Lo que sigue es la primera
parte de la nota apareció en el citado semanario francés el 22 de febrero de
1976.
K.S.K.: Puestos de guardia, alambradas, perros de policía, prisioneros transportados en camiones, como animales: estas imágenes, lamentablemente clásicas, del universo concentracionario, han sido recuperadas por los teleespectadores franceses hace un mes, en el primer documento filmado que llega a Occidente acerca de un campo de detención en la Unión Soviética. Primero, los soviéticos han discutido la autenticidad del documento. Luego, han reconocido la existencia de este campo pero han afirmado, para justificarla, que sólo se internaban allí a los detenidos por delitos comunes. Y hay que decir que mucha gente, en Francia, pensó: "Bueno, si sólo se trata de delincuentes comunes...". ¿Qué piensa usted de esas imágenes y reacciones?
K.S.K.: Pero la explicación de estas paradojas, ¿no reside acaso en el hecho de que la Unión Soviética pretende ser socialista sin serlo, en realidad, para nada? De ello se sigue, necesariamente, la hipocresía de los dirigentes soviéticos y la incoherencia de sus justificaciones oficiales. Desde hace algún tiempo, se ha vuelto evidente, me parece, que si esta sociedad no encuentra el medio de autocorrección esbozado por el XX Congreso del PCUS, es que sus taras son estructurales, residen en su modo de producción y no solamente en el nivel de una dirección política más o menos burocrática.
M.F.: Sin duda es verdad que los soviéticos han modificado el régimen de la propiedad y el rol del Estado en el control de la producción. Por otro lado, en todo lo demás, han transferido a Rusia todas las técnicas de gestión y de poder puestas a punto por la Europa capitalista del siglo XIX. Los tipos de moralidad, las formas estéticas, los métodos disciplinarios, todo lo que funcionaba efectivamente en la sociedad burguesa de 1850 pasó en bloque al régimen soviético. Pienso que el sistema carcelario fue inventado, como sistema penal generalizado, en el curso del siglo XVIII y puesto en práctica en el siglo XIX, en relación con el desarrollo de las sociedades capitalistas y del Estado correspondiente a dichas sociedades. La prisión no es, por otra parte, más que una de las técnicas de poder necesarias para asegurar el desarrollo y el control de las fuerzas productivas. La disciplina de taller, la disciplina escolar, la disciplina militar, todas las disciplinas de existencia general han sido invenciones técnicas de esta época. Por su parte, toda técnica puede ser transformada. Y así como los soviéticos han utilizado el taylorismo y otros métodos de gestión probados en Occidente, han adoptado nuestras técnicas disciplinarias, adjuntando al arsenal que habíamos puesto a punto un arma nueva: la disciplina de partido.
K.S.K.: Me parece que los ciudadanos soviéticos, están aún peor que los occidentales en cuanto a poder comprender la significación política de todos estos mecanismos. La prueba de esto la veo en la gran prevención y los muchos prejuicios que tienen, lamentablemente, los opositores al régimen ante los presos comunes. La descripción que hace Solzhenitsin de los presos "comunes" da escalofríos. Los muestra como subhombres que ni siquiera pueden expresarse en algún idioma, y lo menos que puede decirse es que no expresa por ellos la menor compasión.
M.F.: Es cierto que la hostilidad manifestada a los presos "comunes" por los que se consideran, en la Unión Soviética, como presos políticos, puede parecer chocante a los que piensen que en la base de la delincuencia hay miseria, revuelta, rechazo de la explotación y de la servidumbre. Pero hay que ver las cosas en su relatividad táctica. Hay que tener en cuenta que la población de presos "comunes", tanto en la Unión Soviética, como en Francia, como en todas partes, está fuertemente controlada, penetrada, manipulada por el mismo poder. Los "revoltosos" son minoritarios y los "sumisos" mayoritarios, tanto entre los delincuentes como entre los no delincuentes. ¿Usted cree que se habría mantenido tanto tiempo un sistema de castigo que tiene por efecto principal la reincidencia, conservando las prisiones, si la delincuencia no "sirviera" de una manera o de otra? Desde temprano se advirtió, en pleno siglo XIX, que la prisión, durante la mayor parte del tiempo, hacía del condenado un delincuente vitalicio. ¿Usted cree que no se habrían encontrado otros medios de castigar si, precisamente, esta profesionalización del delincuente no hubiese permitido constituir un "ejército de reserva del poder" (para asegurar diversos tráficos, como la prostitución; para proveer soplones, hombres de confianza, rompehuelgas, saboteadores de sindicatos y, más recientemente, guardaespaldas para candidatos electorales, aun de nivel presidencial)? Resumiendo: hay un viejo pleito entre los delincuentes comunes y los presos políticos. Tanto que la táctica de todos los poderes ha sido siempre querer confundirlos en una misma criminalidad "egoísta", interesada y salvaje. No digo que los delincuentes comunes sean en Rusia los fieles servidores del poder. Pero me pregunto si no es necesario para los políticos, en las condiciones difíciles en que deben luchar, desentenderse de esta masa, mostrar que su combate no es el de los "ladrones y los asesinos" con los cuales querrías asimilárselos. Pero quizá no sea más que una posición táctica. En todo caso, me parece difícil condenar la actitud de los disidentes soviéticos que toman precauciones para no ser confundidos con los presos comunes. Pienso que muchos resistentes, cuando eran detenidos darante la ocupación se preocupaban -por razones políticas- en no ser confundidos con traficantes del mercado negro, cuya suerte, por otra parte, era menos terrible. Si me preguntan lo mismo con respecto a la actualidad en Francia, mi respuesta será diferente. Me parece que habría que hacer aparecer la gran degradación de los ilegalismos: desde el diputado gaullista, a veces objeto de honores, siempre tolerado, negociante inmobiliario, traficante de drogas o de armas, que se sirve de la ley, hasta el otro, perseguido y penado, el pequeño ladrón que rechaza la ley, la ignora o es trampeado por ella. Habría que mostrar cuál es la división que la máquina penal introduce entre ambos. La diferencia, aquí importante, entre delincuentes comunes y políticos, no es la real, la que hay entre los usadores de la ley que practican ilegalismos aprovechables y tolerados, y los ilegalismos rudimentarios que el aparato penal utiliza para fabricar permanentes delincuentes.
K.S.K.: Pero, por otra parte, existe, en la Unión Soviética como entre nosotros, una profunda ruptura entre los medios populares y los delincuentes comunes. Recientemente, en la televisión italiana, he visto una emisión cuya secuencia final mostraba un cementerio en el patio de una prisión. En él están enterrados, sin sepultura digna de tal nombre, los que han muerto durante la pena. Las familias no van a buscar sus restos, sin duda porque el transporte cuesta demasiado caro pero, sobre todo, porque sienten vergüenza. Estas imágenes se me aparecieron cargadas de un profundo simbolismo social.
M.F.: La ruptura entre los delincuentes y la opinión pública tiene el mismo origen histórico que el sistema carcelario. O, más bien, es uno de los beneficios importantes que el poder ha retirado del sistema. En efecto, hasta el siglo XVIII -y, en ciertas regiones de Europa, hasta el siglo XIX y hasta comienzos del siglo XX- no había, entre los delincuentes y las capas profundas de la población, la relación de hostilidad que existe hoy. El corte entre ricos y pobres era tan profundo, la hostilidad entre ellos tan grande, que el ladrón -ese expropiador de riqueza- era, entre las clases más pobres, un personaje bastante bien recibido. Hasta el siglo XVII se podía hacer fácilmente un personaje heroico con un bandido o un ladrón. Muchos de ellos han dejado en la mitología popular una imagen que, a través de muchas sombras, era muy positiva. Lo mismo ocurrió con los bandidos corsos y sicilianos los ladrones napolitanos. Entonces este ilegalismo tolerado por el pueblo ha terminado por aparecer como un peligro serio cuando el robo cotidiano, el merodeo, la pequeña estafa se transformaron en demasiado costosos en el trabajo industrial o en la vida urbana. Entonces una nueva disciplina económica fue impuesta a todas las clases de la sociedad (honestidad, exactitud, ahorro, respeto absoluto a la propiedad). Por una parte, se hizo necesario proteger más eficazmente la riqueza, y por otra, hacer de manera que el pueblo adoptase ante el ilegalismo una actitud francamente negativa. Es así que el poder hizo nacer -y la prisión colaboró mucho con él en este sentido- un núcleo de delincuentes sin comunicación real con las capas profundas de la sociedad, mal tolerado por ella, el cual por el hecho mismo de su aislamiento fuera fácilmente penetrable por la policía, y en el que ésta pudiera desenvolver esta ideología del "miedo" que se fue formando durante el siglo XIX. No hay que asombrarse entonces de encontrar hoy en la población una desconfianza, un desprecio, un odio hacia el delincuente: es el resultado de ciento cincuenta años de trabajo político policial ideológico. No hay que sorprenderse tampoco de que el mismo fenómeno se manifieste en la Unión Soviética de hoy.
