12 de agosto de 2008

Conversaciones (V). Jorge Luis Borges - Juan José Saer. Sobre el “Ulises”, las novelas y la política

Sobre la conferencia que dio Borges en el Museo Municipal de Santa Fe, el diario “El Litoral” de esa ciudad publicó el 16 de junio de 1966: “La apagada y monótona voz de Jorge Luis Borges fue ayer un desafío para la atención de los numerosos oyentes que, por falta de micrófono, en vano pugnaban por oír las disquisiciones de este calmo autor sobre la obra del irlandés James Joyce”. Esta nota parece confirmar que dicha conferencia se realizó efectivamente el 15 de junio de 1966. Por entonces Saer publicaba su novela “La vuelta completa” y daba clases de Historia del Cine y Crítica y Estética Cinematográfica en el Instituto de Cinematografía de la Universidad Nacional del Litoral. Por su parte, un Borges ciego y ya célebre, publicaba en coautoría con la escritora argentina María Esther Vázquez (1937-2017) dos ensayos: “Introducción a la literatura inglesa” y “Literaturas germánicas medievales”. En el primero de ellos, Borges definió a Joyce como “literalmente uno de los escritores más extraordinarios de nuestro siglo”, aunque lamentó que malgastara su talento literario escribiendo sólo novelas y no lo emplease también en la escritura de poemas. Y en el segundo resaltó la creatividad y la capacidad lúdica de los juegos lingüísticos utilizados por el escritor irlandés. Unos años después, en 1969, en su poemario “Elogio de la sombra” dedicó uno al autor irlandés titulado precisamente “James Joyce”. Por su parte, Saer mencionó a Joyce en “El concepto de ficción”, obra publicada en 1997 en la que aseguró que “nunca sabremos cómo fue James Joyce” al referirse críticamente a las biografías más divulgadas escritas por los estadounidenses Herbert Gorman (1893-1954) y Richard Ellmann (1918-1987). Tres años después, luego de publicar su libro de cuentos “Lugar”, en una charla que dio en el Centro Cultural Islas Malvinas de la ciudad de La Plata, manifestó: “Grandes obras del pasado como el ‘Ulises’ de Joyce, por ejemplo, o ‘La guerra y la paz’ de Tolstoi, ‘En busca del tiempo perdido’ de Proust, ‘El hombre sin atributos’ de Musil y ‘La montaña mágica’ de Thomas Mann’ son todos libros magníficos, extraordinarios”.
Joyce publicó la novela “Ulises” en febrero de 1922, una obra considerada por gran parte de la crítica literaria como la mejor novela en idioma inglés del siglo XX. En sus primeros cien años de vida fue traducida a casi medio centenar de idiomas, entre ellos el alemán, el checo, el danés, el español, el francés, el húngaro, el irlandés, el italiano, el japonés, el kurdo, el portugués, el ruso, el sueco, el ucraniano y el vasco. En la Argentina, la idea de traducirla surgió muy tempranamente de la mano de la ensayista, traductora y editora Victoria Ocampo (1890-1979), fundadora de la emblemática revista literaria “Sur”, quien pensaba contar con la colaboración de Borges para dicha tarea. Fue éste quien, en 1925, en el nº 6 de la revista “Proa”, una publicación literaria por él fundada en 1922, publicó “La última hoja del Ulises”, lo que fue la primera traducción al español de un brevísimo fragmento de la novela. Pero la traducción a esa lengua en la Argentina finalmente la haría el escritor autodidacta argentino José Salas Subirat (1890-1975), integrante del llamado Grupo Boedo, un agrupamiento informal formada por narradores, poetas y dramaturgos provenientes del arrabal proletario que se diferenciaba ideológicamente de los integrantes del Grupo Florida, un agrupamiento también informal, de artistas de vanguardia cuyos miembros provenían del centro aristocrático y europeizado de la ciudad entre los que se encontraba Borges.
El 12 de junio de 2004, en un artículo publicado en el suplemento cultural “Babelia” del diario español “El País”, bajo el título “El destino en español del Ulises” Saer se refirió precisamente a esa traducción: “El libro de 815 páginas fue publicado en 1945 por la editorial Santiago Rueda de Buenos Aires, que publicó también el ‘Retrato del artista adolescente’ en la traducción de Alfonso Donado (léase Dámaso Alonso). En el catálogo de esa editorial figuraban muchos otros nombres excepcionales, como Faulkner, Dos Passos, Svevo, Proust, Nietzsche, para no hablar de las obras completas de Freud en 18 volúmenes, presentadas por Ortega y Gasset. A finales de los años cincuenta, esos libros circulaban copiosamente entre todos aquellos a quienes les interesaban los problemas literarios, filosóficos y culturales del siglo XX. Formaban parte de los libros realmente indispensables en cualquier buena biblioteca”. Y añadió más adelante: “El ‘Ulises’ de J. Salas Subirat aparecía todo el tiempo en las conversaciones, y sus inagotables hallazgos verbales se intercalaban en ellas sin necesidad de ser aclaradas... Muchos escritores de la generación de los cincuenta o de los sesenta aprendieron varios de sus recursos y de sus técnicas narrativas en esa traducción. La razón es muy simple: el río turbulento de la prosa joyceana, al ser traducido al castellano por un hombre de Buenos Aires, arrastraba consigo la materia viviente del habla que ningún otro autor -aparte quizá de Roberto Arlt- había sido capaz de utilizar con tanta inventiva, exactitud y libertad. La lección de ese trabajo es clarísima: la lengua de todos los días era la fuente de energía que fecundaba la más universal de las literaturas”.
La charla entre Borges y Saer previa a la conferencia duró un par de horas. Lo que sigue es la segunda y última parte de dicha conversación.


J.J.S.: Me parece, Borges, que en toda su obra hay líneas o tendencias expuestas discursivamente y que el objetivismo francés ha desarrollado. Que usted ha planteado problemas que ellos han desarrollado después en sus novelas a un nivel estructural.

J.L.B.: Bueno, vamos a suponer que haya algo nuevo en mi obra ¿no? Vamos a admitir eso como una hipótesis. En general, cuando un escritor llega a cierto punto piensa que ha llegado al último término. Y cuando otros desarrollan ese término, él se indigna ¿no? Porque piensa que él ha llegado ya a ese límite. Recuerdo el caso de Xul Solar, pintor muy audaz a quien le indignaba todo lo que ahora llamamos arte abstracto, porque le parecía que él había llevado eso hasta donde podía llevarse. De modo que, si yo desapruebo lo que se hace ahora, quiere decir que he dado un paso, siquiera mínimo, y que me enoja que otros vayan más allá. Pero ese es un proceso que no depende de mi voluntad. Han ocurrido cosas raras con mis libros: yo estaba en Texas y una chica me preguntó si al escribir el poema “El Golem” yo había ensayado una variación sobre el cuento “Las ruinas circulares”, escrito mucho antes. Yo reflexioné un momento, le agradecí su observación y le dije que nunca había pensado en eso, pero que realmente el cuento y el poema eran en esencia el mismo.

J.J.S.: Uno de los libros de crítica más interesantes que se han escrito sobre su obra es el de Ana María Barrenechea. ¿Qué piensa usted?

J.L.B.: Sí, ha sido traducido al inglés con el título de “El hacedor de laberintos” o “El arquitecto de laberintos”. Creo que es un libro muy estimable. Yo no lo he leído porque el tema me interesa poco, ¿no? Me siento muy incómodo cuando leo algo sobre mí. Pero creo que es el mejor libro; en todo caso fue juzgado digno de una traducción y me ha ayudado muchísimo.

J.J.S.: En ese libro, Borges, Ana María Barrenechea, en la parte final, alude al debatido problema de su posición política.

J.L.B.: Bueno, creo que es muy sencilla. Yo me he afiliado al Partido Conservador. He explicado que ser conservador, en la República Argentina, es una forma de escepticismo. Y que es equidistar del comunismo y del fascismo, es un partido medio. Creo que las épocas en las que han predominado los conservadores corresponden a épocas de dignidad y, por qué no decirlo, de prosperidad. Yo era radical. Pero era radical por una razón que me avergüenza confesar: porque un abuelo mío, Isidoro Acevedo, era íntimo amigo de Leandro Alem. Yo no creo que esas razones de tipo genealógico tengan valor. Entonces, unos días antes de las últimas elecciones, yo fui a hablar con el jefe del Partido Conservador y le dije que quería afiliarme. Y él me dijo: “Pero usted está completamente loco, vamos a perder las elecciones”. Entonces yo hice una frase, así, sonriendo. Le dije: “A un caballero sólo le interesan las causas perdidas”. Y él me contestó: “Bueno, si busca una causa perdida no dé un paso más, aquí está”. Y me recibió con los brazos abiertos. A lo mejor estoy hablando con cierta frivolidad de cosas muy importantes. Pero creo que las opiniones de un escritor son lo menos importante que tiene. Las opiniones en general son poco importantes. Una opinión, o pertenecer a un partido político o lo que se llama “literatura comprometida”, pueden llevarnos a obras admirables, mediocres o deleznables. No es tan fácil la literatura. No depende de nuestras opiniones, es algo que no se hace con las opiniones. Creo que la literatura es mucho más profunda que nuestras opiniones, que éstas pueden cambiar y nuestra literatura no ser distinta por eso, ¿no?

J.J.S.: Usted lo dijo muchas veces respecto de Kipling.

J.L.B.: Es cierto. Él dijo que a un escritor le está permitido urdir una fábula, pero no le está permitido saber cuál es la moraleja. De eso se encargarán otros después. Y él lo dijo con cierta tristeza, porque él había sido un escritor comprometido, había dedicado su obra a la difusión o a la justificación del imperio inglés y -al final de su vida- comprendió que había hecho otra cosa, que había escrito algunos poemas y cuentos admirables y que el propósito político posiblemente había fracasado.

J.J.S.: En cuanto a usted, Borges, parece comprensible que su actitud ante el peronismo sea verdaderamente hostil.

J.L.B.: Creo que la palabra hostil es un poco débil. Yo siento repugnancia. Y creo poder decir lo mismo de un lejano pariente mío, llamado Juan Manuel de Rosas, un personaje abominable. Pero, en fin...

J.J.S.: Sin embargo, leyendo “El hacedor”, se descubre un pequeño relato, casi un poema en prosa, “El simulacro” ¿lo recuerda?

J.L.B.: Sí, eso se lo oí contar a un señor en Corrientes y a otro en Resistencia. Y como esas personas no estaban políticamente de acuerdo, supongo que el hecho era real. Pero si ese cuento es una defensa del peronismo, entonces -para usar una frase no muy original- me cortaría la mano con la que lo he escrito.

J.J.S.: No, yo no creo que ese cuento sea una defensa del peronismo. Pero es una explicación muy sensible de circunstancias particulares y de episodios que estaban sucediendo en el país. Porque el cuento termina con una frase que para mí es muy significativa. Dice: “el crédulo amor de los arrabales...”.

J.L.B.: Sí, es cierto. Pero no creo que el crédulo amor de los arrabales justifique la complicidad del centro. Creo que es otra cosa. Yo puedo respetar el crédulo amor de los arrabales, pero no tengo por qué respetar a un señor que se hizo peronista porque le convenía y además hacía continuamente bromas sobre Perón para que no creyeran que era un imbécil.

J.J.S.: Lo curioso es que el cuento logra dar una imagen real del peronismo, sin ningún tipo de hostilidad, y rescata cosas que en el peronismo eran verdaderamente positivas.

J.L.B.: Bueno, lo siento mucho, pero si he escrito el cuento, quién soy yo para interpretarlo. Pero nunca había pensado en eso. Al escribirlo pensé que era una anécdota muy curiosa y que además era cierta, y que en el caso de que no hubiera sido cierta merecería ser inventada, ¿no? Pero, habiendo tantos temas en el mundo, ¿por qué hablamos de política, que es el tema que menos domino y en el cual me dejo llevar por pasiones? Y que yo veo, además, como un problema ético. Usted ha visto que yo tengo una preocupación ética cuando estuvimos hablando sobre Baudelaire, Dostoievsky, Poe...

J.J.S.: Lo que pasa, Borges, es que interesa su pensamiento por su obra, que tiene gran importancia.

J.L.B.: Bueno, pero si tiene esa importancia no creo tener mayor derecho a elucidarla. El escritor debe ser esencialmente inocente y espontáneo, de modo que lo que yo diga sobre mi obra tiene menos valor que lo que diga Ana María Barrenechea o cualquiera. Yo he escrito mis cuentos una sola vez. Ustedes los han leído muchas. Son más de ustedes que míos. Yo he tratado de que mis opiniones no intervengan en mi obra. De modo que cuando me dicen que estoy encerrado en una torre de marfil, digo que esa imagen tomada del ajedrez es falsa, puesto que nadie ha tenido ninguna duda sobre lo que yo he pensado. Pero no creo que lo que yo piense en materia política o en materia religiosa -lo cual es mucho más importante- influye en lo que escribo. Alguien me dijo alguna vez que yo creía que la historia es cíclica, porque en cierto cuento mío hay formas que se repiten. Pero lo que yo he hecho es aprovechar las posibilidades estéticas de la doctrina de los ciclos. Pero eso no quiere decir que yo crea en ella, ni que descrea tampoco. Yo soy ante todo un hombre de letras que basándose en inquietudes propias ha tratado de aprovechar las posibilidades literarias de la filosofía, de la metafísica y de las matemáticas, pero desde luego no tengo ninguna autoridad para hablar como filósofo, ni como hombre de ciencia, ni como matemático.

J.J.S.: Pero su obra tiene una importancia fundamental, Borges...

J.L.B.: No, no, no creo. Yo me he propuesto distraer y quizás inquietar. Pero creo que la gente se va a cansar muy pronto de lo que yo he escrito.

J.J.S.: Sin embargo, admita que es un paso decisivo para consolidar un lenguaje que -entre otras cosas- no sea un lenguaje costumbrista.

J.L.B.: Ah, bueno, eso sí. Pero yo, precisamente, he llegado a eso cometiendo todos los errores posibles. Cuando empecé a escribir yo quería ser un clásico español humanista, del siglo XVII. Luego adquirí un diccionario de argentinismos y me propuse ser un escritor criollo. Y acumulé tantas palabras criollas que yo mismo ya no me entendía sin recurrir al diccionario que luego presté para no ceder a la tentación. Y creo que ahora escribo, digamos... como un argentino normal, escribo normalmente en argentino. Es decir, ni trato de ser español porque eso sería disfrazarme, ni trato de ser argentino porque eso también sería disfrazarme. Creo haber llegado a escribir con cierta inocencia. No creo en el costumbrismo, ni tampoco en el lunfardo que es una ficción literaria asaz pobre, ¿no? Una convención literaria, mejor dicho. Últimamente he escrito milongas y me he cuidado mucho de no intercalar ninguna palabra del lunfardo, porque me he dado cuenta de que si cedía a esa tentación se falseaba todo, ya se vería al escritor con su diccionario, tratando de ser orillero... y yo creo que el orillero está más bien en la entonación.