Carlos Alberto Libanio
Christo, Frei Betto (1944), es un fraile dominico nacido en la ciudad de Belo
Horizonte del estado de Minas Gerais. Fue el creador de la llamada Teología de
la Liberación, una corriente teológica que reflexionó sobre el rol de la
Iglesia Católica latinoamericana buscando una alternativa popular al modelo de
dominación capitalista. Asesor de movimientos sociales como las Comunidades
Eclesiales de Base, la Pastoral
Obrera de Sao Bernardo do Campo y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin
Tierra, participó activamente en la vida política del Brasil durante gran parte
de su vida, lo que lo llevó a ser encarcelado varias veces durante el régimen
militar que encabezó Humberto de Alencar Castelo Branco (1897-1967) en 1964 y
que fue sucedido hasta 1985 por distintos presidentes aliados y sostenidos por
la Junta Militar. Es autor de más de sesenta libros de diversos géneros
literarios, entre los que se pueden citar las novelas “Dia de Angelo” (El día
de Ángelo), “Minas do ouro” (Minas del oro) y “Entre todos os homens” (Entre
todos los hombres); los ensayos "Sinfonia universal. A visão de mundo de
Teilhard de Chardin” (Sinfonía universal. La cosmovisión de Teilhard de
Chardin), “A obra do artista. Uma visão holística do universo” (La obra del
artista. Una visión holística del universo), “Um homem chamado Jesus” (Un
hombre llamado Jesús) y “Calendário do poder” (Calendario del poder); y las
memorias “Batismo de sangue” (Bautismo de sangre) y "Cartas da Prisão. Dos
subterrâneos da história” (Cartas desde la cárcel. Desde los subterráneos de la
historia).
Quien alguna vez declaró
que era “una ingenuidad total querer humanizar el capitalismo”, mantuvo una charla
que con el periodista, filósofo y docente argentino Vicente Zito Lema (1939-2022),
en la cual analizó las relaciones entre el cristianismo y el marxismo como dos
opciones liberadoras. La nota apareció en el nº 2 de la revista "Locas. Cultura
y utopías" (Buenos Aires, marzo de 2001), cuando la figura de Lula da Silva
(1945) despertaba -en algunos- ciertas ilusiones de cambio social en Brasil. Lo
que sigue es la primera parte de dicha conversación.
F.B.: Esa relación se ha dado en América Latina desde los años ‘60. Y efectivamente, la causa principal no ha sido el hecho de que los cristianos conocieran mejor el marxismo, ni de que los marxistas conocieran mejor a los cristianos progresistas. La causa principal ha sido el sufrimiento de los pobres. Fue junto a las camadas populares que se ha dado el encuentro entre cristianos y marxistas. Y este encuentro quitó prejuicios, tanto de cristianos como de marxistas, porque ellos se encontraron en las luchas populares. Los cristianos han aprendido con los marxistas la importancia de un análisis más científico de la realidad. Reconocemos también la contribución que el marxismo tiene para dar en este análisis del sistema capitalista, y en la apertura de vías para la construcción de una sociedad socialista. A la vez creo que los marxistas han aprendido del cristianismo; primero que, como ha dicho santo Tomás de Aquino en el siglo III, "la razón es la imperfección de la inteligencia". O sea, el proceso social y humano no se agota en la razón. La dimensión de la trascendencia es importante para el ser humano, y sobre todo en América Latina, no hay revolución con prejuicio a la religiosidad del pueblo. No hay ninguna excepción. La revolución cubana no se hizo contra la religión del pueblo. Y no hay ninguna fuerza de izquierda que haya logrado crecer en América Latina con prejuicio a la religiosidad del pueblo. Entonces, es muy importante asumir al pueblo con su religiosidad, con sus tradiciones, con sus culturas, con sus costumbres. Y creo que los marxistas han aprendido eso. De una manera paradigmática, esta unidad ha florecido en Nicaragua, con la Revolución Sandinista. Lástima que, por fuerza de la política de contrarrevolución de Reagan, la revolución ha sido derrotada. Pero en su raíz, esta revolución había sido la primera experiencia fuerte. Si miramos la revolución cubana, Fidel aparece con un crucifijo en su uniforme, y estaba el padre Sardinha como capellán del ejército rebelde. Si miramos las guerrillas de Colombia, hay una fuerte presencia cristiana. El padre Camilo Torres, el padre Manuel Pérez -que fue el fundador del Ejército de Liberación Nacional-. Lula acaba de decir que más importante que el sindicalismo para la fundación del Partido de los Trabajadores, ha sido el trabajo de base de la Iglesia Católica en Brasil. Entonces, todo eso representa un patrimonio político importante, que ha logrado ese acercamiento. Ahora, con el derrumbe del Muro de Berlín, aquellos que no tenían los pies en la base popular, se fueron. Sobre todo marxistas que tenían al marxismo como pura teoría en la cabeza, casi un dogma, y que de repente la historia no los confirmó. Entonces, esta gente que no tenía vínculos orgánicos con los movimientos populares, esa gente se perdió en el camino. Hoy percibimos claramente que, para ser revolucionarios en América Latina, no importa si uno tiene fe o no tiene fe, pero tiene que tener vinculación con el pueblo. Y tiene que asumir las idiosincrasias de ese pueblo.
Z.L.: Hay temas puntuales y cruciales que siguen generando polémicas entre los cristianos y los marxistas. Uno se refiere a la sexualidad, como símbolo de una acción deseante, como relato de los cuerpos históricamente maltratados. Otro tema donde las perspectivas cristianas y marxistas tienen diferencias ríspidas es el tratamiento de la propiedad privada. Sexualidad y propiedad entonces se convierten casi en un dilema para quienes trabajan en pos de una unidad superadora entre el cristianismo y el marxismo como instrumento de construcción de una nueva sociedad. ¿Cuál es su pensamiento?
F.B.: Creo que éstos son dos problemas éticos, de construcción de una nueva sociedad. El capitalismo se ha afirmado, también, sobre estas dos piernas. En la medida en que el capitalismo degrada la sexualidad, la transforma en un producto basado en la pornografía. Por eso todas las ilusiones hollywoodianas, todas las producciones de entretenimiento, tienen fuertemente esos dos componentes. La sexualidad como pornografía, no como encuentro, como comunión, como amor, y la violencia. Es difícil encontrar una película norteamericana que no tenga su base en esos dos ejes. La otra fuerza del capitalismo está en la idolatría de la propiedad privada, que la propiedad privada esté en pocas manos. El capitalismo jamás ha admitido que la propiedad privada sea un derecho de todos. Porque parte de la premisa antiética de la acumulación de la riqueza. Entonces, en la construcción de una nueva sociedad, nosotros tenemos que trabajar muy bien esos dos puntos. Primero, no clandestinizar el tema de la sexualidad. La izquierda, en general, ha tenido un tabú con este tema. Porque muchas veces ha tenido una vida social políticamente revolucionaria y una vida personal burguesa. Entonces mantenía ese tema bajo la alfombra, porque no convenía tratar de eso. Yo, por ejemplo, me acuerdo de líderes populares que decían "nosotros participamos en las luchas, pero ustedes no deben invitar a nuestras mujeres. Ellas tienen que estar en la casa cuidando a los niños, la comida, etcétera". Esa es una actitud típicamente burguesa y por ahí va entrando la contradicción en nuestra lucha, y por eso después vienen los derrumbes como el del Muro de Berlín. Es decir, que se ha dado en muchos de nuestros países en proporciones menores, pero se ha dado. Y en la propiedad privada también. Todos nosotros tenemos derecho a los bienes esenciales para la vida; y la vivienda es uno de los bienes esenciales. Ahora, la forma de propiedad, eso va a depender de las condiciones concretas de cada país. No hay un modelo único. Por ejemplo, ahora en Cuba, el 85% de la población tiene la propiedad privada de su casa, son propietarios de su casa. Ellos no pueden comprar casas para hacer dinero, eso está prohibido por la estructura y por las leyes cubanas. Pero ellos tienen derecho a poseer su casa. Otra cosa que poquísima gente conoce, es que la reforma agraria de Cuba no fue para estatizar las tierras, sino que fue para dar a los campesinos la propiedad de las tierras. Los campesinos cubanos son propietarios de sus tierras. Hay tres modelos de propiedad rural en Cuba. La privada, de la familia; la cooperativa y la estatal. Pero la que ha predominado durante muchas décadas ha sido la privada. Ahora muchos campesinos descubren que debido al avance tecnológico es mejor estar en las cooperativas, o quizás en la estatal. Pero hay un respeto a esa propiedad. Entonces, lo que no podemos es considerar que la propiedad privada es un dogma absoluto. No, la propiedad social está siempre por encima de lo privado. Pero tampoco quiere decir que vamos a construir una sociedad en la que los derechos sociales signifiquen el aplastamiento de los derechos individuales. No, hay que coordinar las dos cosas. Lo social debe ser distinguido de lo personal.
Z.L.: Como usted bien conoce, en la Argentina tuvo un gran desarrollo el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Hoy es apenas materia de estudio, de nostalgia, porque prácticamente desapareció. ¿Este retroceso de sacerdotes progresistas organizados y con un proyecto de liberación es sólo un fenómeno argentino? ¿Siguen existiendo en otros países de América Latina expresiones de la Teología de la Liberación, al estilo de la Iglesia brasileña, en pleno auge y con vasto desarrollo político social?
F.B.: Hay en toda América Latina sacerdotes, obispos, religiosos, laicos, que no han abandonado la causa de la liberación. El problema es que, en la Argentina como en Chile, se ha cometido el equívoco de construir un movimiento de sacerdotes que no incluyó a los obispos. Esto creó una distancia que permitió a los obispos más conservadores unirse con espíritu de cuerpo en contra de este movimiento de sacerdotes progresistas. En Brasil nunca ha existido un Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo o un grupo de sacerdotes definidos públicamente por el socialismo. Nosotros queríamos hacer avanzar el conjunto de la institución eclesiástica. Entonces, aquí la división no se hizo horizontal, sino que fue vertical. Hay obispos, sacerdotes, religiosos y laicos en la izquierda, y también en la derecha. Eso compromete a todo el conjunto de la institución.
Z.L.: Sabemos de las diferencias cada vez más profundas y groseras entre la minoría que tiene el poder y la mayoría que lo padece; sabemos también que las relaciones de opresión y sumisión recorren toda la sociedad. Conjuntamente y más allá de los intentos discursivos por negarlo, la historia de los hombres sigue contándose a partir de las luchas de clases, con un profundo reflejo en todas las instituciones sociales. Sin embargo, y tal vez porque la Iglesia es una institución sacralizada y habida cuenta que la realidad histórica la muestra hegemónicamente al lado de los poderosos -esto sin negar actitudes individuales o de grupos valientemente confrontadas con el poder- se ha afirmado que la lucha de clases no ha penetrado a fondo en la Iglesia. Frente a este pensamiento ortodoxo tenemos, por ejemplo, la realidad compleja de la Iglesia brasileña. En su opinión, ¿la lucha de clases, el enfrentamiento entre opresores y oprimidos, se refleja en el interior de la Iglesia que usted integra?
F.B.: De distintas formas, con diferencia de intensidades y hasta con renovaciones en la integración de sus componentes, la lucha de clases es una realidad que persiste y que no deja de reflejarse en todas las instituciones. Uno de los equívocos más curiosos en la izquierda de tradición marxista atea fue creer en la lucha de clases hasta la puerta de la Iglesia. Traspasada la puerta de la Iglesia, dicha izquierda quitaba la dialéctica y se dejaba ganar por el más puro idealismo, como si toda la Iglesia fuese la misma cosa, olvidándose de las profundas contradicciones internas que no dejan de sacudirla, en todos sus niveles jerárquicos. Insisto que se trata de puro idealismo, y ha sido defendido ardientemente por teóricos de la izquierda atea de América Latina.
Z.L.: Los ejércitos de América Latina se han ido convirtiendo en instituciones represoras, consecuentes en su tarea de ahogar los intentos de cambio social. ¿Ve también aquí la posibilidad de enfrentamientos internos profundos?
F.B.: Por supuesto, mientras haya una sociedad de clases va a haber contradicciones en todas las instituciones de esa sociedad: la familia, la universidad, los sindicatos, el ejército y la Iglesia, en fin, en todas las instituciones.
Z.L.: Hablemos de la Iglesia católica brasileña. Usted, que es parte de ella, ¿cómo ve y describiría las contradicciones y disputas que se dan en su seno?
F.B.: La realidad de nuestra Iglesia es fácil verla a partir de distintos aportes teológicos. Tenemos un trabajo con las comunidades de base, las pastorales sociales. Pero tenemos, también, la importación de movimientos como el Opus Dei, carismáticos de Europa. Tenemos trescientos cincuenta obispos, de los cuales cincuenta son de derecha, cien son de la Teología de la Liberación, y doscientos son moderados; y que felizmente, en los momentos críticos suman con estos cien progresistas. Entonces así se dan los conflictos teológicos y prácticos, en los vínculos con la sociedad. La Conferencia Episcopal en Brasil tiene una línea muy buena, muy evangélica, que cada año está basada en tres puntos. La Campaña de la Fraternidad en la Cuaresma, que tiene un tema social -este año ha sido la desocupación-. El Grito de los Excluidos, en la fecha nacional, que es el 7 de septiembre, en el que se busca reflejar el grito de los excluidos. Y las Semanas Sociales. Este año, la Conferencia Episcopal, junto con los movimientos populares, incluso el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra, ha promovido el plebiscito sobre la deuda externa. Esperábamos que fueran tres millones de votantes; superando todas nuestras perspectivas, los votantes que acudieron voluntariamente, llegaron a los seis millones.
