29 de septiembre de 2022

Trotsky revisitado (XL). Críticas y reproches (14)

Paul Avrich: La represión de los marineros rebeldes
 
Paul Avrich (1931-2006) fue un profesor e historiador anarquista estadounidense. Nacido en el seno de una familia originaria de Odessa que abandonó Rusia en los años de la Revolución, se licenció en Filosofía y Letras en la Cornell University en 1952. En 1960 tuvo la oportunidad de ir a estudiar a la URSS, en donde pudo consultar archivos y descubrir la importancia del anarquismo en el movimiento revolucionario ruso y muy especialmente el papel jugado por la insurrección de los marinos de Kronstadt en marzo de 1921. Esos estudios le sirvieron para doctorarse en 1961 en la Columbia University con la tesis “The Russian Revolution and the factory committees” (La Revolución Rusa y los comités de fábrica). En los siguientes años publicaría varios ensayos sobre el tema, entre ellos “The russian anarchists” (Los anarquistas rusos), “The anarchists in the Russian Revolution” (Los anarquistas en la Revolución Rusa) y “Kronstadt, 1921”, obra esta última en la que sostuvo que el gobierno bolchevique descartó toda tentativa de conciliación y responsabilizó a Trotsky y Zinoviev de haber dado la orden de ataque, el que se llevó adelante bajo el mando del mariscal Tujachevski. Fragmentos de ese ensayo son los que se reproducen a continuación.
 
Kronstadt tenía una historia de pasajero radicalismo que se remontaba al primer gran levantamiento ocurrido en la Rusia del siglo XX, la Revolución de 1905. La literatura ilegal apareció al comienzo en la base naval en el año 1901, y muy poco después los marineros comenzaron a formar círculos con el fin de discutir cuestiones políticas y sociales y de ventilar sus quejas, sobre todo, los bajos salarios, la mala comida y la disciplina rigurosa a la que estaban continuamente sometidos. La ola de huelgas, revueltas y terrorismo que recorrió al país entre 1902 y 1905 encontró una resonancia entre ellos y acrecentó su conciencia social y política. La insubordinación hacia los oficiales y otras formas de quebrantamiento de la disciplina llegaron a constituir hechos cotidianos. En 1905, después de estallada la guerra y la revolución, los vestigios de disciplina que aún subsistían sufrieron un golpe devastador en los estrechos de Tsushima, donde los japoneses hundieron una gran parte de la flota rusa. Un estímulo más para la actividad revolucionaria, si es que hacía falta, lo proporcionó el dramático amotinamiento del acorazado Potemkin en junio de 1905, en la flota del Mar Negro.
El 19 de julio de 1906, cuando se apagaban los ecos de la Revolución de 1905, ocurrió en Kronstadt una segunda y más seria explosión, provocada por un amotinamiento ocurrido en el puerto de Sveaborg. Como su predecesor de octubre, este nuevo estallido era cosa espontánea y desorganizada que escapó a todo control durante dos días, antes de que los refuerzos enviados por el gobierno lograran sofocarlo. Las exigencias de los rebeldes, si bien seguían siendo esencialmente las mismas de antes, asumieron una nota de amarga desilusión luego de los fracasos de los meses precedentes. El odio a la autoridad y la disciplina siguieron siendo la fuerza motriz que provocaba la furia de los marineros. Ambos bandos lucharon con una ferocidad sin precedentes, impulsados los rebeldes por la frustración y los ultrajes, y las autoridades por la confianza en una rápida victoria, en un momento en que la marea revolucionaria había comenzado a menguar en Rusia. Se creó una atmósfera de dura represión, y esta vez se ejecutó a treinta y seis cabecillas y se encarceló o desterró a Siberia a centenares de personas.
El 28 de febrero de 1917 una masa encolerizada de marineros de la flota arrancó de sus cuarteles al comandante de la base y lo llevó a la Plaza del Ancla, donde se lo ejecutó en forma sumaria. Este acto señaló una orgía de derramamiento de sangre en la cual fueron asesinados más de cuarenta oficiales de la armada y el ejército de Kronstadt. A otros doscientos aproximadamente se los arrestó y puso entre rejas. Durante los disturbios de febrero una oleada de violencia barrió todo el complejo de bases de la flota del Báltico. Llegaron a setenta y seis los oficiales navales, para no mencionar a los de las guarniciones del ejército, que fueron asesinados por sus hombres. La sed de venganza personal constituyó sólo un aspecto del extremismo revolucionario que la sublevación de febrero desencadenó en Kronstadt. Se apoderó del lugar un espíritu de desenfreno libertario.
Por supuesto, los bolcheviques, los anarquistas, los maximalistas socialistas revolucionarios, y otros grupos ultra-radicales hicieron lo posible por alentarlo, y en poco tiempo llegaron a ejercer una fuerte influencia entre los marinos y el resto de la población de Kronstadt. El blanco principal de estos grupos no eran los oficiales militares sino el Gobierno Provisional mismo. Y en los meses siguientes pudieron contar con los marineros para apoyar cualquier manifestación revolucionaria dirigida contra el nuevo régimen. Los habitantes de Kronstadt figuraban en forma prominente en las demostraciones callejeras de Petrogrado de abril de 1917, y también en las de junio, cuando marcharon en ayuda de un grupo de anarquistas que habían levantado barricadas contra un ataque previsto por parte del gobierno. Una vez más, durante los tormentosos días de julio, se precipitaron a Petrogrado ante las primeras noticias de perturbaciones y desempeñaron un papel importante en la insurrección malograda, por lo cual Trotsky los llamó “el orgullo y la gloria de la revolución”.
A fines de agosto, durante la marcha del general Kornilov sobre la capital, los marineros se agruparon en defensa de la revolución. La tripulación del buque de guerra Petropavlovsk, que había ocupado una posición de vanguardia en la sublevación de julio, exigió nuevamente la transferencia inmediata del poder a los soviets y pidió el arresto y la ejecución de Kornilov. En las semanas siguientes los marineros, fieles a su reputación de intransigencia revolucionaria, continuaron presionando para lograr el derrocamiento del Gobierno Provisional. El 25 de octubre llegó el momento que esperaban, cuando Lenin comenzó su exitosa puja por el poder. Los marineros tomaron las embarcaciones y se precipitaron hacia la capital para prestar apoyo a los insurgentes, uniéndose a los Guardias Rojos de Petrogrado en el asalto al Palacio de Invierno, mientras el crucero Aurora, de Petrogrado, disparaba salvas de munición de fogueo para desmoralizar a los defensores.
Aun después de la caída de Kerensky, la militancia revolucionaria de Kronstadt se mantuvo en el mismo nivel. En verdad, la victoria sólo había excitado el apetito de venganza de los marineros contra los elementos sociales a los que habían desalojado del poder. Su propensión a los estallidos violentos arrojó resultados particularmente trágicos en la noche del 6 al 7 de enero de 1918, cuando una banda de exaltados de Kronstadt invadió un hospital de Petrogrado donde se mantenía en custodia a dos ex ministros del Gobierno Provisional y los asesinó en sus lechos.
Durante toda la Guerra Civil de 1918-1920, los marineros de Kronstadt, y la flota del Báltico en su conjunto, siguieron siendo los portaestandartes de la militancia revolucionaria. Más de cuarenta mil marineros de la flota se lanzaron a la lucha contra los Blancos. Conocidos por su coraje y ferocidad en el combate, sirvieron como dotación en flotillas fluviales y trenes blindados y contribuyeron a completar las filas del Ejército Rojo en todos los frentes. En la crítica batalla de Sviyazhsk proporcionaron a Trotsky sus más enardecidas tropas de choque y lo ayudaron a rechazar una gran fuerza enemiga que amenazaba con penetrar en el corazón del territorio bolchevique.
Al mismo tiempo, sin embargo, se iba desarrollando una seria fricción entre los marineros y el gobierno. Las primeras notas discordantes habían sonado cuando Lenin, inmediatamente después del golpe de Octubre, anunció un gabinete compuesto exclusivamente de bolcheviques. El soviet de Kronstadt, temeroso de las fuertes concentraciones de autoridad, comenzó a presionar en favor de un gobierno de coalición en el cual gozaran de representación todos los grupos socialistas, un presagio temprano del programa de Kronstadt de marzo de 1921. En abril de 1918 las tripulaciones de varios buques del Báltico aprobaron una resolución redactada en términos enérgicos donde se acusaba al gobierno de planear la liquidación de la flota obedeciendo a exigencias alemanas. La resolución llegó hasta el punto de solicitar una sublevación general para desalojar a los bolcheviques e instalar un nuevo régimen que se adhiriera con mayor fidelidad a los principios de la revolución.


Entretanto, a medida que se extendía la Guerra Civil, se acumulaban las quejas de los marineros. Descontentos, como en el pasado, centraban su protesta sobre la cuestión de la disciplina militar. La Revolución de 1917 había dejado al ejército y a la armada en un estado de desorganización total. Se había desintegrado la tradicional jerarquía del comando, lo cual produjo un vacío de autoridad que fue llenado por innumerables comités de soldados y marineros que eligieron a sus propios líderes e hicieron caso omiso de las órdenes recibidas de arriba, el caos resultante estaba en estrecho paralelo con la situación que reinaba en la industria, donde los comités locales de fábrica habían estableciendo “el control de los obreros” en una empresa tras otra. En los primeros meses que siguieron a la Revolución de Octubre, la política bolchevique tendió a promover este proceso espontáneo de descentralización. Por decreto del gobierno fueron abolidos los rangos y títulos militares tradicionales y se proclamó la creación de una fuerza “socialista” de combate “construida desde abajo sobre el principio de la elección de los oficiales y la disciplina y el respeto mutuo de los camaradas”.
En la práctica, esto llevó al colapso final de la autoridad central y de la cadena normal de mandos y alentó la inveterada tendencia de los reclutas rusos a realizar incursiones violentas y dedicarse al pillaje y al saqueo. No obstante, el estallido de la Guerra Civil en 1918 produjo una rápida inversión en la política militar bolchevique. La supervivencia misma del régimen requería que se pusiera fin a caótica descentralización de la autoridad y que se restaurara la disciplina en las filas de las fuerzas armadas. Como Comisario de Guerra, Trotsky era el principal opositor al “espíritu guerrillero” que había inficionado a las fuerzas armadas. Siguiendo los procedimientos militares tradicionales, pronto logró estructurar una nueva y efectiva fuerza de combate.
Con el comienzo del invierno, la vida en los cuarteles y a bordo se hizo difícil de soportar por la falta de calefacción. Tampoco había existencias de botas o uniformes de abrigo que mitigaran los efectos del frío inusitadamente riguroso que afectó a la zona del Báltico entre noviembre y abril. Peor aún era la declinación, tanto en cantidad como en calidad, de las raciones alimentarias que se entregaron a los hombres. La mala alimentación, motivo de queja tradicional dentro de la armada rusa, había originado disturbios más de una vez en el pasado. Y en ese momento, hacia fines de 1920, se produjo en la flota del Báltico una epidemia de escorbuto. En diciembre, según las fuentes de los emigrados residentes en Helsingfors, los marineros de Kronstadt enviaron una delegación a Moscú para solicitar un mejoramiento en las raciones, pero cuando llegaron allí fueron detenidos por las autoridades.
Ni siquiera los marineros que pertenecían al Partido Comunista estaban inmunes a la creciente actitud de oposición que se producía dentro de la flota. Como compartían el espíritu de independencia de sus camaradas, nunca había sido fácil reducirlos a la disciplina partidaria o militar. A fines de 1920 tomo forma una “oposición de la flota”, equivalente a la “oposición militar” en el Ejército Rojo y a la “oposición de los trabajadores” en las fábricas, movimientos que estaban en favor de la iniciativa local y de la democracia partidaria y contra la regimentación y el rígido control central. La “oposición de la flota” defendía la creación de una armada no soviet organizada según lineamientos “socialistas”, por oposición con lo que consideraba los conceptos anticuados de carácter jerárquico y autoritario que habían predominado en el pasado. Propugnaba la implantación de comités de barco designados mediante elecciones, y reprobaba, por lo tanto, la introducción de “especialistas militares” así como la “conducta dictatorial” de ciertos funcionarios bolcheviques en la administración política de la flota.
La autoridad del partido era además socavada a raíz de la lucha por el control político de la flota que libraba Trotsky contra Zinoviev, jefe del partido de Petrogrado. Zinoviev estaba resentido contra Trotsky desde octubre de 1917, cuando este último lo reemplazó como adjunto más cercano a Lenin. Como resultado de esta disputa, los comisarios y otros administradores del Partido perdieron buena parte de su ascendiente sobre los marineros. Esto ya era evidente a comienzos de diciembre, cuando un gran grupo de marineros se retiró de una asamblea general celebrada en la base naval de Petrogrado.


Desde el comienzo, las autoridades soviéticas comprendieron el peligro que representaba la agitación reinante en Kronstadt. Como el pueblo ruso estaba extremadamente descontento, la revuelta de los marineros podía provocar una conflagración masiva en todo el país. La posibilidad de intervención extranjera agregó una causa más de preocupación, y la posición estratégica de Kronstadt, a la entrada del Neva, colocaba a Petrogrado en serio peligro. No era de extrañar, por lo tanto, que se realizaran todos los esfuerzos posibles para desacreditar a los rebeldes. No era tarea fácil, pues Kronstadt había gozado durante largo tiempo de reputación por su fidelidad revolucionaria. En 1917 Trotsky mismo había llamado a los marinos de Kronstadt “el orgullo y la gloria” de la Revolución Rusa. Sin embargo, cuatro años más tarde se esforzaba por demostrar que éstos no eran los mismos revolucionarios leales de antes, sino elementos nuevos de una clase totalmente distinta. Millares de valientes ciudadanos de Kronstadt habían perecido en la Guerra Civil, argumentaba Trotsky, y muchos de los sobrevivientes se habían dispersado luego por todo el país. Así, se fueron los mejores hombres y las filas de la flota se llenaron con campesinos sin instrucción, reclutados en Ucrania y los confines del oeste, que eran en buena medida indiferentes a la lucha revolucionaria y en ocasiones, debido a diferencias de clase y de carácter nacional, se mostraban abiertamente hostiles al régimen soviético.
El principal objeto de la propaganda bolchevique consistía en mostrar que la revuelta no era un estallido espontáneo de protesta masiva sino una nueva conspiración contrarrevolucionaria, que seguía la pauta establecida durante la Guerra Civil. Se dijo, a su vez, que esta formaba parte de un plan cuidadosamente tramado en París por emigrados rusos en connivencia con el servicio francés de contraespionaje. Como prueba de que el levantamiento había sido urdido por grupos antisoviéticos de París, los portavoces bolcheviques señalaban una tanda de informes aparecidos en periódicos franceses acerca de una revuelta ocurrida en Kronstadt, que se publicaron dos semanas antes de que ocurrieran los hechos. Esos informes, dijo Trotsky en una apreciación formulada ante periodistas ingleses y norteamericanos, mostraban claramente los nefastos planes ya urdidos entre los emigrados rusos y sus partidarios de la Entente. La elección de Kronstadt como blanco, dijo Trotsky, fue dictada por su proximidad con Petrogrado y su fácil accesibilidad desde el oeste, y también por la reciente entrada de elementos no confiables en la flota del Báltico. Los alegatos de Trotsky fueron repetidos por Lenin en un discurso pronunciado ante el Xº Congreso del Partido Comunista, el 8 de marzo. Por detrás de la revuelta, declaró Lenin, “asoma la figura familiar del general de la Guardia Blanca. Está perfectamente claro -dijo citando relatos publicados en ‘Le Matin’ y ‘L'Echo’ de París- que esto es obra de los socialistas revolucionarios y de los Guardias Blancos emigrados”.
El anuncio de “Le Matin”, aparecido el 13 de febrero bajo el título “Moscú toma medidas contra los rebeldes de Kronstadt”, decía que se había producido un levantamiento en la base naval de Kronstadt, y que las autoridades bolcheviques habían comenzado a movilizarse para impedir que se extendiera a Petrogrado. El 14 de febrero el mismo periódico publicó un segundo artículo que atribuía la revuelta al arresto de una delegación de marineros que había ido a Moscú para pedir mejores raciones. La situación en Kronstadt, decía “Le Matin”, se había entretanto deteriorado, y los rebeldes “dirigieron sus cañones hacia Petrogrado”. Ese mismo día aparecía el relato en “L'Echo” de París con otras noticias según las cuales los marineros habían arrestado al comisario principal de la flota y despachado varios buques de guerra (presumiblemente con ayuda de un rompehielos) contra Petrogrado.


Los insurgentes, según otro artículo del 15 de febrero, contaban con el apoyo de la guarnición de Petrogrado, y las autoridades estaban realizando arrestos en masa en la zona de la capital. Entre el 13 y el 15 de febrero aparecieron noticias similares en otros periódicos occidentales. En una noticia del “New York Times” se llegó hasta el punto de afirmar que los marineros habían tomado pleno control de Petrogrado y desafiaban a las tropas enviadas por Trotsky para desalojarlos. Por supuesto, no ocurrió nada semejante en Kronstadt ni en ninguna otra base del Báltico durante febrero de 1921. Falsos rumores de esta clase -estimulados por la fantasía de quienes deseaban que ocurrieran tales hechos y por el fermento general que había dentro de Rusia- no eran de ninguna manera raros en ese momento. Sin embargo, en el caso de Kronstadt, preanunciaron lo que iba realmente a ocurrir dos semanas más tarde.
Cuando estalló la rebelión Trotsky se encontraba en el oeste de Siberia, que era escenario de grandes disturbios campesinos. Al enterarse de las noticias volvió de inmediato a Moscú para consultar a Lenin, luego se dirigió a Petrogrado y llegó a la vieja capital el 4 de marzo. Su primer acto consistió en emitir un severo ultimátum el día siguiente donde se exigía la capitulación inmediata e incondicional de los marineros amotinados: “El Gobierno de Obreros y Campesinos ha decretado que Kronstadt y los buques rebeldes deben someterse inmediatamente a la autoridad de la República Soviética. Por lo tanto, ordeno a todos los que han levantado su mano contra la patria socialista que abandonen las armas de inmediato. Los empecinados serán desarmados y entregados a las autoridades soviéticas. Los comisarios y otros representantes del gobierno que hayan sido arrestados deben ser liberados de inmediato. Sólo quienes se rindan en forma incondicional pueden contar con la misericordia de la República Soviética. Al mismo tiempo, estoy impartiendo órdenes para preparar la represión y el sometimiento de los amotinados por la fuerza de las armas. La responsabilidad por el daño que pueda sufrir la población pacífica recaerá enteramente sobre la cabeza de los amotinados contrarrevolucionarios. Esta advertencia es la última”. Ese mismo día, el Comité de Defensa de Petrogrado editó un panfleto y lo lanzó sobre Kronstadt desde aeroplanos. En él se instaba a los rebeldes a “rendirse en el término de 24 horas. Si lo hacen, se los perdonará; pero si resisten, serán acribillados como perdices.
Aunque la amenaza de acribillar a los rebeldes se atribuyó a menudo a Trotsky, su verdadero perpetrador fue el Comité de Defensa de Zinoviev. Los marineros, en todo caso, se sintieron excitados por una violenta furia. Trotsky y Zinoviev se transformaron en los más bajos villanos y el símbolo de todo lo que era malevolente y odioso dentro del régimen soviético. Lenin, que permanecía entre bambalinas por el momento, no se expuso a la cólera de Kronstadt hasta la semana siguiente, y aun entonces nunca procedió con la misma malignidad que sus dos colegas. La indignación alcanzó su punto álgido cuando las autoridades de Petrogrado ordenaron que se detuviera como rehenes a las familias de los habitantes de Kronstadt. Trotsky había inaugurado un sistema de rehenes durante la Guerra Civil como advertencia a los “especialistas militares”, los ex oficiales zaristas, que pudieran sentirse tentados a traicionar a las fuerzas Rojas bajo su mando. “Que sepan esos renegados -decía la orden de Trotsky del 30 de setiembre de 1918- que están traicionando al mismo tiempo a los miembros de su propia familia: padres, madres, hermanas, hermanos, esposas e hijos”.
En el caso de Kronstadt, sin embargo, la misión de tomar rehenes no la adoptó Trotsky, como lo sugieren una cantidad de exposiciones, sino el Comité de Defensa de Petrogrado antes de la llegada de aquél a la ciudad. “Este fue el relámpago -dijo Lenin refiriéndose a la rebelión de Kronstadt- que iluminó la realidad mejor que cualquier otra cosa”. En marzo de 1921 los marineros de la fortaleza naval del golfo de Finlandia, el “orgullo y gloria” de la Revolución Rusa, se levantaron en una revuelta contra el gobierno bolchevique al cual ellos mismos habían ayudado a llegar al poder. Bajo la divisa de “soviets libres” establecieron una comuna revolucionaria que sobrevivió durante dieciséis días, hasta que se envió un ejército a través de la superficie helada con el fin de aplastarla.