26 de agosto de 2022

Trotsky revisitado (XVII). Semblanzas y estimaciones (11)

Alan Woods: Las discrepancias entre mencheviques y bolcheviques
 
¿Cómo fue posible que la revolución más democrática de la historia degenerara de tal manera que terminara en una monstruosa dictadura totalitaria? se pregunta Woods en uno de sus ensayos. “La principal causa de la degeneración burocrática del estado soviético -dice- fue el aislamiento de la revolución en condiciones de extremo atraso”. Ocho décadas antes, Marx había escrito en “Die deutsche ideologie” (La ideología alemana) que donde la pobreza es general “toda la vieja inmundicia revive”. Con esto se refería a los males de la desigualdad, la corrupción, la burocracia y el privilegio. “En la Rusia postrevolución -agrega Woods-, Lenin y Trotsky sabían muy bien que no existían las condiciones materiales para el socialismo. Antes de 1924 nadie cuestionó esta proposición elemental. Los bolcheviques se basaron en la perspectiva de la extensión de la revolución a los países capitalistas avanzados de Europa, especialmente a Alemania. Si la revolución alemana hubiera tenido éxito, lo que pudo haber ocurrido en 1923, toda la situación en Rusia habría sido diferente. La cuarta parte del artículo “En memoria de León Trotsky” es lo que sigue a continuación.

 
La clase obrera necesita un partido para cambiar la sociedad. Si no hay un partido revolucionario capaz de dar una dirección consciente a la energía revolucionaria de la clase, ésta se despilfarra, de la misma forma que se disipa el vapor si no existe el pistón. Por otra parte, todo partido tiene su lado conservador. En realidad, en algunas ocasiones, los revolucionarios pueden ser las personas más conservadoras. Este conservadurismo se desarrolla a consecuencia de años de trabajo rutinario, absolutamente imprescindible pero que puede llevar a determinados hábitos y tradiciones que en una situación revolucionaria podrían actuar como un freno si la dirección no es capaz de superarlas. En el momento decisivo, cuando la situación exige un cambio profundo en la orientación del partido -el paso del trabajo rutinario a la toma del poder-, las viejas costumbres pueden entrar en conflicto con las necesidades de la nueva situación. Es precisamente en este contexto en el que el papel de la dirección es vital. Un partido, como órgano de lucha de una clase contra otra, en cierta forma se puede comparar a un ejército. El partido también tiene sus generales, tenientes, cabos y soldados. Tanto en la revolución como en la guerra, el factor tiempo es una cuestión de vida o muerte. Sin Lenin y Trotsky, los bolcheviques sin duda habrían corregido sus errores, pero ¿cuándo y a qué precio? La revolución no puede esperar a que el partido corrija sus errores porque el precio de las dudas y los retrasos es la derrota. Esto quedó demostrado en Alemania durante el proceso revolucionario de 1923.
Para comprender el papel clave que Trotsky jugó en 1917 es suficiente leer cualquier periódico de la época o cualquier libro histórico, sea amistoso u hostil. Tomemos como ejemplos las siguientes líneas escritas sólo doce meses después de que los bolcheviques llegaran al poder: “Todo el trabajo práctico de organización de la insurrección se hizo bajo la dirección directa del camarada Trotsky -presidente del Sóviet de Petrogrado-. Se puede afirmar con total seguridad que el Partido está en deuda, en primer lugar y sobre todo, con el camarada Trotsky por la rapidez con que la guarnición se pasó al lado de los sóviets y por la forma de organizar el trabajo del Comité Militar Revolucionario”. Este pasaje fue escrito por Stalin en el primer aniversario de la Revolución de Octubre. Más tarde, Stalin volvería a escribir: “El camarada Trotsky no jugó ningún papel importante ni en el Partido ni en la insurrección de Octubre, y no otra cosa se podía esperar de quien en el período de Octubre era un hombre relativamente nuevo en nuestro partido”. Más tarde, no sólo Trotsky sino todo el Estado Mayor de Lenin fueron acusados de ser agentes de Hitler y de querer restaurar el capitalismo en la URSS. En realidad, setenta y cuatro años después de Octubre, como Trotsky predijo, fueron los herederos de Stalin los que liquidaron la URSS y todas las conquistas de la Revolución.
Para ser exactos, ni siquiera la primera apreciación de Stalin hace justicia al papel de Trotsky en la Revolución de Octubre. En el período clave, de septiembre a octubre, Lenin pasó la mayor parte del tiempo en la clandestinidad y el peso de la preparación política y organizativa de la insurrección recayó sobre Trotsky. La mayoría de los antiguos seguidores de Lenin -Kámenev, Zinóviev, Stalin, etc.- eran contrarios a la toma del poder o tenían una posición vacilante y ambigua. Zinóviev y Kámenev llevaron su oposición a la insurrección tan lejos que hicieron públicos los planes en la prensa ajena al partido. Basta leer la correspondencia de Lenin con el Comité Central para comprender la lucha que libró para superar la resistencia de la Dirección bolchevique. En cierto momento incluso llegó a amenazar con dimitir y apelar a la base del Partido por encima del Comité Central. En esta lucha, Trotsky y el Comité Interdistrito apoyaron la línea revolucionaria de Lenin.
Una de las obras más célebres sobre la revolución rusa es “Diez días que estremecieron al mundo”, de John Reed. Lenin describió este libro en la introducción como “la exposición más fidedigna y gráfica” de aquellos hechos y recomendó que se publicasen “millones de copias y traducirlo a todas las lenguas”. Bajo Stalin, el libro desapareció de las publicaciones de los partidos comunistas. La razón no es difícil de comprender. Una ojeada a su contenido demuestra que el autor menciona sesenta y tres veces a Lenin, cincuenta y tres a Trotsky, ocho a Kámenev, siete a Zinóviev y sólo dos veces a Bujarin y Stalin. Esto refleja con cierta precisión la realidad.
En la lucha política dentro del Partido, que se prolongó más allá de Octubre, el principal argumento de los conciliadores fue que los bolcheviques no debían tomar el poder por sí mismos, sino que debían formar una coalición con otros partidos “socialistas” (mencheviques y social-revolucionarios). En la práctica eso supondría devolver el poder a la burguesía, como en Alemania en noviembre de 1918. John Reed describe la situación: “El Congreso debía reunirse a la una y el gran salón de sesiones estaba lleno desde hacía rato. Sin embargo, a las siete, el Buró no había aparecido todavía. Los bolcheviques y la izquierda social-revolucionaria deliberaban en sus propias salas. Durante toda la tarde, Lenin y Trotsky habían tenido que combatir las tendencias hacia una componenda. Una buena parte de los bolcheviques opinaba que debían hacerse las concesiones necesarias para lograr constituir un gobierno de coalición socialista. ‘No podemos aguantar -exclamaban-. Son demasiados contra nosotros. No contamos con los hombres necesarios. Quedaremos aislados y se desplomará todo’. Así se manifestaban Kámenev, Riazanov y otros. Pero Lenin, con Trotsky a su lado, se mantenía firme como una roca. ‘Quienes deseen llegar a un arreglo, que acepten nuestro programa y los admitiremos. Nosotros no cederemos ni una pulgada. Si hay camaradas aquí que no tienen el valor y la voluntad de atreverse a lo que nosotros nos atrevemos, ¡que vayan a reunirse con los cobardes y conciliadores! ¡Con el apoyo de los obreros y los soldados seguiremos adelante!”.


“Era tal el grado de afinidad entre Lenin y Trotsky -continúa Reed- que las masas con frecuencia se referían al Partido Bolchevique como ‘el partido de Lenin y Trotsky’. En una reunión del Comité de Petrogrado el 14 de noviembre de 1917, Lenin expuso que las tendencias conciliadoras en la Dirección del Partido constituían un peligro incluso después de la Revolución de Octubre. El 14 de noviembre, once días después de la triunfante insurrección, tres miembros del Comité Central (Kámenev, Zinóviev y Noguin) dimitieron en protesta por la política del Partido, publicando un ultimátum en el que exigían la formación de un gobierno de coalición con mencheviques y social-revolucionarios, ‘o si no, un gobierno puramente bolchevique sólo podría mantenerse aplicando una política de terror’. Acababan su declaración con un llamamiento a los trabajadores para formar una 'coalición inmediata bajo la consigna ‘larga vida al gobierno de todos los partidos del Sóviet’. Parecía que esta crisis en las filas del Partido acabaría por destruir las conquistas de Octubre. Lenin pidió la expulsión de los dirigentes desleales y fue precisamente en ese momento cuando pronunció el discurso que acaba así: ‘¡Ningún compromiso! Un gobierno bolchevique homogéneo’. En el texto original del discurso aparecen además las siguientes palabras: ‘Sobre la coalición, lo único que puedo decir es que Trotsky dijo hace ya tiempo que era imposible una unión. Trotsky lo comprendió y a partir de ese momento no ha habido otro bolchevique mejor’”.
Tras la muerte de Lenin, la camarilla dominante (Stalin, Kámenev y Zinóviev) comenzó una campaña de falsificaciones destinada a minimizar el papel de Trotsky en la revolución. Para conseguirlo, inventaron la leyenda del “trotskismo” y metieron una cuña entre las posiciones de Trotsky y las de Lenin y los “leninistas” (ellos mismos). Los historiadores a sueldo revolvieron en la basura de las viejas polémicas hacía tiempo olvidadas por aquellos que participaron en ellas; olvidadas porque todas las discrepancias quedaron resueltas por la experiencia de Octubre y por lo tanto no tenían otro interés que el puramente histórico. Pero el obstáculo más serio en el camino de los epígonos fue la propia Revolución de Octubre. Poco a poco lo eliminaron, borrando el nombre de Trotsky de los libros, reescribiendo la historia y, por último, suprimiendo totalmente incluso las más inocuas menciones al papel de Trotsky.
Antes de la revolución, ni Lenin ni Trotsky sabían mucho de tácticas bélicas. A Trotsky se le pidió que se hiciera cargo de los asuntos militares en un momento en que la revolución estaba en grave peligro. El viejo ejército zarista se había desintegrado sin que hubiese nada para sustituirlo. La joven República Soviética estaba invadida por veintiún ejércitos imperialistas. En cierto momento, el Estado soviético quedó reducido a la franja de territorio entre Moscú y Petrogrado y poco más. Al final se consiguió superar esta situación adversa y el Estado obrero logró sobrevivir. Este éxito se logró en gran medida gracias al trabajo infatigable de Trotsky al frente del Ejército Rojo.
En septiembre de 1918, cuando en palabras de Trotsky el poder del Sóviet “estaba en su nivel más bajo”, el gobierno aprobó un decreto especial declarando en peligro a la Rusia socialista. En ese difícil momento se envió a Trotsky al decisivo frente oriental, donde la situación militar era catastrófica. Simbirsk y Kazán estaban en manos de los blancos. El tren blindado de Trotsky sólo podía llegar hasta Simbirsk, a las afueras de Kazán. Las fuerzas enemigas eran superiores tanto en número como en organización. Algunas compañías blancas estaban compuestas exclusivamente de oficiales y competían en mejores condiciones que las mal entrenadas y poco disciplinadas fuerzas rojas. Entre las tropas cundió el pánico y se retiraban en desorden. “El mismo suelo parecía estar infectado de pánico”. Más tarde, Trotsky reconocería en su autobiografía: “Los nuevos destacamentos rojos llegaban con energía, pero rápidamente se hundían en la inercia de la retirada. Se comenzó a extender el rumor entre el campesinado local de que los sóviets estaban condenados. Los curas y los tenderos levantaban cabeza. En los pueblos, los elementos revolucionarios se escondían. Todo se desmoronaba. No había un sólo palmo de tierra firme. La situación parecía desesperada”.


Ésa era la situación que a su llegada se encontraron Trotsky y sus agitadores. Pero, en una semana, Trotsky regresó victorioso de Kazán tras conseguir el primer y decisivo éxito militar de la revolución. En un discurso al Sóviet de Petrogrado para pedir voluntarios para el Ejército Rojo, describió la situación en el frente: “El cuadro que presencié ante mis ojos era el de las noches más tristes y trágicas de Kazán, cuando las fuerzas de jóvenes reclutas se retiraban presas del pánico. Eso ocurría en la primera mitad de agosto, cuando sufrimos los mayores contratiempos. Llegó un destacamento de comunistas: más de cincuenta hombres, cincuenta y seis, creo. Entre ellos algunos que nunca antes de ese día habían tenido un fusil en las manos. Había hombres de cuarenta años o más, pero la mayoría eran chicos de dieciocho, diecinueve o veinte años. Recuerdo a uno de dieciocho años con la cara tranquila, un comunista de Petrogrado que apareció en el cuartel general de noche, fusil en mano y nos relató cómo un regimiento había desertado de su posición y ellos habían ocupado su lugar, y dijo: ‘Somos comuneros'. De este destacamento de cincuenta hombres regresaron doce, pero, camaradas, crearon un ejército, de estos trabajadores de Petrogrado y Moscú, destacamentos de cincuenta o sesenta hombres que ocuparon posiciones abandonadas, regresaron doce. Murieron anónimamente, al igual que la mayoría de los héroes de la clase obrera”.
“Nuestro problema y deber -continuó- es esforzarnos por restablecer sus nombres en la memoria de la clase obrera. Muchos murieron aquí y no se les conoce por su nombre, sino por lo que hicieron por nosotros en ese Ejército Rojo que defiende la Rusia soviética y las conquistas de la clase obrera, esa ciudadela, esa fortaleza de la revolución internacional que ahora representa nuestra Rusia soviética. Desde ese momento, camaradas, nuestra situación es, como ya sabéis, incomparablemente mejor en el frente oriental, allí donde el peligro era mayor con los checoslovacos y los guardias blancos dirigiéndose hacia Simbirsk y Kazán, amenazándonos en dirección hacia Nijny, en la otra hacia Vologda, Rasoslavl y Arcángel, y así unirse a la expedición anglo-francesa. Por eso nuestros mayores esfuerzos van dirigidos al frente oriental, y hemos obtenido buenos resultados”.
Después de la liberación de Kazán, Simbirsk, Khvalynsk y otras ciudades de la región del Volga, a Trotsky se le encomendó la tarea de coordinar y dirigir la guerra en los muchos frentes abiertos en ese vasto país. Reorganizó las fuerzas armadas de la Revolución e instauró el juramento del Ejército Rojo, en el que todo soldado juraba lealtad a la revolución mundial. Pero su éxito más destacable fue conseguir que un gran número de oficiales del ejército zarista colaborase con la revolución. De no ser así, no hubiera sido posible encontrar los cuadros militares necesarios para dirigir a más de quince ejércitos en diferentes frentes. Por supuesto, al final, algunos de ellos fueron traidores y otros sirvieron con desgana o por rutina. Pero lo más sorprendente fue el gran número de oficiales que se pasó al lado de la revolución, a la que sirvieron lealmente. Algunos, como Tujachevsky -un genio militar- se convertiría en un comunista convencido. Casi todos fueron asesinados por Stalin en las purgas de 1937.
El éxito de Trotsky con los antiguos oficiales tomó por sorpresa incluso a Lenin. Cuando durante la guerra civil le preguntó a Trotsky si era mejor reemplazar a los antiguos oficiales zaristas, controlados por comisarios políticos, y sustituirlos por otros, comunistas, Trotsky respondió: “Me preguntaba usted si no convendría que separásemos a todos los antiguos oficiales. ¿Sabe usted cuántos sirven actualmente en el ejército?”. Lenin: “No, no lo sé”. Trotsky: “¿Cuántos, aproximadamente, calcula usted?”. Lenin: “No tengo idea”. Trotsky: “Pues no bajarán de treinta mil. Por cada traidor habrá cien personas seguras y por cada desertor, dos o tres caídos en el campo de batalla. ¿Por quién quiere usted que los sustituyamos?”.
“A los pocos días -contó Trotsky en ‘Mi vida’?-, Lenin pronunció un discurso acerca de los problemas que planteaba la reconstrucción socialista del Estado en el que dijo: ‘Cuando hace poco tiempo el camarada Trotsky hubo de decirme, concisamente, que el número de oficiales que servían en el Departamento de Guerra ascendía a varias docenas de millares, comprendí, de un modo concreto, dónde está el secreto de poner al servicio de nuestra causa al enemigo y cómo es necesario construir el comunismo utilizando los mismos ladrillos que el capitalismo tenía preparados contra nosotros”.
Los logros de Trotsky fueron reconocidos incluso por enemigos declarados de la Revolución, entre ellos los oficiales y diplomáticos alemanes. Max Bauer calificó a Trotsky como “un organizador militar y un líder. Creó un nuevo ejército de la nada en medio de duras batallas. La forma en que después organizó y entrenó a su ejército es completamente napoleónica”. El general Hoffmann llegaría a la misma conclusión: “Incluso desde un punto de vista puramente militar es asombroso cómo fue posible que las tropas rojas, recién reclutadas, aplastaran a las fuerzas de los generales blancos y las eliminaran totalmente”.
Dmitri Volkogonov, a pesar de su hostilidad hacia el bolchevismo, diría en su “Trotsky: el eterno revolucionario” lo siguiente: “Su tren viajaba de un frente a otro; trabajaba duro para asegurar los suministros para las tropas, su implicación personal en el uso de los comisarios militares en el frente tuvo resultados positivos. Además los jefes del ejército le veían como el ‘segundo hombre' de la república soviética, un importante oficial político y del Estado, un hombre con una enorme autoridad personal. Su papel en el terreno estratégico fue más político que militar”.


Demos la última palabra acerca del papel de Trotsky en la Revolución Rusa y la guerra civil a Lunacharsky, el veterano bolchevique que se convertiría en el primer Comisario Soviético de Educación y Cultura. Escribió en “Siluetas revolucionarias”: “Sería un gran error pensar que el otro gran líder de la revolución rusa es inferior en todo a su colega: por ejemplo, hay aspectos en los que Trotsky sobrepasa indiscutiblemente a Lenin, es más brillante, más claro y más activo. Lenin era el más adecuado para ocupar la Presidencia de los Comisarios del Consejo del Pueblo y guiar la revolución mundial con ese toque de genialidad, pero nunca hubiera podido cumplir la titánica misión que Trotsky soportó sobre sus hombros, con aquellos traslados de lugar en lugar, aquellos asombrosos discursos que precedían a las órdenes en el acto, el papel de galvanizador incesante de un ejército débil, ahora en un punto, después en otro. No hay un hombre sobre la Tierra que pudiera haber reemplazado a Trotsky en este papel. En toda gran revolución las personas siempre encuentran el actor adecuado para actuar en cada parte, y uno de los signos de grandeza de nuestra revolución es el hecho de que el Partido Comunista los haya creado en sus propias filas, los haya pedido prestado a otros partidos y haya incorporado en sus propios organismos las suficientes personalidades excepcionales que fueron encajadas para cumplir cualquier función política que se les demandase. Y dos de los más fuertes, identificados completamente con sus respectivos papeles, son Lenin y Trotsky”.
La Revolución de Octubre fue el acontecimiento más importante de la historia de la humanidad. Por vez primera -si excluimos la breve experiencia de la Comuna de París en 1871- las masas oprimidas tomaron su destino en sus propias manos y emprendieron la tarea de transformar la sociedad. La revolución socialista es totalmente diferente de cualquier otra revolución de la historia porque, por primera vez, el factor subjetivo -la conciencia de la clase- se convierte en la fuerza motriz del desarrollo social. La explicación hay que buscarla en las diferentes relaciones de producción. Bajo el capitalismo, las fuerzas del mercado funcionan de una forma incontrolada, sin planificación ni intervención estatal. La revolución socialista pone fin a la anarquía de la producción e implanta el control y la planificación por parte de la sociedad. El resultado es que, después de la revolución, el factor subjetivo se convierte también en el factor decisivo. En palabras de Engels, el socialismo es “el salto del reino de la necesidad al de la libertad”.
Pero la conciencia de las masas no es algo separado de las condiciones materiales de vida, del nivel de cultura, de la jornada laboral, etc. Por eso Marx y Engels insistieron en que los requisitos materiales previos para conseguir el socialismo dependían del desarrollo de las fuerzas productivas. Las protestas mencheviques contra la Revolución de Octubre, argumentando que las condiciones materiales para el socialismo estaban ausentes en Rusia, tenían una parte de verdad. No obstante, las condiciones objetivas sí existían internacionalmente.