31 de mayo de 2008

Nicolás Guillén: "Yo no soy un hombre puro"

Nicolás Cristóbal Guillén Batista nació el 10 de julio de 1902 en Camagüey. Desde su juventud participó intensamente en la vida cultural y política cubana, lo que le costó el exilio en varias ocasiones. Inició su producción literaria en el ámbito del posmodernismo para afianzarla en el de las experiencias vanguardistas de los años veinte, en cuyo contexto se convirtió pronto en el representante más destacado de la poesía negra o afroantillana. Fue colaborador de una gran cantidad de diarios y revistas, entre ellos "Camagüey Gráfico", "Diario de la Marina", "La Semana", "El Mundo", "Vanguardia Obrera", "Gaceta del Caribe" y "El Nacional de Caracas".
De su basta obra poética se destacan: "Motivos de son" (1930), "Sóngoro cosongo" (1931), "Cantos para soldados y sones para turistas" (1937), "El son entero" (1947), "La paloma de vuelo popular" (1958), "El gran zoo" (1967), "La rueda dentada"
(1972), "Por el mar de las Antillas anda un barco de papel"
(1978) y "Sol de domingo" (1982). En "Prosa de prisa" (1975) se recogieron sus trabajos periodísticos.
En 1982, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), declaró que Nicolás Guillén "significa el más alto ejemplo actual de vida y obra creadoras, que por su fidelidad inquebrantable a la tradición patriótica y revolucionaria de la cultura cubana, ha sido capaz de expresar, con vigoroso genio artístico, la sensibilidad, el carácter, el proceso histórico y el espíritu combativo de un pueblo, de un ámbito geográfico y de una época".
Nicolás Guillén falleció en La Habana el 16 de julio de 1989.

BURGUESES
No me dan pena los burgueses vencidos.
Y cuando pienso que van a darme pena,
aprieto bien los dientes y cierro bien los ojos.
Pienso en mis largos días sin zapatos ni rosas.
Pienso en mis largos días sin sombrero ni nubes.
Pienso en mis largos días sin camisa ni sueños.
Pienso en mis largos días con mi piel prohibida.
Pienso en mis largos días.
—No pase, por favor. Esto es un club.
—La nómina está llena.
—No hay pieza en el hotel.
—El señor ha salido.
—Se busca una muchacha.
—Fraude en las elecciones.
—Gran baile para ciegos.
—Cayó el Premio Mayor en Santa Clara.
—Tómbola para huérfanos.
—El caballero está en París.
—La señora marquesa no recibe.
En fin, que todo lo recuerdo.
Y como todo lo recuerdo,
¿qué carajo me pide usted que haga?
Pero además, pregúnteles.
Estoy seguro
de que también recuerdan ellos.


DIGO QUE YO NO SOY UN HOMBRE PURO
Yo no voy a decirte que soy un hombre puro.
Entre otras cosas
falta saber si es que lo puro existe.
O si es, pongamos, necesario.
O posible.
O si sabe bien.
¿Acaso has tú probado el agua químicamente pura,
el agua de laboratorio,
sin un grano de tierra o de estiércol,
sin el pequeño excremento de un pájaro,
el agua hecha no más de oxígeno e hidrógeno?
¡Puah!, qué porquería.
Yo no te digo pues que soy un hombre puro,
yo no te digo eso, sino todo lo contrario.
Que amo (a las mujeres, naturalmente,
pues mi amor puede decir su nombre),
y me gusta comer carne de puerco con papas,
y garbanzos y chorizos, y
huevos, pollos, carneros, pavos,
pescados y mariscos,
y bebo ron y cerveza y aguardiente y vino,
y fornico (incluso con el estómago lleno).
Soy impuro ¿qué quieres que te diga?
Completamente impuro.
Sin embargo,
creo que hay muchas cosas puras en el mundo
que no son más que pura mierda.
Por ejemplo, la pureza del virgo nonagenario.
La pureza de los novios que se masturban
en vez de acostarse juntos en una posada.
La pureza de los colegios de internado,

donde abre sus flores de semen provisional
la fauna pederasta.
La pureza de los clérigos.
La pureza de los académicos.
La pureza de los gramáticos.
La pureza de los que aseguran
que hay que ser puros, puros, puros.
La pureza de los que nunca tuvieron blenorragia.
La pureza de la mujer que nunca lamió un glande.
La pureza del que nunca succionó un clítoris.
La pureza de la que nunca parió.
La pureza del que no engendró nunca.
La pureza del que se da golpes en el pecho,

y dice santo, santo, santo,
cuando es un diablo, diablo, diablo.
En fin, la pureza de quien

no llegó a ser lo suficientemente impuro
para saber qué cosa es la pureza.
Punto, fecha y firma. Así lo dejó escrito.

30 de mayo de 2008

Hemingway, la guerra, la muerte y esas otras cosas tristes

Ernest Hemingway, uno de los más famosos escritores de la literatura norteamericana contemporánea, nació en Oak Park, Illinois, en 1899 y murió en Ketchum, Idaho, en 1961. En 1921 se instaló en París como corresponsal de prensa, y en los años siguientes viajó por Europa y frecuentó los círculos literarios de la "generación perdida". En 1926 apareció su primera novela, "The torrents of spring" (Aguas primaverales), y en ese mismo año publicó "The sun also rises" (Fiesta). De regreso a los Estados Unidos, escribió otra novela de gran éxito, "A farewell to arms" (Adiós a las armas, 1929), y el tratado taurino "Death in the afternoon" (Muerte en la tarde, 1932). Otras obras suyas son "Green hills of Africa" (Las verdes colinas de Africa, 1935), "The snows of Kilimanjaro" (Las nieves del Kilimanjaro, 1936), "To have and have not" (Tener y no tener, 1937), "For whom the bell tolls" (Por quién doblan las campanas, 1940) y "Across the river and into the trees" (Al otro lado del río y entre los árboles, 1950). "The old man and the sea" (El viejo y el mar, 1952) fue una de sus últimas obras y una de las más admiradas universalmente. Obtuvo el Premio Pulitzer en 1953 y el Premio Nobel en 1954. A su muerte dejó varios libros inéditos. En 1964 apareció "A moveable feast" (París era una fiesta), en 1967 se recogieron en el volumen "By line" (Enviado especial) sus principales artículos periodísticos y en 1970 se dio a conocer otra novela, "Islands in the stream" (Islas a la deriva). Después han aparecido sucesivamente "The Nick Adams stories" (Nick Adams, 1972), "88 poems" (88 poemas, 1979), "The dangerous summer" (El verano peligroso, 1985), "Dateline: Toronto" (Publicado en Toronto, 1985) y "The garden of Eden" (El jardín del Edén, 1986).
De su extensa producción, a veces escéptica, a veces nostalgiosa, pero siempre lacónica y emotiva, son los siguientes fragmentos:

"Imagínense lo que ocurriría si un hombre tuviese que intentar matar a la luna todos los días. La luna corre rápido. Pero imagínense ahora lo que ocurriría si un hombre tuviese que intentar matar al sol. Nacimos con suerte".

"Es una estupidez no tener esperanza. Creo que además es un pecado perder la esperanza. Pero no debo pensar en pecados. Ya tengo demasiados problemas como para ponerme a pensar en peca­dos. La verdad es que no comprendo bien qué son los pecados".

"Todos los que son buenos y firmes son alegres. Ser alegre es mucho mejor y es señal de una cosa: de que se es inmortal mien­tras se está vivo. Es algo difícil y ya no quedan muchos así. La mayoría de los luchadores joviales desapareció. Quedan poquísimos".

"Uno sabía que en el otoño se iba a poner triste. Una parte de nos­otros muere cada año, cuando las hojas caen de los árboles y sus ramas quedan desnudas, golpeadas por el viento y la luz fría e in­vernal. Pero también sabíamos que habría siempre otra primavera, así como sabíamos que el río fluiría nuevamente después de haber estado congelado. Cuando las lluvias frías continuaban durante largo tiempo y terminaban matando la primavera, era como si una criatura joven hubiese muerto sin ninguna razón".

"Cuando me siento deprimido me gusta pensar en la muerte y en las diversas maneras de morir. Y pienso que el medio más efectivo sea, probablemente, saltar de un transatlántico en la noche, a menos que se pueda encontrar un modo de morir durante el sueño. No hay duda de que, así, la cosa resultaría y, en última instancia, no parece ser una muerte muy desagradable. Habría, apenas, el instante de dar el salto, y, para mí, es muy fácil dar cualquier tipo de salto. Además, nunca terminarían de saber lo que pasó realmente; no habría autop­sia ni nadie tendría que cargar con los gastos y siempre quedaría la posibilidad de que nos concedan que fue un lamentable accidente".

"Los muertos en la guerra son, generalmente, machos de la especie humana, aun cuando eso no sea enteramente cierto en lo que atañe a los animales; así, entre los caballos, vi también, frecuentemente, yeguas. En cuanto al sexo de los muertos, el hecho es que nos habituamos tanto a que los muertos sean siempre de sexo masculino que la visión de una mujer muerta es extremadamente chocante".

"Era sorprendente que el cuerpo humano no se fragmentase a lo largo de las líneas anatómicas, sino que se dividiese tan caprichosa­mente como una bomba altamente explosiva al estallar. Además, claro, estaba la presencia de los muertos. Ellos cambian un poco de apariencia cada día, hasta que son enterrados. En las razas caucásicas se producen los siguientes cambios de color: del blanco al amarillo, después amarillo verdoso y finalmente, negro. Los muertos aumentan de volumen todos los días hasta que se vuelven demasiado grandes para sus uniformes. Luego, el pormenor que más sorprende es la cantidad de papel que suele estar desparramado en torno a los muertos. La posición en que se los deja, incluso antes de pensar en enterrarlos, depende, en suma, del lugar donde están ubicados los bolsillos del uniforme. En el ejército austríaco esos bolsillos están en la parte trasera de los pantalones. Por lo tanto, al cabo de un corto espacio de tiempo, todos los cadáveres terminan boca abajo, con el forro de los bolsi­llos hacia afuera".

"La guerra moderna es siempre planeada y desencadenada por demagogos y dictadores que juegan con el patriotismo de su pueblo, engañándolo y empujándolo a la falsa convicción de la necesidad de la guerra, esa gran falacia, cuando sus pregonadas reformas fraca­san y dejan descontento a la gente que ellos desgobiernan. Y nos­otros, en los Estados Unidos, teníamos la obligación de comprender que a ningún hombre le fue concedido, por muy noble y mejor que él sea o por más que pretenda obtener esa concesión gradualmente, el poder de llevar este país a una guerra que está siendo urdida en este momento y que se halla cada vez más cerca, premeditada como un asesinato largamente planeado. Cuando concedemos poderes a un gobernante, investido de responsabilidades ejecutivas, no sabe­mos quién va a ocupar tal cargo o quién lo va a ejercer en una época de grave crisis".

La libertad de prensa según Thomas Love (Buenos Aires, 1827)

El "British Packet and Argentine News" apareció en Buenos Aires entre 1826 y 1858. Desde su lanzamiento y hasta 1845, su director y único redactor fue Thomas George Love (1784-1845), un inglés de gran prestigio entre los británicos residentes en la gran aldea porteña. Love fue un escritor satírico, tolerante y liberal, conocedor minucioso de la ciudad en que vivía y, al decir del escritor y crítico literario Paul Groussac (1848-1929), "un periodista lúcido y moderno, muy adelantado a su tiempo".El 27 de octubre de 1827, cuando la prensa rioplatense debatía ardorosamente los sucesos que tenían como protagonistas al gobernador Manuel Dorrego (1787-1828) y al representante de los intereses de la Corona Británica en Buenos Aires, lord John Ponsomby (1772-1855), a raíz del conflicto con el Imperio del Brasil, Thomas Love escribió:
"La guerra desencadenada en los periódicos de Buenos Aires parece estar dirigida más bien contra los indivi­duos que contra los principios. Sin embargo, vemos que algunos escritores han fijado particularmente su aten­ción en una cuestión política más compleja: la libertad de prensa. No podemos aprobar esta elección porque, además de las complicaciones y dificultades del tema, que sólo puede ser profundamente tratado después de siglos de experiencia en la carrera de la libertad, es tan delicado y frágil en su naturaleza, que apenas puede tocarse, sin herirlo. Así, durante las últimas conmocio­nes en Europa, cada vez que surgió la discusión fue siempre para asestar algún golpe fatal a esa preciosa y noble prerrogativa, Cuando las autoridades provocan la
discusión pública de sus principios básicos, es con la natural propensión a disminuirlos y, por consiguiente, nunca nos parecen tan libres de peligro como cuando no se habla de ellos. Es como el aire que respiramos, que sólo puede llamar nuestra atención cuando descubrimos en él alguna cualidad ofensiva para la salud o para los sentidos. El principio de la libertad de prensa ha sido tratado con igual grado de fundamento, aunque de modo dife­rente, por dos grandes escritores del siglo pasado, el obispo Berkeley y el crítico Du Marsais. El primero dijo: 'La utilidad y la verdad no pueden ser divididas; el bien general de la humanidad será la regla o la medida de la verdad moral'. El segundo se expresó de manera más apropiada aún sobre el objeto en discusión: 'El rasgo distintivo de la verdad es que resulta igual y constante­mente ventajosa para todos; mientras que la falsedad, útil por poco tiempo para pocos individuos, es siempre lesiva para la masa'. Esta es la regla infalible por la cual los amigos y los enemigos de la libertad de prensa deberían ser juzgados y el sentido común nos dice que el que no tiene nada que temer de la verdad no tiene interés en cortar sus alas. Pero la prensa tiene otra virtud admirable, que no posee ninguna otra institución humana: los males que causa, también los cura. En verdad, sólo ella puede curarlos. Si se echaran en una taza unas pocas gotas de veneno, la misma taza contendría el antídoto. El teatro de la acusación es el de la defensa. Así pues, ni el error ni la calumnia pueden disfrutar más que un breve y precario triunfo si se hace uso de los medios de difusión. La verdad y la inocencia inmediatamente se presentan y, sin el más mínimo esfuerzo, ponen a su miserable adversario fuera de combate.En oposición a estas consoladoras reflexiones, se ha dicho últimamente, en uno de los periódicos de esta capital, que el ridículo puede utilizarse con impunidad por medio de la prensa, que no hay salvaguardia contra él y que, por consiguiente, es legítimo desnaturalizar los más nobles pensamientos y las más puras intenciones. Esta objeción, que parece a primera vista de algún peso es, sin embargo, fácilmente rebatible. El ridículo podrá caer o bien sobre las personas que merecen censura o sobre aquellas que no la merecen. En el primer caso, debe considerarse como parte de la censura, como un ingrediente más del castigo que merece la persona censurada, y no podemos ver que daño puede haber en una sonrisa burlona que acompañe la represión, o en un epigrama que agregue fuerza al odio suscitado por el culpable. Si un ministro es un enemigo de la libertad o si un magistrado vende la justicia, no puede haber daño en que la denuncia esté sazonada con la sal del ridículo, y por el contrario esto contribuye a aumentar el repudio general provocado por tales actos. Si, a la inversa, se hiciera víctima del ridículo a un inocente, esto sólo hará impresión en un pequeño número de personas malévolas y corrompidas. Por la misma razón, es enteramente inofensivo; la gran mayo­ría lo rechaza con horror, ya que nunca se ha visto que la opinión general apruebe lo que ofende a la moral pública. Pero, tomando una posición más elevada, no teme­mos afirmar que todo el mal que pueda hacerse con el abuso del ridículo, aun cuando se emplee de un modo sumamente injusto, no iguala al que resultaría de la más mínima restricción impuesta sobre la prensa. Los gobier­nos pierden todo freno, toda moderación, una vez que han entrado en el peligroso camino de las leyes prohibitivas.La facilidad con que la primera ley es aceptada los induce a intentar otras y la cadena que sigue no tiene fin. Lo peor de esto es que, en tales casos, la libertad conculcada busca otros medios para recuperar sus lími­tes primitivos; el ingenio, restringido por los grillos que se le han impuesto, encuentra innumerables formas para escapar de las barreras que lo confinan. Entonces, el poder así frustrado se exaspera más y su misma impo­tencia aumenta su irritabilidad; la lucha entre los perse­guidos y los perseguidores se vuelve más y más amarga, y las leyes, una burla. Si entonces se nos preguntara qué debería hacerse con la libertad de prensa, nosotros contestaríamos: dejarla en paz, y si es cierto, como se cree generalmente, que el gobierno nacional pudo haber prolongado su existencia persiguiendo a aquellos que lo combatieron a través de la prensa, aplaudimos su tolerancia y confesamos que, aun admitiendo que grandes males pueden ser consecuencia de su caída, mayores hubieran sido los males que hubiera acarreado su empeño por evitarla".

27 de mayo de 2008

Geishas. Una crónica del siglo XIX

Una antigua crónica de fines del siglo XIX cuenta la historia de una geisha llamada Umeya que "brilló como una estre­lla en el mundo de la flor y el sau­ce". Umechiyo (Flor de cere­zo) tenía apenas ocho años cuando fue vendida por su familia a una okiya (casa de geishas). La mayoría de las jovencitas de las zonas campesinas, azota­das por los resabios de las casas feudales, eran vendidas como Umechiyo por una buena suma de dinero. La familia solucionaba con esto sus problemas de miseria y, ade­más, pensaba que le aseguraba a la muchacha una vida mejor.
La niña fue a vivir a una okiya que administraba una ex geisha. Allí había otras seis niñas llamadas oshakus (doncellas), ocho geishas ma­yores, dos sirvientas y un hakoya (un anciano cuyo trabajo era vestir con kimono a las jó­venes y anudar las delicadas y largas fajas a sus cuerpos). En un primer momento, Umechiyo se sintió orgullosa de haber podido ayudar a su familia. Nunca supo el precio pagado por ella, pero vio su nombre anotado en un cuaderno donde figura­ron desde entonces todos sus gastos de comida y educa­ción. Mucho más tarde, Umechiyo comprendería pa­ra qué servía este cuaderno.
A las cinco de la mañana, las jóvenes oshakus tomaban sus clases de odori (baile), kiyomoto (canto) y shamisen (guitarra japonesa de tres cuerdas). De­bían apresurarse a terminar sus ejercicios antes de que se levantaran las geishas ma­yores, para no interrumpir su rutina diaria. Las oshakus desayunaban y comían, en la cocina, ali­mentos muy inferiores a los de las geishas. Con el tiempo sabría Umechiyo que esta diferencia constituía uno más de los juegos de com­petencia establecidos por la señora de la okiya, cuyo pro­pósito era dejar sentado que una muchacha debía apre­surarse a ser geisha para tener una vida mejor.
Luego comenzaban las clases de chanoyu (ceremo­nia del té), oshuji (caligrafía japonesa) y lecciones de his­toria, artes y matemáticas, un bagaje cultural muy avanzado en su época, tanto para una mujer como para un hombre, ya que buena parte de la población no sa­bía leer ni escribir. Todo esto, para agradar a los ricos señores, ya que el atributo indispensable de una geisha era tener una conversación fluida, agrada­ble e inteligente; la belleza resultaba secundaria. El éxi­to dependía en última ins­tancia de la rapidez y agu­deza de sus respuestas. Por lo tanto, junto a su prepa­ración en temas de arte e his­toria, debía conocer profundamente los de polí­tica y los del comercio, que eran los que más abundaban en las reuniones de hombres.
La señora de la okiya les contaba a menudo la histo­ria de una famosa geisha de Kioto que había llegado por su habilidad política a ser un verdadero poder oculto tras la figura del estadista Takayoshi Kido (1833-1877), quien fue uno de los inspiradores de la caída del régimen despótico de Tokugawa Yoshinobu (1837-1913) en el Japón.
Según el cronista de la época, eran las geishas las que estaban mejor informa­das de los acontecimientos y de la verdadera opinión de un político: sólo en su pre­sencia éste discutía con la verdad o expresaba su ver­dadero pensamiento. "Por ello -dice el cronista- las geishas llegaron a conocer más profundamente la situa­ción política del Japón de esa época desde su mundo solitario y bello".
Umechiyo aprendió ade­más que era de mal gusto dejar asomar los sentimien­tos al rostro: tristezas o ale­grías exageradas debían que­dar ocultas. Ella se habría avergonzado mucho si alguien hubiera notado la nos­talgia que a veces le embar­gaba. Tampoco era bueno para una geisha enamorarse. Por lo general, cuando esto ocurría, se enamoraban de jóvenes alegres sin dinero o de aprendices de actores del kabuki (teatro japonés tradicional). Esto era entonces imposible. Ninguna geisha po­día escapar de su dorada prisión. La okiya jamás aceptaba perder el dinero in­vertido. Esta disciplina fue aprendida duramente por Umechiyo. Las geishas ma­yores, por su parte, trataban de no enseñarles demasiado sus experiencias. Ellas sabían que todas esas jóvenes se preparaban para competir en su mundo y que segura­mente serían preferidas, por­que eran doncellas recién iniciadas.
Dice el cronista que Ume­chiyo relataba esto con una gran tristeza en sus ojos y curiosamente recordaba los momentos en que el estudio le resultaba duro y monótono. Entonces sus calificacio­nes (que eran puestas en el cuaderno con una estampi­lla de flores) no solían ser buenas. La flor de cerezo era una nota regular. La señora entonces la miraba fi­jamente con ojos muy fríos y le decía "es bueno ir a ver las flores al campo, pero no es buena una flor de ce­rezo en las calificaciones de una geisha". La nota óptima era una flor de peonía. Para Umechiyo fue una suerte que su vida de niña transcurriera en la abundan­cia y la buena educación. Al contrario de las otras niñas campesinas, su familia había sido muy rica, pero la en­fermedad de su padre (comerciante), resultó un de­sastre para los suyos. Ya en la absoluta miseria, sus tíos decidieron venderla.A los diecisiete años ya llamaba la atención por su gracia y talento, pero por entonces sólo servía el té en las fiestas de los grandes señores. El mun­do de las relaciones era pri­vativo de las geishas, no de una oshaku. Cuando cumplió dieciocho años, al levantarse una mañana, Umechiyo presintió que su vida cambiaría. Recibió un trato especial. La señora de la okiya la observaba con mayor cariño; era evidente que tenía planes para ella. Se bañó casi en el mismo horario de las geishas, con agua muy caliente. Las oshakus siempre eran las últi­mas y sólo tenían agua fría. Comió luego espléndida­mente. Cuando las geishas iban a una reunión impor­tante, debían comer muy bien, porque hubiera resultado de mal gusto mirar con avidez el platillo de su cliente.
A la hora de vestirse, Umechiyo recibió la gran sorpresa. La señora apareció con un kimono muy bello. Estaba dedicado a su nom­bre, Flor de cerezo, y ha­bían tardado tres meses en hacerlo. Un árbol de cerezo con flores recién entreabier­tas era el motivo, magníficamente realizado. Todas las jóvenes admiraron su nuevo kimono. Luego entró el hakoya con una faja de cuatro metros, tejida en hilo de oro. El bordado era un pájaro "que viene y se queda en el árbol de ciruelo -le dijo el anciano- como vendrá un pa­trón y se quedará en ti para siempre", mientras le alababa sus pies y sus manos. Ella comprendió que la alentaba, co­mo hacía con todas las muchachas. También su peinado cam­bió: fue más alto y se le co­locaron adornos especiales y caros. Cuando terminó su arreglo, la señora la acom­pañó hasta la puerta y fro­tando dos piedras hizo chis­pas sobre sus hombros, para alejar la mala suerte.
Des­pués de todos estos rituales, Umechiyo partió definiti­vamente para el karyukai (el mundo de la flor y el sauce), un distrito especial en las ciudades en donde viven y trabajan las geishas. En el gran salón de fiestas ella llamó la atención por su juventud y belleza, por su gracia y talento. Los invita­dos se disputaban su compa­ñía. Esa misma noche cambió su vida. Un rico comer­ciante de sesenta años decidió pagar todos los gastos para que Umechiyo se convirtiera pronto en una geisha. Cuando Umechiyo estuvo preparada para transformar­se en itsupón (una sola pie­za), es decir, geisha auténti­ca, hizo su debut. El patrón pagó a la okiya una gran suma de dinero: más de 40.000 dólares de hoy en la fies­ta de presentación, y además todos los gastos que habían sido anotados en el cuaderno de la joven, desde los ocho años. En realidad, el patrón la compraba a la okiya, co­mo se compra un objeto cualquiera.
Ella recordaba haberse preparado como para una boda. En realidad lo era. Aunque su patrón era casa­do y tenía hijos, en el "mun­do de la flor y el sauce" nadie la criticaría. Su señor le regaló un anillo de brillantes y a la fiesta fueron invitadas las geishas más importantes y los más ricos comerciantes. Su dueño adquirió entonces un gran prestigio, ya que era una gran de­mostración de poder eco­nómico ser patrón de una doncella joven, bella y talen­tosa como Umechiyo. Ese día ella llevó una tabla, don­de anotó su nuevo nombre de geisha, Umeya, que que­daría registrado como el de todas las geishas.
A partir de allí fue invitada a to­das las fiestas de relieve y sus conversaciones políticas atrajeron el interés de los hombres importantes de la época para orgullo de su dueño, quien muy pronto de­cidió sacarla definitivamen­te de la okiya, para lo cual pagó otra gran suma de di­nero. Umechiyo creyó en­tonces que su dueño la ama­ba, pero una geisha mayor le hizo entender que era una cuestión de prestigio pa­ra él. Las reglas impedían tener dos geishas a la vez; él necesitaba una nueva pa­ra demostrar que seguía as­cendiendo económicamente y, por otra parte, no quería dejar a Umeya, tan famosa, porque si la compraba un comerciante inferior hubie­ra significado su despresti­gio. Así, Umeya pasó a ser la concubina de su patrón. Te­nía una bella casa con dos sirvientas, que a la vez la vigilaban. Recordaba haber pasado ahí días de total so­ledad; no podía hablar con nadie y sentía nostalgia de la okiya, donde podía compartir, aunque muy superfi­cialmente, su vida con otras muchachas.Todos estos cambios la habían hecho comprender que ella era me­nos que una sirvienta. Se parecía más a una esclava, socialmente despreciada, un objeto de lujo que no existía para nadie. Al poco tiempo tuvo un hijo, que no pudo llevar el nombre del padre. Dice el cronista que Umechiyo recordaba con gran tristeza aquellos años de en­cierro y soledad. Pero sobre todo la humillación que de­bía vivir cada Año Nuevo. Entonces, su deber de con­cubina era visitar a la esposa de su patrón. Entraba por la puerta de servicio y perma­necía todo el tiempo de pie. La señora tardaba mucho en venir a saludarla. Le agradecía los cuidados que había tenido para su esposo du­rante el año y luego le re­galaba un kimono usado por ella. Umechiyo no podía ha­blar, su voz hubiera ofendi­do la casa. Cuando se iba, la señora regaba con abundan­te sal el lugar donde había estado parada y lo hacía ba­rrer para limpiarlo de su presencia.
Un día, después de un corto tiempo en que el señor no llegó a visitarla, Umechiyo envió a una sirvienta a pre­guntar por él. Le informa­ron que había muerto hacía una semana y que la señora estaba satisfecha de que hu­biera sucedido esto en su casa, evitándose así una gran vergüenza ante la sociedad. En un sobre le enviaba una cantidad de dinero.
Esto no alcanzaba para la manutención de dos perso­nas. Umechiyo sabía que la geisha no tenía espacio fue­ra del mundo del placer y de las okiyas. Su inteligen­cia le hizo comprender rápidamente la situación, pero no tuvo el valor para huir de aquel mundo con su hijo y enfrentar a una sociedad que la despreciaría. Así es como volvió a la okiya de donde había salido. Tuvo nuevo cuaderno de gastos y distintos patrones, todos de menor prestigio so­cial que su antiguo dueño. Cuando se sintió vieja, aunque no lo era, se dedicó a dar clases de baile y shamisen. Al cumplir su hijo dieciocho años, avergonzado del tra­bajo de su madre, se fue pa­ra siempre; nunca volvería a verlo.
El cronista conoció a Umechiyo en un asilo de an­cianos. Ella no estaba muy vieja, pero su rostro mostra­ba como cicatrices de que­maduras las manchas que le había provocado la pasta blanca con plomo que había usado para maquillarse durante su vida como geisha. Una in­cipiente calvicie afeaba su cabeza. La forma de sentar­se, la elegancia en el trato, su educación y las maneras serviciales la señalaban co­mo a una geisha. Como esto significaba la última escala social, sus compañeros an­cianos la mandaban a servir. Umechiyo-Umeya lo hacía con la misma suavidad y dulzura con que antes se ha­bía inclinado ante los pode­rosos. Cada año se celebraba una fiesta en el asilo; en­tonces ella sacaba sus kimo­nos, se arreglaba cuidadosamente y cantaba y bailaba como en sus mejores años. Todo esto ante un público miserable que casi no veía ni oía. Para ella este era un día hermoso. No sentía ver­güenza de su pasado y era el único momento en que se le perdonaba su vida de geisha. Era el único momento, al fin, en que podía conservar sus débiles lazos humanos con la vida.

El nazismo como farsa y como tragedia

El nazismo llegó al poder gracias a la crisis eco­nómica. Su primer período de éxito coincidió con los años de inflación posteriores a la finalización de la Primera Guerra Mundial producto del desgobierno suscitado a partir de la crisis y posterior escisión del socialismo; declinó cuando en 1923 llegó la estabilidad monetaria de la mano de Gustav Stresemann (1878-1929) primero como Canciller y luego como Ministro de Asuntos Exteriores de la República de Weimar y volvió a florecer con la Gran Depresión de 1929.
Los comerciantes, empleados y artesanos ale­manes habían vivido un período de expansión durante casi un siglo; pero tras las duras privaciones de la guerra, las rentas se hundieron, el dinero careció de valor y el desempleo hizo estragos. Tras la breve pausa de 1924 a 1929, el sistema entró en una de sus periódicas crisis -tal vez la mayor hasta entonces- y los alemanes pasaron a tener miedo del hambre y la miseria.
Los competidores eventuales, los obreros y los comerciantes extranjeros comenzaron a ser mirados con descon­fianza y la suspicacia se extendió a los judíos. El 28 de marzo de 1933 el periódico del partido nacionalsocia­lista, el "Vólkischer beobachter", publicó: "Más de nueve millones de personas están sin trabajo en Alemania y nuestro proletariado intelectual se cuenta por centenares de millares. A pesar de ello, el pueblo alemán ha permitido a cientos de mi­les de intelectuales judíos que participen en las profesiones liberales". La solución propuesta resultaba muy clara: era preciso retirar a los judíos los empleos que habían usurpado. Un razonamiento que recuerda peligrosamente a los que hoy en día utiliza España con los marroquíes y los ecuatorianos, Italia con los albaneses y los rumanos, Francia con los argelinos, los libios y los tunecinos, Estados Unidos con los mejicanos y los colombianos, México con los guatemaltecos, los hondureños y los salvadoreños, y la Argentina con los bolivianos, paraguayos, peruanos y chilenos.
En 1924, el futuro Jefe de la Policía Secreta Heinrich Himmler (1900-1945) encargado de la persecución y eliminación metódica y sistemática de opositores ya fuesen socialistas, gitanos, judíos, homosexuales o testigos de Jehová, explicó cuáles fueron los mecanismos que condujeron al pueblo alemán a la ruina: "A causa de las especulaciones y las fluctuaciones que imprime a la Bolsa, la judería mantiene en un bajo nivel los precios de producción y hace aumentar sin cesar los precios de con­sumo. El agricultor debe ganar poco, el habitan­te urbano gastar mucho. La diferencia va a parar a los bolsillos de los judíos y de sus aliados". Lo que pasó por alto el jerarca nazi es que el sistema capitalista de producción no reconoce razas ni religiones.
No obstante, los alemanes se convencieron en seguida: del mismo modo en que el Estado restringía las importaciones extranjeras tenía la obligación de proteger el trabajo nacional. Fue entonces cuando apareció netamente el ca­rácter demagógico de la política nazi que, significativamente también, recuerda al discurso predominante en muchas clases dirigentes actuales.
Retomando el tema específico de los judíos, resulta instructiva la lectura de esa especie de autobiografía que constituye el primer volumen de "Mein kampf" (Mi lucha), en la cual Adolf Hitler (1889-1945) intentó establecer el itinerario espiritual del perfecto na­cionalista. Hitler creció en un ambiente hos­til a los judíos, los que estaban muy mal considerados en Linz, la ciudad en donde pasó su in­fancia. No estaban marginados en un ghetto, pero se encontraban envueltos en un ambiente de des­confianza al considerárselos a la vez que extranjeros como peligrosos ex­plotadores. Lo mismo le sucedió en Viena, en donde encontró a los judíos tradicionales que le produjeron una espe­cie de trauma: "Un día que atravesaba el casco viejo de la ciudad, me tropecé de pronto con un personaje que llevaba unos mechones de cabellos negros e iba vestido con un largo caftán. ¿También ése es un judío? Tal fue mi primer pensamiento. En Linz no tenían ese extraño aspecto. Exa­miné al hombre con disimulo y prudentemente, pero cuanto más contemplaba ese rostro extraño y escrutaba cada uno de sus rasgos, tanto más la primera pregunta que me había formula­do tomaba en mi cerebro otra formulación: ¿también ése es un alemán?".
La evolución del pensamiento de Hitler es la característica de muchos intelectuales desclasados y pequeño burgueses. Al viejo recelo, adquirido de un modo natural en la fami­lia, se añadió más tarde un sentimiento de profunda repul­sión: los verdaderos judíos, los que no se ocultaban tras las indumentarias de corte occidental, eran sucios y su suciedad física era el reflejo de su infe­rioridad de alma: "Que no tenían demasiado entusiasmo por el agua, es algo que uno podía advertir simplemente mirándolos, e incluso, por desgracia, con dema­siada frecuencia hasta cerrando los ojos. Más de una vez me ocurrió el sentir náuseas al percibir el hedor de estos vestidores de caftanes. Todos estos detalles eran de por sí muy poco atractivos; pero era una auténtica repugnancia la que surgía cuando descubría, bajo su capa de suciedad, la miseria moral del pueblo elegido. Porque, ¿existe acaso una forma cualquiera de suciedad, un tipo de infamia bajo toda clase de apariencias, en especial la vida social, en la cual siquiera un solo judío no haya participado? Tan pronto como se aplicaba el escalpelo a un abceso de esta naturaleza, se descubría, a la manera de un gusano en un cuerpo en putrefac­ción, un abyecto hebreo completamente deslum­brado por esta luz súbita".
En el capítulo XI de ese primer tomo -el único de al­cance doctrinal- Hitler dice: "Ahora comienza la mayor y última revolu­ción. En el momento en que el judío conquista el poder político, arroja los últimos velos que toda­vía lo ocultaban. El judío demócrata y amigo del pueblo cede la plaza al judío sanguinario y tirano de los pueblos. Persigue, al cabo de pocos años, exterminar a los representantes de la inteligencia y, al privar a los pueblos de los que eran por na­turaleza sus guías espirituales, los hace maduros para el papel de esclavo, puesto para siempre bajo el yugo".
Hitler, al igual que Himmler y toda su camarilla de secuaces, persiste en la idea de ignorar el devenir materialista de la historia y focaliza en un pueblo el origen de todas las tragedias.
La primera parte de la obra fue escrita en la cárcel. Una vez liberado en 1926, publicó un segundo tomo en el que definió lo que sería el Estado nacionalsocialista y las grandes líneas de su política exterior. En esta segunda parte, el peligro que representan los judíos proviene de su acción diplomática: "La finanza judía desea no solamente que Alemania sea radicalmente arruinada en el terreno económico, sino también que sea políticamente reducida de un modo completo a la esclavitud. Todo lo que se imprime en el mundo entero contra Alemania está escrito por los judíos, de la misma manera que, tanto en tiempo de paz como durante la guerra, la prensa de los bolsistas judíos y la de los marxistas atizó sistemáticamente el odio contra Alemania hasta conseguir que los Estados renunciaran a su neutralidad, unos tras otros, y, sacrificando los verdaderos intereses de los pueblos, entraran en la coalición mundial que nos hacía la guerra. El planteamiento que se hacen los judíos es evidente. La bolchevización de Alemania, es decir, la destrucción radical de la conciencia nacional popular alemana, que haga posible la explotación de la fuerza productora alemana sometida al yugo de la finanza judía internacional, no es sino el preludio de la extensión siempre creciente que culminará en la conquista del mundo entero soñada por los judíos. Si nuestro pueblo y nuestro Estado llegaron a ser las víctimas de estos tiranos de pueblos que son los judíos, sedientos de sangre y ávidos de dinero, toda la tierra quedará aprisionada en los tentáculos de estas hidras; pero si Alemania escapa a su presa, podremos considerar que el mayor peligro que jamás ha­yan conocido todos los pueblos del orbe no ame­nazará ya el mundo entero".
Es notable la similitud de estos argumentos con los expresados por el Departamento de Estado norteamericano: antes, en tiempos de la Guerra Fría, con la Unión Soviética; hoy, desmantelada la caterva burócrata del estalinismo, con los fundamentalistas musulmanes. En el nuevo mapa del mundo, los judíos pasaron de ser los aliados del marxismo internacional a ser socios de Estados Unidos en su lucha contra árabes y palestinos que no entienden las reglas del juego.
En una entrevista con­cedida al "Times" el 15 de octubre de 1930, Hitler expresó cuál era la consigna propia de los nazis: "Alemania para los alemanes", la que, curiosamente, recuerda aquella de "América para los (norte) americanos" que popularizó el entonces presidente de Estados Unidos James Monroe (1758-1831) en 1823. Ya en un discurso el 1 de abril de 1939 el dictador alemán había dicho: "Solamente después que este bacilo judío que infecta la vida de los pueblos haya sido elimina­do se podrá esperar la instauración de una coo­peración entre las naciones". Hoy tranquilamente se podría cambiar el nombre del bacilo judío por el de musulmán, o palestino, o inmigrante, o indígena, o cualquier otro y, en el fondo, nada habría cambiado.

26 de mayo de 2008

Dios salve al Rey (y a Händel)

En el museo de Versailles se encuentra un reloj cuya antiguedad se remonta a mediados del siglo XVIII, cuyo carillón ejecuta una melodía idéntica a la del "God save the King", el himno nacional inglés. En un documento de 1719 atesorado en la alcaldía de Saint Cyr sur Mer -en la región de Provence Alpes Coté d'Azur al sur de Francia- firmado por el Alcalde de entonces, se asegura que la melodía no es otra cosa que un antiguo motete conservado en esa comuna desde tiempos del rey Luis XIV (1638-1715).
La pieza en cuestión habría sido compuesta por quien fuera el introductor de la ópera en el país galo, Jean Baptiste Lully (1632-1687), quien la habría escrito para celebrar el restablecimiento del rey que acababa de sufrir una enfermedad, titulándola "Dieu sauve le Roi".
Uno de los máximos exponentes del Barroco, el compositor alemán Georg Friedrich Händel (1685-1759), durante una estadía en Francia lo oyó, lo encontró original y se lo apropió. A su regreso a Inglaterra -en donde se hallaba establecido- se lo ofreció al rey Jorge I de Hannover (1660-1727). Según el profesor del Conservatorio de París, el compositor Louis Bourgault Ducoudray (1840-1910), esta práctica era una costumbre habitual en Händel, a quien llamó despectivamente "el más grande ladrón musical que haya existido jamás".
Otra versión, sin embargo, atribuye la autoría del himno inglés al barón Henry Carey (1526-1596), un supuesto hijo bastardo del rey Enrique VIII (1491-1547) en la época en que éste estaba casado con Catalina de Aragón (1485-1536), la primera de su media docena de esposas.
Como sea que haya sido, el desliz de Händel no invalida su impresionante producción que abarca 43 óperas, 26 oratorios y una gran cantidad de suites, sonatas, conciertos para órgano y música coral, hasta llegar a las 612 composiciones, más otras 25 entre obras dudosas y perdidas.
En abierta oposición a la opinión de Bourgault Ducoudray, el genial compositor alemán Ludwig van Beethoven (1770-1827) dijo de él: "Händel es el compositor más grande que haya existido jamás, me descubro ante él y me arrodillaría ante su tumba".

E.E. Cummings o la destreza para abrir y cerrar

Edward Estlin Cummings nació en Cambridge, Massachusetts, el 14 de octubre de 1894, hijo de un profesor de Harvard y publicó sus primeros trabajos en las revistas de esa universidad en la que se graduó en 1916. Frecuentó la escritura teatral y la pintura, pero sobresalió en la historia grande de la literatura del siglo XX porque se atrevió a escribir, según puntualizó el crítico musical y literario Harold Schonberg (1915-2003) "algunos de los versos más arbitrarios, poderosos, soberbios, feos, audaces, explosivos, incomprensibles, admirables y discutidos de nuestro tiempo". Le faltó agregar un sólo adjetivo: intraducibles.
Los editores de su obra -aunque él no estaba de acuerdo- escribían su nombre con minúsculas (e.e. cummings) para representar su sintaxis inusual. Sus poemas rompieron con toda estructura al utilizar distorsiones sintácticas, incluyendo neologismos de la jerga callejera y el uso poco ortodoxo de las mayúsculas y la puntuación, en la que los puntos y las comas podían incluso llegar a interrumpir oraciones y hasta palabras. A pesar de su gusto por los estilos vanguardistas y la tipografía inusual, una buena parte de su trabajo es tradicional. De hecho muchos de sus poemas son sonetos.
La revista "The new masses", que divulgaba las obras de los intelectuales comunistas norteamericanos en la década del 30, comentó en una oportunidad que los poemas de Cummings tenían un gran apego a la filosofía social marxista, algo que el autor comenzó a dejar de lado tras profundizar sus críticas a la burocratización estalinista para pasar a aproximarse a la ideología anarquista, sin dejar de admitir que la labor del artista debía vincularse con las propuestas de una organización comunitaria. Esta forma de pensar abarcó los dos últimos tercios de la vida del poeta y se reflejó ampliamente en su textos.
Publicó más de novecientos poemas, dos novelas, muchos ensayos y una gran cantidad de dibujos, bocetos y pinturas. Con su estilo explosivo, sutilmente popular y provocativo, cosechó fanatismos a favor y en contra y es considerado una de las voces más importantes de la poesía del Siglo XX. Falleció el 3 de septiembre de 1962.

I CARRY YOUR HEARTH WITH ME

i carry your heart with me (i carry it in
my heart) i am never without it (anywhere
i go you go, my dear; and whatever is done
by only me is your doing, my darling) i fear

no fate (for you are my fate, my sweet) i want
no world (for beautiful you are my world, my true)
and it's you are whatever a moon has always meant
and whatever a sun will always sing is you

here is the deepest secret nobody knows
(here is the root of the root and the bud of the bud
and the sky of the sky of a tree called life;
which growshigher than the soul can hope or mind can hide)
and this is the wonder that's keeping the stars apart
i carry your heart (i carry it in my heart)

LLEVO TU CORAZON CONMIGO

llevo tu corazón conmigo, (lo llevo en
mi corazón) nunca estoy sin él (donde quiera
que voy, vas vos amada mía; y lo que sea que yo haga
lo hacés vos también querida) no temo

al destino (porque vos sos mi destino, dulce) no quiero
ningún mundo (porque vos sos mi mundo, mi verdad)
y eso es lo que sos vos lo que la luna siempre ha sido
y todo lo que un sol cantará siempre serás vos

he aquí el secreto más profundo que nadie conoce
(he aquí la raíz de la raíz y el brote del brote
y el cielo del cielo de un árbol llamado vida;
que crece más alto de lo que el alma puede esperar o la mente ocultar)
y éste es el prodigio que mantiene a las estrellas apartadas
llevo tu corazón (lo llevo en mi corazón)


SOMEWHERE I HAVE NEVER TRAVELLED

somewhere i have never travelled, gladly beyond
any experience, your eyes have their silence:
in your most frail gesture are things which enclose me,
or which i cannot touch because they are too near

your slightest look easily will unclose me
though i have closed myself as fingers,
you open always petal by petal myself as Spring opens
(touching skilfully, mysteriously) her first rose

or if your wish be to close me, i and
my life will shut very beautifully, suddenly,
as when the heart of this flower imagines
the snow carefully everywhere descending;

nothing which we are to perceive in this world equals
the power of your intense fragility: whose texture
compels me with the color of its countries,
rendering death and forever with each breathing

(i do not know what it is about you that closes
and opens; only something in me understands
the voice of your eyes is deeper than all roses)
nobody, not even the rain, has such small hands

EN UN LUGAR AL QUE NUNCA HE VIAJADO

en algún lugar al que nunca he viajado, felizmente más allá
de cualquier experiencia, tus ojos tienen su silencio:
en tu gesto más frágil están las cosas que me rodean,
o aquellas que no puedo tocar porque están demasiado cerca

tu mirada más leve fácilmente me libera,
pese a que he cerrado mi ser como un puño,
vos me abrís siempre pétalo por pétalo, como la Primavera abre
(tocando hábil, misteriosamente) su primera rosa

o, si es tu deseo cerrarme, yo y
mi vida se cerrarán muy hermosa, repentinamente,
como cuando el corazón de esta flor imagina
la nieve descendiendo cuidadosamente en todas partes

nada de lo que podemos percibir en este mundo se compara
con el poder de tu intensa fragilidad: cuya textura
me somete con el color de sus tierras,
mostrando muerte y eternidad con cada respiración

(no sé que hay en vos que se cierra y se abre;
sólo que hay algo en mí que entiende
que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas)
Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas

25 de mayo de 2008

Elizabeth Bishop o el arte de perder

La poetisa norteamericana Elizabeth Bishop nació en Worcester, Massachusetts, el 8 de febrero de 1911 y falleció en Boston, el 6 de octubre de 1979 mientras se desempeñaba como profesora en la Universidad de Harvard. No fue una escritora muy prolífica, pero la profundidad, la calidad y la innovación de su obra la convirtieron en una referente necesaria dentro de la poesía del siglo XX. Publicó su primer libro cuando tenía treinta y cinco años, y su obra se reduce a cuatro poemarios: "North & south" (Norte & sur, 1946), "A cold spring" (Una fría primavera, 1955), "Questions of travel (Cuestiones de viaje, 1965) y "Geography III" (Geografía III, 1976), además de las compilaciones "The complete poems" (Poemas completos, 1969) y la póstuma "New poems" (Nuevos poemas, 1979).
Así como sus dos primeros libros fueron premiados con el Pulitzer, el resto de sus poemarios fueron distinguidos con los galardones más prestigiosos de su país: el National Book Award y el National Book Critics Circle. El reconocimiento de la crítica especializada es unánime, al igual que el de sus contemporáneos. El poeta y ensayista mexicano Octavio Paz (1914-1998) escribió: "Tiene la ligereza de un sueño y la gravedad de una decisión. Sus poemas son construcciones muy rigurosas y, en apariencia, tradicionales, pero los efectos son turbadores".
He aquí un par de sus más recordados poemas:

ONE ART
The art of losing isn't hard to master;
so many things seem filled with the intent
to be lost that their loss is no disaster.

Lose something every day. Accept the fluster
of lost door keys, the hour badly spent.
The art of losing isn't hard to master.

Then practice losing farther, losing faster:
places, and names, and where it was you meant
to travel. None of these will bring disaster.

I lost my mother's watch. And look! my last, or
next to last, of three loved houses went.
The art of losing isn't hard to master.

I lost two cities, lovely ones. And, vaster,
some realms I owned, two rivers, a continent.
I miss them, but it wasn't a disaster.

Even losing you (the joking voice, a gesture
I love) I shan't have lied. It's evident
the art of losing's not too hard to master
though it may look like (write it!) like disaster.

UN ARTE
El arte de perder no es muy difícil;
tantas cosas contienen el germen
de la pérdida, pero perderlas no es un desastre.

Pierde algo cada día. Acepta la inquietud de perder
las llaves de las puertas, la horas malgastadas.
El arte de perder no es muy difícil.

Después intenta perder lejana, rápidamente:
lugares, y nombres, y la escala siguiente de
tu viaje. Nada de eso será un desastre.

Perdí el reloj de mi madre. ¡Y mira! desaparecieron
la última o la penúltima de mis tres queridas casas.
El arte de perder no es muy difícil.

Perdí dos ciudades entrañables. Y un inmenso
reino que era mío, dos ríos y un continente.
Los extraño, pero no ha sido un desastre.

Ni aun perdiéndote a ti (la cariñosa voz, el gesto
que amo) me podré engañar. Es evidente
que el arte de perder no es muy difícil,
aunque pueda parecer (¡escríbelo!) un desastre.


SONNET
I am in need of music that would flow
Over my fretful, feeling finger-tips,
Over my bitter-tainted, trembling lips,
With melody, deep, clear, and liquid-slow.


Oh, for the healing swaying, old and low,
Of some song sung to rest the tired dead,
A song to fall like water on my head,
And over quivering limbs, dream flushed to glow!


There is a magic made by melody:
A spell of rest, and quiet breath, and cool
Heart, that sinks through fading colors deep
To the subaqueous stillness of the sea,
And floats forever in a moon-green pool,

Held in the arms of rhythm and of sleep.

SONETO
Necesito de la música que pueda flotar
Sobre las inquietas puntas de mis dedos,
Sobre mis amargos y manchados, temblorosos labios,
Con melodía profunda, clara y lentamente líquida.


Oh, el curativo balanceo, viejo y humilde,
De alguna canción que sonó para el descanso del alma agotada,
Una canción que se derrama, como agua fría, sobre la cabeza
¡Y sobre estremecidos miembros, los sueños salen a caminar!


Hay algo mágico creado por la melodía:
Un hechizo de tranquilidad, una quieta respiración
Y un corazón fresco que se sumerge atravesando colores marchitos
Hacia la honda, sumergida tranquilidad marina,
Y que flota siempre en un charco, verdoso por la luna,
Alzado en brazos por el sueño y el ritmo.

24 de mayo de 2008

Charles Baudelaire, el poeta condenado

Charles Pierre Baudelaire nació en París el 9 de abril de 1821, en plena época de la Restauración. Su padre, Joseph Francois, era un ex-seminarista que con más de sesenta años engendró al futuro escritor. Tenía un hijo de su primer matrimonio: Claude Alphonse. Su madre Caroline dio a luz a Baudelaire cuando no había cumplido los treinta.
Seis años después, al morir el padre, su viuda se casó en segundas nupcias con el coman­dante Jacques Aupick. Baudelaire que conservaba de los primeros años de su infancia un grato recuerdo de su padre, rápidamente sintió animadversión por el nuevo esposo de su madre, un sentimiento que, al parecer, fue recíproco.
En la época en que sucedieron las jornadas revolucionarias de junio de 1830 que obligaron a abdicar al ultraabsolutista monarca Carlos X de Borbón (1757-1836) y substituirlo por Luis Felipe de Orleans (1773-1850), el padrastro de Baudelaire consiguió la graduación de teniente coronel y tuvo que desplazarse a Lyon. Allí Baudelaire fue internado en el Collége Royal, del que guardaría un mal recuerdo. Cuando volvieron a ascender a su padrastro, esta vez a general del Estado Mayor, la familia regresó a París y el joven pasó entonces al internado del Liceo Luis LeGrand, donde al ca­bo de dos años (1839) fue expulsado, sin que se sepa todavía el porqué, aunque consiguió aprobar el examen de grado superior.
A pesar de sentir una clara vocación por las letras tras la lectura de Charles Sainte Beuve (1804-1869), André Chénier (1762-1794) y Alfred de Musset (1810-1857), se matriculó en 1840 en la Facultad de Derecho, curiosamente junto con otros poetas como Gustave Le Vavasseur (1819-1896) y Ernest Prarond (1821-1909). Dos años antes, a los diecisiete, había escrito sus primeros versos, que se­rían ya característicos.
Poco después, inició su afición a la vida bohemia y disipada caracterizada por sus continuos choques con el ambiente familiar y su inclinación hacia las drogas. Empezó a frecuentar prostíbulos y a tra­vés de una extraña relación con una prostituta de origen hebreo, contrajo quizá una enfermedad venérea que estaría latente toda su vida y que motivaría más adelante su poema "Une nuit que j'étais près d'une affreuse Juive" (Una noche que estaba junto a una horrible judía). Su círculo de amis­tades literarias, mientras tanto, se fue ensanchando: Gérard de Nerval (1808-1855), Honoré de Balzac (1799-1850) y Charles Sainte Beuve (1804-1869) entre otros.
Para alejarlo de ese ambiente, su familia lo embarcó con destino a Calcuta el 9 de junio de 1841. El viaje fue interrumpido a mitad de camino por una tempestad y el joven conflictivo, enfermo y deprimido psicológicamente, regresó desde la isla Reunión en otro barco. La aventura imprimió una profunda huella en el poeta.
En 1842, nuevamente en París, entabló amistad con Théophile Gautier (1811-1872) y Théodore de Banville (1823-1891) y, al cumplir los veintiún años, recibió la herencia de su padre (75.000 francos) que le permitió independizarse. Abandonó entonces el piso familiar y se instaló en un pequeño apartamento junto al Sena. En un pequeño teatro del Barrio Latino conoció a Jeanne Duval (1820-1862), una actriz mulata de la que se enamoró y quien dedicaría varios poemas: "Le balcon" (El balcón), "Parfum exotique" (Perfumes exóticos), "La chevelure" (La cabellera) y "Le serpent qui danse" (La serpiente que danza).
Los continuos derroches obligaron a su padrastro a controlar la herencia, dándole una pequeña cantidad trimestral. Cambió entonces de domicilio y para conseguir dinero, comenzó a publicar de forma anónima. Se instaló en un hotel por 350 francos al año y es allí donde formó el "Club des Haschischins" (Club de fumadores de haschis). Baudelaire tomaba opio en forma de láudano desde joven, pero el haschis era, en aquellos días, signo de status en los círculos literarios.
En 1844, su madre consiguió que se nombrara a un asesor judicial como su administrador. La tarea recayó en el notario de Neully, un funcionario completamente ajeno a la literatura que no perdió jamás de vista los intereses de su patrimonio. En la correspondencia del escritor figuran testimonios, casi diarios, de los sufrimientos que soportó en el curso de los veintidós años de vida que le quedaban, y durante los cuales, a pesar de la miseria, la enfermedad, las deudas y también el hambre, pudo sin embargo, desarrollar su obra.
Su primera publicación, firmada Baudelaire-Dufäys fue "Le salon" (El salón, 1845), un librito de crítica de arte. Paralelamente, la revista "L'artiste" publicó el poema "A une dame créole" (A una dama criolla) que fuera compuesto en la isla Mauricio, durante una escala en su fallido viaje de 1841. Este mismo año, como las deudas se acumulaban incesantemente, planeó con la Duval un falso suicidio. Baudelaire, luego de dejarle sus escritos a Banville y pedirle a su amigo el químico Louis Ménard (1822-1901) que le preparase ácido prúsico, se hizo un pequeño corte en el pecho con un cuchillo, en un cabaret de la calle Richelieu. El fraude sirvió para que su padrastro cancelara alguna de sus deudas. Luego fue hospedado por su madre hasta su curación y, una vez recuperado, volvió a vivir con su amante.
Durante 1846 publicó algunos poemas y ensayos en las revistas "Corsaire-Satan", "L'espirit public" y "L'artiste", y al año siguiente publicó su único cuento, "La Fanfarlo", en el "Bulletin de la société des gens de lettres" con notables influencias de Balzac. Por entonces leyó a Edgar Allan Poe (1809-1849) con quien quedó conmovido hasta el punto de dedicarse durante diecisiete años a traducir al francés toda su producción.
En febrero de 1848 tuvo lugar en París la revolución que derrocó al gobierno corrupto de Luis Felipe I y provocó la llegada al poder de la Se­gunda República francesa. Baudelaire estuvo en las barricadas y escribió para el periódico de tendencia socialista "Le salut publique". Durante la revolución trabó amistad con el pintor Gustave Courbet (1819-1877) quien más adelante pintaría un retrato suyo, y con Auguste Poulet Malassis (1825-1878), activo participante en la insurrección y futuro editor de sus obras. Su madre, mientras tanto, se marchó a Estambul acompañando a su esposo que había sido nombrado em­bajador. Cuando en 1851 Luis Napoleón Bonaparte (1808-1873) dio un golpe de estado y asumió todos los poderes, Baudelaire estaba enfurecido, quizá también porque designó a su padrastro como embajador en Madrid.
En 1855 se celebró en París una Exposición Universal y Baudelaire recibió el encargo de hacer la crítica de los salones de pintura, cosechando con ello un gran éxito, al tiempo que, al fallecer su pa­drastro, reanudó la relación epistolar con su madre. Por fin, el 25 de junio de 1857 apareció la principal obra del poeta "Les fleurs du mal" (Las flores del mal), una recopilación de poemas.
Inmediatamente después de su publicación, el gobierno francés acusó a Baudelaire de atentar contra la moral pública y la edición fue confiscada por mandato judicial. A pesar de que la élite literaria francesa salió en su defensa, Baudelaire fue multado y seis de los poemas contenidos en el libro desaparecieron en las ediciones posteriores (la censura no se levantó hasta 1949). El poeta fue procesado en medio del escándalo general fogoneado desde el periódico conservador "Le Figaro" y condenado a pagar una multa de 300 francos de multa por ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres.
En su defensa, Baudelaire respondió: "Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias". A pesar de su condena, en 1859 y 1860 el Ministerio de Instrucción Pública le concedió una ayuda de trescientos francos, pero ante el público quedó identificado, incluso hasta mucho después de su muerte, con la depravación y el vicio. Amargado, incomprendido, Baudelaire se aisló aún más.
Su siguiente obra, "Les paradis artificiels" (Los paraísos artificiales, 1860), es un relato de sus experiencias con las drogas. Ya por entonces leía con admiración -y cierta desconfianza- a dos escritores todavía desconocidos: Stéphane Mallarmé (1842-1898) y Paul Verlaine (1844-1896).
Sus ataques crónicos se agudizaron con transtornos nerviosos, cólicos y dolores musculares, las cápsulas de éter y el opio eran sus compañeros inseparables. Se empeñó entonces en la segunda edición de "Las flores del mal", la que, com­pletamente retocada, apareció en 1861, el mismo año en que presentó su candidatura a la Academia Francesa. Sin embargo su postulación fracasó debido a la oposición de los académicos.
En 1862 publicó algunos poemas en "L'artiste", "Le boulevard" y "La presse", lo que no alivió su precaria condición económica. Nervioso, enfermizo, arruinado y desconocido, siempre unido a su amante alcoholizada y luego parapléjica, Baudelaire arrastraba una vida de fracasado.
A partir de 1864 y hasta 1866, vivió en Bélgica a cubierto de sus acreedores y en donde pensaba tener mayor libertad y éxito de público, pero sus conferencias no tuvieron el éxito esperado.
Desilusionado, escribió "Belgique deshabillée" (Bélgica al desnudo). Simultáneamente en París se publicaban poemas en prosa en "La vie parisienne" y en la "Revue de París" otros seis poemas en prosa titulados "Le Spleen de París".
El 4 de febrero de 1866 se cayó durante una visita a una iglesia víctima de un ataque de parálisis cerebral, seguido de la pérdida del habla. Casi un año después fue trasladado a París, donde
falleció el 31 de agosto de 1867, a la edad de 46 años. Fue enterrado en el cementerio de Montparnasse, al lado de su padrastro y en cuyo mausoleo reposaría también su madre cuatro años después.
A su funeral asistieron un centenar de amigos y escritores. La Société des Gens de Lettres no envió a ningún delegado. Idéntica inacción mostraron los periódicos locales. Solamente el escritor Edmond de Goncourt (1822-1896), autor de un valioso testimonio sobre la sociedad literaria parisina de fines del siglo XIX al que llamó "Journal" (Diario) escribió impiadosamente: "La locura del artista, del escritor, hace que se los sobrestime una vez muertos; del mismo modo que la guillotina contribuye al ascenso de la escritura de los guillotinados en los catálogos de autógrafos". Póstumamente se publicaron muchas de sus obras que permanecían inéditas y su correspondencia. El reconocimiento de la crítica, como suele suceder, llegaría mucho tiempo después.
Baudelaire fue con toda justicia el iniciador de la poesía moderna. En sus obras vertió la experiencia dolorosa de su vida, muchas veces de modo simbólico, mezclando su obsesión por la muerte, la sensualidad y el misticismo.

23 de mayo de 2008

Lutero y el antisemitismo

El fraile agustino e instigador del cisma protestante Martin Lutero (1483-1546) formuló, respecto de los judíos, opinio­nes contradictorias que fueron desde el insulto has­ta la exaltación.
Para intentar establecer una cierta lógica en estos juicios habría que fundarse en la cronología. En un opúsculo de 1523, "Das Jesús Christus ein geborener jude sei" (Que Jesucris­to nació judío), el reformador se mostraba favorable a los israelitas: "... Los judíos son de la raza de Cristo... Jamás Dios concedió a ningún pueblo pagano un honor tan grande como a los judíos". Por el contrario, en una obra de 1542, "Gegen die luden und ihre lügen" (Con­tra los judíos y sus mentiras) Lutero propuso que se aplicasen a los judíos unas medidas extremadamente severas, lle­gando finalmente hasta la expulsión.
Un cambio de semejante naturaleza debe haber sido consecuencia de una esperanza frustrada: en el co­mienzo de su predicación, Lutero, al presentar un cristianismo renovado, desembarazado de supers­ticiones, esperaba que los espíritus de buena volun­tad, y en particular los judíos, vendrían a Cristo. Los judíos, naturalmente, se mostraron indiferentes, y el reformador, decepcionado, los condenó a la desaparición. Este enfoque ha sido adoptado por la mayoría de los historiadores y aparece en la ma­yoría de los ensayos que tratan la cues­tión. No obstante, el argumento tropieza con serias objecciones ya que otros textos de los años 1520 son, asimismo, extremadamente severos respecto de los judíos, mientras que algunos escritos de los útlimos años de Lutero insisten todavía en el carácter privile­giado del pueblo judío.
Por consiguiente, no exis­tió un cambio radical en el pensamiento del re­formador; en 1523, Lutero no se hacía demasiadas ilusiones sobre la posibilidad de convertir a los judíos; comenzó su obra explicando que quería exponer sus ideas sobre el nacimiento de Jesús "con el propósito también de atraer, quizás, a algunos judíos a la fe cristiana", lo que deja un margen muy reducido para una hipotética decepción.
Un punto de vista menos simplista ha sido ex­puesto en la segunda mitad del siglo XX por algunos historiadores que afirmaron la unidad del pensamiento luterano sobre la cuestión judía y subrayaron que las variaciones, con frecuencia seña­ladas, obedecían, sobre todo, a una evolución de las concepciones teológicas del reformador. Este enfoque parece mucho más satisfactorio que el anterior, aunque no destaca con suficiente claridad la ambivalencia de las ideas lutera­nas. Lutero, en cuanto teólogo, recorrió un camino de evolución ideológica y, en cada etapa, con­sideró de manera diferente el lugar de los judíos en la economía de la salvación. Pero el Lutero hombre del medioevo no cambió; sus escri­tos ofrecen un testimonio notable de la desconfianza que animaba a todos los clérigos respecto de los judíos. El judío descendiente de Abraham era considerado con cierta indulgencia; el ju­dío contemporáneo no merecía más que insultos. Incluso el texto de 1523 era bastante duro al afirmar que "los judíos se apartan del resto de la Humanidad", que "se refugian en la mentira y en la mala fe", que "únicamente se aferran a la letra de la Escritura" y que "son incapaces de comprender un pensamiento su­til".
La única concesión de Lutero consis­tió en decir que la política represiva del papado había contribuido a impedir que los judíos hubieran podido "salir de esa lamentable situación". Poco tiempo después, en su último texto dedicado a la guerra de los campesinos, atacó con violencia a los judíos, cuyo corazón "está tan rebosante de fu­nesta perfidia que no tienen otro deseo profundo que el de suscitar escándalo. Los judíos son malvados y peligrosos, detestan a los cristia­nos, sus libros son inmorales, roban y explotan al pobre pueblo". Estos temas clásicos que figuran en los escritos del reformador, ponen de ma­nifiesto que éste es, en el fondo, un reflejo de su época.Medio siglo más tarde, el pastor evangélico Georg Nigrinus (1530-1602), publicó en 1570 un breve tratado, "Luden feind" (Invitación al anemigo), en el cual es­cribió: "Queridos cristianos, tomad este librito. Mirad el pérfido corazón de los judíos, no se trata en verdad de ninguna broma. Son los enemigos de Cristo; ¿en qué creéis que aplican su inteligen­cia? Si tuvieran poder sobre el mundo, del mismo modo que se han apoderado ya de vuestro dinero, si poseyeran el imperio sobre los pueblos y los ejércitos, tal como lo desean día y noche, nos estrangularían como a perros rabiosos y no so­portarían ni siquiera un sólo cristiano durante más de una hora. Los judíos desean que venga a este mundo un mesías para que nos asesine y nos apuñale a todos a fin de que nadie pueda opo­nérsele".
"También los turcos son enemigos de Cristo -prosigue Nigrinus-, insultan y persiguen el nombre cristiano. Sin em­bargo, no profieren diariamente blasfemias ho­rribles contra Cristo, como lo hacen los talmu­distas. Los papistas atacan igualmente a Cristo y a su pueblo a causa del dogma que afirma que el Salvador y el Redentor nos juzga dignos de la gracia a causa de nuestra fe y no de nuestro mé­rito o de nuestra dignidad. Pero, con excepción de este punto, respetan los artículos de la fe. Por el contrario, los talmudistas, no se contentan con rechazar absolutamente los textos apostólicos, con reírse y burlarse de los artículos de la fe cristiana, sino que han llegado hasta proferir a este respecto blasfemias horribles".
El teólogo evangélico fue más allá todavía: "No ignoro que algunos consideran indispen­sables a los judíos y a su usura, porque, sin ellos, muchos mercaderes u otras personas quedarían reducidos a la miseria. Sí, no ignoro que, en oca­siones, se hace de la miseria una virtud. Pero si el mundo quiere transformar el pecado en virtud y al Diablo en Dios, que lo haga bajo su única res­ponsabilidad. Por lo que a nosotros respecta, que­remos, no solamente vernos desembarazados de los judíos y de su dinero usurario, sino también de todos los demás usureros. Pluguiera a Dios que estuvieran donde tendrían que estar. Alguno podría preguntarse: ¿Son acaso los judíos los únicos que practican la usura, que persiguen, que acaparan? ¿No es cierto que los cristianos hacen lo mismo? A esto yo respondo: ¡No! Los verdaderos cristianos no lo hacen. Pero existen en el mundo falsos cristianos que lo ha­cen. Por consiguiente, yo preciso: considero a los judíos como judíos, sean bautizados o circunci­sos. Aunque no todos tengan el mismo origen, constituyen juntos una sóla camarilla. Rinden cul­to juntos a un Dios al que Cristo llamó Mammón y que, al final de los tiempos, será precipitado jun­tamente con sus servidores en el reino del Diablo. Si no se quiere expulsarlos, si se los soporta por clemencia y por bondad, y no a causa de su dinero, lo mejor sería que se les diera un pue­blo a construir para sí mismos, y que se les de­jara vivir en él de su trabajo, como lo hacen los demás hombres, en lugar de dejarlos vivir dis­persos aquí y allá y consentirles que exploten a las personas sencillas. Si vivieran solos y tu­vieran que alimentarse con su trabajo manual, perderían mucho de su arrogancia".
Y concluye: "Dios los ha rechazado. Los cristianos quie­ren ensalzarlos. Dios los ha expulsado, arroja­do de su país. Nosotros los mimamos y les deja­mos vivir en nuestro país. Dios los castiga con su dura cólera. Entre nosotros se les conceden los más insignes favores. Dios quiere someterlos a todos los pueblos para imponerles el esfuerzo y el trabajo. Pero entre los cristianos se les ayuda para que se conviertan en grandes señores y se den la gran vida en el ocio".
Tanto en la Edad Media como a comienzos de la Edad Moderna, los judíos inspiraron un horror sagrado. Es llamativo que los cristianos pudieron escindirse entre católicos y protestantes e, inclusive, llegar a la guerra, lo que no impidió que en ambos bandos persistiera el odio hacia los judíos.
Muy elocuente resulta la carta que Lutero escribió a su mujer, el 1 de febrero de 1546: "He sido presa de un malestar poco antes de llegar a Eisleben. Ha sido culpa mía. Pero si tú hubieras estado entonces, habrías dicho que la culpa correspondía a los judíos o a su Dios, ya que hemos tenido que atravesar, un poco antes de llegar a Eisleben, un pueblo donde viven muchos judíos; tal vez han sido ellos los que han soplado tan fuerte contra mí. En este mo­mento hay más de 50 judíos que viven en Eisle­ben. Y esto es verdad: cuando he pasado en coche cerca de este pueblo, un viento frío ha entrado en el coche por detrás y ha soplado sobre mi cabeza a través del bonete como para trans­formar mi cerebro en un bloque de hielo. Ello ha podido contribuir a mi mareo. Una vez que haya arreglado los asuntos prin­cipescos, deberé imponerme la tarea de expulsar a los judíos. El conde Albert les es hostil y los ha puesto ya fuera de la ley; pero nadie les hace nada todavía. Si Dios quiere, quiero ayudar al conde Albert desde el pulpito y ponerlos, tam­bién yo, fuera de la ley".
La estupidez humana no reconoce límites, ni temporales, ni geográficos, ni raciales, ni de ninguna índole. Las religiones tampoco. La estupidez humana es tan vieja como el mundo. Las religiones también.

21 de mayo de 2008

Dante Alighieri o el infierno tan temido

En la pila bautismal, el creador de la "Divina Comedia" recibió el nombre de Durante, en honor de su abuelo materno. Sin embargo, cariñosamente se le impuso la forma abreviada Dante, que por último él mismo convertiría en su nombre público. Más azarosa fue la historia del apellido, sobre todo porque no existen re­gistros fidedignos que fijen una grafía única. A lo largo de la vida de Dante se emplearon varias formas: Alighiero (utilizada por su padre), Aldighiero, Allaghieri, Allighieri y Alligieri fueron las más comunes. Pero en definitiva se impuso la fijada por Giovanni Boccaccio (1313-1375) al hacer la biografía del florentino: Alighieri.
"De mediana talla fue nuestro poeta -dijo el autor del 'Decameron'-, y a partir de cierta edad anduvo siem­pre algo encorvado. De rostro alargado y de nariz aquilina, los ojos más bien grandes que pequeños, de fuertes mandíbulas y con el labio superior más avanzado que el inferior. Tuvo color moreno y los cabellos y la barba espe­sos, negros y crespos, y su rostro se mostró siempre melancólico y pensativo. Sus vestidos fueron dignísimos y convenientes a sus cambios de edad, y su andar grave y reposado. En hábitos domésticos o públicos fue siempre maravillosamente pulido y circunspecto. En el comer y en el beber fue de extrema parquedad. Nadie tan atento como él en el desempeño de cualquier ocupación que debiera cumplir. Raras veces, a no ser que lo interrogasen, tomaba la palabra, por más que de natural fuera de gran elocuencia".
Dante Alighieri nació en Florencia el 14 de mayo de 1254 y muy poco se conoce acerca de su educación, aunque sus libros reflejan una vasta erudición que comprendía casi todo el conocimiento de su época. En sus comienzos ejercieron una gran influencia sobre él las obras del filósofo humanista Brunetto Latini (1220-1294) y las del poeta Guido Cavalcanti (1250-1300). "En su juventud se deleitaba grandemente en sones y cantares -prosigue Boccaccio-, y por gustarle tanto fue amigo de casi todos los músicos y cantantes de su tiempo. Asimismo, resultó grandemente apasionado en cosas de amor. Avanzado en edad se volvió muy solitario y amigo de pocos. En los estudios fue muy asiduo, de sorprendente y de sublime ingenio, como lo demuestran sus obras, admirables y peregrinas. Deseosísimo fue de honor y de pompa, más por ventura de lo que al sabio cuadraría. Pero, ¿qué vida ha habido tan humilde que no haya sido tocada por la dulcedumbre de la gloria?".
La primera obra literaria de Dante fue "La vita
nuova" (La vida nueva, 1295) compuesta de poemas en forma de soneto entre los que se intercalan textos en prosa, a la que siguió "Convivio" (El banquete, 1307) una colección de extensos poemas. Pero su obra maestra fue "Commedia" (llamada así originalmente hasta que el propio Boccaccio le añadió el adjetivo y pasó a llamarse La Divina Comedia), la que debió comenzar alrededor de 1307 para concluirla poco antes de su muerte. Se trata de una narración alegórica en verso, de una gran precisión y fuerza dramática, en la que se describe el imaginario viaje del poeta a través del Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. De acuerdo con la ciencia de su tiempo, Dante creía que la Tierra era el centro in­móvil del universo y que estaba habitada sólo en el hemisferio septentrional, ya que al austral lo cubrían las aguas. En el centro del hemisferio habitado se encontraba Jerusalén y por debajo de esta ciudad el poeta inicia su viaje de ultratumba.
El descenso lo hace por una especie de embudo gigantesco cuyo vértice es también el centro del planeta. Este embudo, que se angosta según se hace más profundo, es el Infierno. De él se sale por una delgada grieta que con­duce hasta la superficie del hemisferio austral, en las antípodas de Jerusalén. Allí hay una isla y en ella una montaña con forma de cono truncado, el Pur­gatorio, en cuya cúspide está la frondosa planice del paraíso terrenal. Más allá, alrededor de la Tierra giran (con velocidad creciente conforme su lejanía) los nueve cielos del Paraíso eterno; cinco corresponden a los planetas enton­ces conocidos (Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno), dos al Sol y la Luna, y dos a las estrellas fijas y errantes. Fuera de ellos, totalmente inmóvil se encuentra el Empíreo, desde donde es posible contemplar a Dios.
Acorde con este plano general, cada uno de los reinos de ultratumba tie­ne su propia topografía. El Infierno está dividido en dos grandes secciones, el Alto y el Bajo Infierno. La primera corresponde a quienes pecaron por in­continencia y la segunda a aquellos que lo hicieron por malicia; en la suma de ambas se despliegan los nueve círculos donde el poeta agrupa a los pecadores. En los cinco primeros círculos se hallan los que por sus pecados padecen tormentos eter­nos no atroces, siendo castigados por el agua, el viento, la nieve y el fango. Del sexto círculo, al último, en cambio, se castiga a quienes han pecado por maldad y que por lo mismo deben sufrir el tormento del fuego.


Los primeros seis círculos están dispuestos para los no bautizados; los lujuriosos; los glotones, los soberbios y los envidiosos; los avaros y los pródigos; los iracundos, los orgullosos y los melancólicos; y, por último, los heresiarcas.Conforme se desciende, el Infierno se hace más estrecho y los tres círcu­los finales se subdividen en varias zonas reservadas a los pecadores más in­fames. Así, el séptimo círculo (reducto de quienes pecaron con violencia y bestialidad) se divide en tres zonas (los homicidas y los ladrones, los suicidas y los blasfemos, los sodomitas y los usureros); el octavo (la fosa de los malditos) en diez (los seductores y los rufianes, los aduladores y los cortesanos, los simoníacos, los adivinos y los charlatanes, los traficantes, los hipócritas, los corruptos y los estafadores, los malos consejeros, los cismáticos y los falsarios); y el noveno (el círculo de los traidores) en tres (los traidores a la familia, los traidores a la patria y los traidores a los amigos y benefactores). Entre los dos últimos se encuentra el pozo de los gigantes (donde moran los espíritus de esas figu­ras mitológicas) y al final del Infierno está Lucifer, quien con sus tres bocas devora eternamente a Judas, Bruto y Casio.


El Purgatorio es un monte escalonado por varias cornisas y dividido tam­bién en dos secciones, la inferior delimitada por una esfera de aire y la supe­rior por una de fuego. La primera corresponde al Antepurgatorio, en tanto que después de pasar la segunda se entra al Purgatorio propiamente dicho. Allí deben ascenderse siete cornisas, cada una identificada con uno de los pe­cados capitales. Las dos primeras alojan a quienes pecaron por amor perver­tido, las dos que siguen a los pecadores por amor negligente y las demás a los pecadores por amor excesivo. Todos están purgando sus respectivas culpas con diversos castigos físicos que son como la contrapartida de sus pecados; sólo a los lujuriosos los alcanza el fuego.En la cumbre del monte está el paraíso terrenal. Desde allí se asciende a los nueve cielos del Paraíso eterno donde están distribuidas, según sus méritos, las almas de quienes fueron ejemplos de bondad y justi­cia. En el noveno cielo se encuentran las jerarquías angélicas y más allá el Empíreo con su Rosa de los bienaventurados. En ese lugar sin referencias de tiempo ni espacio, Dante logra ver a Dios en una visión tan intensa que lo hace desfallecer.
La "Divina Comedia" está escrita en versos endecasílabos agrupados en tercetos. Son 14.333 versos distribuidos en 100 cantos: un canto de introducción y tres grupos de 33 cantos para cada una de las partes. La extensión de los cantos oscila entre los 112 y los 154 versos. Muchos cantos llevan un numero igual de versos: 12 de 136, 12 de 139, 12 de 145 y 16 de 142 versos, lo que indica la arquitectura casi perfecta y el equilibrio entre los cantos que buscó el poeta florentino. Lo mismo sucede en la extensión de las partes: 4.720 el infierno, 4.755 el Purgatorio y 4.858 el Paraíso.Dante Alighieri falleció en Rávena el 14 de septiembre de 1321.


Durante el siglo XV, muchas ciudades italianas crearon agrupaciones de especialistas dedicadas al estudio de la "Divina Comedia", y en los siglos que siguieron a la invención de la imprenta, aparecieron más de 400 ediciones distintas sólo en Italia. La epopeya dantesca inspiró a numerosos artistas, hasta el punto de que han aparecido ediciones ilustradas por los maestros italianos del renacimiento Sandro Botticelli (1445-1510) y Miguel Angel Buonarroti (1475-1564), y por los artistas ingleses John Flaxman (1755-1826) y William Blake (1757-1827). El compositore italiano Gioacchino Rossini (1792-1868) y el alemán Robert Schumann (1810-1856) pusieron música a algunos fragmentos del poema, y el húngaro Franz Liszt (1811-1886) se inspiró en él para componer un poema sinfónico.