11 de agosto de 2022

Trotsky revisitado (VI). Introito biográfico (2)

Eduardo González Calleja: Itinerario 1917-1940

González Calleja es autor de una veintena de libros, entre los que se destacan “Los golpes de Estado”, “La España de Primo de Rivera”, “Las guerras civiles. Perspectiva de análisis desde las Ciencias Sociales”, “Los totalitarismos”, “La violencia en la política. Perspectivas teóricas sobre el empleo deliberado de la fuerza en los conflictos de poder”, “El terrorismo en Europa”, “La hispanidad como instrumento de combate. Raza e Imperio en la prensa franquista durante la Guerra Civil Española”, “La razón de la fuerza. Orden público, subversión y violencia política en la España de la Restauración (1874-1917)” y “El máuser y el sufragio. Orden público, subversión y violencia política en la crisis de la Restauración (1917-1931)” entre muchos otros. Es además autor de numerosos artículos publicados en diversas revistas y antologías tanto españolas como extranjeras. Entre ellos pueden mencionarse “¿Por qué la política es escenario de violencia?”, “Entre dos continentes: estrategia de la tensión desde la ultraderecha latinoamericana a la europea”, “La represión estatal como proceso de violencia política”, “La definición y la caracterización de la violencia desde el punto de vista de las ciencias sociales”, “Conspiraciones. El acoso armado de las derechas a la democracia republicana”, “La radicalización de las derechas” y “La teoría y la praxis del golpe de estado en el siglo XX”. También es columnista habitual del suplemento “Artes & Letras” del periódico español “ABC”.
 
Cuando Trotsky regresó a Petrogrado en mayo de 1917, Lenin y Zinóviev asistieron a la ceremonia de bienvenida organizada por el Comité Interdistrito. En aquella reunión, Trotsky manifestó que la unidad de bolcheviques y mencheviques ya no significaba nada. Desde su llegada, Trotsky habló y actuó al lado de los bolcheviques. El dirigente bolchevique Fiodor Raskolnikov diría: “Trotsky, en esos momentos formalmente no era militante de nuestro partido, pero en la práctica desde el primer día de su llegada de América trabajó constantemente dentro de él. En cualquier caso, inmediatamente después de su primer discurso en el Soviet todos le consideramos uno de los dirigentes de nuestro partido. Los ecos de las antiguas discrepancias en el período previo a la guerra habían desaparecido totalmente. No existían diferencias entre la táctica de Lenin y Trotsky. Esa fusión, que ya se observaba durante la guerra, se demostró totalmente desde el momento en que Trotsky regresó a Rusia. A partir de su primer discurso público, todos nosotros, antiguos leninistas, le considerábamos uno de los nuestros”.
Para comprender el papel clave que Trotsky jugó en 1917 es suficiente leer cualquier periódico de la época o cualquier libro histórico, sea amistoso u hostil. Lo más llamativo son las líneas escritas sólo doce meses después de que los bolcheviques llegaran al poder: “Todo el trabajo práctico de organización de la insurrección se hizo bajo la dirección directa del camarada Trotsky, presidente del Soviet de Petrogrado. Se puede afirmar con total seguridad que el partido está en deuda, en primer lugar y sobre todo, con el camarada Trotsky por la rapidez con que la guarnición se pasó al lado de los soviets y por la forma de organizar el trabajo del Comité Militar Revolucionario”. Este pasaje fue escrito por Stalin en el primer aniversario de la Revolución de Octubre.
El Comité Militar Revolucionario quedó dividido en nueve secciones (defensa, abastecimientos, enlaces, información, milicias obreras, etc.) y designó comisarios en todos los destacamentos de la guarnición. Al tiempo, Trotsky reagrupó las distintas fuerzas revolucionarias, convocó el 21 de octubre una reunión general de los comités de los regimientos, colocó a los guardias rojos y a las organizaciones civiles en estado de alerta, elaboró el día 23 un plan detallado de acción y a la mañana siguiente publicó su famosa “Orden nº 1”, que daba vía libre al movimiento subversivo. La acción insurreccional fue ejecutada con éxito en la madrugada del 25 de octubre. Esa misma mañana, los bolcheviques habían logrado adueñarse de la capital sin apenas efusión de sangre. A mediodía, Trotsky dio cuenta de la situación al Soviet de Petrogrado, y por la tarde participó en el recién inaugurado II Congreso Panruso de los Soviets con una violentísima diatriba contra Martov y los mencheviques que se habían opuesto al proceso insurreccional triunfante.
Trotsky fue nombrado comisario de Asuntos Exteriores del primer Consejo de Comisarios del Pueblo controlado por los bolcheviques. También mantuvo sus funciones de jefe del Comité Revolucionario Militar para contrarrestar la respuesta militar de Kerensky, quien fue derrotado en Gatchina el 28 de octubre y en Pulkovo tres días después. Dentro del partido, participó en el Bureau del Comité Central compuesto además por Lenin, Stalin y Sverdlov.
El gran reto del nuevo gobierno revolucionario era cumplir su promesa de retirar a Rusia de la guerra europea, y esperar la que creía inevitable extensión del fermento revolucionario a escala mundial. Como encargado de la política exterior soviética, Trotsky hizo públicos los tratados secretos con los países aliados, y el 7 de noviembre comunicó a los embajadores europeos su decisión de iniciar los preliminares de la paz con Alemania, lo que generó una hostilidad precursora de la intervención militar internacional. El 14 de noviembre, el Alto Mando alemán aceptó iniciar las conversaciones para un armisticio, que comenzó a ser negociado el 9 de diciembre en la fortaleza de Brest-Litovsk. Trotsky llegó el día 27, cuando las fuerzas armadas rusas habían desaparecido virtualmente del frente, y tras un mes de negociaciones retornó a Petrogrado a informar al Comité Central del Partido, que contra la opinión de Lenin se mostró partidario de proseguir la guerra revolucionaria. Trotsky logró una solución de compromiso que fue aceptada días después por el III Congreso de los Soviets: la desmovilización total del Ejército y la continuación de las conversaciones de paz, pero volvió a Brest a mediados de enero para anunciar la retirada de las conversaciones, con la oculta esperanza (que los acontecimientos desmintieron poco después) de que los alemanes, presionados en el oeste y acuciados por una delicada situación interior, no tuvieran fuerzas para atacar. En el intervalo de estas duras negociaciones, tuvo tiempo de realizar el primer bosquejo de su “Historia de la Revolución Rusa”.
Cuando el 17 de febrero de 1918 los alemanes reiniciaron la ofensiva, Lenin y los partidarios de la paz reasumieron la iniciativa política, mientras que Trotsky, desacreditado por su conducta de las negociaciones de paz, se ponía a la cabeza del Comité revolucionario de defensa de Petrogrado, amenazada ahora por las tropas extranjeras. El día 23, Trotsky dio el voto decisivo en el Comité Central bolchevique para aceptar las condiciones del ultimátum alemán: desmovilización general, cesión de Letonia y Estonia y evacuación de Ucrania y Finlandia. Tras reconocer su equivocada gestión de las negociaciones de Brest-Litovsk, ofreció su dimisión como comisario de Asuntos Exteriores, pero el Comité Central le rogó que permaneciera en funciones hasta la firma de tratado de paz, que tuvo lugar el 3 de marzo.


Muy poco después, tras un tormentoso Congreso extraordinario del partido iniciado el 6 de marzo para debatir la paz con Alemania, Trotsky fue nombrado comisario de Guerra y presidente del Consejo Superior de Guerra, precisamente cuando la contrarrevolución “blanca” y la intervención internacional se habían puesto en marcha y amenazaban con ahogar al naciente estado socialista. En esa difícil situación, como lo atestiguó su agria polémica con Kautsky, fue uno de los más firmes partidarios de una defensa basada en el terror revolucionario: leyes de urgencia contra partisanos, reorganización de la Guardia Roja, intensificación de las actividades de la Tcheka, etc. También participó activamente en la creación de la Internacional Comunista y en la extensión de la propaganda revolucionaria en Oriente, aunque resistió a la propuesta de revolucionarismo a ultranza preconizada por Bujarin y Zinoviev.
Trotsky organizó prácticamente de la nada un Ejército Rojo nutrido de miembros del partido y de los Soviets, pero también de 30.000 antiguos oficiales zaristas, cuya dudosa lealtad quedó garantizada por la fiscalización de los comisarios políticos. Tampoco renunció a dirigir personalmente las operaciones desde su tren blindado, como sucedió en agosto de 1918 en el frente de Kazán contra la Legión Checa. A fines de septiembre, asegurada la zona del Volga, Trotsky retornó a Moscú y transformó el Consejo Superior de Guerra en Consejo Revolucionario de Guerra de la República, del que dependían los Consejos revolucionarios de guerra de cada frente de combate. Pasó el resto del otoño y el inicio del invierno en el frente sur, supervisando el mediocre trabajo militar de los partidarios de Stalin en Tsaritsin (luego Stalingrado y actualmente Volgogrado), mientras que en Moscú sus adversarios Stalin y Zinoviev intrigaban contra él ante Lenin. Su política militar no gozaba del apoyo inequívoco del partido. Además, sus penosos esfuerzos por contener a Denikin en Ucrania contrastaban con las derrotas sucesivas de Kolchak en el Volga y de Yudenitch frente a Petrogrado, que elevaron el prestigio de Kamenev y Stalin y que justificaron una amplia remodelación del Consejo Superior de Guerra. Trotsky amenazó entonces con dimitir de todos sus cargos, aunque Lenin logró disuadirle en el último momento. A mediados de octubre partió hacia Petrogrado, en peligro inminente de caer en manos de Yudenitch, y logró una gran victoria que preludiaba el fin de la guerra un año más tarde.
Trotsky fue aclamado como artífice del éxito bolchevique en la Guerra Civil, y fue condecorado con la Orden de la Bandera Roja, pero no logró transformar al Ejército en una milicia moderna, democrática y socialista. El tramo final del conflicto trajo su ocaso político: se opuso en vano a la invasión de Polonia, pero aceptó la de Georgia, y se implicó con toda su energía en la catastrófica política económica del comunismo de guerra (concretamente en una campaña de militarización del trabajo en 1920 que con su férrea disciplina implicaba un control totalitario de la mano de obra), lo que levantó la fronda en los sindicatos reunidos en torno a la Oposición Obrera. Su protagonismo en la sangrienta represión de la insurrección de los marinos de Kronstadt en marzo de 1921 le enajenó el apoyo de los obreros y los soldados, y acabó por agotar su proyecto político-económico cuando Lenin presentó la Nueva Política Económica (NEP) al X Congreso del partido que se desarrollaba en esos momentos. Trotsky aceptó la nueva línea, aunque propugnó la necesidad de avanzar en la planificación económica reformando el Gosplan, y comenzó a exponer su teoría de la “acumulación socialista primitiva”, que postulaba la formación intensiva del capital necesario para la industrialización mediante un incremento de los sacrificios económicos exigidos al proletariado por el nuevo orden socialista. En política exterior, aceptó una colaboración militar con los alemanes que luego sería sancionada en los acuerdos de Rapallo, y puso a punto con Lenin la teoría del “frente único por la base”, que inauguró en el III Congreso de la Internacional Comunista (junio de 1921) una nueva táctica gradualista que no descartaba la alianza coyuntural con el socialismo reformista.
El 1 de abril de 1922, Trotsky rechazó categóricamente la propuesta que le hizo Lenin de ser nombrado vicepresidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, precisamente en el momento en que Stalin accedía al puesto clave de secretario general del Partido. El declive físico del líder supremo de la revolución acentuó el riesgo de escisión motivada por el viejo antagonismo que enfrentaba a sus dos posibles sucesores. Trotsky, que seguía siendo el personaje más popular de la Unión Soviética, sostuvo la postura de Lenin contra Stalin en puntos importantes, como el comercio exterior y la lucha contra la política nacionalista panrusa llevada en nombre de los bolcheviques en Georgia. A inicios de 1923 se constituyó en el Politburó una fracción liderada por hombres de la “Vieja Guardia” bolchevique como Stalin, Zinoviev y Kamenev, con el objetivo de aislar a Trotsky e impedirle obtener una mayoría que le permitiera asumir el puesto que la mala salud de Lenin dejaba virtualmente vacante. Las cada vez más acerbas críticas de Trotsky y de sus seguidores a la “degeneración burocrática” del partido y a la política económica marcada desde el Politburó provocaron una primera condena del Comité Central en octubre de 1923. Orquestada por Stalin, se inició entonces una campaña inmisericorde de acusaciones contra la oposición, que postulaba el desmantelamiento progresivo del partido único y la instauración de una auténtica democracia obrera.
Trotsky enfermó inoportunamente a fines de ese año, y en la XIII Conferencia del partido de 16 de enero de 1924 fue acusado in absentia de “desviación pequeñoburguesa”. Cinco días después, cuando estaba en Tiflis para iniciar su restablecimiento, recibió la noticia de la muerte de Lenin, por lo que se vio imposibilitado de ejecutar su testamento que le proponía como virtual sucesor.


En el XIII Congreso del partido bolchevique, celebrado a fines de mayo, hubo de defenderse una vez más de las acusaciones de desviacionismo. La polémica subió de tono cuando Trotsky escribió un prólogo a uno de los volúmenes de sus obras que recogía sus escritos del año 1917, titulado “Las lecciones de octubre”, donde recordaba las dudas del Comité Central en los momentos cruciales de la insurrección, y en especial el comportamiento de Zinoviev y Kamenev. Todo el aparato del partido y de la Internacional emprendió una feroz lucha contra el “trotskismo” y, un mes más tarde, el V Congreso de la Internacional Comunista remachó estas invectivas. Además de esta campaña de desprestigio, Trotsky fue perdiendo claramente posiciones políticas en el curso del año 1924: la dirección del Comisariado de la Guerra escapó progresivamente de sus manos a través de la vinculación de Stalin con el Cuerpo de comisarios políticos, hasta que el Comité Central le destituyó de su cargo ministerial el 15 de enero de 1925. En compensación, en mayo fue nombrado miembro del Consejo Superior de Economía Nacional, como encargado del comercio exterior, de la electrificación y de la dirección científica y técnica de la producción industrial.
Durante cerca de un año y medio hubo una pausa en las controversias políticas, dictada por el conflicto que en ese momento estaban librando Kamenev y Zinoviev con Stalin, que salió triunfante y reforzado en su poder en el XIV Congreso del partido, el último al que asistiría Trotsky. Desde el verano de 1926, la coordinación de esfuerzos de Trotsky con Kamenev y Zinoviev llevó a dieciocho meses de lucha encarnizada contra el naciente poder estalinista. A mediados de julio, la “oposición unificada” proclamó oficialmente su existencia y planteó las grandes líneas de su programa: rechazo de la tesis del “socialismo en un solo país”, incremento de los salarios industriales y aceleración del ritmo de la industrialización. En respuesta, el Politburó expulsó a Zinoviev y amenazó con excluir del partido a todos los miembros de la oposición, bajo la acusación de “desviacionismo socialdemócrata”.
El 8 de agosto de 1926, la Comisión Central de Control del partido emitió una nueva condena de Trotsky. Ante los rumores que hablaban de una posible intentona desestabilizadora urdida por la oposición conjunta, el 7 de noviembre de 1927 Stalin ordenó aplastar cualquier manifestación de disidencia con motivo del IX Aniversario de la Revolución, y acusó directamente a Trotsky de urdir un golpe de Estado. Una semana después, el Comité Central acusó oficialmente a Trotsky y a Zinoviev de haber inspirado una intentona insurreccional y los excluyó del Bureau Político del partido. La retractación pública de Kamenev y Zinoviev en el XV Congreso celebrado a fines de ese año dejó a Trotsky completa y definitivamente aislado. Tras ser expulsado del partido el 14 de noviembre de 1927, el 16 de enero de 1928 se ordenó su deportación a Asia Central, y el 25 de ese mes llegó con su familia a Alma-Ata (Kazakhstan) donde permaneció durante un año escribiendo “Mi vida”, corrigiendo las pruebas de las “Obras Completas” de Marx y Engels y dirigiendo a distancia las labores de la oposición. Sin embargo, la detención y deportación en masa de miles de oposicionistas, junto con las disensiones que se fueron produciendo en el seno de esa disidencia, mermaron notablemente la influencia política de Trotsky, que cayó gravemente enfermo ese verano. Tras varios meses de virtual aislamiento, el 22 de enero de 1929, la familia dejó Alma Ata, y el 10 de febrero embarcó en Odessa con destino a Estambul. Comenzaba de ese modo su tercera y definitiva emigración.
Trotsky fue conducido al Consulado soviético de Estambul, y luego se instaló en Prinkipo, en la isla de los Príncipes del Mar de Mármara, donde permaneció cuatro años y medio. Allí finalizó “Mi vida” y la “Historia de la Revolución Rusa”, y colaboró además muy activamente en el Boletín de la Oposición. Pero fracasó rotundamente en la organización de sus partidarios en el este y en el oeste, ya que muchos de ellos habían abjurado de sus “errores” y solicitado en la “declaración Rakovsky” la reincorporación en el Partido Comunista. El 14 de noviembre de 1932 se embarcó en Estambul y arribó el 23 a Copenhague después de haber llegado a Marsella y atravesado Francia a toda velocidad. Pronunció una conferencia sobre la Revolución Rusa en la Universidad y retornó a Prinkipo el 12 de diciembre después de haber hecho escala en París y Venecia.
Su hija Zina se suicidó el 5 de enero de 1933 en Berlín, cuando el nacionalsocialismo estaba a punto de alcanzar el poder. Trotsky había denunciado con energía el peligro nazi y demandado la unión del Partido Comunista Alemán (KPD) y la Socialdemocracia (SPD) en un frente antifascista. El fracaso de la política internacional dirigida desde Moscú le llevó a romper totalmente con la III Internacional, desacreditada por su errónea gestión del “caso alemán”, y a preconizar la creación de una IV Internacional. Abandonó Prinkipo el 17 de julio de 1933 a bordo del Bulgaria, y llegó a Marsella una semana después, cuando confirmó con alivio que el gobierno francés había revocado la orden de expulsión dictada en 1916. Insultado por la prensa de derecha y por el diario comunista oficial “L'Humanité”, Trotsky pasó a residir desde el 25 de julio en Saint-Palais, cerca de Royan, y luego en Barbizón tras una corta escala en Bagnères-de-Bigorre. El 17 de abril de 1934 hubo de dejar Barbizón, y durante catorce meses vivió sucesivamente en Chamonix, Domesne y en las cercanías de Grenoble en un aislamiento casi absoluto. En junio de 1935 dejó Francia y se encaminó a Noruega, donde escribió “La revolución traicionada”, una dura diatriba contra la burocratización del poder estalinista y su incompatibilidad con una verdadera democracia popular.


A causa de las amenazas recibidas de Nasjonal Samling (el partido fascista local) y de las presiones diplomáticas ejercidas por el gobierno soviético, embarcado entonces en las grandes purgas de disidentes y deseoso de obtener la extradición de su mayor enemigo, Trotsky fue internado y hubo de abandonar el país nórdico el 19 de diciembre de 1936. A bordo del petrolero Ruth, llegó a Tampico (México) el 9 de enero de 1937. Una comisión presidida por el filósofo norteamericano John Dewey se formó para investigar los hechos revelados en los Procesos de Moscú y para defender a Trotsky, quien se instaló en la “Casa Azul” de Coyoacán, propiedad del muralista Diego Rivera y de su esposa Frida Kahlo. El 16 de febrero de 1938, su hijo Lyova murió en París en extrañas circunstancias, que algunos achacaron a la acción de la GPU estalinista. El 3 de septiembre de 1938 tuvo lugar el I Congreso mundial de la IV Internacional en Perigny, cerca de París. Trotsky acogió en Coyoacán a intelectuales como André Breton, pero rompió con Diego Rivera cuando éste atacó al presidente mexicano Lázaro Cárdenas como “cómplice de los estalinistas” y apoyó al candidato de extrema derecha a la presidencia de la República. Fue obligado a abandonar la “Casa Azul”, y en febrero de 1939 se instaló en un nuevo domicilio en la Avenida Viena, a las afueras de la ciudad, donde avanzó en la redacción de su biografía de Stalin.
En “La URSS en guerra”, obra escrita a mediados de septiembre de 1939, Trotsky condenó el pacto de no agresión germano-soviético, pero se siguió pronunciando por la defensa de la Unión Soviética y criticó también las tesis del antiguo trotskista italiano Bruno Rizzi sobre la burocratización del mundo. El 27 de febrero de 1940, Trotsky hizo testamento. A las cuatro de la mañana del 26 de mayo, su casa fue tiroteada por cinco pistoleros a sueldo del pintor David Alfaro Siqueiros y del gobierno soviético, pero él y su familia lograron escapar al atentado. El 20 de agosto, el español Ramón Mercader, agente de la GPU bajo los nombres de Jackson o Jacques Mornand, asesinó a Trotsky con la ayuda de un piolet de montañismo. Tras una operación quirúrgica desesperada, falleció en la tarde del 21 de agosto. Su cuerpo fue incinerado y enterrado en el patio de la fortaleza de Coyoacán.