30 de agosto de 2022

Trotsky revisitado (XIX). Semblanzas y estimaciones (13)

Alan Woods: La revolución traicionada

En el prólogo de la obra del historiador francés Pierre Broué (1926-2005) “Communistes contre Staline. Massacre d'une génération” (Comunistas contra Stalin. La masacre de una generación”, Alan Woods contó que en la década del ‘20 del siglo pasado, un gran número de militantes comunistas se unieron a la Oposición de Izquierda y otras corrientes anti-estalinistas en la Unión Soviética. Se les llamó oposicionistas o trotskistas, aunque Trotsky no usó ese término, prefiriendo llamar a la tendencia que representaba bolcheviques-leninistas. Estos hombres y mujeres luchaban por defender las genuinas tradiciones de la Revolución de Octubre: las tradiciones de la democracia obrera y el internacionalismo proletario. Miles de opositores fueron arrestados, encarcelados y exiliados a Siberia, a las cárceles o campos de Vorkuta y Kolyma donde en 1937 y 1938 encontraron la muerte ante los pelotones de fusilamiento de Stalin. Por entonces su máquina de propaganda organizaba mítines bajo consignas como “¡Muerte a los mercenarios fascistas!”, “Aplastar a las alimañas trotskistas” y “¡El trotskismo es otra forma de fascismo!”. También el periódico “Pravda” afirmaba que “los trotskistas son un hallazgo para el fascismo internacional” y el “Vechernaya Moskva” aseguraba que “la historia no conoce hechos malvados iguales a los crímenes de la pandilla del Bloque Trotskista de Derecha antisoviético. El espionaje, el sabotaje y la destrucción realizados por el superbandido Trotsky y sus cómplices, despiertan sentimientos de ira, odio y desprecio no sólo en el pueblo soviético, sino en toda la humanidad progresista”. A continuación la sexta y última parte del artículo “En memoria de León Trotsky” de Alan Woods.

 
En 1933, el Partido Comunista Alemán tenía seis millones de partidarios y la socialdemocracia, ocho. Entra ambos sumaban aproximadamente un millón de militantes -una cifra mayor que la Guardia Roja de Petrogrado y Moscú en 1917-. Y todavía Hitler se permitía el lujo de decir: “He llegado al poder sin romper un cristal”. Esto representó una traición a la clase obrera comparable a la de agosto de 1914. De la noche a la mañana, las poderosas organizaciones del proletariado alemán quedaron reducidas a escombros. Los trabajadores de todo el mundo -y sobre todo de la URSS- pagaron un terrible precio por la traición.
Trotsky esperaba que esa derrota brutal serviría para sacudir la Internacional Comunista hasta sus cimientos y abrir un debate en las filas de los partidos comunistas que los regeneraría y exculparía a la Oposición. Pero las cosas se desarrollaron de forma diferente. La Internacional Comunista y sus partidos eran tan estalinistas que el debate o la autocrítica ya no existían, sólo repetían las mismas políticas ya desacreditadas. La línea del KPD -y por lo tanto de Stalin, el gran líder, el gran maestro- fue ratificada como la única correcta. Increíblemente, los líderes comunistas alemanes lanzaron la consigna “Después de Hitler, nuestro turno”. El año siguiente aún fue peor. Cuando los fascistas franceses de La Croix de Feu y otros grupos intentaron derrocar el gobierno del radical Deladier, los estalinistas impartieron instrucciones a sus militantes para manifestarse junto con los fascistas contra el “radical-fascista” Deladier.
Un Partido o una Internacional que son incapaces de aprender de sus errores están condenados. La terrible derrota de la clase obrera alemana, fruto tanto de la política estalinista como de la socialdemócrata, se saldó con una completa ausencia de autocrítica o debate en los partidos de la Internacional Comunista, lo que convenció a Trotsky de que la Tercera Internacional estaba completamente degenerada. Mientras que en los primeros años la burocracia todavía no estaba consolidada como casta dirigente, ahora era evidente que se había convertido no sólo en una aberración histórica imposible de corregir con la crítica y la discusión, sino que representaba a la contrarrevolución triunfante que había destruido todos los elementos de democracia obrera existentes en la Revolución de Octubre. Por esa razón, Trotsky propuso la necesidad de crear una nueva Internacional, la Cuarta.
La expresión más clara de la nueva situación fueron los célebres “Juicios de Moscú”, descritos por Trotsky como una “guerra civil unilateral contra el Partido Bolchevique”. Entre 1936 y 1938, todos los miembros del Comité Central de los tiempos de Lenin que todavía vivían en la URSS -excepto obviamente el propio Stalin- fueron asesinados. “El juicio de los 16” (Zinóviev, Kámenev, Smirnov...), “el juicio de los 17” (Rádek, Piatakov, Sokólnikov...), “el juicio secreto de los oficiales del ejército” (Tujachevsky, etc.), “el juicio de los 21” (Bujarin, Rykov, Rakovsky...). Los antiguos compañeros de armas de Lenin fueron acusados de los crímenes más grotescos contra la revolución. Lo normal es que fueran acusados de ser agentes de Hitler, de igual manera que los jacobinos fueron acusados de ser agentes de Inglaterra en el período de reacción termidoriana en Francia.
Los objetivos de la burocracia eran sencillos: destruir completamente todo aquello que pudiera servir para aglutinar el descontento de las masas. Aunque algunos leales servidores de Stalin también se vieron implicados en las purgas, la mayoría de las miles de personas arrestadas y asesinadas lo fueron por el “crimen” de haber estado vinculados directamente con la Revolución de Octubre. Era peligroso ser amigo, vecino, padre o hijo de un detenido. La condena a muerte de un dirigente de la Oposición conllevaba también la de su esposa e hijos mayores de doce años. En los campos de concentración se encontraban familias enteras, incluidos niños. El general Yakir fue asesinado en 1938. Su hijo pasó catorce años con su madre en los campos de concentración. Uno entre muchos casos.
El principal acusado -León Trotsky- no se encontraba presente en los juicios. Después de que todos los países europeos le negasen el asilo, México lo acogió. Desde allí organizó una campaña internacional de protestas contra los juicios de Moscú. ¿Por qué la burocracia estalinista temía tanto a un sólo hombre? La Revolución de Octubre estableció un régimen de democracia obrera que dio a los trabajadores la máxima libertad. Por otro lado, la burocracia sólo podía gobernar destruyendo la democracia obrera e instalando un régimen totalitario. No podía tolerar la más mínima libertad de expresión o crítica.


En apariencia el régimen de Stalin era similar al de Hitler, Franco o Mussolini. Pero existía una diferencia fundamental: la nueva camarilla dominante en la URSS basaba su poder en las nuevas relaciones de propiedad establecidas por la revolución. Era una situación contradictoria. Para defender su poder y privilegios esta casta parasitaria tenía que defender las nuevas formas de economía nacionalizada que encarnaban las grandes conquistas históricas de la clase obrera. Los burócratas privilegiados que habían destruido las conquistas políticas de Octubre y aniquilado al Partido Bolchevique se vieron obligados a mantener la ficción de un “partido comunista”, “sóviets”, etc., y basarse en la economía planificada y nacionalizada. De esta forma jugaron un papel relativamente progresista y desarrollaron la industria, aunque a un precio diez veces superior al de los países burgueses.
Como explicó Trotsky, una economía planificada necesita la democracia como el cuerpo humano necesita el oxígeno. El asfixiante control de la poderosa burocracia es incompatible con el desarrollo de una economía planificada. La existencia de la burocracia genera inevitablemente todo tipo de corrupción, mala administración y estafas a todos los niveles. Por esta razón la burocracia, en contraposición a la burguesía, no podía tolerar una crítica o pensamiento independiente en cualquier campo, no sólo en política sino también en literatura, música, ciencia, arte o filosofía. Trotsky era una amenaza para la burocracia porque permanecía como testigo y recuerdo de las genuinas tradiciones democráticas e internacionalistas del bolchevismo.
En la década de los años ‘30, Trotsky analizó el nuevo fenómeno de la burocracia estalinista en su obra clásica “La revolución traicionada”, donde explicó la necesidad de una nueva revolución, una revolución política, para regenerar la URSS. Al igual que todas las clases o castas dominantes de la historia, la burocracia rusa no desaparecería por sí sola. A principios de 1936, Trotsky advirtió de que la burocracia estalinista representaba una amenaza mortal para la supervivencia de la URSS. Pronosticó, con asombrosa certeza, que si la burocracia no era eliminada por la clase obrera, el proceso remataría inevitablemente en una contrarrevolución capitalista. Con un retraso de cincuenta años, la predicción de Trotsky se cumplió. No satisfechos con los privilegios derivados del saqueo de la economía nacionalizada, los hijos y nietos de los funcionarios estalinistas se convirtieron  en los propietarios privados de los medios de producción en Rusia y, por tanto, hundieron la tierra de Octubre en una nueva edad oscura de barbarie, como Trotsky previno.
Stalin y la casta privilegiada que él representaba no podían ignorar a Trotsky porque los delataba como usurpadores y sepultureros de Octubre. La tarea de Trotsky y sus colaboradores representaba un peligro mortal para la burocracia, que respondió con una masiva campaña de asesinatos, persecuciones y difamaciones. Se podría buscar en vano en los anales de la historia moderna un paralelo con la persecución sufrida por los trotskistas a manos de Stalin y su monstruosa maquinaria de matar. Para encontrarlo sería necesario remontarse a la persecución de los primeros cristianos o a la infame obra de la Inquisición española. Los verdugos de Stalin silenciaron uno a uno a los colaboradores de Trotsky. Compañeros, amigos y familiares acabaron en el infierno del gulag estalinista.
Pero incluso allí los trotskistas permanecieron firmes. Sólo ellos mantuvieron la organización y la disciplina. Lograron seguir los asuntos internacionales, organizar reuniones, grupos de discusión marxista y lucharon por defender sus derechos. Llegaron a organizar manifestaciones y huelgas de hambre, como la del campo de Pechora en 1936, que duró ciento treinta y seis días. Los huelguistas protestaban contra su traslado de sus anteriores lugares de deportación y contra los castigos que les habían impuesto sin celebración de proceso público. Exigían una jornada de trabajo de ocho horas, la misma alimentación para todos los reclusos (independientemente de que hubieran cumplido las normas de producción o no), la separación de los presos políticos y los delincuentes comunes y el traslado de los inválidos, las mujeres y los ancianos desde la zona ártica a lugares de clima más benigno. La decisión de ir a la huelga se adoptó en asamblea. Los prisioneros enfermos y los ancianos fueron eximidos, pero estos últimos rechazaron categóricamente la exención. En casi todas las barracas, los que no eran trotskistas respondieron al llamamiento, pero sólo en los barracones de los trotskistas fue completa la huelga. La administración, temerosa de que la acción pudiera propagarse, trasladó a los trotskistas a unas chozas semiderruidas a 40 kilómetros de distancia del campo. De un total de mil huelguistas, varios murieron y sólo dos abandonaron la huelga, pero ninguno de los dos era trotskista.
Pero la victoria de los presos duró poco. El terror de Yezhov, el director de la Policía Secreta soviética, pronto tomaría nuevos bríos. Las raciones, ya escasas, se redujeron a solamente 400 gramos diarios de pan, la GPU armó a los presos comunes con porras y los incitó a golpear a los oposicionistas, el número de ejecuciones arbitrarias aumentó. Stalin había optado por la “solución final”. A finales de marzo de 1938, los trotskistas, en grupos de veinticinco, eran llevados a la muerte en las soledades heladas de los alrededores del campo de Vorkuta.


Durante meses, los asesinatos continuaron. Los carniceros de la GPU hicieron su trabajo y asesinaron hombres, mujeres y niños. Nadie se salvó. Un testigo relató cómo la esposa de un oposicionista caminaba sobre sus muletas hacia el lugar de ejecución. Durante todo abril y parte de mayo continuaron las ejecuciones en la tundra. Cada día o cada segundo día, treinta o cuarenta personas eran ejecutadas. Los altavoces del campo transmitían los comunicados. “Por agitación contrarrevolucionaria, sabotaje, bandidaje, negativa a trabajar e intentos de fuga, las siguientes personas serán ejecutadas”. Una vez, un grupo numeroso, formado por unas cien personas, trotskistas en su mayoría, fue sacado del campo. Mientras se alejaban, entonaron “La Internacional”, y centenares de voces en los barracones se unieron al coro.
Para el dirigente de Octubre no había refugio ni lugar seguro de descanso en el planeta. Una tras otra se le cerraban todas las puertas. Aquellos países que se autocalificaban de democracias y les gustaba diferenciarse de los “dictadores” bolcheviques demostraron no ser más tolerantes que los demás. Gran Bretaña, que anteriormente había dado refugio a Marx, Lenin y al propio Trotsky, le negó la entrada a pesar de contar con un gobierno laborista. Francia y Noruega impusieron tales restricciones a los movimientos y actividades de Trotsky que el “santuario” no podía distinguirse de una prisión. Al final, Trotsky y su fiel compañera, Natalia Sedova, encontraron refugio en México gracias al gobierno del nacionalista burgués Lázaro Cárdenas.
Pero tampoco en México estaba a salvo Trotsky. El brazo de la GPU era largo. Al elevar la voz contra la camarilla del Kremlin, Trotsky era un peligro mortal para Stalin, quien, como se ha demostrado, ordenó que cada mañana estuvieran en su despacho los artículos de Trotsky. Juró venganza contra su rival. A lo largo de los años ‘20, Zinóviev y Kámenev avisaron a Trotsky: “Piensas que Stalin responderá a tus ideas, pero Stalin te golpeará la cabeza”.
En los años previos a su asesinato, Trotsky había presenciado el asesinato de uno de sus hijos, la desaparición de otro, el suicidio de su hija, la masacre de sus amigos y colaboradores dentro y fuera de la URSS y la destrucción de las conquistas políticas de la Revolución de Octubre. La hija de Trotsky, Zinaida, se suicidó debido a la persecución de Stalin. Después del suicidio de su hija, su primera esposa, Alexandra Sokolovskaya, una mujer extraordinaria que pereció en los campos de Stalin, escribió una desesperada carta a Trotsky: “Nuestras hijas estaban condenadas. Ya no creo en la vida. No creo que crezcan. Espero constantemente algún nuevo desastre”. Y concluía: “Ha sido difícil para mí escribir y enviar esta carta. Perdóname por ser cruel contigo, pero tú también debes saberlo todo sobre los nuestros”.
León Sedov, el hijo mayor de Trotsky, que jugó un papel clave en la Oposición de Izquierda Internacional, fue asesinado en febrero de 1938 mientras se recuperaba de una operación en una clínica de París. Dos de sus secretarios europeos, Rudolf Klement y Erwin Wolff, también fueron asesinados. Ignace Reiss, un oficial de la GPU que rompió públicamente con Stalin y se declaró partidario de Trotsky, fue otra víctima de la maquinaria asesina de Stalin, tiroteado por un agente de la GPU en Suiza. El golpe más doloroso llegó con el arresto del hijo menor de Trotsky, Sergei, que permanecía en Rusia y se creía a salvo por no estar involucrado en política. ¡Esperanza vana! Incapaz de vengarse de su padre, Stalin recurrió a la tortura más sofisticada: hacer daño a sus hijos. Nadie puede imaginar qué tormentos sufrieron Trotsky y Natalia Sedova. Sólo hace pocos años salió a la luz que Trotsky contempló la posibilidad del suicidio, como una salida para salvar a su hijo. Pero se dio cuenta de que no sólo no lo salvaría, sino que le daría a Stalin lo que buscaba. Trotsky no se equivocó. Sergei ya estaba muerto, fusilado en secreto en 1938 por negarse a renegar de su padre.
Uno por uno, los antiguos colaboradores de Trotsky cayeron víctimas del terror estalinista. Aquellos que se negaban a retractarse eran aniquilados. Pero incluso a los que capitularon, la “confesión” no les salvó la vida; también fueron ejecutados. Una de las últimas víctimas de la oposición dentro de la URSS fue el gran marxista balcánico y veterano revolucionario Christian Rakovsky. Cuando Trotsky escuchó sus confesiones, escribió en su diario: “Rakovsky fue, en la práctica, mi último contacto con la antigua generación revolucionaria. Después de su capitulación no queda nadie. Incluso aunque mi correspondencia con Rakovsky no llegara, debido a la censura, en el momento de mi deportación sin embargo la imagen de Rakovsky permanecía como un vínculo simbólico con mis antiguos compañeros de armas. Ahora no queda nadie. Desde hace un tiempo no he sido capaz de satisfacer mi necesidad de intercambiar ideas y discutir problemas con alguien más. He quedado reducido a un diálogo con los periódicos, o mejor aunque con los periódicos, con los hechos y opiniones”.
“Y aún pienso que el trabajo en el que estoy comprometido ahora -continuó-, a pesar de su naturaleza extremadamente insuficiente y fragmentaria, es el más importante de mi vida, más importante que 1917, más importante que el período de guerra civil o cualquier otro. Por el bien de la verdad seguiré en este camino. Aunque yo no hubiera estado presente en 1917 en San Petersburgo, la Revolución de Octubre hubiera sucedido igualmente, a condición de que Lenin estuviera presente y al mando. Si Lenin ni yo hubiéramos estado presentes en San Petersburgo, no hubiese habido Revolución de Octubre: la dirección del Partido Bolchevique habría impedido que sucediera -¡no tengo la menor duda!-. Si Lenin no hubiera estado en San Petersburgo, dudo que hubiera podido vencer la resistencia de los líderes bolcheviques. La lucha contra el ‘trotskismo’ (con la revolución proletaria) habría comenzado en mayo de 1917, y el resultado de la revolución habría estado en entredicho. Pero, repito, la presencia de Lenin garantizó la Revolución de Octubre y su desarrollo victorioso. Lo mismo se podría decir de la guerra civil, aunque en su primer período, en especial en el momento de la caída de Simbirsk y Kazán, Lenin tuviera muchas dudas. Pero esto sin duda fue un ambiente pasajero que, con toda probabilidad, nunca le admitió a nadie excepto a mí”.


Y agregó en su “Diario del exilio”: “Así que no puedo hablar de la ‘indispensabilidad' de mi trabajo, incluso en el período de 1917 a 1921. Pero ahora mi trabajo es ‘indispensable' en el pleno sentido de la palabra. No es arrogancia. El colapso de las dos Internacionales ha creado un problema que ninguno de los dirigentes de estas Internacionales está dispuesto a resolver. Las vicisitudes de mi destino personal me han situado ante este problema y armado con una experiencia importante para ocuparme de él. Ahora lo más importante para mí es llevar adelante la misión de armar a una nueva generación con el método revolucionario, por encima de los dirigentes de la Segunda y Tercera Internacional. Y yo estoy totalmente de acuerdo con Lenin (o incluso con Turgeniev) que el peor vicio son más de cincuenta y cinco años de edad. Necesito al menos cinco años más de trabajo ininterrumpido para asegurar la sucesión”.
Pero Trotsky no vio cumplido su deseo. Después de varios intentos, la GPU al final consiguió poner fin a su vida el 20 de agosto de 1940. Trotsky permaneció a pesar de todo absolutamente firme hasta el final en sus ideas revolucionarias. Su testamento político revela el enorme optimismo en el futuro socialista de la humanidad. Pero su auténtico testamento se encuentra en sus libros y escritos, un tesoro de ideas marxistas para la nueva generación de revolucionarios. Que el espectro del “trotskismo” continúe obsesionando a los dirigentes burgueses, reformistas y estalinistas es suficiente prueba de la persistencia de las ideas del bolchevismo-leninismo. Esto es en esencia el “trotskismo”.
A Lenin le gustaba mucho utilizar un proverbio ruso: "La vida enseña". Una vez la clase obrera rusa sea consciente de lo que significa el capitalismo (y cada día que pasa es más consciente), sentirá una necesidad mayor de regresar a las antiguas tradiciones. Descubrirán, a través de la acción, la herencia de 1905 y 1917, las ideas y el programa de Vladimir Illich y también de ese gran dirigente y mártir de la clase obrera llamado León Trotsky. Después de décadas de la represión más terrible, las ideas del bolchevismo-leninismo -las genuinas ideas de Octubre- siguen vivas y vibrantes y no pueden ser destruidas ni con difamaciones ni con las balas de los asesinos. En palabras de Lenin: "El marxismo es todopoderoso porque tiene razón".