28 de octubre de 2008

Conversaciones (XX). Luis Harss - Tomás Eloy Martínez. Sobre el “boom latinoamericano” (2/2)

El 26 de enero de 2008, junto a fragmentos de la conversación que mantuvo con Luis Hass, Tomás Eloy Martínez publicó en el diario “La Nación” el artículo “¿Qué se hizo de Luis Harss?”, en el cual narró los pormenores de su encuentro con el escritor chileno y contó algunas peripecias de su vida. “El diálogo con Harss -escribió- estuvo cortado aquí y allá por evocaciones personales, algunas dolorosas. La más extraña es la que concierne a la relación entre Harss y Francisco Porrúa, Paco. Cuando los conocí eran amigos entrañables. Fue Paco quien recomendó a Harss para que escribiera en ‘Primera Plana’, y fue Harss quien le descubrió a Paco la importancia de ‘Cien años de soledad’. En las innumerables leyendas que circulan sobre la novela de García Márquez, hay pocas discusiones sobre ese punto. Si la historia verdadera se mantuvo en la oscuridad durante años fue porque tanto Porrúa como Harss eligieron el silencio. La publicación de ‘La otra Sara o la huida de Egipto’ en 1968, introdujo una fisura definitiva en esa amistad. La novela recibió algunas reseñas negativas, que Harss atribuye a la soledad en que lo dejó su editor. ‘En el pequeño ambiente literario argentino yo era un desconocido -me dijo en Lancaster-. Dependía del apoyo de la editorial y del apoyo de Paco, a quien se veía como una especie de gurú. Cuando me largó en banda quedé desconsolado. Yo había tomado la decisión de regresar a vivir en la Argentina para recuperar mis raíces, pero de pronto me quedé solo y muy deprimido”.
Agregó más adelante: “En los primeros años de su ostracismo voluntario en Estados Unidos volvió a escribir. La hondura de su depresión se expresaba en el papel que eligió para hacerlo: ‘Un papel color ratón, con pelos. Me sentía como en una cueva’ dijo, sin mostrar la menor autocompasión, como si ya la desdicha no pudiera alcanzarlo. En el aislamiento de West Virginia, pensó que nadie más iba a leerlo y que estaba condenado a escribir sólo para sí. Pasaba de un idioma a otro, del español al inglés, escribía las mismas páginas en las dos lenguas, sin saber dónde pisar. Fueron, como él dice, muchos años ‘de incertidumbre y de tormento’. Que sus temas fueran obsesivamente argentinos lo inclinó al español. La lengua que eligió para regresar no fue, sin embargo, la de ‘La otra Sara’ o la de ‘Los nuestros’, sino una más compleja y más difícil de asir: un registro de voces argentinas que reflejan estratos culturales muy distintos y que expresan, cada cual a su manera, una realidad siempre en movimiento. Entre 1980 y 1981 completó ‘La patria madre’, extraña sátira sobre la dictadura tal como la viven un señorón, una hija acomplejada de buena familia y un sobreviviente de la Guerra de las Malvinas. Se publicó en junio de 1987, en una edición modesta en Montevideo. Ahora trabaja, desde hace años, en una novela más ambiciosa, ‘Ani y la vida’. Según su propio relato, es la historia de una chica cantante que crece en un barrio pobre, es explotada por un enano siniestro y termina siendo un personaje de ópera de barrio. Lo que Harss intenta supone un desafío mayúsculo, porque la novela inventa un mundo musical y, a la vez, su melodía es la del habla popular, bastarda, mestiza: una jerga argentina que juega con las letras de tango y las de rock, y con las voces domésticas. Como el libro se le volvió demasiado largo decidió separarlo en dos volúmenes. El primero, que transcurre entre 1973 y 1982, narra la infancia de la cantante. En el segundo, la misma cantante va reflejando en su cuerpo las catástrofes de una época que la devora. Habrá que esperar el fin de la historia para saber si Harss puede transfigurar en literatura el desencanto que siempre le ha producido su país”.
Y concluyó: “La Argentina le sigue doliendo de un modo tan hondo que, cuando vuelve a ella, aunque sea de visita, todo lo atrae y lo rechaza a la vez. Durante un tiempo, después de West Virginia, pensó en instalarse en Nueva York. Sin embargo, cuando su única hija empezó la escuela secundaria y fue al colegio de Mercersburg, se fue quedando. Harss se siente todavía excluido por un pasado de discordia que incluye, sobre todo, los años de la dictadura. Comparte con su esposa la idea de que la Argentina ‘es el país de los grandes fracasos, donde la gente de valor en cualquier esfera de la vida termina fundida, o suicidada, o expulsada. Gente que en otras circunstancias o en otros países hubiera hecho cosas notables, en la Argentina va al muere’. Cuando regresa, siente una especie de línea divisoria marcada por los años perdidos. ‘Soy siempre el que llegó de fuera’ -dice-. ‘El que no entiende lo que nos pasa porque estuvo lejos, alguien que parece haber perdido su derecho de piso. Anulado por la distancia, convertido en un fantasma’. El desencanto y la tristeza sólo embargan a Luis Harss cuando habla de la Argentina que ha dejado atrás y a la que tanto le cuesta volver. En lo demás sigue siendo el creador entusiasta, al que tantos lectores siguen identificando con un libro legendario. De Harss se podría decir lo que él dice, hablando de otros, en las últimas líneas de ‘Los nuestros’: ‘Tocó con delicada poesía una de las raíces del mito americano: el continente sin pasado que sigue en busca de sus momentos de verdad’”.
Lo que sigue es la segunda y última parte de la conversación que mantuvieron ambos escritores en Lancaster, Pennsylvania, en noviembre de 2007, la cual se publicó en la revista “ADN. Cultura” el 26 de enero de 2008.



T.E.M.: ¿Onetti también llegó a leer lo que escribiste sobre él? Su retrato es de lo mejores de tu libro. Te alcanzan unas pocas líneas para que el lector lo vea por completo: “En la lenta llovizna, metido en un voluminoso abrigo, doblado bajo el peso de la ciudad, avanza, opaco, un sonámbulo en la noche insomne. Como la ciudad, lleva con fatiga la carga de los años. Es alto, enjuto, con mechones blancos en el pelo gris, ojos desvelados, labios torcidos en una mueca dolorosa, alta frente profesoral, las huellas de la renuncia y del desgano en su andar de oficinista envejecido”.
 
L.H.: Claro que lo leyó. Le envié el capítulo, como a todos. Quizás haya reaccionado con alguna aspereza, no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que hablamos mucho de los títulos de sus libros, todos tan musicales. Para mí “La vida breve”, su gran novela, es el eje de la literatura narrativa del Río de la Plata. En ella se tocan y se encuentran Roberto Arlt y Cortázar.
 
T.E.M.: ¿Por qué omitiste a Sabato? Eran los años del gran éxito de “Sobre héroes y tumbas”. Creo recordar que, cuando te lo pregunté entonces, dijiste que la escritura de Sabato te resultaba pedregosa. Casi la misma razón por la que dejaste de lado a Donoso.
 
L.H.: Sabato, como novelista, me parecía de un dramatismo banal y estereotipado. En cambio leía con gusto sus ensayos.
 
T.E.M.: ¿Y José Lezama Lima?
 
L.H.: Cortázar lo puso de moda. Pero eso fue después de que salió “Los nuestros”. A mí no me impresionó. Hay que decir que la primera edición de “Paradiso” fue muy confusa, casi ilegible. Y ya nunca le tomé el gusto. Me encontré con una prosa libresca y farragosa, como de un adolescente onanista atragantado de lecturas. Una especie de ostentación tropical, afiebrada, de cultura. En eso se parecía a Carpentier.
 
T.E.M.: También dejaste fuera a José María Arguedas, un novelista al que, según recuerdo, respetabas mucho.
 
L.H.: Tengo una relación rara con Arguedas. Hay cosas en él que me tocan muy de cerca, pero tiene muchas torpezas, muchas carencias. Lo vi una vez en California. “Ramparts”, una revista alternativa que empezó a salir a comienzos de los años '60 me invitó a una de esas reuniones de poetas y académicos que eran frecuentes por entonces. En un rincón del cuarto estaba un señor muy extraño, muy pequeño u oscuro y empequeñecido, tocando una flauta. Tenía un aspecto vagamente himalayo o andino. Me dijeron: “Es un escritor peruano. Se llama José María Arguedas”. Me dio una sensación de angustia, casi de muerte. No lo volví a ver, pero me quedó esa imagen de persona solitaria, porque Arguedas nunca salió de la sombra, fue un escritor tan perdido en su vida, tan desamparado, como si traducir su mundo en palabras lo perdiera.
 
T.E.M.: Durante algún tiempo se lo conoció más por la polémica sobre el indigenismo que tuvo con Vargas Llosa que por su excelente novela “Los ríos profundos”, que es de esos años, creo que de 1962.
 
L.H.: En mi opinión, Vargas Llosa lo trató muy mal. Fue una vergüenza. Vargas Llosa es un escritor apasionado, aunque algo mecánico a veces. Me parece poco permeable a las experiencias y realidades que están fuera de la cultura occidental. Cuando escribió su introducción a “Los ríos profundos” -también en otras ocasiones- despreció el animismo del mundo de Arguedas como si fuera una pura superstición. Sentí vergüenza al pensar que un escritor tan eminente pudiera tener una incomprensión tan grande de otro mundo dentro de su propio país. Claro: Vargas Llosa estaba en contra de cualquier indigenismo, pero Arguedas era más que eso. De todos modos, cuando escribí “Los nuestros” lo conocía mal. Aun hoy no sé qué hacer con un escritor como él... Creo que tendría el egoísmo de guardármelo en secreto, que me toca más el corazón que el cerebro, por así decirlo.
 
T.E.M.: Como era inevitable, te sentiste más cerca de algunos autores de tu libro que de otros: Carpentier y Vargas Llosa no te gustaron como seres humanos. Cortázar fue, sin duda, tu preferido...
 
L.H.: Aunque cuando lo conocí, que debió ser hacia la misma época en que vos lo conociste, era todavía un tipo muy “uptight”, como se dice en inglés; es decir, tenso, algo envarado. Ya había escrito “Rayuela”, es decir que una parte de él había florecido, se había liberado, pero otra parte de él...
 
T.E.M.: ...creaba distancia.
 
L.H.: Claro, era un tipo muy distante, de una cortesía muy de un empleado de las Naciones Unidas -de la UNESCO, como él era-; es decir, no era un tipo que había soltado el ovillo como se supone... no sé si ocurrió después. Gran parte de sus lucubraciones eran mentales, ¿no?, libertades y pesadillas mentales.
 
T.E.M.: Otro de tus preferidos era García Márquez.
 
L.H.: Un tipo simpatiquísimo. Muy campechano, buen conversador, con una especie de gracia infusa y un aura angelical. Yo había leído sus cuentos y su novela “La mala hora”. Cuando el manuscrito de “Cien años de soledad” ya estaba muy adelantado, envió una muestra de unas setenta páginas a varias personas. No sé cómo llegó hasta mí. Yo le escribí: “Me parece demasiado anecdótico”... y le llevé esas páginas a Paco Porrúa. La novela salió uno o dos años después y cambió el mundo.
 
T.E.M.: A propósito de Francisco Porrúa, cuando los conocí, ambos eran amigos entrañables. ¿La ruptura de debió a la publicación de “La otra Sara o la huida de Egipto”?
 
L.H.: Sí. La novela recibió algunas reseñas negativas. En el pequeño ambiente literario argentino yo era un desconocido. Dependía del apoyo de la editorial y del apoyo de Paco, a quien se veía como una especie de gurú. Cuando me largó en banda quedé desconsolado. Yo había tomado la decisión de regresar a vivir en la Argentina para recuperar mis raíces, pero de pronto me quedé solo y muy deprimido.
 
T.E.M.: Cuando hablás de la Argentina afloran el desencanto y la tristeza.
 
L.H.: La Argentina es el país de los grandes fracasos, donde la gente de valor en cualquier esfera de la vida termina fundida, o suicidada, o expulsada. Gente que en otras circunstancias o en otros países hubiera hecho cosas notables, en la Argentina va al muere. Cuando regreso, soy siempre el que llegó de fuera, el que no entiende lo que nos pasa porque estuvo lejos, alguien que parece haber perdido su derecho de piso. Anulado por la distancia, convertido en un fantasma.
 
T.E.M.: Una pregunta final. Si tuvieras que hacer una versión actualizada de “Los nuestros”, ¿quiénes serían ahora los escritores de tu canon?
 
L.H.: Es una pregunta muy difícil porque no me he mantenido al tanto.
 
T.E.M.: Bueno, tampoco estabas al tanto aquella vez.
 
L.H.: Creo que hoy, otra vez, no hay lo que podría llamarse una novela latinoamericana. Hay una literatura en lengua española, con buenos y malos escritores. Habría que pensar en Roberto Bolaño, tan aclamado en España y en Estados Unidos. Es chileno como Donoso, y como lo soy yo, por nacimiento.
 
T.E.M.: Ya no podrías incluirlo. Murió hace cuatro años.
 
L.H.: Sería mi escritor muerto. Me faltaba uno. A Bolaño lo he leído con curiosidad, atraído por sus títulos. Su “Nocturno de Chile”, sobre un cura pinochetista, es una novela notable. Tiene un enorme talento, pero algo monocorde. Casi todo lo resuelve con monólogos, algo semejante a lo que en el jazz se llaman “riffs”, arranques, improvisaciones. Igual que Felisberto Hernández, cuando advierte que hizo algo bien, lo vuelve a hacer. Lo que tiene de interesante “Nocturno de Chile” es que el cura es y no es un impostor, es y no es un acólito de Pinochet, es y no es un poeta. Es muy extraño como Bolaño maneja esa ambigüedad entre crimen, impostura y poesía...
 
T.E.M.: ¿Leíste su última novela, “2666”?
 
L.H.: La empecé y no pude avanzar mucho. Es un libro, ¿cómo decirlo?, casposo. Me sorprendió que un escritor lleno de vuelo poético de pronto se detuviera en personajes que son profesores universitarios aburridísimos No sé cómo se le ocurrió hacer un libro sobre gente así. En cambio “Los detectives salvajes” es una sinfonía de voces que alcanza una poesía infernal.