17 de septiembre de 2008

Conversaciones (XIV). Michel Foucault - Kewes S. Karol. Sobre los sistemas punitivos (2/2)

En su ciudad natal Lodz, Polonia, Kewes S. Karol recibió la influencia de su madre socialista y aún más de su hermano mayor, quien lo orientó hacia obras marxistas como “Azbuka kommunizma” (El ABC del comunismo) de los economistas rusos Nikolai Bujarin (1888-1938) y Yevgueni Preobrazhenski (1886-1937). Tras la Segunda Guerra Mundial se radicó en Francia, donde ejerció el periodismo trabajando en la Société Générale de Presse. Luego se unió a los semanarios “L'Express” primero, y a “Le Nouvel Observateur” después. En los años ‘60, su atención como periodista se centró en la Revolución Cultural China y en la Revolución Cubana, y con respecto a estos movimientos sociopolíticos publicó los ensayos “La Chine de Mao: l'autre communisme” (La China de Mao: el otro comunismo) y “Les guérilleros au pouvoir. L'itinéraire politique de la révolution cubaine” (Guerrilleros en el poder. El curso de la revolución cubana). 


El 25 de enero de 1976 mantuvo en París una conversación con el filósofo e historiador Foucault sobre la represión practicada en los campos de concentración de la Unión Soviética. La misma se publicó bajo el título “Crimes et châtiments en URSS et ailleurs” (Crímenes y castigos en la URSS y en otros lugares) en la edición del 22 de febrero de ese año en “Le Nouvel Observateur”, cuya segunda y última parte puede leerse a renglón seguido.
 
K.S.K.: Un mes después de haber sido pasado por televisión el documental sobre el campo de Riga, la liberación del matemático Leonid Plyushch puso en el primer plano de la actualidad otro aspecto, lamentablemente conocido desde hace tiempo, de la represión en la Unión Soviética: la internación de los opositores en establecimientos siquiátricos.
 
M.F.: La internación de un opositor en un asilo es singularmente paradójica en un país que se dice socialista. Si se trata de un asesino o de un violador de chicas, buscar los motivos del delito en la patología del autor y tratar de curarlo por medio de un tratamiento apropiado podría quizá justificarse. No sería en todo caso ilógico. Por el contrario, el opositor político (quiero decir el que no admite el sistema, no lo entiende, lo rechaza) es entre todos los ciudadanos de la Unión Soviética aquel que en ningún caso debería ser considerado como un enfermo; debería ser objeto de un trato puramente político destinado a abrirle los ojos, a elevar su nivel de conciencia, a hacerle comprender que la realidad soviética es inteligible y necesaria, deseable y amable. Pero resulta que los opositores políticos son objeto de un tratamiento terapéutico que no se aplica a los demás. ¿No es reconocer de entrada que no es posible, en términos racionales, convencer a alguien de que su oposición es infundada? ¿No es admitir que el único modo de volver aceptable la realidad soviética, a aquellos que no la quieren, es intervenir autoritariamente con técnicas farmacéuticas sobre sus hormonas y sus neuronas? Hay aquí una paradoja muy reveladora: la realidad soviética sólo es amablemente vista con una dosis de sedantes. ¿Hace falta que sea inquietante para que los tranquilizantes sean necesarios cuando se la quiere hacer aceptar? ¿Han renunciado los dirigentes del régimen a la racionalidad de su revolución cuidando sólo mantener los mecanismos de docilidad? Es esta renuncia a todo lo que implica el proyecto socialista lo que revela al fin de cuentas la técnica punitiva empleada en la Unión Soviética.
 
K.S.K.: De todas maneras, allí hubo una evolución. El carácter represivo del sistema se atenuó mucho. En tiempos de Stalin, todo el mundo temblaba. Hoy usted era director de una fábrica y mañana podría encontrarse en un campo. Ahora hay un cierto número de intocables. Si usted es académico no va a la cárcel. No sólo Sájarov siempre anda libre, sino que, sobre seiscientos académicos soviéticos, sólo setenta han firmado la denuncia contra Sájarov. Esto significa que los demás pueden decir: “Yo no firmo”. Hace veinte años, esto habría sido inconcebible.
 
M.F.: Usted dijo que el terror disminuyó. Es cierto. Pero el terror en el fondo no es el colmo de la disciplina sino su fracaso. En el régimen estalinista, el mismo jefe de la policía podía ser ejecutado un buen día al salir del Consejo de Ministros. Ningún jefe del Comisariado Popular para Asuntos Internos murió en la cama. Había un sistema del cual no podían excluirse la sacudida y el cambio; al final algo podía pasar. Digamos que el terror es siempre reversible: refluye contra quienes lo ejercen fatalmente. El miedo es circular. Pero a partir del momento en que los ministros, los comisarios de policía, los académicos, todos los responsables del Partido se vuelven inamovibles y ya no temen por sí mismos, la disciplina por debajo funciona plenamente sin que exista siquiera la posibilidad, ni aún quimérica pero siempre presente, de una involución. La disciplina va a reinar sin sombra y sin riesgo. Creo que las sociedades del siglo XVIII han inventado la disciplina porque los grandes mecanismos del terror se habían vuelto demasiado costosos y peligrosos. ¿Qué era el terror desde la antigüedad? Era el ejército al cual se entregaba una población y que era incendiada, saqueada, violada, masacrada por aquél. Cuando un rey quería vengarse de una revuelta, daba rienda suelta a sus tropas. Medio espectacular, pero oneroso, que ya no se puede utilizar cuando se tiene una economía organizada, prolijamente calculada, cuando ya no pueden sacrificarse las cosechas, las manufacturas, los equipamientos industriales. De allí la necesidad de encontrar otra cosa: las disciplinas aplicadas continuas y silenciosas. El campo de concentración ha sido una fórmula intermedia entre el gran terror y la disciplina en la medida en que permitía, por una parte, hacer morir de miedo a la gente; y por otra, sujetar a aquellos a quienes se teme dentro de un cuadro disciplinario que es el mismo del cuartel, el hospital, la fábrica, pero multiplicado por diez, por cien, por mil.
 
K.S.K.: Aquí reencontramos la idea, a mi parecer falsa, pero común a todos los sistemas penitenciarios, según la cual el trabajo manual sería un medio de redención.
 
M.F.: Es algo que ya estaba inscripto en el sistema penal europeo del siglo XIX: si alguien cometía un delito o un crimen, era porque no trabajaba. Si había trabajado o si así había sido atrapado por el sistema disciplinario que fija al individuo en su trabajo, no habría cometido el delito. Entonces, ¿cómo se lo va a castigar? Y bien... por medio del trabajo. Pero lo que hay de paradójico es que este trabajo presentado como deseable y como medio de reinserción del delincuente en la sociedad, va a servir de medio de persecución física, imponiendo al condenado desde la mañana a la noche el trabajo más insípido, monótono, brutal, fatigante, extenuante y finalmente mortal. Extraña polivalencia del trabajo: castigo, principio de conversión moral, técnica de readaptación, criterio de arrepentimiento y término final. Pero su utilización, según este mismo esquema, es todavía más paradójico en la Unión Soviética. De dos cosas una: o bien el trabajo impuesto a los prisioneros (comunes o políticos poco importa) es de la misma naturaleza que el trabajo de los demás trabajadores de la Unión Soviética; o este trabajo desalienado, no explotado, socialista... ¿hace falta que sea detestable como para que sólo pueda ser cumplido entre alambradas con perros mordiendo los talones? ¿Es un subtrabajo, un trabajo castigo? ¿Debemos creer que un país socialista hace pasar la reeducación moral y política de sus ciudadanos por una caricatura de desvalorización del trabajo? Me parece por otra parte que la China no escapa a esta utilización paradójica del trabajo como castigo.
 
K.S.K.: Permítame recordarle, a título personal, que mi repugnancia por los campos estalinistas o cualesquiera otros, proviene de la práctica: pasé más de un año en un campo y contribuí, en Armenia, a la construcción de un puente que hoy se muestra orgullosamente a los turistas. Soy, por lo tanto, la persona menos inclinada a disculpar cualquier tipo de represión. Así, por ejemplo, en China me negué a visitar una prisión modelo, por lo que me parece hipócrita, falso y sin valor este tipo de entrevistas entre un hombre libre y otro que está detrás de los barrotes. Siendo así, pienso que en el caso de China hay una diferencia. Y es porque, en principio, el régimen chino rechaza la aceptación de un modelo industrial calcado sobre el occidental o el ruso. Involucra un desarrollo muy diferente y, para empezar, no acuerda, como lo hace el otro, prioridad a las industrias gigantescas en detrimento de la agricultura. Ello modifica sustancialmente esta disciplina que, históricamente, se encuentra vinculada con la industrialización clásica. Es así que el 80% de los chinos, que viven en el campo, no conocen prácticamente las prisiones. Se le dice: “Arreglen ustedes mismos sus problemas y no nos manden gente para meter presa, salvo excepciones como ser los delitos de sangre”. Dicho esto, admito que existen también campos en la China. Pero en estos campos, en todo caso, el régimen no se sirve de delincuentes para imponer la disciplina, de la misma forma que, fuera de las prisiones, no mantiene un “medio” delictivo para vigilar y controlar la sociedad.
 
M.F.: Se trata de una innovación indiscutible, a juzgar según todos los testimonios, aún hasta de los anticomunistas, lo cual me parece muy meritorio. Sobre todo porque en 1949, cuando empezó la revolución, la China tenía fama de ser uno de los países más pobres del mundo -notoriamente menos desarrollado que Rusia en 1917- y ser el país que batía los récords en materia de crimen organizado y prostitución. Nadie pretende que esta sociedad aun terriblemente pobre haya suprimido ya toda violencia y toda delincuencia. Al menos, su sistema penitenciario trata de reinsertar a la gente en la sociedad reeducándola políticamente y, brutalizándola, evita la reincidencia de los “habituales de la delincuencia”.
 
K.S.K.: Los casos que se pueden citar son, sin duda, particulares, pero, de todas formas, significativos. No hablamos del emperador de la China que, después de haber sido un fantoche de los japoneses, se vio beneficiado por una clemencia que raramente conocieron otros monarcas similares. Pero la amnistía decretada este año para todos los grandes criminales de guerra del Kuomintang da para pensar. ¿Se puede imaginar a los soviéticos, veinte años después de la victoria, soltando a los Kolchak, los Denikin, los Wrangel y diciéndoles: “Si se quieren quedar, el Estado les proveerá todas las facilidades y, si quieren juntarse con sus compañeros de armas en el extranjero, vayan?”. Con este gesto, los dirigentes chinos parecen mostrar que no tienen miedo de lo que estos ex prisioneros puedan contar sobre lo que han visto y sufrido durante la detención. Por el contrario, es Taiwan la que se negó a otorgar las visas... Finalmente está el asunto de los cuadros eliminados durante la Revolución Cultural, a quienes les han devuelto los puestos. Habría sido preferible, desde luego, que se explicara a la opinión pública china la razón y los mecanismos de estas rehabilitaciones. Pero el hecho es que un retorno tan masivo de los antiguos expurgados no tiene precedentes en la historia de las sociedades post revolucionarias.
 
M.F.: Esto también da que pensar. Desde luego que la existencia de un sistema de castigo y de rehabilitación por medio del trabajo manual, no es aceptable ni en la China ni en ninguna parte. Después de la decepción soviética, sería una locura minimizar el peligro que representan para el proyecto socialista los campos de trabajo, aun mejorados.
 
K.S.K.: Lo que quiero subrayar, simplemente, es que, habiendo elegido otro modo de desarrollo, los chinos tienen a pesar de ellos mejores posibilidades de evitar los desastres irreversiblemente provocados en la Unión Soviética por la industrialización brutal emprendida por Stalin a fines de los años ‘20.
 
M.F.: No tengo una razón precisa para desconfiar de los chinos en tanto que, por el contrario, siempre desconfío de los rusos. Pero quiero subrayar una o dos cosas. Me parece, como usted dijo, que los chinos no matan gente. Está bien. Cuando se comete un error político no sé si reeducan a los culpables, pero convengamos que reeducan muy mal a aquellos ante los cuales se cometió el error. Tomemos el caso de Lin Piao. No sé si las personas implicadas en este “crimen político” han sido reeducadas, pero estimo que el pueblo chino merece otras explicaciones acerca de este asunto.
 
K.S.K.: Estoy completamente de acuerdo, y lo he escrito en mi libro “La segunda revolución china. Hacia un nuevo poder”.
 
M.F.: Otra cosa. Me encanta que el emperador Puyi haya muerto entre los tulipanes, pero hay algo que me apena: no sé su nombre, pero se trata del pequeño peluquero homosexual a quien le hicieron saltar los sesos públicamente en el campo de concentración donde se encontraba Jean Pasqualini, que cuenta la escena en su libro “Prisionero de Mao”. Este libro es el único documento preciso que tenemos sobre el sistema penal chino y confieso no haber leído ninguna refutación de lo que dice. Pero hay algo que aparece muy claro en la lectura de su libro: ciertos métodos empleados por los guardias rojos durante la Revolución Cultural para convencer a alguien de su error, para reeducarlo, descalificarlo o ridiculizarlo, corresponden exactamente a lo contado por Pasqualini. Todo ocurre como si los procedimientos internos de los campos hubieran estallado a plena luz -estaba por decir como cien mil flores- en la China de la Revolución Cultural. Terriblemente inquietante, este parecido entre escenas que han tenido millones de testigos durante la revolución cultural y las escenas vividas en un campo, cuatro o cinco años antes. Pienso, por ejemplo, en el ritual de la prueba. Se tiene la impresión de que la técnica de los campos se ha difundido, como llevada por un soplo prodigioso, por la Revolución Cultural.
 
K.S.K.: La crítica al comportamiento de los guardias rojos hecha por Mao en su entrevista con Lois Snow en 1970 es tan severa como la suya, aun cuando no sitúa el origen de este fenómeno en el modo de funcionamiento de los campos de trabajo. Y, a despecho de cierta decepción, Mao preconiza para el futuro la reproducción de nuevas revoluciones culturales y alienta, en lo inmediato, la formación de una escuela de puertas abiertas, de la universidad totalmente refundada y antielitaria, del ejército sin grados y de la fábrica menos jerárquica posible. ¿No cree usted que estas medidas son completamente incompatibles con las técnicas disciplinarias que, en todos los sectores, han sido desarrolladas durante la industrialización en Europa y más tarde en la Unión Soviética?
 
M.F.: No puedo en absoluto decir que no y, no teniendo razón para hacerlo, diría provisoriamente que sí. Pero volvamos al problema del castigo en su dimensión universal. Mucho tiempo nos hemos inquietado por lo que debería castigarse; mucho tiempo, también, por la manera cómo se debía castigar. Y entonces aparecieron las extrañas cuestiones: “¿Hay que castigar? ¿Qué significa castigar? ¿Por qué esta relación, aparentemente tan evidente, entre crimen y castigo?”. Que haya que castigar un crimen nos resulta muy familiar, muy próximo, muy necesario y, a la vez, algo oscuro que nos hace dudar. Mire la cobarde distensión de todos -magistrados, abogados, periodistas- cuando llega este personaje bendito por la ley y la verdad y dice: “Pero no, estén seguros, no tengan vergüenza de condenar, no van a castigar, van, gracias a mí que soy médico (o siquiatra, o sicólogo) a readaptar y curar”. “Y bien, entonces, al hoyo”, dicen los jueces al inculpado. Y se levantan, encantados, como habiendo recuperado la inocencia. Proponer otra solución punitiva es ponerse a la retaguardia en relación con el problema, que no es el del cuadro jurídico de la pena ni el de su técnica, sino el del poder que castiga. Es por esto que me interesa este problema de la penalidad en la Unión Soviética. Es posible divertirse con las contradicciones teóricas que determinan la práctica penal soviética, pero son teorías que matan y contradicciones de barro y sangre. Es también posible sorprenderse de que no hayan sido capaces de elaborar nuevas respuestas a los crímenes, a los opositores y a los delitos diversos; hay que indignarse de que hayan retomado los métodos de la burguesía en su período de mayor rigor, a comienzos del siglo XIX, y que los hayan llevado a una enormidad y una meticulosidad, en el sentido de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, que sorprende. La mecánica del poder, los sistemas de control, de vigilancia, de castigo son allí, y con dimensiones inéditas, los de la burguesía (bajo una forma reducida y balbuciente), los que ella empleó durante un tiempo, cuando necesitó afianzar su dominación. Pero todo esto puede decirse de todos los socialismos reales o imaginarios: entre el análisis del poder en el Estado burgués y la tesis de su futura abolición, caducan el análisis, la crítica, la demolición, el cambio radical de los mecanismos del poder. El socialismo y los socialismos no necesitan de otra carta de libertades ni de una nueva declaración de derechos: fácil y, por lo mismo, inútil. Si quieren merecer el amor y no el rechazo, si quieren ser deseados, deben responder a la cuestión del poder y su ejercicio. Deben inventar un ejercicio del poder que no aterrorice. Esa sería la verdadera novedad.