29 de agosto de 2022

Trotsky revisitado (XVIII). Semblanzas y estimaciones (12)

Alan Woods: La camarilla burocrática y el socialismo en un solo país

En el periodo inmediato a la muerte de Lenin se desarrolló una discusión política que culminó en el XIVº Congreso del Partido llevado a cabo en 1926. En el centro de la discusión se encontraban dos cuestiones de las que dependía el porvenir de la revolución en la Unión Soviética y a nivel mundial: la cuestión de la “revolución permanente” y la construcción del “socialismo en un solo país”. Stalin derrotó a la corriente trotskista que abogaba por la exportación del socialismo a nivel internacional y en su lugar impuso la tesis del socialismo en un solo país, la URSS. “La teoría de la revolución permanente -escribió Alan Woods en 2001 en el prólogo de la edición mexicana de ‘Permanentnaia revoliutsiia’(La revolución permanente)- fue desarrollada por Trotsky en 1904. Esta extraordinaria teoría afirmaba que, aunque las tareas objetivas a las que se enfrentaban los trabajadores rusos eran las propias de la revolución democrática burguesa, en la época del imperialismo, como en cualquier país atrasado, la ‘burguesía nacional’ estaba, por una parte, vinculada inseparablemente a los restos del feudalismo y, por la otra, al capital imperialista y por lo tanto era completamente incapaz de cumplir con ninguna de sus tareas históricas”. En el artículo “En memoria de León Trotsky”, cuya quinta parte se reproduce a continuación, Woods hace referencia justamente a ese debate.

 
Para los bolcheviques, el internacionalismo no era una cuestión sentimental. Lenin repitió en cientos de ocasiones que si la revolución rusa no se extendía a otros países, sería su fin. Tras ella hubo una oleada revolucionaria y se dieron situaciones revolucionarias en muchos países (Alemania, Hungría, Italia, Francia, etc.) pero, dada la ausencia de partidos marxistas de masas, todos esos movimientos terminaron derrotados. O, para ser más exactos, en Alemania y otros países fueron traicionados por los dirigentes socialdemócratas. Debido a esa traición, la revolución quedó aislada en un país atrasado, donde las condiciones de vida de la población eran atroces. Sólo en un año murieron de hambre seis millones de personas. En 1921, al final de la guerra civil, la clase obrera estaba exhausta.
En esa situación, la reacción era inevitable. Los resultados conseguidos no se correspondían con las expectativas de las masas. Una buena parte de los obreros más conscientes y militantes falleció en la guerra civil. Otros, absorbidos por las tareas de administración de la industria y el Estado, se fueron divorciando poco a poco de los trabajadores, a la par que el aparato del Estado se elevaba gradualmente por encima de la clase obrera. Cada paso atrás de la clase obrera estimulaba a los burócratas y arribistas. En ese contexto, surgió una casta burocrática que se sentía satisfecha con su propia posición y estaba en desacuerdo con las ideas “utópicas” de la revolución mundial. Estos elementos abrazaron con entusiasmo la teoría del “socialismo en un solo país”, esbozada por primera vez en 1923.
El marxismo explica que las ideas no caen del cielo. Si una idea obtiene un apoyo de masas es porque necesariamente refleja los intereses de una clase o casta social. Actualmente los historiadores burgueses tratan de presentar la lucha entre Stalin y Trotsky como un “debate” sobre cuestiones teóricas en el que, por oscuros motivos, Stalin ganó y Trotsky perdió. Pero el factor determinante en la historia no es la lucha entre las ideas, sino entre los intereses de clase y las fuerzas materiales. La victoria de Stalin no se debió a su superioridad intelectual (en realidad, de todos los líderes bolcheviques, Stalin era el más mediocre en las cuestiones teóricas), pero las ideas que defendió representaban los intereses y privilegios de la nueva casta burocrática surgida, mientras que Trotsky y la Oposición de Izquierda defendían las ideas de Octubre y los intereses de la clase obrera, que se vio obligada a replegarse ante la ofensiva lanzada por la burocracia, la pequeña burguesía y los kulaks (campesinos ricos).
Las ideas y acciones de Stalin tampoco estaban planeadas de antemano. En las primeras etapas, ni él mismo sabía hacia dónde se dirigía. En realidad, si lo hubiera conocido en 1923 cuando se gestaba el proceso que lideraba, lo más probable es que nunca hubiera tomado ese camino. Lenin era consciente del peligro e intentó avisar de la amenaza que representaba la burocracia. En el XIº Congreso, presentó ante el partido una contundente acusación contra la burocratización del aparato del Estado: “Tomemos Moscú, con sus cuatro mil setecientos comunistas en puestos de responsabilidad. Si consideramos la enorme máquina burocrática, ese enorme gigante, debemos preguntarnos: ¿quién dirige a quién? Dudo mucho que se pueda decir sinceramente que los comunistas dirigen al enorme gigante. A decir verdad no están dirigiendo, les están dirigiendo”.
Para lograr apartar a los burócratas y arribistas de los aparatos del Estado y el partido, se creó el Rabkrin (Comisariado de Inspección Obrera y Campesina), al frente del cual se situó a Stalin porque Lenin creía necesario poner al frente a un organizador fuerte que llevase con rigor esa tarea y Stalin parecía cualificado por su éxito como organizador del Partido. En pocos años, Stalin ocupó distintos puestos organizativos: dirigió el Rabkrin y fue miembro del Comité Central, del Politburó, del Buró de Organización y del Secretariado del Partido. Pero su estrecha perspectiva organizativa y la ambición personal hicieron que en breve espacio de tiempo apareciese como el portavoz de la burocracia en la dirección del partido, no como su adversario.


A principios de 1920, Trotsky criticó el trabajo del Rabkrin porque, en vez de ser una herramienta de lucha contra la burocracia, se había convertido en su criadero. Al principio Lenin defendió el Rabkrin. Su enfermedad le impedía darse cuenta de lo que se estaba incubando. Stalin utilizó su atribución de seleccionar al personal para los puestos de dirección en el Estado y el partido para rodearse de aliados y funcionarios serviles, nulidades políticas que le estaban agradecidas por su ascenso. En sus manos, el Rabkrin se convirtió en un instrumento para defender su propia posición y eliminar a sus rivales políticos.
Lenin se dio cuenta de la terrible situación cuando descubrió las manipulaciones de Stalin en Georgia. Sin el conocimiento de Lenin ni del Politburó, Stalin, junto con sus secuaces Dzerzhinsky y Ordjonikidze, dio un golpe de Estado en el partido en Georgia, purgando a los mejores cuadros del bolchevismo georgiano. Cuando al final se dio cuenta de lo que ocurría, Lenin se enfureció. Desde su lecho de convalecencia, dictó a finales de 1922 una serie de notas a sus secretarias sobre “las cuestiones de la autonomía en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas”.
Las notas de Lenin son una contundente acusación a la arrogancia burocrática y chovinista de Stalin y su camarilla. Pero Lenin no trató el incidente como un fenómeno accidental, sino como la expresión del corrupto y reaccionario nacionalismo de la burocracia soviética. Vale la pena citar textualmente las palabras de Lenin: “Se afirma que era necesaria la unidad del aparato. ¿De dónde emanaban esas afirmaciones? ¿No provenían acaso del mismo aparato de Rusia, que, como ya lo dije en un número anterior de mi diario, tomamos del zarismo, limitándonos a recubrirlo ligeramente con un barniz soviético? Sin duda alguna, habríamos debido esperar con esa medida hasta el día en que pudiéramos decir que respondemos de nuestro aparato porque es nuestro. Pero ahora, en conciencia, debemos decir lo contrario: que denominamos nuestro a un aparato que, en conciencia, nos es fundamentalmente extraño y que representa una mezcolanza de supervivencias burguesas y zaristas; que nos fue en absoluto imposible transformarlo en cinco años, ya que no contábamos con la ayuda de otros países y predominaban las ‘ocupaciones’ militares y la lucha contra el hambre. En tales condiciones es muy natural que ‘la libertad de salir de la Unión’, que nos sirve de justificación, aparezca como una fórmula burocrática incapaz de defender a los miembros de otras nacionalidades de Rusia contra la invasión del hombre auténticamente ruso, del chovinista gran ruso, de ese canalla y ese opresor que es en el fondo el burócrata ruso. No es dudoso que los obreros soviéticos y sovietizados, que se encuentran en proporción ínfima, lleguen a ahogarse en ese océano de la morralla rusa chovinista como una mosca en la leche”.
Después del asunto georgiano, Lenin utilizó toda su autoridad para intentar quitar a Stalin de la Secretaría General del Partido, que ostentaba desde 1922 tras la muerte de Sverdlov. Sin embargo el principal temor de Lenin, ahora mayor que antes, era una división abierta en la Dirección, que en las condiciones existentes podría conducir a la ruptura del Partido según los diferentes intereses de clase. Por tanto, intentando confinar la lucha a la Dirección, las notas anteriores y el resto del material de Lenin contra la burocracia no se hicieran públicos. Lenin escribía en secreto a los bolcheviques de Georgia (enviaba también copias a Trotsky y Kámenev) y, como no podía seguir personalmente el asunto, escribió a Trotsky para pedirle que defendiese a los georgianos en el Comité Central. Durante su enfermedad siguió luchando contra el proceso de burocratización e incluso le propuso a Trotsky formar un bloque para luchar contra Stalin en el XXIº Congreso del Partido. Pero Lenin murió antes de poder llevar adelante sus planes. Su carta al Congreso, en la que califica a Trotsky como el miembro del Comité Central más capacitado y exige la destitución de Stalin como Secretario General, fue censurada por la camarilla dirigente y durante décadas no vio la luz.
Incluso con la participación de Lenin el proceso no se habría desarrollado de forma sustancialmente diferente. Las causas no se hallaban en los individuos, sino en la situación objetiva de un país atrasado, hambriento y aislado por el retraso de la revolución socialista en Occidente. Tras la muerte de Lenin, el grupo dirigente (la troika) -inicialmente formada por Kámenev, Zinóviev y Stalin- ignoró la advertencia de Lenin y, en su lugar, emprendieron una campaña contra el trotskismo, que en la práctica significaba renegar de las ideas de Lenin y de la Revolución de Octubre. Inconscientemente reflejaban las presiones del estrato ascendente de funcionarios privilegiados que robaban los bienes de la revolución y deseaban poner fin al período de democracia obrera. La reacción pequeño-burguesa contra Octubre encontró su expresión en la campaña contra el trotskismo y sobre todo en la teoría antileninista del “socialismo en un solo país”.
Aunque Rusia era un país atrasado, no habría tenido esos problemas si Octubre hubiera sido el preludio de la revolución socialista mundial, que era el objetivo del Partido Bolchevique con Lenin y Trotsky. El internacionalismo no era un gesto sentimental, estaba enraizado en el carácter internacional del capitalismo y la lucha de clases. En palabras de Trotsky: “El socialismo es la organización de la producción social planificada destinada a satisfacer las necesidades humanas. La propiedad colectiva de los medios de producción no es el socialismo, sólo es su premisa legal. El problema de una sociedad socialista no se puede abstraer del carácter mundial de las fuerzas productivas en la actual etapa de desarrollo humano”. La Revolución de Octubre era considerada como el principio de un nuevo orden socialista mundial.


La teoría antimarxista del socialismo en un solo país, que Stalin expuso en el otoño de 1924, iba dirigida contra todo lo que defendían los bolcheviques y la Internacional Comunista. ¿Cómo era posible construir el socialismo en un solo país, sobre todo en un país extremamente atrasado como Rusia? Este pensamiento jamás entró en la cabeza de ningún bolchevique, ni siquiera de Stalin hasta 1924. Todavía en abril de ese año, Stalin escribió en su libro “Los fundamentos del leninismo”: “Para la victoria final del socialismo, para la organización de la producción socialista, no bastan los esfuerzos de un país, en especial de un país campesino como el nuestro. Por eso debemos conseguir el apoyo del proletariado de los países desarrollados”. Pocos meses después desaparecían estas líneas y en su lugar aparecía lo contrario: “Después de consolidar su poder y dirección, el campesinado, siguiendo la estela del proletariado de un país victorioso, puede construir una sociedad socialista”.
Esta teoría choca con todo lo que Marx, Engels y Lenin defendieron y demuestra lo lejos que llegó la reacción burocrática. Con todo, el nuevo programa de Stalin llevó a una crisis en el triunvirato. Kámenev y Zinóviev, alarmados por el cariz que estaban tomando las cosas, rompieron con Stalin y se unieron temporalmente con la Oposición de Izquierda de Trotsky en la llamada Oposición Conjunta. En 1926, en una reunión de la Oposición, Krupskaya, la viuda de Lenin, comentó con amargura: “Si Vladimir estuviese vivo, estaría en la cárcel”. La razón principal para la derrota de Trotsky y de la Oposición hay que buscarla en el ambiente entre las masas, que simpatizaban con la oposición pero se encontraban exhaustas y cansadas por los largos años de guerra.
El surgimiento de una nueva casta dominante tuvo efectos sociales muy profundos. El aislamiento de la revolución fue la principal razón del ascenso de Stalin y la burocracia, pero al mismo tiempo se convertiría en la causa de nuevas derrotas de la revolución mundial: Bulgaria y Alemania (1923), la huelga general británica (1926), China (1927) y la más terrible de todas, la de Alemania en 1933. Cada nuevo fracaso profundizaba el desánimo de la clase obrera soviética y estimulaba todavía más a los burócratas y arribistas. Después de la terrible derrota de China, responsabilidad directa de Stalin y Bujarin, comenzaron las expulsiones del PCUS de los partidarios de la Oposición. Incluso antes, ya se perseguía sistemáticamente a los oposicionistas: se les despedía del trabajo, se les condenaba al ostracismo y, en algunos casos, se les indujo al suicidio.
Las monstruosas acciones de los estalinistas estaban en total contradicción con las tradiciones democráticas del Partido Bolchevique. Por ejemplo, rompían las reuniones de la Oposición con la colaboración de sus rufianes, instigaban campañas maliciosas de mentiras y calumnias en la prensa oficial, persiguieron a los amigos y colaboradores de Trotsky hasta el punto de llevar a la muerte a varios prominentes bolcheviques, como Glazman (inducido al suicido por el chantaje) y Joffe, el famoso diplomático soviético a quien se negó la asistencia médica ante una terrible enfermedad y también se suicidó. En las reuniones del Partido, los portavoces de la Oposición sufrían los ataques de pandillas de gamberros, casi fascistas, organizadas por el aparato estalinista para intimidarlos.
El periódico comunista francés “Contre le Courant” publicaba en los años ‘20 los métodos utilizados por los estalinistas en los “debates” dentro del partido: “Los burócratas del Partido ruso han creado por todo el país pandillas de reventadores. En cada reunión del partido a las que asiste algún miembro de la Oposición, se sitúan en la entrada, formando un cerco de hombres armados con silbatos de policía. Cuando el orador de la Oposición pronuncia las primeras palabras, comienzan los silbidos. El alboroto dura hasta que el orador de la Oposición se rinde”.
Debido al aislamiento de la revolución en condiciones terribles de atraso y al cansancio de la clase obrera y su vanguardia, el resultado inevitable fue la victoria de la burocracia estalinista. No fue resultado de la inteligencia o previsión de Stalin, todo lo contrario. Stalin no preveía ni comprendía nada, sino que actuaba empíricamente, como lo demuestran los constantes zigzags en su política. Stalin y su aliado Bujarin dieron un giro a la derecha, intentando apoyarse en los kulaks. Trotsky y la Oposición de Izquierda avisaron insistentemente del peligro de esa política y defendieron una política de industrialización, planes quinquenales y colectivización. En una sesión plenaria del Comité Central, en abril de 1927, Stalin atacó sus propuestas, comparando el plan de electrificación de la Oposición con “ofrecer a un campesino un gramófono en lugar de una vaca”.
Las advertencias de la Oposición fueron correctas. El peligro del kulak se tradujo en sabotajes y una huelga de grano que amenazaron con derrocar el poder soviético y situó en el orden del día la contrarrevolución capitalista. En una reacción de pánico, Stalin rompió con Bujarin y se lanzó a una aventura ultraizquierdista. Después de rechazar desdeñosamente la propuesta de Trotsky de un plan quinquenal destinado a desarrollar la economía soviética, de repente, en 1927, dio un giro de 180º e impuso la locura del “plan quinquenal en cuatro años” y la colectivización forzosa para “exterminar al kulak como clase”. Esto desorientó a muchos oposicionistas, que imaginaron que Stalin había adoptado el programa de la Oposición. Pero la política de Stalin sólo era una caricatura de la de la Oposición porque su objetivo no era regresar a la democracia soviética leninista, sino consolidar a la burocracia como casta dominante.


Empezando con Kámenev y Zinóviev, muchos de los antiguos oposicionistas capitularon ante Stalin, con la esperanza de ser aceptados de nuevo en el Partido. Eso era una ilusión. El que se retractaran sólo sirvió para pavimentar el camino a nuevas exigencias y capitulaciones, hasta la humillación final de los juicios de Moscú, en los que Kámenev, Zinóviev y otros viejos bolcheviques fueron declarados culpables de los crímenes más monstruosos contra la revolución. Pero sus “confesiones” no los salvaron. Sus cabezas fueron entregadas a los verdugos estalinistas.
Trotsky mantenía su causa, aunque no tenía ninguna ilusión en poder ganar debido a la desfavorable correlación de fuerzas. Pero luchaba para dejar tras de sí una bandera, un programa y una tradición para la nueva generación. Como él mismo explica en su autobiografía: “El grupo dirigente de la Oposición se enfrentaba al final con los ojos bien abiertos. Nos dábamos cuenta de que podríamos conseguir que nuestras ideas fueran propiedad común de la nueva generación, no con la diplomacia ni con las evasivas, sino sólo con una lucha abierta sin eludir ninguna de las consecuencias prácticas. Nos dirigíamos al inevitable desastre, pero confiábamos en que prepararíamos el camino para el triunfo de nuestras ideas en un futuro más lejano”.
En 1927 Trotsky fue exiliado a Turquía. Stalin todavía no se había consolidado lo suficiente como para asesinarlo. Entre 1927 y 1933, desde sus distintos lugares de deportación (primero el destierro en la URSS y después el exilio), Trotsky dedicó sus energías a organizar la Oposición de Izquierda Internacional, con el objetivo de regenerar la URSS y la Internacional Comunista. El giro ultraizquierdista de Stalin en la Unión Soviética encontró su expresión en el terreno internacional en el “socialfascismo” y el denominado “tercer período”, que supuestamente desembocaría en la “crisis final” del capitalismo mundial. La Internacional Comunista, siguiendo instrucciones de Moscú, calificó a todos los partidos -sobre todo a los socialdemócratas, a los que se caracterizó de “socialfascistas”- como fascistas, excepto a los comunistas. Esta locura obtuvo sus resultados más desastrosos en Alemania, donde llevaría directamente a la victoria de Hitler.
La recesión mundial de 1929-33 afectó de manera especialmente grave a Alemania. El desempleo alcanzó los ocho millones de personas. Grandes sectores de las capas medias quedaron arruinados. La decepción con los socialdemócratas en 1918 y posteriormente con los comunistas en 1923 hizo que las capas medias alemanas miraran con desesperación al partido nazi como una alternativa. En las elecciones de septiembre de 1930, los nazis recogieron seis millones y medio de votos. Desde su exilio en Turquía, Trotsky advirtió una y otra vez del peligro del fascismo y exigió a los comunistas alemanes la formación de un frente único con los socialdemócratas para frenar a Hitler. Este mensaje se puede leer en “El giro en la Internacional Comunista y la situación en Alemania” y otros artículos y documentos de la época. Pero el llamamiento a regresar a la política leninista del frente único cayó en saco roto.
Aunque el movimiento obrero alemán era el más poderoso del mundo occidental, a la hora de la verdad quedó paralizado por la política de sus dirigentes. En particular, por los dirigentes del estalinista Partido Comunista Alemán (KPD), que jugó un papel pernicioso al dividir el movimiento obrero frente a la amenaza nazi. Incluso lanzaron la consigna “golpear a los pequeños Scheidemann (el dirigente del Partido Socialdemócrata Alemán) en los patios de recreo de los colegios”, una increíble provocación para que los hijos de los comunistas golpearan a los hijos de los socialdemócratas. Esta locura alcanzó su clímax en el llamado referéndum rojo. Cuando en 1931 Hitler organizó un referéndum para derrocar al gobierno socialdemócrata de Prusia, el KPD, cumpliendo las órdenes de Moscú, pidió a sus seguidores que apoyaran a los nazis. El periódico estalinista británico “The Daily Worker” escribió después lo siguiente: “Es significativo que Trotsky saliera en defensa del frente único de los partidos comunista y socialdemócrata frente al fascismo. Nada más perjudicial y contrarrevolucionario se puede decir en un momento como el actual”.