19 de octubre de 2008

Conversaciones (XIX). José Agustín - Mempo Giardinelli. Sobre los intelectuales y la política (1/2)

El narrador, guionista de cine, periodista, traductor y dramaturgo José Agustín Ramírez (1944-2024) fue uno de los escritores mexicanos más reconocidos, tanto por su lenguaje coloquial, como por sus opiniones controvertidas y sus formas poco convencionales. Realizó estudios de letras clásicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, de dirección cinematográfica en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos y de composición dramática en el Instituto Nacional de Bellas Artes y en la Asociación Nacional de Actores. Entre los años 1962 y 1965 participó en el taller literario de Juan José Arreola (1918-2001) y, desde 1966 a 1967, fue becario del Centro Mexicano de Escritores. Conocido internacionalmente sin el uso de su apellido, este destacado representante de la literatura mexicana poseyó un estilo de escritura muy ameno y de fluida lectura, lo que se advierte ya desde sus primeras novelas “La tumba” y “De perfil”, las cuales fueron encasilladas por la crítica en la corriente denominada “literatura de la onda”, aquella cuya característica principal era el abordaje de temas como el rock, el alcohol, las drogas, el sexo y los conflictos familiares, encarnados en personajes jóvenes que expresaban el espíritu rebelde juvenil de los años ‘60. A esas primeras novelas le siguieron “Se está haciendo tarde (final en laguna)”, “El rey se acerca a su templo”, “Ciudades desiertas”, “Cerca del fuego”, “La panza del Tepozteco” y “Dos horas de sol”. Además, escribió los libros de relatos: “Inventando que sueño”, “Amor del bueno, juegos de los puntos de vista”, “La mirada en el centro” y “No hay censura”; los ensayos “La nueva música clásica”, “El hotel de los corazones solitarios” y “La contracultura en México”; y las crónicas “Contra la corriente” y “Tragicomedia mexicana. La vida en México de 1940-1994” (tres tomos). Para el teatro escribió “Los atardeceres privilegiados de la Prepa 6”, “Abolición de la propiedad” y “Círculo vicioso”, y en televisión dirigió y condujo el programa “Letras vivas” entre 1985 y 1988. También incursionó en la industria cinematográfica escribiendo, entre otros, los guiones de “Cinco de chocolate y uno de fresa” y “Alguien nos quiere matar” dirigidas por Carlos Velo (1909-1988), “El apando” y “El año de la peste” dirigidas por Felipe Cazals (1937-2021), “La viuda de Montiel” dirigida por Miguel Littín (1942), y “Ya sé quién eres (te he estado observando)” la que también dirigió. Como periodista colaboró en decenas de publicaciones, entre ellas las revistas “Nuevas Letras”, “Cuadernos del Viento”, “El Corno Emplumado” y “Cine avance”, y los diarios “El Día”, “El Heraldo de México” y “Reforma”. De entre los apodos que recibió José Agustín, uno de los más emblemáticos fue el de “writerockstar” de México, un mote que sin duda lo definió de forma exquisita como figura pública artística y cultural de México. Al respecto, el escritor y periodista mexicano Juan Villoro (1956) acotó: “Si a José Agustín le pagaran las regalías de libros que hemos leído gracias a él, en estos momentos estaría nadando en la alberca de Elvis Presley”. Cuando José Agustín falleció, el citado Villoro lo recordó en una entrevista de la siguiente manera: “Él abrevó en la contracultura y fue siempre un autor inaugural tocando territorios por los que nadie más había caminado. Al mismo tiempo, fue un autor muy independiente que estuvo lejos de las prebendas del poder y de los grupos literarios”. A fines de 1986, José Agustín viajó a la Argentina para participar como jurado del concurso Premio Bienal Internacional de Novela Breve que se llevó a cabo en la ciudad de San Francisco, Córdoba, el cual fue otorgado a la escritora argentina Reina Roffé (1951) por su obra “La rompiente”. En esa ocasión, el escritor y periodista argentino Mempo Giardinelli (1947) charló con él largamente y la conversación se reprodujo poco después en el nº 50 de la revista “Crisis” de enero de 1987, cuya primera parte sigue a continuación.


M.G.: Empecemos por el final: ¿cómo ha sido tu experiencia en Argentina esta vez?

J.A.: Fue magnífica porque pude conocer el interior de este país y tuve ocasión de leer más de setenta obras. Aparte de la que premiamos, una estupenda novela de Reina Roffé, titulada "La rompiente", y de las varias menciones que dimos, me llamó mucho la atención percibir una necesidad muy grande en muchos escritores por recapitular las experiencias de la dantesca dictadura que padecieron. Es notable la necesidad de analizar y cuestionar incluso lo que está ocurriendo ahora. Me parece que esto es muy importante. Por otra parte, el nivel de los participantes, en términos generales, fue estimable. Pero no me sorprende tanto, ya que en Argentina cuentan con una sólida tradición literaria.

M.G.: Mi sensación, por haber vivido en México muchos años, es la de que en tu país han ocurrido cosas muy importantes en la literatura de, digamos, los últimos veinte años.

J.A.: Sí, veinte años por lo menos, quizá más. Han ocurrido cosas fundamentales. Se ha ampliado notablemente la influencia de la cultura en toda la nación, han surgido muchos escritores muy valiosos, como Jaime del Palacio, Ignacio Solares, María Luisa Puga, Juan Villero, Agustín Ramos, Angeles Mastretta y varios más. Se ha consolidado definitivamente la obra de Fernando del Paso, de José Emilio Pacheco, de Elena Poniatowska, de Juan García Ponce, de Gustavo Sainz y Sergio Pitol. Te podría decir que nuestra narrativa se ha enriquecido y ha ido penetrando en el pueblo. Como ejemplo interesante se puede mencionar que los jóvenes tienen el espacio abierto; las editoriales suelen publicar obras de gente hasta de veinte años de edad. Ha surgido un fenómeno que se le conoce como "literatura lumpen": son muchachos de zonas muy pobres y marginadas que están escribiendo y publicando, algunos de ellos con muy estimable nivel. En realidad hay una gran pluralidad, se tratan todo tipo de temas y hay una amplia gama de concepciones, estilos y recursos. Quizá podría destacarse un acercamiento cada vez mayor a cuestiones populares desde una perspectiva de rigor literario y una legitimación irreversible e importantísima del lenguaje coloquial elaborado artísticamente. Creo que en México la cultura está en franco ascenso, de hecho diría que desde los acontecimientos de 1968 se generó una revolución cultural profunda que en estos momentos de crisis ha sido importantísima. No creo exagerar al decir que en la cultura la literatura constituye la avanzada.

M.G.: Pero en este momento, México vive una crisis que podríamos calificar de brutal. La cultura no puede sobrevivir desligada de semejante realidad. ¿De qué manera dirías que afecta la crisis mexicana a la literatura en particular y a la cultura en general? Y lo pregunto, entre otras cosas, porque es sorprendente la respuesta del público a tus libros.

J.A.: Bueno, la crisis afecta, sin duda, y yo diría que en un doble sentido: por una parte, el encarecimiento de la vida ha dificultado las condiciones de vida de los escritores, que de por sí suelen ser precarias. Las editoriales pequeñas se han visto en serios problemas, y esto hay que tomarlo en cuenta porque ellas suelen abrirse más a los nuevos escritores. Las grandes editoriales, por su parte, han estrechado sus puertas y procuran publicar grandes nombres que les aseguren su inversión y les permitan continuar con sus grandes ganancias, de las cuales los escritores vemos una parte ínfima, ridicula. Los libros se han encarecido notablemente, y los lectores de pocos recursos se ven obligados a discriminar mucho más sus compras. Los estudiantes suelen hacer "vacas": entre varios juntan dinero, compran el libro, se turnan para leerlo y después lo sortean para ver quién se queda con él. Pero, de cualquier manera, se sigue leyendo mucho. Existe un nuevo público lector que ya no puede dejar de consumir libros. Por otra parte, muchos escritores, ante el impacto terrible de la realidad, han optado por la política del avestruz: esconder la cabeza y empinar el culo. Su producción cada vez se vuelve más subjetiva y cínicamente plantean que la narrativa debe despojarse de todo contenido social, incluso llegan a afirmar que debe ser enajenante. Otros, sin embargo, tratan de encarar el problema y lo reflejan en sus obras. La crisis en México ha dado a mucha gente, especialmente a los jóvenes, la impresión de que no hay salidas, de que la atmósfera opresiva es invencible y esto se traduce en una desilución tremenda. Ven copado el futuro. Todos los mitos del progreso se han esfumado y el pesimismo campea. Por eso han surgido algunas obras a las que ahora se les suele llamar "literatura del desencanto", y puedo citar novelas como "Falco" de Humberto Rivas y "Calles como incendios" de José Joaquín Blanco. En ellas se reflejan esas condiciones. Yo creo que estas obras tienen su importancia porque, aunque no hagan proposiciones de cómo salir de la condición oscura y depresiva, enfrentan el problema y obligan al lector a que también lo vea.

M.G.: Tu última novela, "Cerca del fuego", ¿se inscribe en este tipo de literatura? ¿Significa para ti un cambio respecto de tu obra anterior?

J.A.: No, creo que no cabe en este tipo de cosas, pues si bien mi novela presenta con toda severidad el horror de la crisis que se vive en mi país y adelanta incluso lo que puede pasar si no se la encara, también presenta un llamado a la acción. Yo trato de decirle al lector que no se deje abrumar por los problemas, que los enfrente sin falsas ilusiones ni falsas depresiones. A la larga, lo que mi novela propone es que tenemos que meternos en el fuego.

M.G.: Antes de seguir adelante con la crisis sociopolítica y económica de México, quisiera que charláramos un poco de tu formación literaria. Sé que fue bastante atípica.

J.A.: Bueno, sí, yo no empecé leyendo a Salgari, Dumas y los clásicos juveniles. Yo empecé por Mark Twain y de ahí salté a "El muro" de Sartre, cuando estaba en quinto de primaria. Y no es cuento, lo que pasa es que era lo que leían mis hermanos. Eran los libros que había en la casa. Y así le entré a "La Ilíada" y "La Odisea". Enseguida me sacudió el teatro, y así empecé con Ionesco a los doce años, algo que fue maravilloso porque me desató un montón de tendencias al desmadre, como decimos en México, al absurdo, al relajo. Después seguí con Scott Fitzgerald; a mí "Suave es la noche" me volvió loco, me marcó muchísimo. Y el otro escritor que me dejó huella fue Nabokov. Leí "Lolita" a los trece años y ahí sí se me abrió el mundo.

M.G.: Al comienzo de tu carrera la crítica te trató bastante mal, e incluso a tu generación se la llamó "el grupo de la Onda", lo cual era algo despectivo, marginador.

J.A.: Sí, fue muy curioso, en aquella época la literatura mexicana estaba muy amafiada y era muy difícil entrar. Nosotros éramos un grupo de gente joven, Gustavo Sainz y yo éramos los más conocidos. Mis primeros cuatro libros se vendieron muchísimo, fue algo increíble. Yo tenía veintiuno, veintidós años, y mis libros causaban revuelo. Pero cuando salieron nuestros libros, no existía nada de la tal onda. A nosotros el primer membrete que nos pusieron fue "los antisolemnes". Eramos la antisolemnidad en la literatura. Gustavo andaba por los veintiséis años, yo veintidós, igual que René Avilés Fabila. También estaban Gerardo de la Torre, Jorge Arturo Ojeda, Juan Tovar, Ignacio Solares, todos menores de treinta años. La precocidad era inherente a esa generación. Y por supuesto provocamos resistencias. E incluso irrumpieron algunos autores un poco mayores, como Fernando del Paso y Salvador Elizondo.

M.G.: Evidentemente, por esa precocidad, a ustedes les tocó ser protagonistas de ese hecho traumático de México: el movimiento del '68. Sin embargo, alguna vez tú mismo dijiste que tu participación fue menor. ¿Cómo fue tu vinculación con aquellos hechos? ¿Significó algo especial para tí, para tu literatura?

J.A.: Ah, por supuesto, claro que sí. Es más, yo creo que hubo una retroalimentación. El '68 me marcó a mí, y en cierto modo también a Sainz, a Elizondo, a Del Paso; pero nosotros también marcamos un poco al '68. O sea, nosotros empezamos a publicar desde antes, y fuimos generando un gusto, una sensibilidad, una actitud ante la vida que tuvo mucho que ver con la forma como se comportó el movimiento estudiantil del '68. No fuimos un factor esencial ni mucho menos, pero sí influimos. La conducta que planteaban libros como "Gazapo" de Sainz, como mi "De perfil", como el "Farabeuf" de Elizondo, y en cierto modo el "José Trigo" de Del Paso, mostraban la necesidad de un cambio. Enfatizaban el poder de la juventud. Del Paso un poco menos, pero los demás éramos chavos, y como chavos vivíamos, y como chavos llegamos a tener un enorme peso. Aparte, moldeamos gente: a mí hoy una de las cosas que me da más gusto es encontrarme con gente que me dice que creció leyendo mis libros, que nuestros libros le enseñaron a leer, a escribir, a vivir de otra manera, a pelearse con sus papás, a usar ropa de otra forma, a hablar en otro lenguaje, a soltarse ante las groserías, a tener otra actitud ante el sexo. Decirnos "La Onda" era una manera de subestimarnos, de desprestigiarnos.

M.G.: Ese movimiento, como el '68, tuvo un lenguaje particular, propio. ¿Puedes definirlo?

J.A.: Con el lenguaje de la llamada Onda, pasa como en el '68. Nosotros tuvimos algo que ver, porque escribíamos desde antes. Particularmente Sainz y yo indujimos un lenguaje coloquial, muy inventivo, con una liga muy fuerte con los estratos populares, y eso es algo que no han querido reconocer, pero que es nuestra ligazón de veras con el pueblo. Recogimos no sólo el lenguaje coloquial, juvenil, sino el popular y lo tratamos de transmutar literariamente con juegos que aprendimos de Joyce, de Nabokov, de Cabrera Infante, de Lewis Carroll, de medio mundo. Ahora, cuando vino el movimiento, se hermetizó más el lenguaje, hacia el lenguaje carcelario. La gran matriz de ese hablar de la llamada Onda, fue la cárcel. Y de ahí su carga subversiva, en el sentido de resistencia al poder cultural, y también al político.