Cuando los escritores se conocieron, Paul Auster ya había
publicado “In the country of last things” (El país de las últimas cosas), “Moon
palace” (El palacio de la luna” y “The music of chance” (La música del azar), y
su “The New York trilogy” (La trilogía de Nueva York) compuesta por “City of glass”
(Ciudad de cristal), “Ghosts” (Fantasmas) y “The locked room” (La habitación cerrada)
ya era objeto de culto. Más adelante publicaría, entre otras, las novelas “Leviathan”
(Leviatán), “The book of illusions” (El libro de las ilusiones), “Oracle night”
(La noche del oráculo), “Travels in the Scriptorium” (Viajes por el Scriptorium)
y “Man in the dark” (Un hombre en la oscuridad). En 2002, durante su visita al
Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, se le preguntó a Paul Auster si
conocía algo de literatura argentina, a lo que respondió que “la vastedad de la
literatura argentina es tal que sólo conozco una pequeña parte. Empecé a leer a
Borges a los diecisiete años, es uno de mis favoritos. Realmente no imagino la
literatura del siglo XX sin Borges. Leí a Cortázar cuando estudiaba, cada tanto
releo algunas cosas suyas. También me gusta mucho. Era muy imaginativo”, y
concluyó: “Conozco personalmente y admiro la obra de Tomás Eloy Martínez”. Poco
después, en un artículo periodístico, Tomás Eloy Martínez opinó: “Paul Auster
es el último heredero de un linaje que se remonta a Melville, a Nathaniel
Hawthorne y a Edgar Allan Poe, y que desde allí se prolonga en Faulkner, Scott
Fitzgerald y J.D. Salinger. Auster es el mejor reverso de la medalla
minimalista de la literatura norteamericana: un creador para quienes los
sentimientos son el barco donde navega la Historia, y el azar la brújula que lo
guía”.
A continuación, la tercera y última parte de la conversación que ambos
entablaron y que fue publicada el 11 de agosto de 2007 en la revista “ADN.
Cultura”.
T.E.M.: ¿Mientras editabas la
obra completa de Beckett escribías “Viajes por el Scriptorium”? Cuánta
envidiable energía.
P.A.: No sé cómo hice. Se lo debía
a Beckett. Si nadie más lo iba a hacer, lo haría yo. Me dijeron que su sobrino,
que es su heredero y encargado de su obra, está muy contento con el resultado.
Tanto él como los editores fueron de gran ayuda.
T.E.M.: Advierto que incluiste
los textos en francés que el propio Beckett tradujo al inglés. Se traducía a sí
mismo, como Vladimir Nabokov desde el original ruso.
P.A.: Sí. Pero si prestás
atención al original y a la traducción de Beckett, vas a ver que cambia muchas
cosas.
T.E.M.: Es el único escritor que
transforma el texto cuando se traduce. Una completa reescritura. Escribe otro
libro, uno distinto en cada lengua. Volviendo a los autores favoritos, recuerdo
que me dijiste que tu novela más admirada en la literatura norteamericana era “El
gran Gatsby”.
P.A.: Del siglo XX, sí. Y
todavía siento lo mismo. Y ahora que el siglo XX ha terminado, creo que es el
perfecto libro norteamericano. Me encanta, me encanta. Es curioso que no haya
sido un éxito cuando fue publicado, creo que se retrasó. Diría que “Moby Dick”
es mi novela favorita del siglo XIX y “El gran Gatsby” del siglo XX. Es
demasiado temprano para hablar del siglo XXI. No creo haber hecho demasiados
descubrimientos desde nuestra conversación de 1991. Admiré algunas cosas que
leí, pero nada que haya cambiado mi vida.
T.E.M.: Es difícil encontrar un
escritor capaz de cambiarnos la vida. En mi adolescencia creí que Borges me iba
a cambiar la vida, pero no fue así. Admiro a Borges inmensamente, pero lo
siento distante. Quizá porque hay en él un conflicto no resuelto entre lo que
escribía y lo que sentía o se permitía sentir. Escribía -y en algún lugar lo
dijo- lo que se debía escribir, lo que se acepta como literatura. De esa manera
le ata las manos a su literatura, la priva de libertad. Con esa libertad quién
sabe dónde habría llegado. Lo admiro muchísimo y sin él no sería el escritor
que soy, bueno o malo. Pero no me ha cambiado la vida.
P.A.: Borges es... no sé cómo
decirlo... un escritor menor genial. Sí, es eso: un escritor menor genial. Creo
que su mayor fuerza radicaba en el hecho de que conocía sus límites. Ni
siquiera intentó escribir novelas, no podía hacerlo. En cambio, perfeccionó
aquello que sí podía hacer.
T.E.M.: Siento que estoy ante un
gran escritor cuando me parece que expande los límites de la literatura. Algo
que no sucede muy a menudo. Como Kafka. Hay una literatura antes de Kafka y
otra distinta después. Nada puede ser leído de la misma manera. Cuando leo a un
autor que abre puertas nuevas, como el japonés Haruki Murakami, siento que
Kafka lo ha transfigurado. De hecho, su última novela es, desde el título, un
homenaje a Kafka: “Kafka en la orilla”. Kafka creó una literatura mayor a la
que existía antes de él.
P.A.: Estoy de acuerdo, de
acuerdo. De los gigantes de la literatura del siglo XX, los tres nombres que
siempre se mencionan, Marcel Proust, James Joyce y Kafka, creo que Kafka es mi
preferido. Amo a Proust y a Joyce, pero creo que Kafka va más profundo que
ellos. Proust, tan electrizante, articuló los sentimientos humanos como ningún
escritor había podido hacerlo antes. Tuvo la paciencia y la perspicacia para ir
hasta el fondo y explorar estas emociones, estos pensamientos que todos
tenemos. Eso lo hace grande. En el caso de Joyce, creo que es la música. No sé
si hubo alguien, en inglés, que tuviera un oído mejor que ese hombre. Para mí,
los cuatro grandes oídos son William Shakespeare, Dickens, Joyce y Beckett.
Sólo por la música de sus lenguajes. Hay otros grandes prosistas en inglés,
como Sir Thomas Browne en el siglo XVII; también el poeta John Milton fue un
gran prosista: algunos de sus ensayos son extraordinarios. Milton escribió en
su ensayo “Areopagítica”: “Y fue del sabor de una cáscara de manzana que el
conocimiento del bien y del mal, unidos como dos gemelos, entraron al mundo”.
T.E.M.: La gran literatura en
castellano está hecha de música. No sólo la poesía. Francisco de Quevedo, los
cronistas de Indias, Rulfo, García Márquez y por supuesto Borges, están llenos
de música. No se entiende a Borges por completo si no se advierte que su
lenguaje es música. Escribía siguiendo el hilo de música de las frases, quizá
porque era ciego.
P.A.: Verdad. Joyce también era
ciego. Y Milton.
T.E.M.: Aunque no puedo leer en
alemán, y esa es una de mis grandes asignaturas pendientes, ya para siempre,
siento que hay una oscura música en Kafka. Por ejemplo, en la primera frase de “El
proceso”: “Alguien, sin duda, había calumniado a Josef K, porque una mañana,
sin que hubiera hecho nada malo, fueron a detenerlo”.
P.A.: Un gran comienzo. La
novela entera está ahí.
T.E.M.: Cuando yo tenía quince o
dieciséis años empecé a sufrir de insomnio, no sé por qué. Un día le hablé de
eso a la bibliotecaria que me prestaba libros en Tucumán, y ella me dijo: “Esta
novela va a resolver tu problema. Antes de terminar el primer capítulo te vas a
quedar dormido”. Era “El proceso”. Pasé la noche en vela leyéndolo y el
insomnio se me volvió crónico. Ahí tenés un libro que me ha cambiado la vida.
Siempre he pensado que la música de Kafka ejerce un poder hipnótico sobre mí.
No puedo oír música cuando escribo ficciones. Leo poemas, que son otra forma de
la música.
P.A.: Yo también. Leo poesía e
historia. Nunca ficciones. ¿Sabías que Joyce era un gran cantante? Se lo
consideraba el segundo mejor tenor de Irlanda, luego de John McCormack, que era
famoso. Joyce pudo haber sido un cantante profesional. No sé si alguna vez lo
escuchaste leyendo; hay una grabación de él leyendo del “El despertar de
Finnegan”, dura sólo diez minutos pero te cambia la visión de las cosas.
T.E.M.: No, no lo he oído. Todos
los grandes autores que nombraste pertenecen a tus lecturas de formación. Decís
que ya no has encontrado nuevos autores que te cambien la vida. ¿Será que
cuando comenzaste a escribir también comenzaste a leer de otro modo, sin
inocencia?
P.A.: No, qué interesante.
Cuando era joven, y vivía en París, conocí a muchos poetas y narradores, muchos
bastante más grandes que yo, como Beckett o Edmond Jabés. Éramos muy cercanos
con Jabés. Lo vi una o dos veces a la semana durante años. Iba a su
departamento, me servía té y nos sentábamos y charlábamos. Él debía tener unos
sesenta años; yo, unos veintitrés o veinticuatro, y siempre me asombraba
confirmar qué poco interés tenía en los escritores nuevos. Y también Beckett, a
quien parecía no importarle en lo más mínimo lo que sucedía alrededor. Yo le
decía: “¿Edmond, no te interesa...?”. Y ahora yo me he vuelto así. Me di cuenta
de que una vez que uno encuentra su camino, sea cual fuere, bueno o malo, nada
más lo va a cambiar. Cuando leo libros nuevos es por curiosidad, pero no por el
hambre que sentía cuando era joven.
T.E.M.: Me pasa lo mismo. Trato
de mantener viva la capacidad de asombro, pero ya no es lo mismo. Antes me
parecía que era imposible alcanzar la grandeza de autores como César Vallejo o
Pablo Neruda o León Tolstoi o Gustave Flaubert o Borges. Estaban en un lugar
inaccesible, allá lejos. Yo deseaba ser como ellos, pero no se podía. Era
triste, pero había que resignarse. ¿Por qué tenemos que ser como somos y no
como quisiéramos ser? Un buen día acepté que mi voz, insignificante o valiosa,
era diferente pero era mía. Jamás tendría la voz de los que admiraba, pero
tenía mi voz, y eso debía bastarme. La tarea de cada escritor es salir en busca
de su propia voz. Y luego decirse: “¿A quién podrá interesarle mi voz? Quizás a
nadie. Pero es mi voz y trataré de soltarla”. Vivía en una pequeña ciudad en el
norte de Argentina, un país al fin del mundo. ¿Quién podía interesarse en lo
que yo escribía? Quizás alguien algún día; nunca se puede saber, pensé. Fui
escritor por azar.
P.A.: Creo que todos los
escritores lo somos por azar. Es algo con lo que nos tropezamos. Creo que
probablemente comienza cuando uno es pequeño y comienza a leer. Ese es el
comienzo: la pasión por los libros. Y luego uno empieza a decirse a sí mismo: “Mmm,
creo que a mí también me gustaría hacer esto de escribir”. También creo que
todos los escritores están un poquito locos, un poquito enfermos, un poquito
dañados, porque el mundo no es suficiente para nosotros y tenemos que hacer
mundos diferentes. Una persona realmente sana estaría feliz con la realidad,
con la vida cotidiana. Pero nosotros no lo estamos. Andrei Tarkovsky, el
cineasta ruso, dijo: “Los hombres son artistas porque la vida no es perfecta”.
T.E.M.: ¿Dónde entra el azar?
Comenzaste traduciendo y escribiendo para diarios y revistas.
P.A.: Sí, reseñas,
traducciones.
T.E.M.: Eso hacemos todos.
Reseñamos los libros de otros para aprender. A veces me gustaría aprender de
los críticos cuando escriben sobre mí. Y vos, Paul, ¿leés las reseñas sobre tus
libros o no te interesan?
P.A.: Las miro por encima. Me
siento vagamente curioso, y un poco temeroso... es una combinación de muchas
cosas. Sólo leo las reseñas norteamericanas, no leo las extranjeras, y sólo leo
un puñado.
T.E.M.: Las mejores reseñas sobre
mis libros son mejores en Inglaterra.
P.A.: ¿Las mejores? ¿Las más
favorables?
T.E.M.: No. Quiero decir aquellas
de las que más he aprendido, favorables o no. He tenido esa fortuna con los
ingleses.
P.A.: Cuando terminé “Viajes
por el Scriptorium” se lo envié a Don DeLillo y me dijo: “El libro me gustó
realmente mucho, pero no tengo idea de qué pueden llegar a decir sobre él. Creo
que te pueden atacar”. Me sentía particularmente curioso por las reseñas. Empecé
por leer sólo las más importantes. La del “The New York Times” fue un ataque
completo; un ataque muy hostil y estúpido. Luego recibí las del “The Washington
Post”, “The Los Angeles Times”, “The Boston Globe”, “The San Francisco
Chronicle” y eran todas excelentes. Lo mismo en Inglaterra.
T.E.M.: ¿Qué sucede con “The New
York Times”?
P.A.: No sé, creo que les gusta
atacarme. Cuanto más cerca estás de casa, más quieren atraparte. Me pueden
admirar fuera de Nueva York, pero aquí prefieren pegarme. Y no hay nada que
pueda hacer al respecto.
T.E.M.: No,
claro. ¿Y qué pasa en Brooklyn, tu condado, tu casa?
P.A.: Nada malo. En septiembre
me dan un gran premio por mi escritura y el año pasado el presidente del
municipio, un político llamado Marty Markowitz, declaró el “Día de Paul Auster
en Brooklyn”. Fue una sola vez, en febrero de 2006, pero recibí una gran
proclamación, con un discurso lleno de “en tanto que”, “en el presente acto” y “por
tanto”, “le concedemos a usted el...”. Fue muy divertido. Me sentía como un
personaje en el final de “El mago de Oz”. Como quizá te pasa a vos en Tucumán.
T.E.M.: En Tucumán siempre han
sido muy generosos conmigo. La universidad me ha concedido un doctorado honoris
causa. Cuando hablo allí me llenan de cariño. A veces no sé cómo corresponder.
P.A.: Escribiendo. Es la
obligación del héroe local. Hacer lo que sabe de la mejor manera.