31 de mayo de 2008

Nicolás Guillén: "Yo no soy un hombre puro"

Nicolás Cristóbal Guillén Batista nació el 10 de julio de 1902 en Camagüey. Desde su juventud participó intensamente en la vida cultural y política cubana, lo que le costó el exilio en varias ocasiones. Inició su producción literaria en el ámbito del posmodernismo para afianzarla en el de las experiencias vanguardistas de los años veinte, en cuyo contexto se convirtió pronto en el representante más destacado de la poesía negra o afroantillana. Fue colaborador de una gran cantidad de diarios y revistas, entre ellos "Camagüey Gráfico", "Diario de la Marina", "La Semana", "El Mundo", "Vanguardia Obrera", "Gaceta del Caribe" y "El Nacional de Caracas".
De su basta obra poética se destacan: "Motivos de son" (1930), "Sóngoro cosongo" (1931), "Cantos para soldados y sones para turistas" (1937), "El son entero" (1947), "La paloma de vuelo popular" (1958), "El gran zoo" (1967), "La rueda dentada"
(1972), "Por el mar de las Antillas anda un barco de papel"
(1978) y "Sol de domingo" (1982). En "Prosa de prisa" (1975) se recogieron sus trabajos periodísticos.
En 1982, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), declaró que Nicolás Guillén "significa el más alto ejemplo actual de vida y obra creadoras, que por su fidelidad inquebrantable a la tradición patriótica y revolucionaria de la cultura cubana, ha sido capaz de expresar, con vigoroso genio artístico, la sensibilidad, el carácter, el proceso histórico y el espíritu combativo de un pueblo, de un ámbito geográfico y de una época".
Nicolás Guillén falleció en La Habana el 16 de julio de 1989.

BURGUESES
No me dan pena los burgueses vencidos.
Y cuando pienso que van a darme pena,
aprieto bien los dientes y cierro bien los ojos.
Pienso en mis largos días sin zapatos ni rosas.
Pienso en mis largos días sin sombrero ni nubes.
Pienso en mis largos días sin camisa ni sueños.
Pienso en mis largos días con mi piel prohibida.
Pienso en mis largos días.
—No pase, por favor. Esto es un club.
—La nómina está llena.
—No hay pieza en el hotel.
—El señor ha salido.
—Se busca una muchacha.
—Fraude en las elecciones.
—Gran baile para ciegos.
—Cayó el Premio Mayor en Santa Clara.
—Tómbola para huérfanos.
—El caballero está en París.
—La señora marquesa no recibe.
En fin, que todo lo recuerdo.
Y como todo lo recuerdo,
¿qué carajo me pide usted que haga?
Pero además, pregúnteles.
Estoy seguro
de que también recuerdan ellos.


DIGO QUE YO NO SOY UN HOMBRE PURO
Yo no voy a decirte que soy un hombre puro.
Entre otras cosas
falta saber si es que lo puro existe.
O si es, pongamos, necesario.
O posible.
O si sabe bien.
¿Acaso has tú probado el agua químicamente pura,
el agua de laboratorio,
sin un grano de tierra o de estiércol,
sin el pequeño excremento de un pájaro,
el agua hecha no más de oxígeno e hidrógeno?
¡Puah!, qué porquería.
Yo no te digo pues que soy un hombre puro,
yo no te digo eso, sino todo lo contrario.
Que amo (a las mujeres, naturalmente,
pues mi amor puede decir su nombre),
y me gusta comer carne de puerco con papas,
y garbanzos y chorizos, y
huevos, pollos, carneros, pavos,
pescados y mariscos,
y bebo ron y cerveza y aguardiente y vino,
y fornico (incluso con el estómago lleno).
Soy impuro ¿qué quieres que te diga?
Completamente impuro.
Sin embargo,
creo que hay muchas cosas puras en el mundo
que no son más que pura mierda.
Por ejemplo, la pureza del virgo nonagenario.
La pureza de los novios que se masturban
en vez de acostarse juntos en una posada.
La pureza de los colegios de internado,

donde abre sus flores de semen provisional
la fauna pederasta.
La pureza de los clérigos.
La pureza de los académicos.
La pureza de los gramáticos.
La pureza de los que aseguran
que hay que ser puros, puros, puros.
La pureza de los que nunca tuvieron blenorragia.
La pureza de la mujer que nunca lamió un glande.
La pureza del que nunca succionó un clítoris.
La pureza de la que nunca parió.
La pureza del que no engendró nunca.
La pureza del que se da golpes en el pecho,

y dice santo, santo, santo,
cuando es un diablo, diablo, diablo.
En fin, la pureza de quien

no llegó a ser lo suficientemente impuro
para saber qué cosa es la pureza.
Punto, fecha y firma. Así lo dejó escrito.

30 de mayo de 2008

Hemingway, la guerra, la muerte y esas otras cosas tristes

Ernest Hemingway, uno de los más famosos escritores de la literatura norteamericana contemporánea, nació en Oak Park, Illinois, en 1899 y murió en Ketchum, Idaho, en 1961. En 1921 se instaló en París como corresponsal de prensa, y en los años siguientes viajó por Europa y frecuentó los círculos literarios de la "generación perdida". En 1926 apareció su primera novela, "The torrents of spring" (Aguas primaverales), y en ese mismo año publicó "The sun also rises" (Fiesta). De regreso a los Estados Unidos, escribió otra novela de gran éxito, "A farewell to arms" (Adiós a las armas, 1929), y el tratado taurino "Death in the afternoon" (Muerte en la tarde, 1932). Otras obras suyas son "Green hills of Africa" (Las verdes colinas de Africa, 1935), "The snows of Kilimanjaro" (Las nieves del Kilimanjaro, 1936), "To have and have not" (Tener y no tener, 1937), "For whom the bell tolls" (Por quién doblan las campanas, 1940) y "Across the river and into the trees" (Al otro lado del río y entre los árboles, 1950). "The old man and the sea" (El viejo y el mar, 1952) fue una de sus últimas obras y una de las más admiradas universalmente. Obtuvo el Premio Pulitzer en 1953 y el Premio Nobel en 1954. A su muerte dejó varios libros inéditos. En 1964 apareció "A moveable feast" (París era una fiesta), en 1967 se recogieron en el volumen "By line" (Enviado especial) sus principales artículos periodísticos y en 1970 se dio a conocer otra novela, "Islands in the stream" (Islas a la deriva). Después han aparecido sucesivamente "The Nick Adams stories" (Nick Adams, 1972), "88 poems" (88 poemas, 1979), "The dangerous summer" (El verano peligroso, 1985), "Dateline: Toronto" (Publicado en Toronto, 1985) y "The garden of Eden" (El jardín del Edén, 1986).
De su extensa producción, a veces escéptica, a veces nostalgiosa, pero siempre lacónica y emotiva, son los siguientes fragmentos:

"Imagínense lo que ocurriría si un hombre tuviese que intentar matar a la luna todos los días. La luna corre rápido. Pero imagínense ahora lo que ocurriría si un hombre tuviese que intentar matar al sol. Nacimos con suerte".

"Es una estupidez no tener esperanza. Creo que además es un pecado perder la esperanza. Pero no debo pensar en pecados. Ya tengo demasiados problemas como para ponerme a pensar en peca­dos. La verdad es que no comprendo bien qué son los pecados".

"Todos los que son buenos y firmes son alegres. Ser alegre es mucho mejor y es señal de una cosa: de que se es inmortal mien­tras se está vivo. Es algo difícil y ya no quedan muchos así. La mayoría de los luchadores joviales desapareció. Quedan poquísimos".

"Uno sabía que en el otoño se iba a poner triste. Una parte de nos­otros muere cada año, cuando las hojas caen de los árboles y sus ramas quedan desnudas, golpeadas por el viento y la luz fría e in­vernal. Pero también sabíamos que habría siempre otra primavera, así como sabíamos que el río fluiría nuevamente después de haber estado congelado. Cuando las lluvias frías continuaban durante largo tiempo y terminaban matando la primavera, era como si una criatura joven hubiese muerto sin ninguna razón".

"Cuando me siento deprimido me gusta pensar en la muerte y en las diversas maneras de morir. Y pienso que el medio más efectivo sea, probablemente, saltar de un transatlántico en la noche, a menos que se pueda encontrar un modo de morir durante el sueño. No hay duda de que, así, la cosa resultaría y, en última instancia, no parece ser una muerte muy desagradable. Habría, apenas, el instante de dar el salto, y, para mí, es muy fácil dar cualquier tipo de salto. Además, nunca terminarían de saber lo que pasó realmente; no habría autop­sia ni nadie tendría que cargar con los gastos y siempre quedaría la posibilidad de que nos concedan que fue un lamentable accidente".

"Los muertos en la guerra son, generalmente, machos de la especie humana, aun cuando eso no sea enteramente cierto en lo que atañe a los animales; así, entre los caballos, vi también, frecuentemente, yeguas. En cuanto al sexo de los muertos, el hecho es que nos habituamos tanto a que los muertos sean siempre de sexo masculino que la visión de una mujer muerta es extremadamente chocante".

"Era sorprendente que el cuerpo humano no se fragmentase a lo largo de las líneas anatómicas, sino que se dividiese tan caprichosa­mente como una bomba altamente explosiva al estallar. Además, claro, estaba la presencia de los muertos. Ellos cambian un poco de apariencia cada día, hasta que son enterrados. En las razas caucásicas se producen los siguientes cambios de color: del blanco al amarillo, después amarillo verdoso y finalmente, negro. Los muertos aumentan de volumen todos los días hasta que se vuelven demasiado grandes para sus uniformes. Luego, el pormenor que más sorprende es la cantidad de papel que suele estar desparramado en torno a los muertos. La posición en que se los deja, incluso antes de pensar en enterrarlos, depende, en suma, del lugar donde están ubicados los bolsillos del uniforme. En el ejército austríaco esos bolsillos están en la parte trasera de los pantalones. Por lo tanto, al cabo de un corto espacio de tiempo, todos los cadáveres terminan boca abajo, con el forro de los bolsi­llos hacia afuera".

"La guerra moderna es siempre planeada y desencadenada por demagogos y dictadores que juegan con el patriotismo de su pueblo, engañándolo y empujándolo a la falsa convicción de la necesidad de la guerra, esa gran falacia, cuando sus pregonadas reformas fraca­san y dejan descontento a la gente que ellos desgobiernan. Y nos­otros, en los Estados Unidos, teníamos la obligación de comprender que a ningún hombre le fue concedido, por muy noble y mejor que él sea o por más que pretenda obtener esa concesión gradualmente, el poder de llevar este país a una guerra que está siendo urdida en este momento y que se halla cada vez más cerca, premeditada como un asesinato largamente planeado. Cuando concedemos poderes a un gobernante, investido de responsabilidades ejecutivas, no sabe­mos quién va a ocupar tal cargo o quién lo va a ejercer en una época de grave crisis".

La libertad de prensa según Thomas Love (Buenos Aires, 1827)

El "British Packet and Argentine News" apareció en Buenos Aires entre 1826 y 1858. Desde su lanzamiento y hasta 1845, su director y único redactor fue Thomas George Love (1784-1845), un inglés de gran prestigio entre los británicos residentes en la gran aldea porteña. Love fue un escritor satírico, tolerante y liberal, conocedor minucioso de la ciudad en que vivía y, al decir del escritor y crítico literario Paul Groussac (1848-1929), "un periodista lúcido y moderno, muy adelantado a su tiempo".El 27 de octubre de 1827, cuando la prensa rioplatense debatía ardorosamente los sucesos que tenían como protagonistas al gobernador Manuel Dorrego (1787-1828) y al representante de los intereses de la Corona Británica en Buenos Aires, lord John Ponsomby (1772-1855), a raíz del conflicto con el Imperio del Brasil, Thomas Love escribió:
"La guerra desencadenada en los periódicos de Buenos Aires parece estar dirigida más bien contra los indivi­duos que contra los principios. Sin embargo, vemos que algunos escritores han fijado particularmente su aten­ción en una cuestión política más compleja: la libertad de prensa. No podemos aprobar esta elección porque, además de las complicaciones y dificultades del tema, que sólo puede ser profundamente tratado después de siglos de experiencia en la carrera de la libertad, es tan delicado y frágil en su naturaleza, que apenas puede tocarse, sin herirlo. Así, durante las últimas conmocio­nes en Europa, cada vez que surgió la discusión fue siempre para asestar algún golpe fatal a esa preciosa y noble prerrogativa, Cuando las autoridades provocan la
discusión pública de sus principios básicos, es con la natural propensión a disminuirlos y, por consiguiente, nunca nos parecen tan libres de peligro como cuando no se habla de ellos. Es como el aire que respiramos, que sólo puede llamar nuestra atención cuando descubrimos en él alguna cualidad ofensiva para la salud o para los sentidos. El principio de la libertad de prensa ha sido tratado con igual grado de fundamento, aunque de modo dife­rente, por dos grandes escritores del siglo pasado, el obispo Berkeley y el crítico Du Marsais. El primero dijo: 'La utilidad y la verdad no pueden ser divididas; el bien general de la humanidad será la regla o la medida de la verdad moral'. El segundo se expresó de manera más apropiada aún sobre el objeto en discusión: 'El rasgo distintivo de la verdad es que resulta igual y constante­mente ventajosa para todos; mientras que la falsedad, útil por poco tiempo para pocos individuos, es siempre lesiva para la masa'. Esta es la regla infalible por la cual los amigos y los enemigos de la libertad de prensa deberían ser juzgados y el sentido común nos dice que el que no tiene nada que temer de la verdad no tiene interés en cortar sus alas. Pero la prensa tiene otra virtud admirable, que no posee ninguna otra institución humana: los males que causa, también los cura. En verdad, sólo ella puede curarlos. Si se echaran en una taza unas pocas gotas de veneno, la misma taza contendría el antídoto. El teatro de la acusación es el de la defensa. Así pues, ni el error ni la calumnia pueden disfrutar más que un breve y precario triunfo si se hace uso de los medios de difusión. La verdad y la inocencia inmediatamente se presentan y, sin el más mínimo esfuerzo, ponen a su miserable adversario fuera de combate.En oposición a estas consoladoras reflexiones, se ha dicho últimamente, en uno de los periódicos de esta capital, que el ridículo puede utilizarse con impunidad por medio de la prensa, que no hay salvaguardia contra él y que, por consiguiente, es legítimo desnaturalizar los más nobles pensamientos y las más puras intenciones. Esta objeción, que parece a primera vista de algún peso es, sin embargo, fácilmente rebatible. El ridículo podrá caer o bien sobre las personas que merecen censura o sobre aquellas que no la merecen. En el primer caso, debe considerarse como parte de la censura, como un ingrediente más del castigo que merece la persona censurada, y no podemos ver que daño puede haber en una sonrisa burlona que acompañe la represión, o en un epigrama que agregue fuerza al odio suscitado por el culpable. Si un ministro es un enemigo de la libertad o si un magistrado vende la justicia, no puede haber daño en que la denuncia esté sazonada con la sal del ridículo, y por el contrario esto contribuye a aumentar el repudio general provocado por tales actos. Si, a la inversa, se hiciera víctima del ridículo a un inocente, esto sólo hará impresión en un pequeño número de personas malévolas y corrompidas. Por la misma razón, es enteramente inofensivo; la gran mayo­ría lo rechaza con horror, ya que nunca se ha visto que la opinión general apruebe lo que ofende a la moral pública. Pero, tomando una posición más elevada, no teme­mos afirmar que todo el mal que pueda hacerse con el abuso del ridículo, aun cuando se emplee de un modo sumamente injusto, no iguala al que resultaría de la más mínima restricción impuesta sobre la prensa. Los gobier­nos pierden todo freno, toda moderación, una vez que han entrado en el peligroso camino de las leyes prohibitivas.La facilidad con que la primera ley es aceptada los induce a intentar otras y la cadena que sigue no tiene fin. Lo peor de esto es que, en tales casos, la libertad conculcada busca otros medios para recuperar sus lími­tes primitivos; el ingenio, restringido por los grillos que se le han impuesto, encuentra innumerables formas para escapar de las barreras que lo confinan. Entonces, el poder así frustrado se exaspera más y su misma impo­tencia aumenta su irritabilidad; la lucha entre los perse­guidos y los perseguidores se vuelve más y más amarga, y las leyes, una burla. Si entonces se nos preguntara qué debería hacerse con la libertad de prensa, nosotros contestaríamos: dejarla en paz, y si es cierto, como se cree generalmente, que el gobierno nacional pudo haber prolongado su existencia persiguiendo a aquellos que lo combatieron a través de la prensa, aplaudimos su tolerancia y confesamos que, aun admitiendo que grandes males pueden ser consecuencia de su caída, mayores hubieran sido los males que hubiera acarreado su empeño por evitarla".

29 de mayo de 2008

El campo, la carne y las elecciones en el Buenos Aires colonial

Desde el 4 de agosto de 1826 hasta el 25 de setiembre de 1858, se publicó semanalmente en Buenos Aires el periódico en lengua inglesa "British Packet and Argentine News". Aparecieron en total 1666 números, y la impresión se hizo, sucesivamente, en las imprentas de Jones, del Estado, de la Gaceta Mercantil, de Hallet, de Crónica y, por último, en la del propio periódico.El origen del semanario estuvo en el notorio incremento de las relaciones comerciales entre la Argentina y Gran Bretaña luego de las guerras de emancipa­ción de Hispanoamérica, y la consiguiente consolida­ción de la comunidad británica en el Río de la Plata. Lo notable del "British Packet", si se lo compara con otros periódicos de la primera mitad del siglo XIX, fue su independen­cia de criterio y su capacidad de crítica en todo lo concerniente a la vida pública y las costumbres de la época. El periódico no se limitaba a transcribir los documentos oficiales sino que casi siempre le agregaba su propio comentario, según los casos correctivo o simplemente didáctico.En esa línea, el 12 de mayo de 1827 publicó un artículo titulado "Avidos de tierras", que decía textualmente: "Creemos que la totalidad de las tierras del Estado están arrendadas a particulares. Desde el comienzo de la guerra han sido tomadas con inusitada avidez. El estan­camiento del comercio, combinado con el cambio produ­cido en la moneda circulante, ha contribuido, sin duda, a esto. El primero ha inmovilizado grandes capitales, mientras que la depreciación del último actuó como estímulo para inversiones en propiedades permanentes y mejoradas, como pueden considerarse los establecimien­tos de pastoreo y agrícolas, tanto para los individuos como para el gobierno, en las actuales condiciones. El interés público mira hacia el interior y promete producir beneficios esenciales para el país, reforzando la riqueza y los recursos de la Nación. Desde el año 1820, la provincia de Buenos Aires ha padecido una gran sequía, que impidió buenas cosechas de trigo en todo este período y produjo efectos más o menos perjudiciales en la cría de ganado. En algunos de esos años, la sequía llegó a ser muy intensa, como ocurrió en otras épocas, especialmente a fines del siglo pasado; pero la repetición durante los últimos seis años hace necesarias lluvias abundantes y frecuentes, que esperamos caigan este año, a juzgar por la fuerza con que la estación de las lluvias ha comenzado en el interior. En Buenos Aires, acaban de iniciarse y nos dan esperanzas no menos sólidas. Un buen año nos dará carne y pan abundante, así como también otros artículos de primera necesidad que produce el país y, con esto, las calamidades de la guerra no se sentirán tanto. Como hasta ahora no se han hecho tentativas para asegurar riegos perma­nentes por medio de pozos u otras reservas, no puede menos que desearse el auxilio constante de un tiempo favorable".
El mismo día y con el título "La carne liberal", publicó lo siguiente: "Como consecuencia de la escasez de carne fresca que se ha experimentado durante los últimos tiempos, el presidente de la República ha emitido un decreto por el cual el precio de la carne se ha fijado en seis reales la arroba, para la de mejor calidad, y en cinco para la de inferior. Si estas reglamentaciones resultaran insuficien­tes para mantener una constante y amplia afluencia de carne fresca, el gobierno otorgará el privilegio exclusivo para proveer el mercado de ese artículo, a aquellas personas que puedan ofrecer hacerlo en los términos más razonables. El preámbulo del decreto muestra evi­dentemente que el principio que hasta el momento rigió a esta parte de la economía municipal ha resultado equivocado. La competencia, en la mayoría de los países, es la mejor garantía de precio equitativo en las mercan­cías; mientras que ni la autoridad misma puede, sin interferir en los derechos individuales, obligar a la venta de propiedad privada de cualquier clase, con pérdida. El gobierno está enterado de esto, pero se ha demorado en anular el sistema establecido debido a los prejuicios que existen con respecto a sus atribuciones, que hasta ahora han comprendido la intervención en la venta de los artículos de primera necesidad, especialmente de carne y pan. Las reglamentaciones existentes continuarán en vigor sólo hasta el fin del año actual, cuando el mercado se abrirá a todos y los precios quedarán libres de limitaciones, con excepción, quizás, de algunos casos particulares. La atención que hasta el momento ha prestado la policía al peso de los artículos continuará y cualquier vendedor que sea sorprendido defraudando en el peso será enviado a servir en el ejército o, si es inapto, por dos años en trabajos públicos".
Tiempo después, en el ejemplar del día 8 de diciembre de 1832, apareció la noticia "La reelección de Rosas": "El brigadier general Juan Manuel de Rosas ha sido reelecto gobernador y capitán general de la provincia de Buenos Aires. El 8 de diciembre de 1829 había asumido el cargo de gobernador y por haberse cumplido los tres años fijados por la ley, su mandato expira el día de la fecha. El 5 del corriente, a la una de la tarde, la Sala de Representantes se reunió y procedió a elegir gobernador de la provincia. Estaban presentes 36 de sus miembros y votaron de la siguiente manera: por el brigadier general Juan Manuel de Rosas, 29 votos; por don Tomás Manuel de Anchorena, 4; por don Vicente López, 2; por don Luis Dorrego, 1. Concluida la votación, el presidente proclamó la elección del señor Rosas, la que fue recibida con grandes aplausos por parte de los expectadores que en número considerable ocupaban la galería. Varias composiciones poéticas impresas que fueron distribuidas detallaban los servicios del señor Rosas y lo llamaban orgullo de América, César argenti­no, héroe y salvador de la República".
Si algunos aspectos de las noticias de aquella época guardan alguna semejanza con la actualidad es mera coincidencia.

28 de mayo de 2008

Galileo Galilei, el mensajero de los astros

El primer encuentro de Galileo con las matemáticas se produjo en 1584. Tenía entonces veinte años y hasta ese momento su inquietud había sido más humanista y artística que científica. Los Galilei provenían de una antigua familia floren­tina venida a menos que hacia mediados del siglo XVI se trasladó a Pisa, donde el 15 de febrero de 1564 nació Galileo.
Su padre era un hombre culto, músico teórico, compositor e intérprete, de manera que el ambiente familiar facilitó el desarrollo de las dotes artísticas que desde joven mostró Galileo.
Al igual que su padre, fue un buen intérprete de laúd; dibujaba bien y le atraían las letras: escribió poesías, hizo crítica literaria, intervino en polémicas artísticas y era un gran admirador de los poetas italianos, en especial Dante Alighieri (1265-1321) y Ludovico Ariosto (1474-1533), y amigo de pintores, sobre todo de Ludovico Cardi (1559-1613) llamado el Cigoli, quien en uno de sus cuadros elevó a la Virgen sobre una Luna que reproduce un dibujo que Galileo utilizó en su obra "Sidereus Nuncius". Según el historiador alemán Erwin Panofsky (1892-1968), Galileo en su juventud deseaba ser pintor, pero su padre lo envió a estudiar medicina, pensando restablecer con la profesión de médico el antiguo lustre de la familia y, en lo posible, mitigar las penurias económicas que fueron una característica de gran parte de la vida de Galileo y su familia.
En 1581, Galileo ingresó en la escuela de medicina de Pisa, comenzando así sus estudios universitarios que le permitieron entrar en contacto con las ideas de Platón y Aristóteles. Por entonces se hallaba más interesado en las matemáticas, en especial la geometría, como fundamento de la pintura y la música, y comenzó a tomar clases en 1584. El contacto con la matemática de Euclides y Arquímedes provocó un vuelco decisivo en su vida; abandonó la medicina en 1585, mientras iniciaba su actividad docente ejerciendo la enseñanza privada en Florencia y en Siena.
Los primeros escritos de Galileo, "Theoremata circa centrum gravitatis solidum" (Teore­mas acerca de los centros de gravedad de los sólidos) de 1586 ó 1587, y "La Bilancetta" (La pequeña balanza), en la que describió la balanza hidrostática, y que circuló manuscrito en 1588, fueron estudios inspirados en Arquímedes. Sus trabajos lo hicieron relacionarse con los matemáticos de la época y en 1589 logró ingresar como lector de matemática en la Universidad de Pisa, que cuatro años antes había abandonado como estudiante. En 1592 mejoró algo su situación al ingresar con igual cargo a la Universidad de Padua, en donde pasó los dieciocho años más fecundos y tranquilos de su vida., enseñando geometría, mecánica y astronomía, con su inevitable acompa­ñante, la astrología, a la que consideró con un marcado escepticismo.
El Arquímedes que influyó en Galileo, no fue tanto el matemático puro sino el autor de las leyes de la estática y la hidrostática. El hecho de que a partir de principios intuitivos y mediante teoremas matemáticos demostrados con todo rigor lógico pudieran obtenerse leyes naturales, lo condu­jo a uno de los principios básicos de la física actual: el de que la matemática es una herramienta indis­pensable en la investigación de la naturaleza.
Por supuesto, eran diferentes las atmós­feras culturales y las concepciones científicas de las épocas respectivas. Arquímedes, fiel a la concepción griega, fue un teó­rico, un contemplativo; su mundo matemático era un mundo de ideas y conceptos abstractos, en donde se anteponía el conocimineto a la acción. Galileo, en cambio, fue un científico del Renacimiento, una época de hombres prácticos, de hombres de acción. De su mente lúcida -pero también de su habilidad manual- salió el péndulo aplicado a los relojes, el compás de proporciones, el termoscopio, el telescopio y el microscopio. La construcción y el empleo por Galileo del instrumento óptico que en 1611, en el ámbito de la Academia dei Lincei, se denominó telescopio, representó un mo­mento importante en la historia de la ciencia, ya que dio co­mienzo a la era instrumental en la física e inició una nueva era en la astronomía: la telescópica.
Previamente, varios sistemas astronómicos se habían ocupado de los movimientos celestes, a saber, el de Aristóteles de Estagira (384-322 a.C.), el de Claudio Ptolomeo (85-165), el de Nicolás Copérnico (1473-1543) y el de Tycho Brahe (1546-1601). Dejando de lado este último, más artificioso que científico, los restantes mostraban diferencias frente a los dos criterios fundamentales según los cuales pueden clasificarse los sis­temas de la astronomía antigua: la movilidad de la Tierra y la realidad física del sistema.
El sistema de Aristóteles era una modificación del sistema de Eudoxo de Cnidos (408-355 a.C.), un sistema que explicaba los movimientos celestes me­diante un juego de veintisiete esferas que giraban uni­formemente alrededor de la Tierra fija e inmóvil. Un astrónomo algo posterior, Calipo de Cízico (370-300 a.C.), añadió a ese sistema algunas esferas más, mientras Aristóteles, por razones más metafísicas que físicas, lo completó con el agre­gado de una serie de "esferas compensadoras", confi­riendo a ese complicado mecanismo de más de cincuenta esferas una apariencia física, que no poseía el sistema original de Eudoxo, puramente geométrico. El sistema de Ptolomeo fue el sistema clásico de la astronomía antigua. Alrededor de la Tierra fija e in­móvil, los planetas se movían de acuerdo a un intrin­cado sistema, puramente matemático, con un movimiento circu­lar y uniforme.
Ante los aspectos distintos de estos dos sistemas de astrónomos tan respetados como Aristóteles y Ptolomeo, surgió cierto escepticismo entre sus colegas medievales, en especial cuando en la Baja Edad Media comenzó a insinuarse la idea de la Tierra móvil, una idea que preparó el camino al sistema de Copérnico, quien mantuvo con Ptolomeo algunos aspectos co­munes. El hecho de colocar al Sol como centro del universo y aceptar la movilidad de la Tierra otor­gó al sistema copernicano una realidad física, y la afirmación de esa reali­dad fue vigorosamente defendida por Johannes Kepler (1571-1630) primero, y posteriormente por Galileo. En definitiva, en aquellos tiempos, tres sistemas se disputaban la explicación de los cielos: el de Aristóteles, geostático, con cierta apariencia física; el de Ptolomeo, geostático y puramente hipotético, matemá­tico; y el de Copérnico, de Tierra móvil y Sol estable, dotado de realidad física, aunque aparentemente dudosa.
Galileo no fue copernicano desde el comienzo. Lo dijo él mismo: "Suponía entonces que la doctrina de Copérnico comportaba una verdadera locura, pero más tarde una persona inteligente, en quien tenía plena confianza, me manifestó que no se trataba de nada ridículo; en vista de lo cual me preocupé en averiguar la opinión de otras personas, encontrando que mientras muchos habían pasado del sistema de Ptolomeo al de Copérnico, no había uno solo que del sistema de Copérnico hubiera regresado al de Ptolomeo; de ahí que comencé a creer que quien aban­dona una opinión aprendida desde la infancia, y com­partida por muchos, para adoptar otra seguida por muy pocos, negada por todas las escuelas y que más se asemejaba a una enorme paradoja, debía necesaria­mente sentirse movido, por no decir forzado, por ra­zones muy eficaces".
Galileo recordó también que la reforma gregoriana del calendario efectuada en 1582 se había hecho en base a las tablas de Copérnico. Además, pronto aparecieron nuevos argumentos en contra de los sistemas antiguos y en favor del copernicano, sistema éste al que probablemente adhirió Galileo en la época de su enseñanza en Pisa. A pesar de que en ella seguía manteniéndose dentro de la tradición clásica, en una carta que dirigió a Kepler en 1597 dice "hace ya muchos años adopté la doctrina de Copérnico, y su punto de vista me permite explicar muchos fenómenos de la naturaleza que, por cierto, quedan sin explicación atendiendo a las hipótesis más corrientes. He escrito muchos argu­mentos en apoyo de Copérnico y he refutado el punto de vista opuesto, escritos éstos que, sin embargo, no me atreví hasta ahora a que viesen la luz pública, temeroso de la suerte que corrió el propio Copérnico, nuestro maestro, quien, aunque adquirió fama inmortal, es para una multitud infinita de otros (que tan grande, es el número de necios) objeto de burla y escarnio".
La primera manifestación pública de Galileo en con­tra de los sistemas antiguos se produjo con motivo de la aparición de un nuevo astro, una "nova" (estrella que aumenta enormemente su brillo de forma súbita y después palidece lentamente) en 1604. Este fenómeno no común, tanto más extraño en una época en que los fenómenos celestes se vinculaban con los asuntos hu­manos, atrajo extraordinariamente la atención de los astrónomos, quienes conje­turaron distintas interpretaciones del hecho, como un fenómeno sublunar, una estrella no adver­tida hasta entonces o un nuevo acto creador, precursor de acontecimientos notables. Lo concreto fue que el fenómeno motivó las primeras observa­ciones astronómicas de Galileo, por supuesto con me­dios muy rudimentarios.

Un nuevo acontecimiento condujo a Galileo, cinco años después, a la construcción y empleo de un teles­copio. Encontrándose en Venecia, le llegaron noticias de que al conde Mauricio de Nassau (1567-1625) le había sido presentado por un holandés un anteojo con el cual las cosas lejanas se veían tan perfectamente como si estuviesen muy cerca. "Con este dato regresé a Padua -contó el propio Galileo-, donde entonces vivía, y reflexionando sobre el problema, esa noche misma lo resolví, fabricando al día siguiente el instrumento y dando cuenta de ello a los mismos amigos de Venecia con los cuales el día anterior habíamos discutido sobre este asunto. Con gran esfuerzo me dediqué de inmediato a fabricar otro más perfecto, que seis días después llevé a Venecia, donde con gran maravilla fue visto por todos los principales gentileshombres de esa república". El primer escritor que se ocupó de las "lentes cristali­nas" -reconociendo que eran útiles al hombre aunque nadie supiera explicar su funcionamiento- fue el astrónomo italiano Giambattista della Porta (1535-1615) en su libro "Magiae naturalis" (Magia natural) de 1558; observaciones que repitió en "De refractione optices" (De las refracciones ópticas) en 1589 aludiendo a una combi­nación de lentes que posiblemente haya servido para la construcción del telescopio. El hecho es que en 1590 apareció en Holanda un anteojo de fabricación italiana. A partir de entonces, el conocimiento y construcción del instrumento se difundió como una curiosidad. Fue mérito de Galileo el dedicar gran parte de su tiempo a perfeccionarlo y a construir numerosos ejemplares, advirtiendo su utilidad tanto para actividades como la guerra o la navegación, como para la observación del cielo, en donde, según los aristotélicos, nada había que observar, pues en él, a diferencia del mundo sublunar donde imperaba el cambio, todo era eterno e inmutable. Cuando a partir de sus observaciones de­dujo que el cielo no era tan inmaculado como aseguraba Aristóteles, afirmó en una carta del 7 de enero de 1610: "De esas observaciones nin­guna se ve o puede verse sin un buen instrumento, de ahí que podemos creer que hemos sido los primeros en el mundo en descubrir tan de cerca, y tan claramente algo respecto de los cuerpos celestes". Allí también narró sus observaciones de la Luna y de tres estrellas, antes invisibles, en las proximidades de Júpiter, que sólo tres días después adver­tió que no eran estrellas fijas, sino "planetas". A estos descubrimientos agregó el reconocimiento de la Vía Láctea como conjunto de estrellas y la exis­tencia de numerosas estrellas, antes invisibles, en las Pléyades, en la constelación de Orion y en un par de nebulosas.Ante la importancia de estos descubrimientos redac­tó de inmediato su célebre "Sidereus Nuncius" (Mensajero de los astros), que apareció en Venecia en marzo de 1610. Después de su publicación, Galileo pasó a Florencia como mate­mático de la corte de Toscana continuando sus obser­vaciones y estudios astronómicos hasta 1619, y con menor intensidad a partir de esa fecha. Pero, aún en Padua, observó las manchas del Sol -aunque la explicación de este fenómeno fue publicada antes por Christoph Scheiner (1573-1650)-, y el aspecto "incorpóreo" del anillo de Saturno -lo que fue profundizado en 1656 por Christiaan Huygens (1629-1695). También realizó observaciones de los planetas Marte y Mercurio, y advirtió las fases de Ve­nus, la última de sus observaciones importantes, con las que demos­tró que todos los planetas eran de "natura­leza tenebrosa", es decir que no brillaban con luz propia sino por luz reflejada, con lo que dejaron de ser considerados "estrellas errantes", como se los llamaba entonces para distin­guirlos de las "estrellas fijas". En varias ocasiones, Galileo aludió a un libro, "De systemate mundi", en el cual se pro­ponía tratar más extensamente muchas de las cuestiones vinculadas con los "sistemas del mundo". Este propó­sito fue suspendido en 1616 cuando la Iglesia prohibió el libro "De revolutionibus orbium coelestium" (Sobre las revoluciones de las esferas celestes) de Copérnico, que volvió a permitirse con algu­nas correcciones cuatro años después. Cuando en 1623 -bajo el nombre de Urbano VIII- subió al trono papal el cardenal Maffeo Barberini (1568-1664), amigo de Galileo, éste pudo retomar la tarea para terminarla a fines de 1629. En 1632, después de largas y laboriosas gestiones para la aprobación eclesiástica, apareció el célebre "Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo" (Diálogo sobre los dos sistemas del mundo), donde expuso las ra­zones filosóficas y naturales de los sistemas tolemaico y copernicano. La aparición del libro desató una tormenta, tan vio­lenta como inesperada. Galileo fue acusado, se lo obligó a comparecer ante la Inquisición en Roma y, en junio de 1633, fue obligado a abjurar. Se lo sentenció a prisión formal por "el tiempo del agrado del Santo Oficio" y se prohibió su libro; una prohibición que se mantuvo hasta 1822.
Confinado en su casa de Florencia y a pesar de la amargura, el reumatismo y la ceguera, en 1638 hizo publicar sus "Discorsi e dimostrazioni matematiche intorno a due nuove scienze" (Discursos y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias), en los que se refería a la mecánica y a los movimientos locales. Con ese libro nacieron dos nuevas ciencias: la resistencia de los materiales y la dinámica, con la ley de la caída libre y su aplicación a la trayectoria de los proyectiles.

El 8 de enero de 1642, Galileo, uno de los fundadores de la ciencia mo­derna, falleció a los setenta y ocho años de edad. Casi 100 años más tarde, se erigió un mausoleo en su honor en la iglesia de la Santa Cruz de Florencia.

27 de mayo de 2008

Geishas. Una crónica del siglo XIX

Una antigua crónica de fines del siglo XIX cuenta la historia de una geisha llamada Umeya que "brilló como una estre­lla en el mundo de la flor y el sau­ce". Umechiyo (Flor de cere­zo) tenía apenas ocho años cuando fue vendida por su familia a una okiya (casa de geishas). La mayoría de las jovencitas de las zonas campesinas, azota­das por los resabios de las casas feudales, eran vendidas como Umechiyo por una buena suma de dinero. La familia solucionaba con esto sus problemas de miseria y, ade­más, pensaba que le aseguraba a la muchacha una vida mejor.
La niña fue a vivir a una okiya que administraba una ex geisha. Allí había otras seis niñas llamadas oshakus (doncellas), ocho geishas ma­yores, dos sirvientas y un hakoya (un anciano cuyo trabajo era vestir con kimono a las jó­venes y anudar las delicadas y largas fajas a sus cuerpos). En un primer momento, Umechiyo se sintió orgullosa de haber podido ayudar a su familia. Nunca supo el precio pagado por ella, pero vio su nombre anotado en un cuaderno donde figura­ron desde entonces todos sus gastos de comida y educa­ción. Mucho más tarde, Umechiyo comprendería pa­ra qué servía este cuaderno.
A las cinco de la mañana, las jóvenes oshakus tomaban sus clases de odori (baile), kiyomoto (canto) y shamisen (guitarra japonesa de tres cuerdas). De­bían apresurarse a terminar sus ejercicios antes de que se levantaran las geishas ma­yores, para no interrumpir su rutina diaria. Las oshakus desayunaban y comían, en la cocina, ali­mentos muy inferiores a los de las geishas. Con el tiempo sabría Umechiyo que esta diferencia constituía uno más de los juegos de com­petencia establecidos por la señora de la okiya, cuyo pro­pósito era dejar sentado que una muchacha debía apre­surarse a ser geisha para tener una vida mejor.
Luego comenzaban las clases de chanoyu (ceremo­nia del té), oshuji (caligrafía japonesa) y lecciones de his­toria, artes y matemáticas, un bagaje cultural muy avanzado en su época, tanto para una mujer como para un hombre, ya que buena parte de la población no sa­bía leer ni escribir. Todo esto, para agradar a los ricos señores, ya que el atributo indispensable de una geisha era tener una conversación fluida, agrada­ble e inteligente; la belleza resultaba secundaria. El éxi­to dependía en última ins­tancia de la rapidez y agu­deza de sus respuestas. Por lo tanto, junto a su prepa­ración en temas de arte e his­toria, debía conocer profundamente los de polí­tica y los del comercio, que eran los que más abundaban en las reuniones de hombres.
La señora de la okiya les contaba a menudo la histo­ria de una famosa geisha de Kioto que había llegado por su habilidad política a ser un verdadero poder oculto tras la figura del estadista Takayoshi Kido (1833-1877), quien fue uno de los inspiradores de la caída del régimen despótico de Tokugawa Yoshinobu (1837-1913) en el Japón.
Según el cronista de la época, eran las geishas las que estaban mejor informa­das de los acontecimientos y de la verdadera opinión de un político: sólo en su pre­sencia éste discutía con la verdad o expresaba su ver­dadero pensamiento. "Por ello -dice el cronista- las geishas llegaron a conocer más profundamente la situa­ción política del Japón de esa época desde su mundo solitario y bello".
Umechiyo aprendió ade­más que era de mal gusto dejar asomar los sentimien­tos al rostro: tristezas o ale­grías exageradas debían que­dar ocultas. Ella se habría avergonzado mucho si alguien hubiera notado la nos­talgia que a veces le embar­gaba. Tampoco era bueno para una geisha enamorarse. Por lo general, cuando esto ocurría, se enamoraban de jóvenes alegres sin dinero o de aprendices de actores del kabuki (teatro japonés tradicional). Esto era entonces imposible. Ninguna geisha po­día escapar de su dorada prisión. La okiya jamás aceptaba perder el dinero in­vertido. Esta disciplina fue aprendida duramente por Umechiyo. Las geishas ma­yores, por su parte, trataban de no enseñarles demasiado sus experiencias. Ellas sabían que todas esas jóvenes se preparaban para competir en su mundo y que segura­mente serían preferidas, por­que eran doncellas recién iniciadas.
Dice el cronista que Ume­chiyo relataba esto con una gran tristeza en sus ojos y curiosamente recordaba los momentos en que el estudio le resultaba duro y monótono. Entonces sus calificacio­nes (que eran puestas en el cuaderno con una estampi­lla de flores) no solían ser buenas. La flor de cerezo era una nota regular. La señora entonces la miraba fi­jamente con ojos muy fríos y le decía "es bueno ir a ver las flores al campo, pero no es buena una flor de ce­rezo en las calificaciones de una geisha". La nota óptima era una flor de peonía. Para Umechiyo fue una suerte que su vida de niña transcurriera en la abundan­cia y la buena educación. Al contrario de las otras niñas campesinas, su familia había sido muy rica, pero la en­fermedad de su padre (comerciante), resultó un de­sastre para los suyos. Ya en la absoluta miseria, sus tíos decidieron venderla.A los diecisiete años ya llamaba la atención por su gracia y talento, pero por entonces sólo servía el té en las fiestas de los grandes señores. El mun­do de las relaciones era pri­vativo de las geishas, no de una oshaku. Cuando cumplió dieciocho años, al levantarse una mañana, Umechiyo presintió que su vida cambiaría. Recibió un trato especial. La señora de la okiya la observaba con mayor cariño; era evidente que tenía planes para ella. Se bañó casi en el mismo horario de las geishas, con agua muy caliente. Las oshakus siempre eran las últi­mas y sólo tenían agua fría. Comió luego espléndida­mente. Cuando las geishas iban a una reunión impor­tante, debían comer muy bien, porque hubiera resultado de mal gusto mirar con avidez el platillo de su cliente.
A la hora de vestirse, Umechiyo recibió la gran sorpresa. La señora apareció con un kimono muy bello. Estaba dedicado a su nom­bre, Flor de cerezo, y ha­bían tardado tres meses en hacerlo. Un árbol de cerezo con flores recién entreabier­tas era el motivo, magníficamente realizado. Todas las jóvenes admiraron su nuevo kimono. Luego entró el hakoya con una faja de cuatro metros, tejida en hilo de oro. El bordado era un pájaro "que viene y se queda en el árbol de ciruelo -le dijo el anciano- como vendrá un pa­trón y se quedará en ti para siempre", mientras le alababa sus pies y sus manos. Ella comprendió que la alentaba, co­mo hacía con todas las muchachas. También su peinado cam­bió: fue más alto y se le co­locaron adornos especiales y caros. Cuando terminó su arreglo, la señora la acom­pañó hasta la puerta y fro­tando dos piedras hizo chis­pas sobre sus hombros, para alejar la mala suerte.
Des­pués de todos estos rituales, Umechiyo partió definiti­vamente para el karyukai (el mundo de la flor y el sauce), un distrito especial en las ciudades en donde viven y trabajan las geishas. En el gran salón de fiestas ella llamó la atención por su juventud y belleza, por su gracia y talento. Los invita­dos se disputaban su compa­ñía. Esa misma noche cambió su vida. Un rico comer­ciante de sesenta años decidió pagar todos los gastos para que Umechiyo se convirtiera pronto en una geisha. Cuando Umechiyo estuvo preparada para transformar­se en itsupón (una sola pie­za), es decir, geisha auténti­ca, hizo su debut. El patrón pagó a la okiya una gran suma de dinero: más de 40.000 dólares de hoy en la fies­ta de presentación, y además todos los gastos que habían sido anotados en el cuaderno de la joven, desde los ocho años. En realidad, el patrón la compraba a la okiya, co­mo se compra un objeto cualquiera.
Ella recordaba haberse preparado como para una boda. En realidad lo era. Aunque su patrón era casa­do y tenía hijos, en el "mun­do de la flor y el sauce" nadie la criticaría. Su señor le regaló un anillo de brillantes y a la fiesta fueron invitadas las geishas más importantes y los más ricos comerciantes. Su dueño adquirió entonces un gran prestigio, ya que era una gran de­mostración de poder eco­nómico ser patrón de una doncella joven, bella y talen­tosa como Umechiyo. Ese día ella llevó una tabla, don­de anotó su nuevo nombre de geisha, Umeya, que que­daría registrado como el de todas las geishas.
A partir de allí fue invitada a to­das las fiestas de relieve y sus conversaciones políticas atrajeron el interés de los hombres importantes de la época para orgullo de su dueño, quien muy pronto de­cidió sacarla definitivamen­te de la okiya, para lo cual pagó otra gran suma de di­nero. Umechiyo creyó en­tonces que su dueño la ama­ba, pero una geisha mayor le hizo entender que era una cuestión de prestigio pa­ra él. Las reglas impedían tener dos geishas a la vez; él necesitaba una nueva pa­ra demostrar que seguía as­cendiendo económicamente y, por otra parte, no quería dejar a Umeya, tan famosa, porque si la compraba un comerciante inferior hubie­ra significado su despresti­gio. Así, Umeya pasó a ser la concubina de su patrón. Te­nía una bella casa con dos sirvientas, que a la vez la vigilaban. Recordaba haber pasado ahí días de total so­ledad; no podía hablar con nadie y sentía nostalgia de la okiya, donde podía compartir, aunque muy superfi­cialmente, su vida con otras muchachas.Todos estos cambios la habían hecho comprender que ella era me­nos que una sirvienta. Se parecía más a una esclava, socialmente despreciada, un objeto de lujo que no existía para nadie. Al poco tiempo tuvo un hijo, que no pudo llevar el nombre del padre. Dice el cronista que Umechiyo recordaba con gran tristeza aquellos años de en­cierro y soledad. Pero sobre todo la humillación que de­bía vivir cada Año Nuevo. Entonces, su deber de con­cubina era visitar a la esposa de su patrón. Entraba por la puerta de servicio y perma­necía todo el tiempo de pie. La señora tardaba mucho en venir a saludarla. Le agradecía los cuidados que había tenido para su esposo du­rante el año y luego le re­galaba un kimono usado por ella. Umechiyo no podía ha­blar, su voz hubiera ofendi­do la casa. Cuando se iba, la señora regaba con abundan­te sal el lugar donde había estado parada y lo hacía ba­rrer para limpiarlo de su presencia.
Un día, después de un corto tiempo en que el señor no llegó a visitarla, Umechiyo envió a una sirvienta a pre­guntar por él. Le informa­ron que había muerto hacía una semana y que la señora estaba satisfecha de que hu­biera sucedido esto en su casa, evitándose así una gran vergüenza ante la sociedad. En un sobre le enviaba una cantidad de dinero.
Esto no alcanzaba para la manutención de dos perso­nas. Umechiyo sabía que la geisha no tenía espacio fue­ra del mundo del placer y de las okiyas. Su inteligen­cia le hizo comprender rápidamente la situación, pero no tuvo el valor para huir de aquel mundo con su hijo y enfrentar a una sociedad que la despreciaría. Así es como volvió a la okiya de donde había salido. Tuvo nuevo cuaderno de gastos y distintos patrones, todos de menor prestigio so­cial que su antiguo dueño. Cuando se sintió vieja, aunque no lo era, se dedicó a dar clases de baile y shamisen. Al cumplir su hijo dieciocho años, avergonzado del tra­bajo de su madre, se fue pa­ra siempre; nunca volvería a verlo.
El cronista conoció a Umechiyo en un asilo de an­cianos. Ella no estaba muy vieja, pero su rostro mostra­ba como cicatrices de que­maduras las manchas que le había provocado la pasta blanca con plomo que había usado para maquillarse durante su vida como geisha. Una in­cipiente calvicie afeaba su cabeza. La forma de sentar­se, la elegancia en el trato, su educación y las maneras serviciales la señalaban co­mo a una geisha. Como esto significaba la última escala social, sus compañeros an­cianos la mandaban a servir. Umechiyo-Umeya lo hacía con la misma suavidad y dulzura con que antes se ha­bía inclinado ante los pode­rosos. Cada año se celebraba una fiesta en el asilo; en­tonces ella sacaba sus kimo­nos, se arreglaba cuidadosamente y cantaba y bailaba como en sus mejores años. Todo esto ante un público miserable que casi no veía ni oía. Para ella este era un día hermoso. No sentía ver­güenza de su pasado y era el único momento en que se le perdonaba su vida de geisha. Era el único momento, al fin, en que podía conservar sus débiles lazos humanos con la vida.

El nazismo como farsa y como tragedia

El nazismo llegó al poder gracias a la crisis eco­nómica. Su primer período de éxito coincidió con los años de inflación posteriores a la finalización de la Primera Guerra Mundial producto del desgobierno suscitado a partir de la crisis y posterior escisión del socialismo; declinó cuando en 1923 llegó la estabilidad monetaria de la mano de Gustav Stresemann (1878-1929) primero como Canciller y luego como Ministro de Asuntos Exteriores de la República de Weimar y volvió a florecer con la Gran Depresión de 1929.
Los comerciantes, empleados y artesanos ale­manes habían vivido un período de expansión durante casi un siglo; pero tras las duras privaciones de la guerra, las rentas se hundieron, el dinero careció de valor y el desempleo hizo estragos. Tras la breve pausa de 1924 a 1929, el sistema entró en una de sus periódicas crisis -tal vez la mayor hasta entonces- y los alemanes pasaron a tener miedo del hambre y la miseria.
Los competidores eventuales, los obreros y los comerciantes extranjeros comenzaron a ser mirados con descon­fianza y la suspicacia se extendió a los judíos. El 28 de marzo de 1933 el periódico del partido nacionalsocia­lista, el "Vólkischer beobachter", publicó: "Más de nueve millones de personas están sin trabajo en Alemania y nuestro proletariado intelectual se cuenta por centenares de millares. A pesar de ello, el pueblo alemán ha permitido a cientos de mi­les de intelectuales judíos que participen en las profesiones liberales". La solución propuesta resultaba muy clara: era preciso retirar a los judíos los empleos que habían usurpado. Un razonamiento que recuerda peligrosamente a los que hoy en día utiliza España con los marroquíes y los ecuatorianos, Italia con los albaneses y los rumanos, Francia con los argelinos, los libios y los tunecinos, Estados Unidos con los mejicanos y los colombianos, México con los guatemaltecos, los hondureños y los salvadoreños, y la Argentina con los bolivianos, paraguayos, peruanos y chilenos.
En 1924, el futuro Jefe de la Policía Secreta Heinrich Himmler (1900-1945) encargado de la persecución y eliminación metódica y sistemática de opositores ya fuesen socialistas, gitanos, judíos, homosexuales o testigos de Jehová, explicó cuáles fueron los mecanismos que condujeron al pueblo alemán a la ruina: "A causa de las especulaciones y las fluctuaciones que imprime a la Bolsa, la judería mantiene en un bajo nivel los precios de producción y hace aumentar sin cesar los precios de con­sumo. El agricultor debe ganar poco, el habitan­te urbano gastar mucho. La diferencia va a parar a los bolsillos de los judíos y de sus aliados". Lo que pasó por alto el jerarca nazi es que el sistema capitalista de producción no reconoce razas ni religiones.
No obstante, los alemanes se convencieron en seguida: del mismo modo en que el Estado restringía las importaciones extranjeras tenía la obligación de proteger el trabajo nacional. Fue entonces cuando apareció netamente el ca­rácter demagógico de la política nazi que, significativamente también, recuerda al discurso predominante en muchas clases dirigentes actuales.
Retomando el tema específico de los judíos, resulta instructiva la lectura de esa especie de autobiografía que constituye el primer volumen de "Mein kampf" (Mi lucha), en la cual Adolf Hitler (1889-1945) intentó establecer el itinerario espiritual del perfecto na­cionalista. Hitler creció en un ambiente hos­til a los judíos, los que estaban muy mal considerados en Linz, la ciudad en donde pasó su in­fancia. No estaban marginados en un ghetto, pero se encontraban envueltos en un ambiente de des­confianza al considerárselos a la vez que extranjeros como peligrosos ex­plotadores. Lo mismo le sucedió en Viena, en donde encontró a los judíos tradicionales que le produjeron una espe­cie de trauma: "Un día que atravesaba el casco viejo de la ciudad, me tropecé de pronto con un personaje que llevaba unos mechones de cabellos negros e iba vestido con un largo caftán. ¿También ése es un judío? Tal fue mi primer pensamiento. En Linz no tenían ese extraño aspecto. Exa­miné al hombre con disimulo y prudentemente, pero cuanto más contemplaba ese rostro extraño y escrutaba cada uno de sus rasgos, tanto más la primera pregunta que me había formula­do tomaba en mi cerebro otra formulación: ¿también ése es un alemán?".
La evolución del pensamiento de Hitler es la característica de muchos intelectuales desclasados y pequeño burgueses. Al viejo recelo, adquirido de un modo natural en la fami­lia, se añadió más tarde un sentimiento de profunda repul­sión: los verdaderos judíos, los que no se ocultaban tras las indumentarias de corte occidental, eran sucios y su suciedad física era el reflejo de su infe­rioridad de alma: "Que no tenían demasiado entusiasmo por el agua, es algo que uno podía advertir simplemente mirándolos, e incluso, por desgracia, con dema­siada frecuencia hasta cerrando los ojos. Más de una vez me ocurrió el sentir náuseas al percibir el hedor de estos vestidores de caftanes. Todos estos detalles eran de por sí muy poco atractivos; pero era una auténtica repugnancia la que surgía cuando descubría, bajo su capa de suciedad, la miseria moral del pueblo elegido. Porque, ¿existe acaso una forma cualquiera de suciedad, un tipo de infamia bajo toda clase de apariencias, en especial la vida social, en la cual siquiera un solo judío no haya participado? Tan pronto como se aplicaba el escalpelo a un abceso de esta naturaleza, se descubría, a la manera de un gusano en un cuerpo en putrefac­ción, un abyecto hebreo completamente deslum­brado por esta luz súbita".
En el capítulo XI de ese primer tomo -el único de al­cance doctrinal- Hitler dice: "Ahora comienza la mayor y última revolu­ción. En el momento en que el judío conquista el poder político, arroja los últimos velos que toda­vía lo ocultaban. El judío demócrata y amigo del pueblo cede la plaza al judío sanguinario y tirano de los pueblos. Persigue, al cabo de pocos años, exterminar a los representantes de la inteligencia y, al privar a los pueblos de los que eran por na­turaleza sus guías espirituales, los hace maduros para el papel de esclavo, puesto para siempre bajo el yugo".
Hitler, al igual que Himmler y toda su camarilla de secuaces, persiste en la idea de ignorar el devenir materialista de la historia y focaliza en un pueblo el origen de todas las tragedias.
La primera parte de la obra fue escrita en la cárcel. Una vez liberado en 1926, publicó un segundo tomo en el que definió lo que sería el Estado nacionalsocialista y las grandes líneas de su política exterior. En esta segunda parte, el peligro que representan los judíos proviene de su acción diplomática: "La finanza judía desea no solamente que Alemania sea radicalmente arruinada en el terreno económico, sino también que sea políticamente reducida de un modo completo a la esclavitud. Todo lo que se imprime en el mundo entero contra Alemania está escrito por los judíos, de la misma manera que, tanto en tiempo de paz como durante la guerra, la prensa de los bolsistas judíos y la de los marxistas atizó sistemáticamente el odio contra Alemania hasta conseguir que los Estados renunciaran a su neutralidad, unos tras otros, y, sacrificando los verdaderos intereses de los pueblos, entraran en la coalición mundial que nos hacía la guerra. El planteamiento que se hacen los judíos es evidente. La bolchevización de Alemania, es decir, la destrucción radical de la conciencia nacional popular alemana, que haga posible la explotación de la fuerza productora alemana sometida al yugo de la finanza judía internacional, no es sino el preludio de la extensión siempre creciente que culminará en la conquista del mundo entero soñada por los judíos. Si nuestro pueblo y nuestro Estado llegaron a ser las víctimas de estos tiranos de pueblos que son los judíos, sedientos de sangre y ávidos de dinero, toda la tierra quedará aprisionada en los tentáculos de estas hidras; pero si Alemania escapa a su presa, podremos considerar que el mayor peligro que jamás ha­yan conocido todos los pueblos del orbe no ame­nazará ya el mundo entero".
Es notable la similitud de estos argumentos con los expresados por el Departamento de Estado norteamericano: antes, en tiempos de la Guerra Fría, con la Unión Soviética; hoy, desmantelada la caterva burócrata del estalinismo, con los fundamentalistas musulmanes. En el nuevo mapa del mundo, los judíos pasaron de ser los aliados del marxismo internacional a ser socios de Estados Unidos en su lucha contra árabes y palestinos que no entienden las reglas del juego.
En una entrevista con­cedida al "Times" el 15 de octubre de 1930, Hitler expresó cuál era la consigna propia de los nazis: "Alemania para los alemanes", la que, curiosamente, recuerda aquella de "América para los (norte) americanos" que popularizó el entonces presidente de Estados Unidos James Monroe (1758-1831) en 1823. Ya en un discurso el 1 de abril de 1939 el dictador alemán había dicho: "Solamente después que este bacilo judío que infecta la vida de los pueblos haya sido elimina­do se podrá esperar la instauración de una coo­peración entre las naciones". Hoy tranquilamente se podría cambiar el nombre del bacilo judío por el de musulmán, o palestino, o inmigrante, o indígena, o cualquier otro y, en el fondo, nada habría cambiado.

26 de mayo de 2008

Kozma Prutkov, el otro Tolstoy

El conde Aleksey Konstantinovich Tolstoy, nacido en San Petersburgo el 5 de septiembre de 1817, fue un poeta, dramaturgo y novelista ruso, cuya mayor contribución a las letras rusas fue -según la crítica- una trilogía de dramas históricos compuesta por "La muerte de Iván el Terrible" (1864), "El Zar Fiodor Ioannovich" (1868) y "El Zar Boris" (1870). Entre sus novelas sobresalen "La familia Vurdalaka" (1839), "El vampiro" (1841) y "El príncipe Serebrenni" (1874).
Pero lo más destacado -en lo que a literatura se refiere- de su apacible y privilegiada vida en el ámbito de la nobleza rusa, fue la publicación en la revista literaria "Sovremennik" (El contemporáneo) de una valiosa serie de versos, fábulas y aforismos de tono absurdo y satírico entre los años 1850 y 1860.
Para escribir esos textos humorísticos recurrió a las plumas de tres primos (Alexander, Alexei y Vladimir Zhemchuzhnikov) y entre los cuatro crearon a Kozma Prutkov, un supuesto funcionario público del gobierno zarista nacido el 11 de abril de 1801 y muerto el 13 de enero de 1863.
Así, tras dar a conocer la pseudobiografía de Prutkov, se dedicaron bajo ese seudónimo a escribir cosas como ésta: "La luna es más útil que el sol, dado que brilla durante la noche cuando se necesita luz, mientras que el sol de poco sirve durante el día, cuando de todos modos hay luz".
El éxito fue tal que Kozma Prutkov se convirtió con el correr de los años en un personaje "casi" de carne y hueso, hasta el punto de que hoy aparece en los diccionarios de autores como uno mas de ellos, lo mismo que sucedió con Ellery Queen, la creación de los norteamericanos Frederick Dannay (1905-1982) y Manfred Bennington Lee (1905-1971) o con Honorio Bustos Domecq, la invención de los argentinos Jorge Luis Borges (1899-1986) y Adolfo Bioy Casares (1914-1999).
Aleksey Konstantinovich Tolstoy, pariente lejano del grandioso Liev Nikoláyevich Tolstoy (1828-1910) murió en San Petersburgo el 10 de octubre de 1875. No se conocen, en cambio, datos de los hermanos Zhemchuzhnikov.

Dios salve al Rey (y a Händel)

En el museo de Versailles se encuentra un reloj cuya antiguedad se remonta a mediados del siglo XVIII, cuyo carillón ejecuta una melodía idéntica a la del "God save the King", el himno nacional inglés. En un documento de 1719 atesorado en la alcaldía de Saint Cyr sur Mer -en la región de Provence Alpes Coté d'Azur al sur de Francia- firmado por el Alcalde de entonces, se asegura que la melodía no es otra cosa que un antiguo motete conservado en esa comuna desde tiempos del rey Luis XIV (1638-1715).
La pieza en cuestión habría sido compuesta por quien fuera el introductor de la ópera en el país galo, Jean Baptiste Lully (1632-1687), quien la habría escrito para celebrar el restablecimiento del rey que acababa de sufrir una enfermedad, titulándola "Dieu sauve le Roi".
Uno de los máximos exponentes del Barroco, el compositor alemán Georg Friedrich Händel (1685-1759), durante una estadía en Francia lo oyó, lo encontró original y se lo apropió. A su regreso a Inglaterra -en donde se hallaba establecido- se lo ofreció al rey Jorge I de Hannover (1660-1727). Según el profesor del Conservatorio de París, el compositor Louis Bourgault Ducoudray (1840-1910), esta práctica era una costumbre habitual en Händel, a quien llamó despectivamente "el más grande ladrón musical que haya existido jamás".
Otra versión, sin embargo, atribuye la autoría del himno inglés al barón Henry Carey (1526-1596), un supuesto hijo bastardo del rey Enrique VIII (1491-1547) en la época en que éste estaba casado con Catalina de Aragón (1485-1536), la primera de su media docena de esposas.
Como sea que haya sido, el desliz de Händel no invalida su impresionante producción que abarca 43 óperas, 26 oratorios y una gran cantidad de suites, sonatas, conciertos para órgano y música coral, hasta llegar a las 612 composiciones, más otras 25 entre obras dudosas y perdidas.
En abierta oposición a la opinión de Bourgault Ducoudray, el genial compositor alemán Ludwig van Beethoven (1770-1827) dijo de él: "Händel es el compositor más grande que haya existido jamás, me descubro ante él y me arrodillaría ante su tumba".

E.E. Cummings o la destreza para abrir y cerrar

Edward Estlin Cummings nació en Cambridge, Massachusetts, el 14 de octubre de 1894, hijo de un profesor de Harvard y publicó sus primeros trabajos en las revistas de esa universidad en la que se graduó en 1916. Frecuentó la escritura teatral y la pintura, pero sobresalió en la historia grande de la literatura del siglo XX porque se atrevió a escribir, según puntualizó el crítico musical y literario Harold Schonberg (1915-2003) "algunos de los versos más arbitrarios, poderosos, soberbios, feos, audaces, explosivos, incomprensibles, admirables y discutidos de nuestro tiempo". Le faltó agregar un sólo adjetivo: intraducibles.
Los editores de su obra -aunque él no estaba de acuerdo- escribían su nombre con minúsculas (e.e. cummings) para representar su sintaxis inusual. Sus poemas rompieron con toda estructura al utilizar distorsiones sintácticas, incluyendo neologismos de la jerga callejera y el uso poco ortodoxo de las mayúsculas y la puntuación, en la que los puntos y las comas podían incluso llegar a interrumpir oraciones y hasta palabras. A pesar de su gusto por los estilos vanguardistas y la tipografía inusual, una buena parte de su trabajo es tradicional. De hecho muchos de sus poemas son sonetos.
La revista "The new masses", que divulgaba las obras de los intelectuales comunistas norteamericanos en la década del 30, comentó en una oportunidad que los poemas de Cummings tenían un gran apego a la filosofía social marxista, algo que el autor comenzó a dejar de lado tras profundizar sus críticas a la burocratización estalinista para pasar a aproximarse a la ideología anarquista, sin dejar de admitir que la labor del artista debía vincularse con las propuestas de una organización comunitaria. Esta forma de pensar abarcó los dos últimos tercios de la vida del poeta y se reflejó ampliamente en su textos.
Publicó más de novecientos poemas, dos novelas, muchos ensayos y una gran cantidad de dibujos, bocetos y pinturas. Con su estilo explosivo, sutilmente popular y provocativo, cosechó fanatismos a favor y en contra y es considerado una de las voces más importantes de la poesía del Siglo XX. Falleció el 3 de septiembre de 1962.

I CARRY YOUR HEARTH WITH ME

i carry your heart with me (i carry it in
my heart) i am never without it (anywhere
i go you go, my dear; and whatever is done
by only me is your doing, my darling) i fear

no fate (for you are my fate, my sweet) i want
no world (for beautiful you are my world, my true)
and it's you are whatever a moon has always meant
and whatever a sun will always sing is you

here is the deepest secret nobody knows
(here is the root of the root and the bud of the bud
and the sky of the sky of a tree called life;
which growshigher than the soul can hope or mind can hide)
and this is the wonder that's keeping the stars apart
i carry your heart (i carry it in my heart)

LLEVO TU CORAZON CONMIGO

llevo tu corazón conmigo, (lo llevo en
mi corazón) nunca estoy sin él (donde quiera
que voy, vas vos amada mía; y lo que sea que yo haga
lo hacés vos también querida) no temo

al destino (porque vos sos mi destino, dulce) no quiero
ningún mundo (porque vos sos mi mundo, mi verdad)
y eso es lo que sos vos lo que la luna siempre ha sido
y todo lo que un sol cantará siempre serás vos

he aquí el secreto más profundo que nadie conoce
(he aquí la raíz de la raíz y el brote del brote
y el cielo del cielo de un árbol llamado vida;
que crece más alto de lo que el alma puede esperar o la mente ocultar)
y éste es el prodigio que mantiene a las estrellas apartadas
llevo tu corazón (lo llevo en mi corazón)


SOMEWHERE I HAVE NEVER TRAVELLED

somewhere i have never travelled, gladly beyond
any experience, your eyes have their silence:
in your most frail gesture are things which enclose me,
or which i cannot touch because they are too near

your slightest look easily will unclose me
though i have closed myself as fingers,
you open always petal by petal myself as Spring opens
(touching skilfully, mysteriously) her first rose

or if your wish be to close me, i and
my life will shut very beautifully, suddenly,
as when the heart of this flower imagines
the snow carefully everywhere descending;

nothing which we are to perceive in this world equals
the power of your intense fragility: whose texture
compels me with the color of its countries,
rendering death and forever with each breathing

(i do not know what it is about you that closes
and opens; only something in me understands
the voice of your eyes is deeper than all roses)
nobody, not even the rain, has such small hands

EN UN LUGAR AL QUE NUNCA HE VIAJADO

en algún lugar al que nunca he viajado, felizmente más allá
de cualquier experiencia, tus ojos tienen su silencio:
en tu gesto más frágil están las cosas que me rodean,
o aquellas que no puedo tocar porque están demasiado cerca

tu mirada más leve fácilmente me libera,
pese a que he cerrado mi ser como un puño,
vos me abrís siempre pétalo por pétalo, como la Primavera abre
(tocando hábil, misteriosamente) su primera rosa

o, si es tu deseo cerrarme, yo y
mi vida se cerrarán muy hermosa, repentinamente,
como cuando el corazón de esta flor imagina
la nieve descendiendo cuidadosamente en todas partes

nada de lo que podemos percibir en este mundo se compara
con el poder de tu intensa fragilidad: cuya textura
me somete con el color de sus tierras,
mostrando muerte y eternidad con cada respiración

(no sé que hay en vos que se cierra y se abre;
sólo que hay algo en mí que entiende
que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas)
Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas

25 de mayo de 2008

Elizabeth Bishop o el arte de perder

La poetisa norteamericana Elizabeth Bishop nació en Worcester, Massachusetts, el 8 de febrero de 1911 y falleció en Boston, el 6 de octubre de 1979 mientras se desempeñaba como profesora en la Universidad de Harvard. No fue una escritora muy prolífica, pero la profundidad, la calidad y la innovación de su obra la convirtieron en una referente necesaria dentro de la poesía del siglo XX. Publicó su primer libro cuando tenía treinta y cinco años, y su obra se reduce a cuatro poemarios: "North & south" (Norte & sur, 1946), "A cold spring" (Una fría primavera, 1955), "Questions of travel (Cuestiones de viaje, 1965) y "Geography III" (Geografía III, 1976), además de las compilaciones "The complete poems" (Poemas completos, 1969) y la póstuma "New poems" (Nuevos poemas, 1979).
Así como sus dos primeros libros fueron premiados con el Pulitzer, el resto de sus poemarios fueron distinguidos con los galardones más prestigiosos de su país: el National Book Award y el National Book Critics Circle. El reconocimiento de la crítica especializada es unánime, al igual que el de sus contemporáneos. El poeta y ensayista mexicano Octavio Paz (1914-1998) escribió: "Tiene la ligereza de un sueño y la gravedad de una decisión. Sus poemas son construcciones muy rigurosas y, en apariencia, tradicionales, pero los efectos son turbadores".
He aquí un par de sus más recordados poemas:

ONE ART
The art of losing isn't hard to master;
so many things seem filled with the intent
to be lost that their loss is no disaster.

Lose something every day. Accept the fluster
of lost door keys, the hour badly spent.
The art of losing isn't hard to master.

Then practice losing farther, losing faster:
places, and names, and where it was you meant
to travel. None of these will bring disaster.

I lost my mother's watch. And look! my last, or
next to last, of three loved houses went.
The art of losing isn't hard to master.

I lost two cities, lovely ones. And, vaster,
some realms I owned, two rivers, a continent.
I miss them, but it wasn't a disaster.

Even losing you (the joking voice, a gesture
I love) I shan't have lied. It's evident
the art of losing's not too hard to master
though it may look like (write it!) like disaster.

UN ARTE
El arte de perder no es muy difícil;
tantas cosas contienen el germen
de la pérdida, pero perderlas no es un desastre.

Pierde algo cada día. Acepta la inquietud de perder
las llaves de las puertas, la horas malgastadas.
El arte de perder no es muy difícil.

Después intenta perder lejana, rápidamente:
lugares, y nombres, y la escala siguiente de
tu viaje. Nada de eso será un desastre.

Perdí el reloj de mi madre. ¡Y mira! desaparecieron
la última o la penúltima de mis tres queridas casas.
El arte de perder no es muy difícil.

Perdí dos ciudades entrañables. Y un inmenso
reino que era mío, dos ríos y un continente.
Los extraño, pero no ha sido un desastre.

Ni aun perdiéndote a ti (la cariñosa voz, el gesto
que amo) me podré engañar. Es evidente
que el arte de perder no es muy difícil,
aunque pueda parecer (¡escríbelo!) un desastre.


SONNET
I am in need of music that would flow
Over my fretful, feeling finger-tips,
Over my bitter-tainted, trembling lips,
With melody, deep, clear, and liquid-slow.


Oh, for the healing swaying, old and low,
Of some song sung to rest the tired dead,
A song to fall like water on my head,
And over quivering limbs, dream flushed to glow!


There is a magic made by melody:
A spell of rest, and quiet breath, and cool
Heart, that sinks through fading colors deep
To the subaqueous stillness of the sea,
And floats forever in a moon-green pool,

Held in the arms of rhythm and of sleep.

SONETO
Necesito de la música que pueda flotar
Sobre las inquietas puntas de mis dedos,
Sobre mis amargos y manchados, temblorosos labios,
Con melodía profunda, clara y lentamente líquida.


Oh, el curativo balanceo, viejo y humilde,
De alguna canción que sonó para el descanso del alma agotada,
Una canción que se derrama, como agua fría, sobre la cabeza
¡Y sobre estremecidos miembros, los sueños salen a caminar!


Hay algo mágico creado por la melodía:
Un hechizo de tranquilidad, una quieta respiración
Y un corazón fresco que se sumerge atravesando colores marchitos
Hacia la honda, sumergida tranquilidad marina,
Y que flota siempre en un charco, verdoso por la luna,
Alzado en brazos por el sueño y el ritmo.

24 de mayo de 2008

Charles Baudelaire, el poeta condenado

Charles Pierre Baudelaire nació en París el 9 de abril de 1821, en plena época de la Restauración. Su padre, Joseph Francois, era un ex-seminarista que con más de sesenta años engendró al futuro escritor. Tenía un hijo de su primer matrimonio: Claude Alphonse. Su madre Caroline dio a luz a Baudelaire cuando no había cumplido los treinta.
Seis años después, al morir el padre, su viuda se casó en segundas nupcias con el coman­dante Jacques Aupick. Baudelaire que conservaba de los primeros años de su infancia un grato recuerdo de su padre, rápidamente sintió animadversión por el nuevo esposo de su madre, un sentimiento que, al parecer, fue recíproco.
En la época en que sucedieron las jornadas revolucionarias de junio de 1830 que obligaron a abdicar al ultraabsolutista monarca Carlos X de Borbón (1757-1836) y substituirlo por Luis Felipe de Orleans (1773-1850), el padrastro de Baudelaire consiguió la graduación de teniente coronel y tuvo que desplazarse a Lyon. Allí Baudelaire fue internado en el Collége Royal, del que guardaría un mal recuerdo. Cuando volvieron a ascender a su padrastro, esta vez a general del Estado Mayor, la familia regresó a París y el joven pasó entonces al internado del Liceo Luis LeGrand, donde al ca­bo de dos años (1839) fue expulsado, sin que se sepa todavía el porqué, aunque consiguió aprobar el examen de grado superior.
A pesar de sentir una clara vocación por las letras tras la lectura de Charles Sainte Beuve (1804-1869), André Chénier (1762-1794) y Alfred de Musset (1810-1857), se matriculó en 1840 en la Facultad de Derecho, curiosamente junto con otros poetas como Gustave Le Vavasseur (1819-1896) y Ernest Prarond (1821-1909). Dos años antes, a los diecisiete, había escrito sus primeros versos, que se­rían ya característicos.
Poco después, inició su afición a la vida bohemia y disipada caracterizada por sus continuos choques con el ambiente familiar y su inclinación hacia las drogas. Empezó a frecuentar prostíbulos y a tra­vés de una extraña relación con una prostituta de origen hebreo, contrajo quizá una enfermedad venérea que estaría latente toda su vida y que motivaría más adelante su poema "Une nuit que j'étais près d'une affreuse Juive" (Una noche que estaba junto a una horrible judía). Su círculo de amis­tades literarias, mientras tanto, se fue ensanchando: Gérard de Nerval (1808-1855), Honoré de Balzac (1799-1850) y Charles Sainte Beuve (1804-1869) entre otros.
Para alejarlo de ese ambiente, su familia lo embarcó con destino a Calcuta el 9 de junio de 1841. El viaje fue interrumpido a mitad de camino por una tempestad y el joven conflictivo, enfermo y deprimido psicológicamente, regresó desde la isla Reunión en otro barco. La aventura imprimió una profunda huella en el poeta.
En 1842, nuevamente en París, entabló amistad con Théophile Gautier (1811-1872) y Théodore de Banville (1823-1891) y, al cumplir los veintiún años, recibió la herencia de su padre (75.000 francos) que le permitió independizarse. Abandonó entonces el piso familiar y se instaló en un pequeño apartamento junto al Sena. En un pequeño teatro del Barrio Latino conoció a Jeanne Duval (1820-1862), una actriz mulata de la que se enamoró y quien dedicaría varios poemas: "Le balcon" (El balcón), "Parfum exotique" (Perfumes exóticos), "La chevelure" (La cabellera) y "Le serpent qui danse" (La serpiente que danza).
Los continuos derroches obligaron a su padrastro a controlar la herencia, dándole una pequeña cantidad trimestral. Cambió entonces de domicilio y para conseguir dinero, comenzó a publicar de forma anónima. Se instaló en un hotel por 350 francos al año y es allí donde formó el "Club des Haschischins" (Club de fumadores de haschis). Baudelaire tomaba opio en forma de láudano desde joven, pero el haschis era, en aquellos días, signo de status en los círculos literarios.
En 1844, su madre consiguió que se nombrara a un asesor judicial como su administrador. La tarea recayó en el notario de Neully, un funcionario completamente ajeno a la literatura que no perdió jamás de vista los intereses de su patrimonio. En la correspondencia del escritor figuran testimonios, casi diarios, de los sufrimientos que soportó en el curso de los veintidós años de vida que le quedaban, y durante los cuales, a pesar de la miseria, la enfermedad, las deudas y también el hambre, pudo sin embargo, desarrollar su obra.
Su primera publicación, firmada Baudelaire-Dufäys fue "Le salon" (El salón, 1845), un librito de crítica de arte. Paralelamente, la revista "L'artiste" publicó el poema "A une dame créole" (A una dama criolla) que fuera compuesto en la isla Mauricio, durante una escala en su fallido viaje de 1841. Este mismo año, como las deudas se acumulaban incesantemente, planeó con la Duval un falso suicidio. Baudelaire, luego de dejarle sus escritos a Banville y pedirle a su amigo el químico Louis Ménard (1822-1901) que le preparase ácido prúsico, se hizo un pequeño corte en el pecho con un cuchillo, en un cabaret de la calle Richelieu. El fraude sirvió para que su padrastro cancelara alguna de sus deudas. Luego fue hospedado por su madre hasta su curación y, una vez recuperado, volvió a vivir con su amante.
Durante 1846 publicó algunos poemas y ensayos en las revistas "Corsaire-Satan", "L'espirit public" y "L'artiste", y al año siguiente publicó su único cuento, "La Fanfarlo", en el "Bulletin de la société des gens de lettres" con notables influencias de Balzac. Por entonces leyó a Edgar Allan Poe (1809-1849) con quien quedó conmovido hasta el punto de dedicarse durante diecisiete años a traducir al francés toda su producción.
En febrero de 1848 tuvo lugar en París la revolución que derrocó al gobierno corrupto de Luis Felipe I y provocó la llegada al poder de la Se­gunda República francesa. Baudelaire estuvo en las barricadas y escribió para el periódico de tendencia socialista "Le salut publique". Durante la revolución trabó amistad con el pintor Gustave Courbet (1819-1877) quien más adelante pintaría un retrato suyo, y con Auguste Poulet Malassis (1825-1878), activo participante en la insurrección y futuro editor de sus obras. Su madre, mientras tanto, se marchó a Estambul acompañando a su esposo que había sido nombrado em­bajador. Cuando en 1851 Luis Napoleón Bonaparte (1808-1873) dio un golpe de estado y asumió todos los poderes, Baudelaire estaba enfurecido, quizá también porque designó a su padrastro como embajador en Madrid.
En 1855 se celebró en París una Exposición Universal y Baudelaire recibió el encargo de hacer la crítica de los salones de pintura, cosechando con ello un gran éxito, al tiempo que, al fallecer su pa­drastro, reanudó la relación epistolar con su madre. Por fin, el 25 de junio de 1857 apareció la principal obra del poeta "Les fleurs du mal" (Las flores del mal), una recopilación de poemas.
Inmediatamente después de su publicación, el gobierno francés acusó a Baudelaire de atentar contra la moral pública y la edición fue confiscada por mandato judicial. A pesar de que la élite literaria francesa salió en su defensa, Baudelaire fue multado y seis de los poemas contenidos en el libro desaparecieron en las ediciones posteriores (la censura no se levantó hasta 1949). El poeta fue procesado en medio del escándalo general fogoneado desde el periódico conservador "Le Figaro" y condenado a pagar una multa de 300 francos de multa por ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres.
En su defensa, Baudelaire respondió: "Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias". A pesar de su condena, en 1859 y 1860 el Ministerio de Instrucción Pública le concedió una ayuda de trescientos francos, pero ante el público quedó identificado, incluso hasta mucho después de su muerte, con la depravación y el vicio. Amargado, incomprendido, Baudelaire se aisló aún más.
Su siguiente obra, "Les paradis artificiels" (Los paraísos artificiales, 1860), es un relato de sus experiencias con las drogas. Ya por entonces leía con admiración -y cierta desconfianza- a dos escritores todavía desconocidos: Stéphane Mallarmé (1842-1898) y Paul Verlaine (1844-1896).
Sus ataques crónicos se agudizaron con transtornos nerviosos, cólicos y dolores musculares, las cápsulas de éter y el opio eran sus compañeros inseparables. Se empeñó entonces en la segunda edición de "Las flores del mal", la que, com­pletamente retocada, apareció en 1861, el mismo año en que presentó su candidatura a la Academia Francesa. Sin embargo su postulación fracasó debido a la oposición de los académicos.
En 1862 publicó algunos poemas en "L'artiste", "Le boulevard" y "La presse", lo que no alivió su precaria condición económica. Nervioso, enfermizo, arruinado y desconocido, siempre unido a su amante alcoholizada y luego parapléjica, Baudelaire arrastraba una vida de fracasado.
A partir de 1864 y hasta 1866, vivió en Bélgica a cubierto de sus acreedores y en donde pensaba tener mayor libertad y éxito de público, pero sus conferencias no tuvieron el éxito esperado.
Desilusionado, escribió "Belgique deshabillée" (Bélgica al desnudo). Simultáneamente en París se publicaban poemas en prosa en "La vie parisienne" y en la "Revue de París" otros seis poemas en prosa titulados "Le Spleen de París".
El 4 de febrero de 1866 se cayó durante una visita a una iglesia víctima de un ataque de parálisis cerebral, seguido de la pérdida del habla. Casi un año después fue trasladado a París, donde
falleció el 31 de agosto de 1867, a la edad de 46 años. Fue enterrado en el cementerio de Montparnasse, al lado de su padrastro y en cuyo mausoleo reposaría también su madre cuatro años después.
A su funeral asistieron un centenar de amigos y escritores. La Société des Gens de Lettres no envió a ningún delegado. Idéntica inacción mostraron los periódicos locales. Solamente el escritor Edmond de Goncourt (1822-1896), autor de un valioso testimonio sobre la sociedad literaria parisina de fines del siglo XIX al que llamó "Journal" (Diario) escribió impiadosamente: "La locura del artista, del escritor, hace que se los sobrestime una vez muertos; del mismo modo que la guillotina contribuye al ascenso de la escritura de los guillotinados en los catálogos de autógrafos". Póstumamente se publicaron muchas de sus obras que permanecían inéditas y su correspondencia. El reconocimiento de la crítica, como suele suceder, llegaría mucho tiempo después.
Baudelaire fue con toda justicia el iniciador de la poesía moderna. En sus obras vertió la experiencia dolorosa de su vida, muchas veces de modo simbólico, mezclando su obsesión por la muerte, la sensualidad y el misticismo.