Sobre la conferencia que dio
Borges en el Museo Municipal de Santa Fe, el diario “El Litoral” de esa ciudad
publicó el 16 de junio de 1966: “La apagada y monótona voz de Jorge Luis Borges
fue ayer un desafío para la atención de los numerosos oyentes que, por falta de
micrófono, en vano pugnaban por oír las disquisiciones de este calmo autor
sobre la obra del irlandés James Joyce”. Esta nota parece confirmar que dicha
conferencia se realizó efectivamente el 15 de junio de 1966. Por entonces Saer publicaba
su novela “La vuelta completa” y daba clases de Historia del Cine y Crítica y
Estética Cinematográfica en el Instituto de Cinematografía de la Universidad
Nacional del Litoral. Por su parte, un Borges ciego y
ya célebre, publicaba en coautoría con la escritora argentina María Esther
Vázquez (1937-2017) dos ensayos: “Introducción a la literatura inglesa” y “Literaturas
germánicas medievales”. En el primero de ellos, Borges definió a Joyce como
“literalmente uno de los escritores más extraordinarios de nuestro siglo”,
aunque lamentó que malgastara su talento literario escribiendo sólo novelas y
no lo emplease también en la escritura de poemas. Y en el segundo resaltó la
creatividad y la capacidad lúdica de los juegos lingüísticos utilizados por el
escritor irlandés. Unos años después, en 1969, en su poemario “Elogio de la
sombra” dedicó uno al autor irlandés titulado precisamente “James Joyce”. Por
su parte, Saer mencionó a Joyce en “El concepto de ficción”, obra publicada en
1997 en la que aseguró que “nunca sabremos cómo fue James Joyce” al referirse
críticamente a las biografías más divulgadas escritas por los estadounidenses Herbert
Gorman (1893-1954) y Richard Ellmann (1918-1987). Tres años después, luego de
publicar su libro de cuentos “Lugar”, en una charla que dio en el Centro
Cultural Islas Malvinas de la ciudad de La Plata, manifestó: “Grandes obras del
pasado como el ‘Ulises’ de Joyce, por ejemplo, o ‘La guerra y la paz’ de
Tolstoi, ‘En busca del tiempo perdido’ de Proust, ‘El hombre sin atributos’ de
Musil y ‘La montaña mágica’ de Thomas Mann’ son todos libros magníficos,
extraordinarios”.
Joyce publicó la novela “Ulises”
en febrero de 1922, una obra considerada por gran parte de la crítica literaria
como la mejor novela en idioma inglés del siglo XX. En sus primeros cien años
de vida fue traducida a casi medio centenar de idiomas, entre ellos el alemán,
el checo, el danés, el español, el francés, el húngaro, el irlandés, el
italiano, el japonés, el kurdo, el portugués, el ruso, el sueco, el ucraniano y
el vasco. En la Argentina, la idea de traducirla surgió muy tempranamente de la
mano de la ensayista, traductora y editora Victoria Ocampo (1890-1979),
fundadora de la emblemática revista literaria “Sur”, quien pensaba contar con
la colaboración de Borges para dicha tarea. Fue éste quien, en 1925, en el nº 6
de la revista “Proa”, una publicación literaria por él fundada en 1922, publicó
“La última hoja del Ulises”, lo que fue la primera traducción al español de un
brevísimo fragmento de la novela. Pero la traducción a esa lengua en la
Argentina finalmente la haría el escritor autodidacta argentino José Salas
Subirat (1890-1975), integrante del llamado Grupo Boedo, un agrupamiento
informal formada por narradores, poetas y dramaturgos provenientes del arrabal
proletario que se diferenciaba ideológicamente de los integrantes del Grupo
Florida, un agrupamiento también informal, de artistas de vanguardia cuyos
miembros provenían del centro aristocrático y europeizado de la ciudad entre
los que se encontraba Borges.
El 12 de junio de 2004, en un
artículo publicado en el suplemento cultural “Babelia” del diario español “El
País”, bajo el título “El destino en español del Ulises” Saer se refirió
precisamente a esa traducción: “El libro de 815 páginas fue publicado en 1945
por la editorial Santiago Rueda de Buenos Aires, que publicó también el
‘Retrato del artista adolescente’ en la traducción de Alfonso Donado (léase
Dámaso Alonso). En el catálogo de esa editorial figuraban muchos otros nombres
excepcionales, como Faulkner, Dos Passos, Svevo, Proust, Nietzsche, para no
hablar de las obras completas de Freud en 18 volúmenes, presentadas por Ortega
y Gasset. A finales de los años cincuenta, esos libros circulaban copiosamente
entre todos aquellos a quienes les interesaban los problemas literarios,
filosóficos y culturales del siglo XX. Formaban parte de los libros realmente
indispensables en cualquier buena biblioteca”. Y añadió más adelante: “El
‘Ulises’ de J. Salas Subirat aparecía todo el tiempo en las conversaciones, y
sus inagotables hallazgos verbales se intercalaban en ellas sin necesidad de
ser aclaradas... Muchos escritores de la generación de los cincuenta o de los
sesenta aprendieron varios de sus recursos y de sus técnicas narrativas en esa
traducción. La razón es muy simple: el río turbulento de la prosa joyceana, al
ser traducido al castellano por un hombre de Buenos Aires, arrastraba consigo
la materia viviente del habla que ningún otro autor -aparte quizá de Roberto
Arlt- había sido capaz de utilizar con tanta inventiva, exactitud y libertad.
La lección de ese trabajo es clarísima: la lengua de todos los días era la
fuente de energía que fecundaba la más universal de las literaturas”.
La charla entre Borges y Saer
previa a la conferencia duró un par de horas. Lo que sigue es la segunda y
última parte de dicha conversación.
J.J.S.: Me parece, Borges, que en toda su
obra hay líneas o tendencias expuestas discursivamente y que el objetivismo
francés ha desarrollado. Que usted ha planteado problemas que ellos han
desarrollado después en sus novelas a un nivel estructural.
J.L.B.: Bueno, vamos a suponer que haya
algo nuevo en mi obra ¿no? Vamos a admitir eso como una hipótesis. En general,
cuando un escritor llega a cierto punto piensa que ha llegado al último
término. Y cuando otros desarrollan ese término, él se indigna ¿no? Porque
piensa que él ha llegado ya a ese límite. Recuerdo el caso de Xul Solar, pintor
muy audaz a quien le indignaba todo lo que ahora llamamos arte abstracto,
porque le parecía que él había llevado eso hasta donde podía llevarse. De modo
que, si yo desapruebo lo que se hace ahora, quiere decir que he dado un paso,
siquiera mínimo, y que me enoja que otros vayan más allá. Pero ese es un
proceso que no depende de mi voluntad. Han ocurrido cosas raras con mis libros:
yo estaba en Texas y una chica me preguntó si al escribir el poema “El Golem”
yo había ensayado una variación sobre el cuento “Las ruinas circulares”,
escrito mucho antes. Yo reflexioné un momento, le agradecí su observación y le
dije que nunca había pensado en eso, pero que realmente el cuento y el poema
eran en esencia el mismo.
J.J.S.: Uno de los libros de crítica más
interesantes que se han escrito sobre su obra es el de Ana María Barrenechea.
¿Qué piensa usted?
J.L.B.: Sí, ha sido traducido al inglés
con el título de “El hacedor de laberintos” o “El arquitecto de laberintos”.
Creo que es un libro muy estimable. Yo no lo he leído porque el tema me
interesa poco, ¿no? Me siento muy incómodo cuando leo algo sobre mí. Pero creo
que es el mejor libro; en todo caso fue juzgado digno de una traducción y me ha
ayudado muchísimo.
J.J.S.: En ese libro, Borges, Ana María
Barrenechea, en la parte final, alude al debatido problema de su posición
política.
J.L.B.: Bueno, creo que es muy sencilla.
Yo me he afiliado al Partido Conservador. He explicado que ser conservador, en
la República Argentina, es una forma de escepticismo. Y que es equidistar del
comunismo y del fascismo, es un partido medio. Creo que las épocas en las que
han predominado los conservadores corresponden a épocas de dignidad y, por qué
no decirlo, de prosperidad. Yo era radical. Pero era radical por una razón que
me avergüenza confesar: porque un abuelo mío, Isidoro Acevedo, era íntimo amigo
de Leandro Alem. Yo no creo que esas razones de tipo genealógico tengan valor.
Entonces, unos días antes de las últimas elecciones, yo fui a hablar con el
jefe
del Partido Conservador y le dije que quería afiliarme. Y él me dijo: “Pero
usted está completamente loco, vamos a perder las elecciones”. Entonces yo hice
una frase, así, sonriendo. Le dije: “A un caballero sólo le interesan las
causas perdidas”. Y él me contestó: “Bueno, si busca una causa perdida no dé un
paso más, aquí está”. Y me recibió con los brazos abiertos. A lo mejor estoy
hablando con cierta frivolidad de cosas muy importantes. Pero creo que las
opiniones de un escritor son lo menos importante que tiene. Las opiniones en
general son poco importantes. Una opinión, o pertenecer a un partido político o
lo que se llama “literatura comprometida”, pueden llevarnos a obras admirables,
mediocres o deleznables. No es tan fácil la literatura. No depende de nuestras
opiniones, es algo que no se hace con las opiniones. Creo que la literatura es
mucho más profunda que nuestras opiniones, que éstas pueden cambiar y nuestra
literatura no ser distinta por eso, ¿no?
J.J.S.: Usted lo dijo muchas veces
respecto de Kipling.
J.L.B.: Es cierto. Él dijo que a un
escritor le está permitido urdir una fábula, pero no le está permitido saber
cuál es la moraleja. De eso se encargarán otros después. Y él lo dijo con
cierta tristeza, porque él había sido un escritor comprometido, había dedicado
su obra a la difusión o a la justificación del imperio inglés y -al final de su
vida- comprendió que había hecho otra cosa, que había escrito algunos poemas y
cuentos admirables y que el propósito político posiblemente había fracasado.
J.J.S.: En cuanto a usted, Borges,
parece comprensible que su actitud ante el peronismo sea verdaderamente hostil.
J.L.B.: Creo que la palabra hostil es un
poco débil. Yo siento repugnancia. Y creo poder decir lo mismo de un lejano
pariente mío, llamado Juan Manuel de Rosas, un personaje abominable. Pero, en
fin...
J.J.S.: Sin embargo, leyendo “El hacedor”,
se descubre un pequeño relato, casi un poema en prosa, “El simulacro” ¿lo
recuerda?
J.L.B.: Sí, eso se lo oí contar a un
señor en Corrientes y a otro en Resistencia. Y como esas personas no estaban
políticamente de acuerdo, supongo que el hecho era real. Pero si ese cuento es
una defensa del peronismo, entonces -para usar una frase no muy original- me
cortaría la mano con la que lo he escrito.
J.J.S.: No, yo no creo que ese cuento
sea una defensa del peronismo. Pero es una explicación muy sensible de
circunstancias particulares y de episodios que estaban sucediendo en el país.
Porque el cuento termina con una frase que para mí es muy significativa. Dice: “el
crédulo amor de los arrabales...”.
J.L.B.: Sí, es cierto. Pero no creo que
el crédulo amor de los arrabales justifique la complicidad del centro. Creo que
es otra cosa. Yo puedo respetar el crédulo amor de los arrabales, pero no tengo
por qué respetar a un señor que se hizo peronista porque le convenía y además
hacía continuamente bromas sobre Perón para que no creyeran que era un imbécil.
J.J.S.: Lo curioso es que el cuento
logra dar una imagen real del peronismo, sin ningún tipo de hostilidad, y
rescata cosas que en el peronismo eran verdaderamente positivas.
J.L.B.: Bueno, lo siento mucho, pero si
he escrito el cuento, quién soy yo para interpretarlo. Pero nunca había pensado
en eso. Al escribirlo pensé que era una anécdota muy curiosa y que además era
cierta, y que en el caso de que no hubiera sido cierta merecería ser inventada,
¿no? Pero, habiendo tantos temas en el mundo, ¿por qué hablamos de política,
que es el tema que menos domino y en el cual me dejo llevar por pasiones? Y que
yo veo, además, como un problema ético. Usted ha visto que yo tengo una
preocupación ética cuando estuvimos hablando sobre Baudelaire, Dostoievsky,
Poe...
J.J.S.: Lo que pasa, Borges, es que
interesa su pensamiento por su obra, que tiene gran importancia.
J.L.B.: Bueno, pero si tiene esa
importancia no creo tener mayor derecho a elucidarla. El escritor debe ser
esencialmente inocente y espontáneo, de modo que lo que yo diga sobre mi obra
tiene menos valor que lo que diga Ana María Barrenechea o cualquiera. Yo he
escrito mis cuentos una sola vez. Ustedes los han leído muchas. Son más de
ustedes que míos. Yo he tratado de que mis opiniones no intervengan en mi obra.
De modo que cuando me dicen que estoy encerrado en una torre de marfil, digo
que esa imagen tomada del ajedrez es falsa, puesto que nadie ha tenido ninguna
duda sobre lo que yo he pensado. Pero no creo que lo que yo piense en materia
política o en materia religiosa -lo cual es mucho más importante- influye en lo
que escribo. Alguien me dijo alguna vez que yo creía que la historia es
cíclica, porque en cierto cuento mío hay formas que se repiten. Pero lo que yo
he hecho es aprovechar las posibilidades estéticas de la doctrina de los
ciclos. Pero eso no quiere decir que yo crea en ella, ni que descrea tampoco.
Yo soy ante todo un hombre de letras que basándose en inquietudes propias ha
tratado de aprovechar las posibilidades literarias de la filosofía, de la metafísica
y de las matemáticas, pero desde luego no tengo ninguna autoridad para hablar
como filósofo, ni como hombre de ciencia, ni como matemático.
J.J.S.: Pero su obra tiene una
importancia fundamental, Borges...
J.L.B.: No, no, no creo. Yo me he
propuesto distraer y quizás inquietar. Pero creo que la gente se va a cansar
muy pronto de lo que yo he escrito.
J.J.S.: Sin embargo, admita que es un
paso decisivo para consolidar un lenguaje que -entre otras cosas- no sea un
lenguaje costumbrista.
J.L.B.: Ah, bueno, eso sí. Pero yo,
precisamente, he llegado a eso cometiendo todos los errores posibles. Cuando
empecé a escribir yo quería ser un clásico español humanista, del siglo XVII.
Luego adquirí un diccionario de argentinismos y me propuse ser un escritor criollo.
Y acumulé tantas palabras criollas que yo mismo ya no me entendía sin recurrir
al diccionario que luego presté para no ceder a la tentación. Y creo que ahora
escribo, digamos... como un argentino normal, escribo normalmente en argentino.
Es decir, ni trato de ser español porque eso sería disfrazarme, ni trato de ser
argentino porque eso también sería disfrazarme. Creo haber llegado a escribir
con cierta inocencia. No creo en el costumbrismo, ni tampoco en el lunfardo que
es una ficción literaria asaz pobre, ¿no? Una convención literaria, mejor
dicho. Últimamente he escrito milongas y me he cuidado mucho de no intercalar
ninguna palabra del lunfardo, porque me he dado cuenta de que si cedía a esa
tentación se falseaba todo, ya se vería al escritor con su diccionario,
tratando de ser orillero... y yo creo que el orillero está más bien en la
entonación.