trotsky, que había escrito al azar, sin prever que este nombre permanecería conmigo para toda la vida”. El nombre falso resulta el verdadero, cifra misma de la conversión política, o bien de la política (de la política revolucionaria) como una conversión: “Desde el inicio del movimiento revolucionario, en 1902, me fugué después de fabricarme un pasaporte falso con el nombre de Trotsky; de allí viene mi seudónimo, que rápidamente se convirtió en mi verdadero nombre”. La falsedad del pasaporte, no menos que la del nombre, define de por sí una impugnación de base a un régimen político en cuyas normas no se cree. ¿Qué podría significar un pasaporte legal si lo expide el régimen ilegítimo del zar? Dialéctica de la documentación personal: la falsificación del pasaporte falso señala una verdad política. Y dialéctica de los nombres y los seudónimos: la falsificación del nombre falso se asienta como verdad revolucionaria.


Podría decirse entonces que “Trotsky” desplaza a “Bronstein” de la misma manera, y por las mismas razones, que la esfera de la acción política desplaza la esfera de la vida personal. Por supuesto que, por tratarse de una autobiografía, así sea en grado de tentativa, “Mi vida” hace centro en la vida personal, ya sea en la evocación de los años de la infancia en el campo, en los recuerdos familiares, en el pormenor de la iniciación política, o en el desarrollo de las vicisitudes del agitador, el encarcelado, el prófugo, el desterrado, el activista, el líder revolucionario, el espiado, el difamado, el escritor. Pero hay una consideración que hace Trotsky, inédita para el género autobiográfico, decisiva para calibrar un modo de la experiencia: “Los grandes acontecimientos son pobres en recuerdos personales; es el recurso que tiene la memoria para resguardarse de un modo excesivo”. Entendemos así que “Mi vida” no va a proporcionar una versión personal de los grandes acontecimientos, ni mucho menos una fusión completa, a golpes de protagonismo, de la historia política con la historia íntima. En vez de eso va a exponer la manera en que los grandes acontecimientos eclipsan el mundo de lo personal, lo hacen retroceder, lo atemperan como olvido.
Trotsky lo define como un mecanismo defensivo: recurso psíquico para protegerse de una vivencia que resulta excesiva, porque de eso precisamente se trata, de un tipo de sucesos que exceden lo personal. Así ocurre por caso con las protestas de los reclusos de una cárcel de Odesa, entre los cuales se encuentra Trotsky; los gendarmes suponen que la protesta se debe a “una cena hecha con provisiones en mal estado”, pero en verdad responde a la noticia del restablecimiento de la monarquía en Francia. Y así ocurre por caso con la coincidencia entre el día del nacimiento de Trotsky y el día de la Revolución de Octubre, y con esta confesión sincera: “No me di cuenta de esta curiosa coincidencia hasta tres años después de los días de Octubre”. ¿Qué otra cosa expresa este episodio de olvido, que es olvido del propio cumpleaños, sino una confirmación de esa premisa de que lo personal se atenúa al atravesar los grandes acontecimientos? En vez de superponer las dos cosas, el cumpleaños y la Revolución, para ofrecerlos al lector como un prodigio autoexaltatorio de nacimiento doble, Trotsky presenta esta otra variante: repliegue vehemente de todo lo que es personal, cuando la acción política se activa.
Se entiende así que Trotsky, el encarcelado político, aproveche esa situación para aplicarse a los trabajos intelectuales, es decir al trabajo metódico: “En realidad, no puedo quejarme de las cárceles ni del tiempo que me hicieron pasar en ellas. ¡Aquella celda era tan tranquila, tan monótona, tan silenciosa, tan apropiada para los trabajos intelectuales!”. “Mi vida” es en gran parte la vida de un preso o la vida de un desterrado; además de ser, naturalmente, al vida de un luchador, de un conspirador, de un revolucionario, de un conductor de guerra. Queda claro que en el preso y en el desterrado habita una verdad que ilumina todas las otras funciones, todos los otros momentos.
También en eso existe una épica, y no sólo en la revolución propiamente dicha. Las aventuras de esta vida “superabundante en aventuras mucho tienen que ver con las fugas (“Mi vida” como novela de escape) o con la vigilancia en el extranjero (“Mi vida” como novela de espías). Por eso es interesante la cita que hace Trotsky de las memorias de su esposa, Natalia Sedova, a propósito de la fuga a Finlandia: “Yo estaba asombrada, viendo la libertad y la desfachatez con que L.D. se movía, riéndose y hablando en voz alta en el tren y en los andenes de las estaciones. Habría querido volverlo invisible, ocultarlo bien, porque aquella fuga podía costarle el presidio. Pero él se mostraba ante todos y me decía que ésta era la mejor medida de protección”. Y por eso es interesante la observación que hace Trotsky a propósito de su exilio en España: “En realidad, toda mi actividad política se había desarrollado siempre abiertamente y a los ojos de la policía. Pero las persecuciones de los espías me exasperaban y despertaban en mí el espíritu del deporte. En cambio, en Cádiz, el encargado de vigilarme me advertía que volvería a tal hora y que lo esperara pacientemente en el hotel. A cambio de eso, intervenía con gran empeño en defensa de mis intereses, me ayudaba a hacer las compras y me llamaba la atención a los hoyos de la acera”. Trotsky hace de sí mismo una especie de “carta robada”: se pone bien a la vista, para no ser descubierto. Las tretas del ocultamiento se resuelven desde la mostración. El espía de Cádiz es quien parece haber entendido el mecanismo a la perfección, y entra en la misma sintonía de Trotsky. Sustraerse del control por exceso de visibilidad y no por hacerse invisible.


A estos dos pasajes, el de Cádiz y el de la fuga a Finlandia, podría agregarse otra escena de exilio narrada por Trotsky, esta vez en Alemania: “El 1º de Mayo salí a pasear en automóvil con mi esposa por las calles de la ciudad. Recorrimos las principales avenidas, presenciamos las manifestaciones, leímos los carteles, oímos una serie de discursos y al llegar a la Alexanderplatz, nos mezclamos en la multitud. Yo había visto muchas manifestaciones del 1º de Mayo más imponentes que aquélla, más grandiosas, más decorativas, pero hacía ya mucho tiempo que no tenía la posibilidad de moverme entre las masas sin llamar la atención”. La figura del fugitivo que se hace notar, por un lado, y por el otro la del espiado que se da a ver, soluciones desconcertantes pero eficaces para el propósito de sustraerse, se completa en cierto modo con la figura del manifestante del 1º de Mayo en Berlín: el inconfundible agitador de masas consigue mezclarse entre las masas y no llamar allí la atención. Se da así una combinación fabulosa de presencia y retracción, de exhibición y sigilo, la posibilidad de estar y al mismo tiempo escabullirse, de quedar inadvertido y al mismo tiempo intervenir, la virtud de poder mostrarse y volverse a la vez fantasmal.
Trotsky encara este repaso durante su destierro en Turquía, en 1929. Su vida de desterrado la escribe como desterrado, su vida de conspirador fugitivo la escribe en estado de fuga, su vida de activista político la escribe como activista político (el propio libro del que se ocupa es para Trotsky un recurso de la lucha política y no sólo un ejercicio de verdad histórica: “este libro no es una fotografía inanimada de mi vida”, dice en el prólogo, “sino una parte que la compone. En sus páginas, continúo la lucha a la que he consagrado mi vida”. Como este exilio y esta persecución, a diferencia de todos los precedentes, no tiene la revolución por delante como fin a conseguir sino como revolución pasada y traicionada, y entonces por rescatar, cambian bastante las condiciones en las que se encuentra Trotsky y el tenor de las penurias por las que pasa. La malversación estalinista de la historia soviética apuntará, como se sabe, a suprimir su propia existencia en ella; la ferocidad de los ataques personalizados se encarnizará sin miramientos con parientes y allegados. Trotsky se ve, por una parte, lanzado a la exterioridad absoluta de un exilio sin atenuantes, y por otra, cada vez más acorralado, cada vez más replegado.
Las páginas finales de “Mi vida” las dedica en buena parte a denunciar la hipocresía de las democracias del mundo, que le niegan el visado a un perseguido político como él. Paradoja de los presuntos paladines de la apertura y la tolerancia, sobre la cual Trotsky ironiza. Pero también paradoja de la deportación del internacionalista cabal: mientras Stalin estrecha horizontes con su apuesta al socialismo en un solo país, desata sobre Trotsky una persecución a escala mundial. En eso sí, acaso porque se trata de Trotsky, le resulta preciso alcanzar las miras del internacionalismo. Después de Turquía, vendrá Noruega, y por fin llegará México. Trotsky vivirá once años más, después de haber escrito “Mi vida”.
Atrincherado, o poco menos, en su casa blindada del Distrito Federal, Trotsky vuelve a abocarse ante todo a los trabajos intelectuales, la salida a la que apela en sus días de prisión. ¿Y de qué excusa se valió, en última instancia, su solapado asesino, sino la de acercarle un artículo propio para someterlo a su consideración? ¿Qué otra cosa, sino leer, estaba haciendo Trotsky, cuando el asesino le asestó su golpe de muerte? ¿Qué otra clase de distracción, sino la que es propia de todo lector concentrado, le impidió advertir a tiempo el ataque que le lanzaba? El testimonio que brindó Joseph Hansen, director de seguridad en la casa, especifica que la sangre de Trotsky salpicó las últimas páginas que había escrito para una biografía de Stalin.