Jorge Luis Borges
(1899-1986) dio en la ciudad de Santa Fe una conferencia sobre el “Ulises” de
James Joyce (1882-1941). No fue la primera vez que el autor de “Historia
universal de la infamia” se refirió a esa novela; ya lo había hecho en 1941 en
un artículo titulado “Fragmento sobre Joyce” aparecido en la revista “Sur”
y en 1960 en una
conferencia en la Universidad Nacional de La Plata. Pero tal vez cuando se
explayó más dogmáticamente fue muchos años antes, en 1925, en el capítulo “El
‘Ulises’ de Joyce” de su ensayo “Inquisiciones”, en el que, entre otras cosas,
escribió: “Joyce es audaz como una proa y universal como la rosa de los
vientos. El ‘Ulises’ es millonario de vocablos y estilos. El ‘Ulises’ es
variamente ilustre. Su vivir parece situado en un sólo plano, sin esos
escalones ideales que van de cada mundo subjetivo a la objetividad, del
antojadizo ensueño del yo al transitado ensueño de todos. La conjetura, la
sospecha, el pensamiento volandero, el recuerdo, lo haraganamente pensado y lo
ejecutado con eficacia gozan de iguales privilegios en él y la perspectiva es
ausencia. Esa amalgama de lo real y de las soñaciones, bien podría invocar el
beneplácito de Kant y de Schopenhauer. Su tesonero examen de las minucias más
irreducibles que forman la conciencia, obliga a Joyce a restañar la fugacidad
temporal y a diferir el movimiento del tiempo con un gesto apaciguador, adverso
a la impaciencia de picana que hubo en el drama inglés y que encerró la vida de
sus héroes en la atropellada estrechura de algunas horas populosas. Si
Shakespeare -según su propia metáfora- puso en la vuelta de un reloj de arena
las proezas de los años, Joyce invierte el procedimiento y despliega la única
jornada de su héroe sobre muchas jornadas de lector. En las páginas del ‘Ulises’
bulle con alborotos de picadero la realidad total. No la mediocre realidad de
quienes sólo advierten en el mundo las abstraídas operaciones del alma y su
miedo ambicioso de no sobreponerse a la muerte, ni esa otra realidad que entra
por los sentidos y en que conviven nuestra carne y la acera, la luna y el
aljibe. La dualidad de la existencia está en él: esa inquietación ontológica
que no se asombra meramente de ser, sino de ser en este mundo preciso, donde
hay zaguanes y palabras y naipes y escrituras eléctricas en la limpidez de las
noches”. Unas horas antes de la conferencia, Borges se reunió con el escritor
santafecino Juan José Saer (1937-2005) para charlar sobre literatura y
política. El memorable diálogo fue registrado en un grabador por el autor de
novelas como “El limonero real” y ensayos como “El concepto de ficción”. Existen
controversias en cuanto a la fecha en la que se produjo este evento. Según el
diario “Río Negro” de General Roca, en el artículo “Saer y Borges: un encuentro
de la mano de Joyce”, ocurrió en 1966. El propio Saer situó la charla en 1967 en
su artículo “El destino en español del ‘Ulises’” publicado en “El País” de
Madrid. Y finalmente fue situada en la noche del 15 de junio de 1968 en el nº
63 de la revista “Crisis” de agosto de 1988. Lo que sigue a continuación es la primera
parte de la versión aparecida en esta última revista.
J.J.S.: Ha dicho que lee pocas
novelas y que sólo un sentido del deber lo lleva hasta su última página.
J.L.B.: Yo he sido un devoto de
Baudelaire. Podría citar indefinida y casi infinitamente “Las flores del mal”.
Y luego me he apartado de él porque he sentido -quizá mi ascendencia
protestante tenga algo que ver- que era un escritor que me hacía mal, que era
un escritor muy preocupado de su destino personal, de su ventura o desventura
personal. Y esa es la razón de que yo me aparte de la novela. Creo que los
lectores de novelas tienden a identificarse con los protagonistas y finalmente
se ven a sí mismos como héroes de novela. En una novela es muy importante que
el héroe sea amado, que ame sin ser amado, que su amor sea correspondido... y
quizá si suprimiéramos esas circunstancias, desaparecería buena parte de las
buenas novelas del mundo. Y creo que para vivir -no diré con felicidad porque
eso es bastante difícil- sino con cierta serenidad, conviene pensar lo menos
posible en las circunstancias personales. Y en el caso de Baudelaire -como en
el de Poe, su maestro- son escritores que realmente perjudican; en el sentido
en que el lector tiende a parecerse a ellos, a verse como personaje patético. Y
no creo que convenga verse como personaje patético. Lo que convendría en la
vida -desde luego yo no lo he logrado del todo- es verse más bien... Bueno,
como decía Pitágoras, como un personaje lateral ¿no?, como un espectador. Y no
creo que la lectura de “Las flores del mal”, de las poesías de Poe o, en
general, los poetas y novelistas románticos, pueda ayudarnos en ese sentido.
Creo en lo que decía Stevenson: un escritor gana poco, puede no ser célebre
-generalmente no lo es- pero tiene el privilegio de influir en muchas personas.
Y yo rato de influir de un modo que sea benéfico.
J.J.S.: ¿Esto puede entroncar con
aquellos primeros ensayos suyos acerca de la literatura de la felicidad? ¿Se
acuerda del ensayo sobre Fray Luis de León?
J.L.B.: La verdad es que la
literatura de la felicidad es muy rara.
J.J.S.: Exactamente esa es la
tesis de aquellos ensayos.
J.L.B.: Tanto que una de las
razones de mi admiración a Jorge Guillén es que él es un poeta de la felicidad.
Cuando escribe, por ejemplo, “todo en el ave es pájaro”. Realmente, la
felicidad se canta en el sentido de “todo tiempo pasado fue mejor”. En cambio,
una de las virtudes de Walt Whitman es que se siente a veces una felicidad
presente, aunque haya quizás una insistencia un poco sospechosa, se ve que él
se impuso el deber de ser feliz. Pero creo que es mejor imponerse el deber de
ser feliz que imponerse el deber de ser desdichado o interesante ¿no?, y digno
de lástima, porque me parece muy triste que le tengan lástima a uno ¿no?...
aunque uno la merezca.
J.J.S.: Entonces, ese rechazo
hacia Poe y Baudelaire podría ser...
J.L.B.: Dictado por un prejuicio,
por un afán ético. Y posiblemente de origen protestante ¿no? Usted ha visto que
en los países protestantes es muy importante la ética. Entre nosotros se
entiende que alguien es o no un caballero, pero en general aquí no se discuten
escrúpulos éticos. Desde ya, no creo que sean moralmente superiores en los
Estados Unidos, pero creo que al mismo tiempo lo primero que alguien se
pregunta sobre algo es si es éticamente justificable. Desde luego, esta
pregunta puede llevar a un sofisma o a justificaciones interesadas, pero no
importa, es lo primero que surge en una discusión cualquiera ¿no?
J.J.S.: Pero eso no tiene nada
que ver con el valor estético de las obras. Usted cree que Baudelaire es un
gran poeta y Poe un gran narrador...
J.L.B.: Desde luego. Aunque yo
creo que para sentir la grandeza de Poe uno tiene que recordarlo. Es decir que
uno tiene que verlo en conjunto. Que es un poco lo que ocurre con Lugones. Si
uno piensa en toda su obra, es un gran escritor. Pero si uno lo considera
página por página o -peor aún- línea por línea, uno encuentra muchas
mediocridades. Pero quizá lo más importante en la obra de un escritor es la
imagen final que él deja.
J.J.S.: ¿Y de Dostoievsky,
Borges? ¿Cuál es la imagen que usted tiene?
J.L.B.: Yo lo creí alguna vez el
único. Y releí muchas veces “Crimen y castigo” y “Los poseídos”. Luego, en
medio de mi entusiasmo, comprendí que me costaba mucho distinguir un personaje
de otro. Que todos se parecían bastante a Dostoievsky y que eran personas que
parecían gozar en la desventura ¿no?, y eso me desagradó. Entonces dejé de
leerlo y no me sentí desmejorado por esa ausencia.
J.J.S.: ¿Y no habrá allí, de su
parte, una elección inconsciente acerca de lo que debe ser la tarea de un
escritor en el momento en que escribe? Es decir que en este país...
J.L.B.: No. No. Yo creo que hay
otra cosa, que no comprendí entonces y que comprendo ahora. Y es que, de los
diversos sabores de la literatura, el sabor que yo siento más profundamente es
el sabor épico. Cuando pienso en el cinematógrafo, por ejemplo, instintivamente
pienso en algún “western”. Cuando pienso en la poesía, pienso en momentos
épicos: ahora estoy estudiando la antigua poesía de los sajones. Lo que más me
conmueve es lo épico. Hay una frase de Lugones -una frase que yo daría mucho
por haberla escrito pero la he leído, lo cual también es una virtud, ¿no?- que
dice un personaje de una novela bastante mediocre, “La guerra gaucha”, dice: “...
y lloró de gloria”. Yo siento eso muy profundamente. Cuando yo he llorado por
un motivo estético ha sido no porque me refirieran una desventura, sino por
estar ante una frase que significara coraje. Claro, puede influir también una
ascendencia militar, el hecho de sentir nostalgia de esa vida que me ha sido
prohibida, y eso quizá sea típico de los hombres de letras, el pensar que otro
estilo de vida es superior al que les tocó en suerte; y posiblemente, ese sabor
épico no lo sienten los héroes de la epopeya sino los escritores ¿no?
J.J.S.: Pero esa apoteosis del
coraje que hay en sus obras -y usted lo dijo en otros momentos- ¿no es más bien
un sentimiento estético? Quiero decir que detrás de la violencia y el coraje
hay un caos humano y un dolor muy terrible...
J.L.B.: Sí, creo que hay eso y
que, además, lo épico está en el hecho de que un hombre, por una causa
cualquiera -no importa si es justa o injusta porque a la larga todas las causas
son justas o injustas- se olvide de su destino personal.
J.J.S.: Borges, hay un artículo
suyo, “El arte narrativo y la magia”, en el cual...
J.L.B.: Lo recuerdo muy
vagamente.
J.J.S.: Yo también en este
momento, pero su tesis es que...
J.L.B.: Ah, sí. Ya sé. La tesis
de ese artículo es que, de igual modo que la magia ejecuta actos que influyen
en la realidad, así en el arte narrativo hay circunstancias más o menos
imperceptibles que luego prefiguran lo que sucede después ¿no?
J.J.S.: Sí. Y hay una teoría
acerca del nominalismo y el realismo.
J.L.B.: Yo no recuerdo eso. Usted
recuerda mi obra mejor que yo.
J.J.S.: Creo que es uno de los
artículos más interesantes que usted ha escrito, Borges, o por lo menos de los
que a mí más me gustan.
J.L.B.: Yo recuerdo muy vagamente
esa nota. Quería decir que lo que sucede en una obra narrativa tiene que estar
preparado. Y entonces, esas circunstancias vendrían a ser como pequeñas
operaciones mágicas ¿no? Creo que así era...
J.J.S.: ¿Usted no recuerda que
habla de una traducción de Chaucer sobre un asesinato, en la que se habla de
clavar un cuchillo, y hace un análisis de un modo indirecto de expresión que
Chaucer traduce de una manera más directa?
J.L.B.: No. Ahora recuerdo. Yo
digo que hay un momento en el que se pasó de la alegoría a la novela. Es decir,
del realismo al nominalismo. Y que, si quisiéramos fijar una fecha, deberíamos
buscarla en aquel momento en el que Chaucer traduce esa línea que dice “con los
hierros ocultos, las traiciones” como “el que sonríe con el cuchillo bajo la
capa”. Y que podríamos fijar ese momento ideal -desde luego- como el momento en
que se pasa de la alegoría, en que lo real son las ficciones, a la novela, en
que lo real es, por ejemplo, no el asesinato o el crimen, sino Raskolnikov.
J.J.S.: Claro. Yo quería empezar
por ahí para referirme a la estructura de la novela, de la novela moderna sobre
todo. Usted que es un gran traductor de Faulkner, que conoce tan a fondo el “Ulises”
de Joyce, Proust y toda la narrativa moderna...
J.L.B.: Yo creo poder plagiar -o
deber plagiar- a Shaw, cuando dijo de O'Neill que no había nada nuevo en él
salvo sus novedades. Creo que en el caso de Faulkner -y quizás en el caso de
Proust, aunque yo hablo con más respeto de él que de Faulkner, respetándolos a
los dos- esos artificios acabarán por cansar. Creo que volveremos a: “En un
lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme...”. Y creo además que
un joven escritor debiera empezar por la sencillez y no por la complejidad.
J.J.S.: ¿No piensa que esto se
parece un poco a aquello que decía Valéry, acerca de que Baudelaire decidió ser
clásico porque debía oponerse a un romanticismo anterior? Es decir, que todas
estas innovaciones son necesarias para que después aparezca un nuevo clasicismo
en la novela, que hay una dialéctica interna -valga la expresión- de la
historia de la literatura...
J.L.B.: Bueno, pero llevando esto
a una “reductio de absurdum”, significaría que Faulkner, Virgina Woolf y Proust
estarían sacrificándose para que haya escritores mejores... No, estoy
bromeando, lo que usted quiere decir es que este proceso es necesario, que es
un poco como una suerte de flujo y reflujo y que no podemos sustraemos a él y
que -desde luego- pueden ejercerse con mayor o menor felicidad. Por ejemplo,
Virginia Woolf en “Orlando” lo hizo muy bien y en otros libros lo hizo con
menor felicidad. Y en cuanto a Faulkner, creo que llegó a perderse en sus
propios laberintos. Hay una novela suya en la que, para mayor mortificación del
lector, hay dos personajes con el mismo nombre, por ejemplo...
J.J.S.: En “Luz de agosto”.
J.L.B.: Bueno, yo no recuerdo
porque no penetré muy profundamente en ese laberinto ya que me desagradó, ¿no?
J.J.S.: Uno de los personajes se
llama Lucas Banch y el otro Byron Burch. Y hay con ellos una confusión. Pero
tiene que ver con la trama de la novela.
J.L.B.: Una vez me propusieron
hacer un film con mi cuento “La muerte y la brújula”. Y ahí, misteriosamente,
el asesino y el asesinado se confunden hasta en los nombres, porque uno se
llama Roth y el otro Scharlach, rojo y escarlata; así que yo pensé que, si
llevábamos eso al cinematógrafo, convenía que un actor hiciera los dos papeles para
que se notara que en cierto modo había no sólo un asesinato sino un suicidio,
¿no?
J.J.S.: Además, en “La espera”,
Alejandro Villari tiene el mismo nombre de su asesino.
J.L.B.: Es cierto. Pero ahora ya
espero portarme bien y no jugar más con esas cosas.
J.J.S.: Pero esos juegos tienen
algún sentido, ¿verdad?
J.L.B.: Sí. Y en todo caso, yo no
los hice “pour épater les bourgois”. Además, el burgués ha sido “epatado”
tantas veces que ya bosteza cuando quieren asombrarlo. Está curado de espanto,
para usar una buena frase española.
