17 de septiembre de 2008

Conversaciones (XIV). Michel Foucault - Kewes S. Karol. Sobre los sistemas punitivos (1/2)

En el momento de mayor esplendor del movimiento estructuralista en Francia -al promediar la década de 1960-, el sociólogo Michel Foucault (1926-1984) apareció como una de las cabezas intelectuales y filosóficas de esa tendencia. Libros como "Les mots et les choses" (Las palabras y las cosas), "L'archéologie du savoir" (La arqueología del saber) y "L'ordre du discours" (El orden del discurso) certificaron tal preeminencia. Paralelamente, sobresalió como un heterodoxo historiador de la medicina en obras como "Maladie mentale et personnalité" (Enfermedad mental y personalidad), "Naissance de la clinique" (El nacimiento de la clínica) e "Histoire de la folie á l'áge classique" (Historia de la locura en la edad clásica). En 1973 y 1974 dictó un seminario sobre la evolución carcelaria, y un año después prolongó sus estudios en ese terreno con la publicación de "Surveiller et punir" (Vigilar y castigar). En el diálogo que se incluye a continuación, Foucault abordó junto al periodista, ensayista y prestigioso articulista de "Le Nouvel Observateur", el polaco Kewes S. Karol (1924), el tema de los sistemas carcelarios en los países socialistas, que incluye reflexiones acerca de las similitudes y las diferencias con la historia represiva del Occidente capitalista. 

Lo que sigue es la primera parte de la nota apareció en el citado semanario francés el 22 de febrero de 1976.

K.S.K.: Puestos de guardia, alambradas, perros de policía, prisioneros transportados en camiones, como animales: estas imágenes, lamentablemente clásicas, del universo concentracionario, han sido recuperadas por los teleespectadores franceses hace un mes, en el primer documento filmado que llega a Occidente acerca de un campo de detención en la Unión Soviética. Primero, los soviéticos han discutido la autenticidad del documento. Luego, han reconocido la existencia de este campo pero han afirmado, para justificarla, que sólo se internaban allí a los detenidos por delitos comunes. Y hay que decir que mucha gente, en Francia, pensó: "Bueno, si sólo se trata de delincuentes comunes...". ¿Qué piensa usted de esas imágenes y reacciones?

M.F.: En primer término, los soviéticos han dicho algo que me impresionó mucho: "No hay nada de escandaloso en cuanto al campo; la prueba está en que se encuentra en el medio de una ciudad, todo el mundo puede verlo". Como si el hecho de que un campo de concentración esté instalado en una gran ciudad -en el caso, Riga-, sin que haga falta disimularlo, como a veces lo hicieron los alemanes, fuera una excusa. Como si este impudor de no ocultar lo que se hace allí donde se hace autorizara a reclamar un silencio general y a imponerlo a los demás. Esto es el cinismo funcionando como censura; es el razonamiento de Cyrano: puesto que mi nariz es enorme pero está en el medio de mi cara, no tenéis derecho a hablar de ella. Como si no se reconociera, en esta presencia del campo en una ciudad, el blasón de un poder que se ejerce sin vergüenza, como ocurre entre nosotros con las prisiones, los juzgados y las comisarías. Para saber si estos detenidos son "políticos", la instalación del campo, en este lugar tan visible, y el terror que se desprende de él, son, en sí mismos, políticos. Las alambradas que prolongan las paredes de las casas, los haces de luz que se entrecruzan a través de ellas, y el paso de los centinelas en medio de la noche, todo esto es político. Y es toda una política. La segunda cosa que me impresionó es el argumento que usted cita: "De todas maneras, se trata de delincuentes comunes". Por su parte, el viceministro soviético de Justicia ha precisado que en la Unión Soviética ni siquiera existe la noción de preso político. Sólo son condenables aquellos que tratan de debilitar el régimen social y el Estado por medio de la alta traición, el espionaje, el terrorismo, las noticias falsas, la propaganda calumniosa. En suma: da al delito común la definición que en todas partes se aplica al delito político. Es, a un tiempo, lógico y extraño. En efecto, en el régimen soviético -si se trata de una "dictadura del proletariado" o del "Estado de todo el pueblo", esto es cuestión de Marcháis- la distinción entre "delito político" y "delito común" debe borrarse, es verdad. Pero en provecho de lo político, al menos en mi opinión. Todo atentado a la legalidad, un robo, la menor de las estafas, atacan no sólo el interés privado, sino la sociedad en su conjunto, la propiedad del pueblo, la producción socialista, el cuerpo político. Entendería a los soviéticos si dijeran: "Ya no hay entre nosotros ni un sólo prisionero común, porque ya no hay delitos que no sean políticos". Al ministro soviético hay que contestarle, por principio: "Usted miente: usted sabe que tiene presos políticos". Y, enseguida, agregar: "¿Cómo es posible que, después de sesenta años de socialismo, todavía existan penas de derecho común?". Sólo elaborar políticamente la penalidad implicaría suprimir la desconsideración que se ha hecho caer sobre los presos comunes y que es uno de los factores de adhesión general al sistema penal. Y, sobre todo, ello implicaría que la reacción ante el delito fuera tan política como la calificación que se le diera. Pero, en los hechos, los puestos de guardia, los perros, las enormes barracas grises sólo son "políticas" porque figuran, eternamente, entre las armaduras de Hitler y de Stalin, y porque les sirvieron para desembarazarse de sus enemigos. Por lo tanto, como técnicas de castigo (encierro, privaciones, trabajos forzados, violencias, humillaciones) se aproximan al viejo aparato penitenciario inventado en el siglo XVIII. La Unión Soviética castiga conforme al método del orden "burgués", quiero decir del orden de hace dos siglos. Y, lejos de transformarlo, ha seguido su pendiente más pronunciada; lo ha agravado y llevado a lo peor. Lo que impresionó a los teleespectadores, la otra noche, es que creyeron ver pasar, bajo las bóvedas, entre perros y ametralladoras, en medio de los pobres fantasmas resucitados de Dachau, la cadena inmemorial de los galeotes: el espectáculo sin fecha ni lugar por medio del cual, desde hace dos siglos, el poder elabora el terror.

K.S.K.: Pero la explicación de estas paradojas, ¿no reside acaso en el hecho de que la Unión Soviética pretende ser socialista sin serlo, en realidad, para nada? De ello se sigue, necesariamente, la hipocresía de los dirigentes soviéticos y la incoherencia de sus justificaciones oficiales. Desde hace algún tiempo, se ha vuelto evidente, me parece, que si esta sociedad no encuentra el medio de autocorrección esbozado por el XX Congreso del PCUS, es que sus taras son estructurales, residen en su modo de producción y no solamente en el nivel de una dirección política más o menos burocrática.

M.F.: Sin duda es verdad que los soviéticos han modificado el régimen de la propiedad y el rol del Estado en el control de la producción. Por otro lado, en todo lo demás, han transferido a Rusia todas las técnicas de gestión y de poder puestas a punto por la Europa capitalista del siglo XIX. Los tipos de moralidad, las formas estéticas, los métodos disciplinarios, todo lo que funcionaba efectivamente en la sociedad burguesa de 1850 pasó en bloque al régimen soviético. Pienso que el sistema carcelario fue inventado, como sistema penal generalizado, en el curso del siglo XVIII y puesto en práctica en el siglo XIX, en relación con el desarrollo de las sociedades capitalistas y del Estado correspondiente a dichas sociedades. La prisión no es, por otra parte, más que una de las técnicas de poder necesarias para asegurar el desarrollo y el control de las fuerzas productivas. La disciplina de taller, la disciplina escolar, la disciplina militar, todas las disciplinas de existencia general han sido invenciones técnicas de esta época. Por su parte, toda técnica puede ser transformada. Y así como los soviéticos han utilizado el taylorismo y otros métodos de gestión probados en Occidente, han adoptado nuestras técnicas disciplinarias, adjuntando al arsenal que habíamos puesto a punto un arma nueva: la disciplina de partido.

K.S.K.: Me parece que los ciudadanos soviéticos, están aún peor que los occidentales en cuanto a poder comprender la significación política de todos estos mecanismos. La prueba de esto la veo en la gran prevención y los muchos prejuicios que tienen, lamentablemente, los opositores al régimen ante los presos comunes. La descripción que hace Solzhenitsin de los presos "comunes" da escalofríos. Los muestra como subhombres que ni siquiera pueden expresarse en algún idioma, y lo menos que puede decirse es que no expresa por ellos la menor compasión.

M.F.: Es cierto que la hostilidad manifestada a los presos "comunes" por los que se consideran, en la Unión Soviética, como presos políticos, puede parecer chocante a los que piensen que en la base de la delincuencia hay miseria, revuelta, rechazo de la explotación y de la servidumbre. Pero hay que ver las cosas en su relatividad táctica. Hay que tener en cuenta que la población de presos "comunes", tanto en la Unión Soviética, como en Francia, como en todas partes, está fuertemente controlada, penetrada, manipulada por el mismo poder. Los "revoltosos" son minoritarios y los "sumisos" mayoritarios, tanto entre los delincuentes como entre los no delincuentes. ¿Usted cree que se habría mantenido tanto tiempo un sistema de castigo que tiene por efecto principal la reincidencia, conservando las prisiones, si la delincuencia no "sirviera" de una manera o de otra? Desde temprano se advirtió, en pleno siglo XIX, que la prisión, durante la mayor parte del tiempo, hacía del condenado un delincuente vitalicio. ¿Usted cree que no se habrían encontrado otros medios de castigar si, precisamente, esta profesionalización del delincuente no hubiese permitido constituir un "ejército de reserva del poder" (para asegurar diversos tráficos, como la prostitución; para proveer soplones, hombres de confianza, rompehuelgas, saboteadores de sindicatos y, más recientemente, guardaespaldas para candidatos electorales, aun de nivel presidencial)? Resumiendo: hay un viejo pleito entre los delincuentes comunes y los presos políticos. Tanto que la táctica de todos los poderes ha sido siempre querer confundirlos en una misma criminalidad "egoísta", interesada y salvaje. No digo que los delincuentes comunes sean en Rusia los fieles servidores del poder. Pero me pregunto si no es necesario para los políticos, en las condiciones difíciles en que deben luchar, desentenderse de esta masa, mostrar que su combate no es el de los "ladrones y los asesinos" con los cuales querrías asimilárselos. Pero quizá no sea más que una posición táctica. En todo caso, me parece difícil condenar la actitud de los disidentes soviéticos que toman precauciones para no ser confundidos con los presos comunes. Pienso que muchos resistentes, cuando eran detenidos darante la ocupación se preocupaban -por razones políticas- en no ser confundidos con traficantes del mercado negro, cuya suerte, por otra parte, era menos terrible. Si me preguntan lo mismo con respecto a la actualidad en Francia, mi respuesta será diferente. Me parece que habría que hacer aparecer la gran degradación de los ilegalismos: desde el diputado gaullista, a veces objeto de honores, siempre tolerado, negociante inmobiliario, traficante de drogas o de armas, que se sirve de la ley, hasta el otro, perseguido y penado, el pequeño ladrón que rechaza la ley, la ignora o es trampeado por ella. Habría que mostrar cuál es la división que la máquina penal introduce entre ambos. La diferencia, aquí importante, entre delincuentes comunes y políticos, no es la real, la que hay entre los usadores de la ley que practican ilegalismos aprovechables y tolerados, y los ilegalismos rudimentarios que el aparato penal utiliza para fabricar permanentes delincuentes.

K.S.K.: Pero, por otra parte, existe, en la Unión Soviética como entre nosotros, una profunda ruptura entre los medios populares y los delincuentes comunes. Recientemente, en la televisión italiana, he visto una emisión cuya secuencia final mostraba un cementerio en el patio de una prisión. En él están enterrados, sin sepultura digna de tal nombre, los que han muerto durante la pena. Las familias no van a buscar sus restos, sin duda porque el transporte cuesta demasiado caro pero, sobre todo, porque sienten vergüenza. Estas imágenes se me aparecieron cargadas de un profundo simbolismo social.

M.F.: La ruptura entre los delincuentes y la opinión pública tiene el mismo origen histórico que el sistema carcelario. O, más bien, es uno de los beneficios importantes que el poder ha retirado del sistema. En efecto, hasta el siglo XVIII -y, en ciertas regiones de Europa, hasta el siglo XIX y hasta comienzos del siglo XX- no había, entre los delincuentes y las capas profundas de la población, la relación de hostilidad que existe hoy. El corte entre ricos y pobres era tan profundo, la hostilidad entre ellos tan grande, que el ladrón -ese expropiador de riqueza- era, entre las clases más pobres, un personaje bastante bien recibido. Hasta el siglo XVII se podía hacer fácilmente un personaje heroico con un bandido o un ladrón. Muchos de ellos han dejado en la mitología popular una imagen que, a través de muchas sombras, era muy positiva. Lo mismo ocurrió con los bandidos corsos y sicilianos los ladrones napolitanos. Entonces este ilegalismo tolerado por el pueblo ha terminado por aparecer como un peligro serio cuando el robo cotidiano, el merodeo, la pequeña estafa se transformaron en demasiado costosos en el trabajo industrial o en la vida urbana. Entonces una nueva disciplina económica fue impuesta a todas las clases de la sociedad (honestidad, exactitud, ahorro, respeto absoluto a la propiedad). Por una parte, se hizo necesario proteger más eficazmente la riqueza, y por otra, hacer de manera que el pueblo adoptase ante el ilegalismo una actitud francamente negativa. Es así que el poder hizo nacer -y la prisión colaboró mucho con él en este sentido- un núcleo de delincuentes sin comunicación real con las capas profundas de la sociedad, mal tolerado por ella, el cual por el hecho mismo de su aislamiento fuera fácilmente penetrable por la policía, y en el que ésta pudiera desenvolver esta ideología del "miedo" que se fue formando durante el siglo XIX. No hay que asombrarse entonces de encontrar hoy en la población una desconfianza, un desprecio, un odio hacia el delincuente: es el resultado de ciento cincuenta años de trabajo político policial ideológico. No hay que sorprenderse tampoco de que el mismo fenómeno se manifieste en la Unión Soviética de hoy.