Adolfo Bioy Casares (1914-1999) el renombrado autor argentino de
novelas como “La invención de Morel”, “El sueño de los héroes” y “Diario de la
guerra del cerdo” entre muchas otras obras, es un verdadero clásico de la
literatura argentina contemporánea. En enero de 1989 recibió en su casa de
Buenos Aires al escritor y periodista chaqueño Mempo Giardinelli (1947), quien
por entonces dirigía y editaba la revista “Puro cuento”, en cuyo nº 15
(marzo/abril 1989) se publicó la charla cuya primera parte se reproduce a
continuación.
M.G.: Le confieso que me parece que
usted es la clase de entrevistado a quien hay que dejar explayarse sobre lo que
tiene ganas... Prefiero, si me permite, tomar su concepto sobre que considera
al cuento un género tan argentino, y tan vivo.
A.B.C.: Ah, sí, es que yo vi al cuento
un poco desacreditado en el resto del mundo. He vivido mucho tiempo sintiendo
el desafecto por el cuento que había en el mundo. Por ejemplo, lo vi en mi
editor francés, Robert Lafont. Él fue muy amistoso conmigo y me atendía a veces
como a un gran escritor, aunque otras veces me maltrataba mucho. Él publicó en
el año ‘53 “La invención de Morel”, por indicación de Elena Garro, que fue la
primera mujer de Octavio Paz. Yo los conocí en Francia en el ‘49 y en el ‘51, y
bueno, ella fue la que habló con Lafont, y yo supongo que con una elocuencia
extraordinaria lo convenció. Pero la novela fue un fracaso. Yo le pedí
disculpas a Lafont, y él me dijo: “no, no, no se preocupe que los buenos libros
se venden poco. Ya va a ver con los años”. Luego publicó otra novela mía, “Plan
de evasión”, a pesar de que yo le advertí que me habían dicho que era muy
tediosa. El que me dijo eso fue Nalé Roxlo, quien en una comida de escritores
me dijo: “Oiga, Bioy, qué raro que después de una novela tan divertida como ‘La
invención de Morel’ ahora haya escrito este tedio”. Yo me di cuenta de que me
lo dijo con cierto retintín, como diciendo “a lo mejor ‘La invención de Morel’ se
la dictó Borges y ésta sí es una novela suya”. Algo muy de Nalé... Como yo me
olvido de cómo son mis libros, y acepto lo que me dice el último interlocutor,
le conté todo esto a Lafont. Curiosamente, “Plan de evasión” sí tuvo mucho
éxito. Pasó el tiempo y un día Lafont me dijo que necesitaba otra novela mía.
Cuando yo le dije que no tenía ninguna y que solamente tenía algunos cuentos,
él me dijo: “qué barbaridad, y ahora qué vamos a hacer”. Yo le di los cuentos y
le dije que hiciera lo que quisiera; lamentablemente no tenía otra cosa. Y él
los publicó con los títulos de “Cuentos fantásticos” y “Cuentos de amor”. Esos
títulos los puso él.
M.G.: ¿En qué género se ha sentido más
cómodo?
A.B.C.: En los dos: cuento y novela. Yo
me siento un narrador. Si escribo muchos cuentos fantásticos no es por
predilección por ese género, sino porque se me ocurren ideas fantásticas. A mí
me gustan mucho los cuentos no fantásticos. Ahora mismo estoy escribiendo un
cuento no fantástico, que se llamará “Ovidio”. Lástima que lo estoy escribiendo
con una lentitud extraordinaria, porque soy un individuo fácilmente disipable.
M.G.: De sus cuentos mi preferido es “En
memoria de Paulina”, que para mí no es necesariamente un cuento fantástico.
A.B.C.: Ah, no, yo creo que sí lo es. No
se olvide que Paulina vuelve, como proyección... ¿A usted no le parece?
M.G.: No, me parece que tiene un aire
onírico, sí, pero no es fantástico en cuanto a lo sobrenatural, a lo
extraordinario. Para mí es perfectamente verosímil; tiene raíz en lo real.
A.B.C.: Entonces eso me habrá salido
mejor que en otros. Porque yo siempre que escribo cuentos fantásticos, trato
siempre de que sea también un cuento de amor, o sobre Buenos Aires.
M.G.: En sus novelas y en sus cuentos
se reconoce, claro está, lo fantástico, pero hay una constante referencia a la
realidad, que tiene que ver con el amor, la diversión y sobre todo con su
estilo casual. Su estilo, me parece, consiste en hacer casual y creíble lo
extraordinario, precisamente porque lo conecta con lo real, ¿no?
A.B.C.: Sí, puede ser. Fíjese que he
tenido que escribir varias veces el prólogo a la “Antología de la literatura
fantástica”. El último me lo pidió la editorial alemana Surkamp. Y como es mi
tercer o cuarto prólogo para la misma antología, para cambiar un poco leí el
artículo en el “Larousse” (pero el “Larousse” grande, del siglo diecinueve, no
el diccionario) que fue escrito por el mismo Pierre Larousse. Allí hay un
estudio sobre literatura fantástica en el cual Larousse dice que entre los
escritores fantásticos están “los más delicados realistas”. Me gustó muchísimo,
eso. En realidad, la literatura ha sido siempre fantástica, ¿no?
M.G.: Claro, si hasta cabe preguntarse
si puede existir una literatura que no sea fantástica. Toda la literatura lo
es.
A.B.C.: Desde luego, y el escritor es
como el que tiene un kiosco en la feria y vende cosas rarísimas, ofrece
monstruos y artículos increíbles.
M.G.: Usted recordará que Cervantes
decía que su intención era “poner en la plaza de nuestra república una mesa de
trucos”.
A.B.C.: Es verdad, y sin embargo como
género parece que hubiera aparecido sólo a principios del siglo diecinueve, con
Hoffman y con Poe. Hoffman era conocido por sus cuentos en Francia, y allí se
llamaban “Contes fantastiques”. No hay ninguno de Hoffman que se llame así; fue
una decisión de los editores. Como en mi caso. Y en Inglaterra, donde el género
fantástico fue mucho más fuerte, fíjese que ahí no se le conocía como género
fantástico. Se los llamaba “Uncannies stories” o “Tales of the supernatural”.
La palabra “fantástico” aplicada a los cuentos vino de Francia y la recogieron
los norteamericanos.
M.G.: ¿O sea que para los ingleses lo
fantástico era lo sobrenatural?
A.B.C.: Claro, el concepto inglés para el
género es “desasosiego”; “uncanny” es algo que no se sabe muy bien qué es, pero
que produce inquietud... En mi caso, bueno, quizá el hecho de que yo escriba
cuentos fantásticos en estilo bastante realista, parecería que no es una gran
innovación, ¿no? Pero algo extraño pasa, y yo sobre eso hago un cuento. Aunque
también es cierto que hago cuentos en los que no hay nada de sobrenatural.
M.G.: Una de
las sensaciones que me producen sus textos es que siempre tienen algo de
conspirativo: el fugitivo en “La Invención de Morel”, el chico perdido y la
impostura en “La aventura de un fotógrafo en La Plata”, el miedo en el “Diario
de la guerra del cerdo”... ¿Es así?
A.B.C.: Por supuesto. Yo veo siempre el
destino del hombre como algo un poco patético. Por las limitaciones del hombre
y por el misterio del cosmos. Por toda esa vida que uno no ha buscado, que no
ha elegido y tiene un final generalmente espantoso. A veces he pensado que la
vida es un entretenimiento liviano con final espantoso. Hay una frase de
Gracián que está en “El criticón” y creo que merece que la recordemos aquí: “Oh
vida, no debieras empezar, pero ya que empezaste no debieras acabar”.
M.G.: Esto me hace pensar en lo que
resulta más seductor de su obra: la conspiración junto con el humor. Usted
habla de lo patético, pero a la vez pareciera que cuando escribe se divierte
mucho. Musicalmente, diría que sus textos tienen algo de los divertimentos de
Mozart.
A.B.C.: El humor en mí nunca es
propuesto; siempre es involuntario, casual. Desde que empecé a escribir lo hice
sobre el amor y sobre lo fantástico. Jamás me propuse el humor, aunque sí creo
que tengo sentido del humor. La primera historia que se me ocurrió en mi vida,
fue cuando tenía seis o siete años y quería enamorar a una prima.
M.G.: ¿La escribió?
A.B.C.: Sólo las primeras páginas. Quería
imitar a una escritora francesa que era muy audaz para la época y a la que mis
primas admiraban. Entonces leí un poco de ella y traté de escribir lo mismo
hasta que comprobé que no podía... La segunda historia que escribí se llamaba “Una
aventura terrorífica”, y ya su nombre indica lo que era, ¿no?
M.G.: ¿Qué leía en aquella época? ¿Qué
libros lo conmocionaban?
A.B.C.: Bueno, entre mis primeras
lecturas, de chico, estuvo “Pinocho” de Carlo Collodi. Fíjese que allí entreví
el género fantástico, porque es la historia de un carpintero que hace con un
tronco un muñeco, y luego encuentra que ese muñeco tiene vida. Es fantástico,
¿no? Luego empecé a leer todo Sherlock Holmes y las novelas de Conan Doyle. Y “El
misterio del cuarto amarillo” de Gastón Leroux. Pero todo eso, sin haber
descubierto la literatura.
M.G.: ¿Y cuándo la descubrió?
A.B.C.: En el Colegio Nacional, en
segundo año, con el libro de Monner Sans. Ese librito me hizo descubrir la
literatura. Y me puse a leer como un maniático. Tenía doce o trece años y
empecé a leer y a escribir continuamente.
M.G.: ¿Empezó escribiendo cuentos,
como casi todos?
A.B.C.: Claro. Y mis primeros cuentos
eran sueños. Porque yo he sido toda la vida, y sigo siendo, un soñador. A veces
pienso que me gusta tanto la vida que he conseguido vivir de día y de noche. De
noche con mis sueños. Incluso ahora me pasa algo curioso: muchas veces tengo
sueños en tercera persona. Veo el sueño como una historia. Y otra cosa notable
es que yo empecé con pesadillas, con sueños trágicos, y ahora casi nunca tengo
pesadillas, tengo sueños agradables.
M.G.: ¿Lo onírico ha sido el material
principal de su literatura?
A.B.C.: No, lo ha sido sólo de mi
primera literatura, la que me llevó al fracaso. Porque es bien sabido que los
sueños, si no son tratados o si uno no es un experimentado soñador, deslumbran
al soñador pero aburren al espectador a quien luego le cuentan el sueño. Así
que mis primeros cuentos salieron mal. Pero no solamente los que sacaba de
sueños, sino también los que inventaba, y las novelas, todo me iba mal...
Notaba que mis amigos se entristecían cuando yo publicaba algo. Ellos me
estimaban, y por eso pensaban que mis libros estaban por debajo de mi
capacidad. Borges pensaba que yo escribía rápidamente y sin corregir, y no era
así. Yo escribía esforzadamente, laboriosamente, pero con una poética
equivocada. No sabía lo que había que buscar. Yo había leído muchos gramáticos
españoles, y ellos me inducían a escribir con proverbios y con riqueza de
vocabulario, a ser el primero que resucitara tal palabra o tal otra, y con todo
eso yo perdía frescura. Además, ya es bastante difícil escribir, y si encima
uno se propone triunfos que, digamos, están fuera de la literatura, es bastante
difícil llegar al acierto, ¿no? Suelen descaminarse esas aspiraciones, por la
vanidad, y hasta yo diría que la literatura comprometida suele ser peligrosa si
no hay verdadera pasión. La pasión la salva, y el interés de la gente por los
temas políticos también puede salvarla, ¿no?
M.G.: Yo diría que, aunque pudiera no
parecerlo, su propia literatura ha sido comprometida porque ha sido
tremendamente apasionada.
A.B.C.: Desde luego, desde luego...
M.G.: La alusión, en su obra, creo que
está presente en todo momento, y en ese sentido creo que es superior a la de
algunos de sus contemporáneos. Quiero preguntarle, por cierto, si ese hijo
perdido en “La aventura de un fotógrafo en La Plata” tiene que ver con la
tragedia que vivió el país durante la última dictadura. ¿Es un desaparecido?
A.B.C.: Pero naturalmente, claro que
sí... Es, de algún modo, simbólico de lo que pasó. Esa realidad que me rodeaba
me obligó a escribir esa historia. Que es como una metáfora, a mi manera, de lo
que estaba pasando.
M.G.: ¿Eligió el fotógrafo, además,
porque es un “voyeur”?
A.B.C.: Sí, por eso y porque no puedo
estar poniendo siempre escritores... La fotografía es una profesión que yo
conozco bastante porque fotografié mucho, y entonces no improvisaba. Además,
creo que los fotógrafos también tienen problemas de creación parecidos a los
que tenemos los escritores.
M.G.: Me da la impresión de que usted
es un gran inventor de argumentos, y si mal no recuerdo creo que Borges en el prólogo
a “La invención de Morel” habla de ello. Actualmente es moda hablar -entre
escritores y en cierto ambiente académico- de la literatura sin argumento. Se
supone que ya todo se contó; que no hay nada nuevo que contar y por ende los
argumentos están perimidos y lo que hay son artificios de palabras. ¿Qué le
sugiere esto?
A.B.C.: Ninguna moda me ha gustado,
jamás. Pero lo que le puedo decir es que las cosas se repiten. Esta situación
es la misma que enfrentábamos con Borges y con Peyrou en mil novecientos
treinta y tantos, y en los cuarenta. Nosotros nos sentíamos abanderados del
argumento, personas que querían recordarle a los escritores, a los narradores
por lo menos, que hay que narrar siempre una historia. Recordarles que el
cuento y la novela son géneros eternos porque a la humanidad le gusta que le
cuenten historias. Están esperando eso, que le contemos historias. Yo creo
pertenecer a la familia de esos muchachos de El Cairo que entraban en los cafés
y contaban a los parroquianos, por unas monedas, las historias que hoy son
conocidas como “Las mil y una noches”. Yo creo que Borges, Peyrou, Denevi, yo y
mucha otra gente hemos contado historias.
M.G.: ¿Es una discusión que se repite,
apasionada, cada tanto tiempo? ¿O es producto de escritores acaso cansados que
sienten su propio agotamiento, y ante el propio agotamiento decretan el de la
literatura?
A.B.C.: Es probable, debe haber algo de
eso. Pero por otra parte déjeme decirle que a mí, involuntario inventor de
argumentos -quiero decir que los invento porque ya es una costumbre de mi mente-,
también me encantaría un día escribir una historia que fuera lo suficientemente
inteligente como para interesar al lector sin tener eso que me gusta tanto: el
argumento. Lo he intentado, pero he fracasado.
M.G.: ¿Lo dice por humildad, o siente
que realmente fracasó?
A.B.C.: No, ni por humildad ni por amor
propio ni por broma. Lo digo porque fue el hecho: empecé a escribir esa
historia sin argumento, y con bastante elocuencia, pero poco a poco me fue
aburriendo. Y si me aburría a mí, iba a aburrir a los lectores. Y entonces la
dejé.
M.G.: Usted mencionaba “Las mil y una
noches”. Quizá ese libro sea una metáfora de la literatura misma, ¿no? En el
sentido de que son el cuento de nunca acabar.
A.B.C.: Claro, es el argumento de nunca
acabar.
M.G.: ¿Y qué opina de esa costumbre
tan trillada de tomar mitos y recrearlos?
A.B.C.: Bueno, eso pasa mucho. Creo que
lo peor que nos puede suceder es que nos pongamos a escribir variantes. Si se
nos ocurre una variante porque se nos ocurre, sí. No hay que reescribir la
historia de la literatura; hay que escribir ingenuamente las ideas que a uno se
le ocurren cuando se le ocurren y si uno cree que esas ideas valen. Si resulta
que esa idea ya había sido escrita, y que lo que vamos a hacer es simplemente
una nueva versión, bueno, que se embromen el género humano, la literatura y
todo lo demás. Hay que escribir nuestras invenciones porque creemos en ellas y
nada más. A mí me parece que hay, en este momento, en el mundo, una especie de
triunfo de los críticos y de los profesores de literatura, ¿no? Y creo que eso
de algún modo está haciendo perder vitalidad a la literatura. Es un triunfo
desdichado, digo yo, porque veo a muchos escritores que están escribiendo para
su lugar en la historia de la literatura. Y ése es un error. Creo que no hay
más remedio que pensar que basta, como problema, el cuento que tenemos en
mente. Escribámoslo con humildad y con toda la devoción que corresponde.
M.G.: Literatura pensada como trabajo
hecho con la honestidad del artesano, ¿verdad?
A.B.C.: Yo no creo en otra cosa, Mempo.
Tengo que escribir con la honestidad de un artesano y no pensando que con esta
obra voy a ocupar tal lugar en la historia o en la consideración de los
críticos. Se lee demasiado a los críticos, a los historiadores de la
literatura. Les estamos haciendo el juego y eso me parece muy peligroso.