27 de mayo de 2008

El nazismo como farsa y como tragedia

El nazismo llegó al poder gracias a la crisis eco­nómica. Su primer período de éxito coincidió con los años de inflación posteriores a la finalización de la Primera Guerra Mundial producto del desgobierno suscitado a partir de la crisis y posterior escisión del socialismo; declinó cuando en 1923 llegó la estabilidad monetaria de la mano de Gustav Stresemann (1878-1929) primero como Canciller y luego como Ministro de Asuntos Exteriores de la República de Weimar y volvió a florecer con la Gran Depresión de 1929.
Los comerciantes, empleados y artesanos ale­manes habían vivido un período de expansión durante casi un siglo; pero tras las duras privaciones de la guerra, las rentas se hundieron, el dinero careció de valor y el desempleo hizo estragos. Tras la breve pausa de 1924 a 1929, el sistema entró en una de sus periódicas crisis -tal vez la mayor hasta entonces- y los alemanes pasaron a tener miedo del hambre y la miseria.
Los competidores eventuales, los obreros y los comerciantes extranjeros comenzaron a ser mirados con descon­fianza y la suspicacia se extendió a los judíos. El 28 de marzo de 1933 el periódico del partido nacionalsocia­lista, el "Vólkischer beobachter", publicó: "Más de nueve millones de personas están sin trabajo en Alemania y nuestro proletariado intelectual se cuenta por centenares de millares. A pesar de ello, el pueblo alemán ha permitido a cientos de mi­les de intelectuales judíos que participen en las profesiones liberales". La solución propuesta resultaba muy clara: era preciso retirar a los judíos los empleos que habían usurpado. Un razonamiento que recuerda peligrosamente a los que hoy en día utiliza España con los marroquíes y los ecuatorianos, Italia con los albaneses y los rumanos, Francia con los argelinos, los libios y los tunecinos, Estados Unidos con los mejicanos y los colombianos, México con los guatemaltecos, los hondureños y los salvadoreños, y la Argentina con los bolivianos, paraguayos, peruanos y chilenos.
En 1924, el futuro Jefe de la Policía Secreta Heinrich Himmler (1900-1945) encargado de la persecución y eliminación metódica y sistemática de opositores ya fuesen socialistas, gitanos, judíos, homosexuales o testigos de Jehová, explicó cuáles fueron los mecanismos que condujeron al pueblo alemán a la ruina: "A causa de las especulaciones y las fluctuaciones que imprime a la Bolsa, la judería mantiene en un bajo nivel los precios de producción y hace aumentar sin cesar los precios de con­sumo. El agricultor debe ganar poco, el habitan­te urbano gastar mucho. La diferencia va a parar a los bolsillos de los judíos y de sus aliados". Lo que pasó por alto el jerarca nazi es que el sistema capitalista de producción no reconoce razas ni religiones.
No obstante, los alemanes se convencieron en seguida: del mismo modo en que el Estado restringía las importaciones extranjeras tenía la obligación de proteger el trabajo nacional. Fue entonces cuando apareció netamente el ca­rácter demagógico de la política nazi que, significativamente también, recuerda al discurso predominante en muchas clases dirigentes actuales.
Retomando el tema específico de los judíos, resulta instructiva la lectura de esa especie de autobiografía que constituye el primer volumen de "Mein kampf" (Mi lucha), en la cual Adolf Hitler (1889-1945) intentó establecer el itinerario espiritual del perfecto na­cionalista. Hitler creció en un ambiente hos­til a los judíos, los que estaban muy mal considerados en Linz, la ciudad en donde pasó su in­fancia. No estaban marginados en un ghetto, pero se encontraban envueltos en un ambiente de des­confianza al considerárselos a la vez que extranjeros como peligrosos ex­plotadores. Lo mismo le sucedió en Viena, en donde encontró a los judíos tradicionales que le produjeron una espe­cie de trauma: "Un día que atravesaba el casco viejo de la ciudad, me tropecé de pronto con un personaje que llevaba unos mechones de cabellos negros e iba vestido con un largo caftán. ¿También ése es un judío? Tal fue mi primer pensamiento. En Linz no tenían ese extraño aspecto. Exa­miné al hombre con disimulo y prudentemente, pero cuanto más contemplaba ese rostro extraño y escrutaba cada uno de sus rasgos, tanto más la primera pregunta que me había formula­do tomaba en mi cerebro otra formulación: ¿también ése es un alemán?".
La evolución del pensamiento de Hitler es la característica de muchos intelectuales desclasados y pequeño burgueses. Al viejo recelo, adquirido de un modo natural en la fami­lia, se añadió más tarde un sentimiento de profunda repul­sión: los verdaderos judíos, los que no se ocultaban tras las indumentarias de corte occidental, eran sucios y su suciedad física era el reflejo de su infe­rioridad de alma: "Que no tenían demasiado entusiasmo por el agua, es algo que uno podía advertir simplemente mirándolos, e incluso, por desgracia, con dema­siada frecuencia hasta cerrando los ojos. Más de una vez me ocurrió el sentir náuseas al percibir el hedor de estos vestidores de caftanes. Todos estos detalles eran de por sí muy poco atractivos; pero era una auténtica repugnancia la que surgía cuando descubría, bajo su capa de suciedad, la miseria moral del pueblo elegido. Porque, ¿existe acaso una forma cualquiera de suciedad, un tipo de infamia bajo toda clase de apariencias, en especial la vida social, en la cual siquiera un solo judío no haya participado? Tan pronto como se aplicaba el escalpelo a un abceso de esta naturaleza, se descubría, a la manera de un gusano en un cuerpo en putrefac­ción, un abyecto hebreo completamente deslum­brado por esta luz súbita".
En el capítulo XI de ese primer tomo -el único de al­cance doctrinal- Hitler dice: "Ahora comienza la mayor y última revolu­ción. En el momento en que el judío conquista el poder político, arroja los últimos velos que toda­vía lo ocultaban. El judío demócrata y amigo del pueblo cede la plaza al judío sanguinario y tirano de los pueblos. Persigue, al cabo de pocos años, exterminar a los representantes de la inteligencia y, al privar a los pueblos de los que eran por na­turaleza sus guías espirituales, los hace maduros para el papel de esclavo, puesto para siempre bajo el yugo".
Hitler, al igual que Himmler y toda su camarilla de secuaces, persiste en la idea de ignorar el devenir materialista de la historia y focaliza en un pueblo el origen de todas las tragedias.
La primera parte de la obra fue escrita en la cárcel. Una vez liberado en 1926, publicó un segundo tomo en el que definió lo que sería el Estado nacionalsocialista y las grandes líneas de su política exterior. En esta segunda parte, el peligro que representan los judíos proviene de su acción diplomática: "La finanza judía desea no solamente que Alemania sea radicalmente arruinada en el terreno económico, sino también que sea políticamente reducida de un modo completo a la esclavitud. Todo lo que se imprime en el mundo entero contra Alemania está escrito por los judíos, de la misma manera que, tanto en tiempo de paz como durante la guerra, la prensa de los bolsistas judíos y la de los marxistas atizó sistemáticamente el odio contra Alemania hasta conseguir que los Estados renunciaran a su neutralidad, unos tras otros, y, sacrificando los verdaderos intereses de los pueblos, entraran en la coalición mundial que nos hacía la guerra. El planteamiento que se hacen los judíos es evidente. La bolchevización de Alemania, es decir, la destrucción radical de la conciencia nacional popular alemana, que haga posible la explotación de la fuerza productora alemana sometida al yugo de la finanza judía internacional, no es sino el preludio de la extensión siempre creciente que culminará en la conquista del mundo entero soñada por los judíos. Si nuestro pueblo y nuestro Estado llegaron a ser las víctimas de estos tiranos de pueblos que son los judíos, sedientos de sangre y ávidos de dinero, toda la tierra quedará aprisionada en los tentáculos de estas hidras; pero si Alemania escapa a su presa, podremos considerar que el mayor peligro que jamás ha­yan conocido todos los pueblos del orbe no ame­nazará ya el mundo entero".
Es notable la similitud de estos argumentos con los expresados por el Departamento de Estado norteamericano: antes, en tiempos de la Guerra Fría, con la Unión Soviética; hoy, desmantelada la caterva burócrata del estalinismo, con los fundamentalistas musulmanes. En el nuevo mapa del mundo, los judíos pasaron de ser los aliados del marxismo internacional a ser socios de Estados Unidos en su lucha contra árabes y palestinos que no entienden las reglas del juego.
En una entrevista con­cedida al "Times" el 15 de octubre de 1930, Hitler expresó cuál era la consigna propia de los nazis: "Alemania para los alemanes", la que, curiosamente, recuerda aquella de "América para los (norte) americanos" que popularizó el entonces presidente de Estados Unidos James Monroe (1758-1831) en 1823. Ya en un discurso el 1 de abril de 1939 el dictador alemán había dicho: "Solamente después que este bacilo judío que infecta la vida de los pueblos haya sido elimina­do se podrá esperar la instauración de una coo­peración entre las naciones". Hoy tranquilamente se podría cambiar el nombre del bacilo judío por el de musulmán, o palestino, o inmigrante, o indígena, o cualquier otro y, en el fondo, nada habría cambiado.