1 de noviembre de 2008

Conversaciones (XXI). Pierre Bourdieu - Günter Grass. Sobre los intelectuales y el neoliberalismo (1/3)

La sociología del siglo XX está decisivamente emparentada con Pierre Bourdieu (1930-2002), el sociólogo francés que echó una novedosa mirada sobre la modernidad europea al desentrañar exhaustivamente las industrias culturales, contribuyó a la renovación del marxismo al estimular sin ortodoxias su impulso crítico y demostró con rigor e imaginación que no hay temas indignos o insignificantes para las ciencias sociales. En 1990, tras la caída del muro de Berlín y en presencia del proceso de unificación europea como una mezcla de triunfalismo capitalista y creciente desempleo, fundó la revista europea de libros “Liber. Revue internationale des libres”, en la que, sin ceder su rigor intelectual, priorizó la representatividad política y cultural de autores de muchas lenguas y tradiciones interesados en repensar los colapsos de sus naciones. En función de esa publicación, se dedicó a viajar, hablar en actos sindicales, discutir con educadores de Europa Oriental y Japón, con economistas críticos y neoliberales, y puso en diálogo a escritores, plásticos, cineastas, políticos y líderes sociales, consiguiendo que esas polémicas fueran publicadas no sólo en las lenguas hegemónicas de la globalización sino en búlgaro, griego, húngaro, noruego, turco y portugués. A modo de homenaje tras su muerte, el canal de televisión franco-alemán “ARTE” (Association Relative à la Télévision Européenne) puso al aire un diálogo que mantuvo en 1999 con el escritor alemán Günter Grass (1927-2015), por entonces flamante premio Nobel de Literatura. En esa oportunidad, la Academia Sueca lo destacó por ser un escritor “cuyas juguetonas fábulas negras retratan el rostro olvidado de la historia”. La conversación se publicó en el diario francés “Le Monde” en su edición del 3 de diciembre de 1999, cuya primera parte se reproduce a renglón seguido.


G.G.: En Alemania no es habitual que un sociólogo y un escritor se sienten en la misma mesa. Aquí los filósofos se sientan en una esquina, los sociólogos en la otra y los escritores por su parte se pelean al fondo de la sala. Este tipo de intercambio que estamos teniendo hoy aquí raramente se produce. Sin embargo, cuando pienso en tu libro “La miseria del mundo”, o en mi último libro, “Mi siglo”, observo que nuestro trabajo tiene una cosa en común: contar las historias desde abajo. No hablamos sobre los líderes del pueblo o desde el lado del ganador; ambos destacamos dentro de nuestra profesión por estar del lado de los perdedores, de los que están en los márgenes o excluidos de la sociedad. En “La miseria del mundo” tanto tú como tus colaboradores consiguieron apartar vuestra propia individualidad y centrar la atención en la idea de una comprensión más que en la de un conocimiento superior; el libro proporciona una visión de las condiciones sociales en Francia que verdaderamente podría aplicarse a otros países. Como escritor, me tienta la idea de utilizar vuestras historias como materia prima; por ejemplo, la descripción de la calle Jonquil en Carolina del Norte, donde es habitual que obreros de la metalurgia de tercera generación estén ahora sin empleo y expulsados de la sociedad. O por tomar otro caso, la historia de la joven que deja el campo para irse a París a clasificar cartas en el turno de noche. Todas las chicas con las que trabaja entraron allí con la promesa de que tras un par de años podrían ver realizado su sueño de volver a sus pueblos a repartir el correo. Pero nunca llegará a ocurrir algo así: terminarán de clasificadoras. En estas descripciones del lugar de trabajo, aparecen nítidamente cuestiones sociales, pero sin recurrir a consignas. Esto me encanta. Ojalá que hubiera un libro como éste que tratara las relaciones sociales en nuestro país. De hecho, cada país debería tener uno. O quizá una biblioteca entera, que reúna detallados estudios de las consecuencias del fracaso político; en estos momentos la política se encuentra completamente desplazada por la economía. Pero hay una cuestión que me inquieta y que quizá tenga que ver con la disciplina de la sociología en general: en estos libros no hay humor. La comedia del fracaso, que desempeña un papel tan importante en mis relatos, ha desaparecido; los absurdos surgen de ciertas confrontaciones. ¿Por qué pasa esto?
 
P.B.: Recoger estas experiencias directamente de quienes las han vivido puede ser algo en sí mismo abrumador; mantenerse distante sería impensable. Por ejemplo, nos vimos obligados a omitir varios testimonios del libro porque eran demasiado hirientes, demasiado cargados de lo patético o de dolor.
 
G.G.: Cuando digo humor quiero decir que la tragedia y la comedia no se excluyen mutuamente; las fronteras que las separan son fluidas.
 
P.B.: Lo que queríamos era mostrar a los lectores esta absurdidad en bruto, sin barnizar. Una de las pautas que nos pusimos consistía en evitar ser literarios. Puede que encuentres esto chocante, pero es tentador escribir bien cuando se encaran dramas de esta magnitud. Se trataba de intentar ser lo más crudamente directo que fuera posible y así poder devolver a estas historias su violencia extraordinaria, casi insoportable. Por dos tipos de razones: científicas y, creo, literarias, puesto que queríamos ser “aliterarios” para poder llegar a ser literarios por otros medios. Además, también había razones políticas: creíamos que la violencia labrada por las políticas neoliberales aplicadas en Europa y en América Latina, como en muchos otros países, es tan enorme que uno no puede aprehenderla con análisis puramente conceptuales. Las críticas a la política neoliberal no pueden equipararse a sus efectos.
 
G.G.: Esto queda reflejado en tu libro; el entrevistador a menudo se queda mudo ante las respuestas que recibe, tanto que se repite a sí mismo o pierde el hilo de sus ideas, porque lo que se está contando está expresado con la fuerza del sufrimiento personal. Está muy bien que el entrevistador no intervenga entonces para hacer valer su autoridad o su fuerza dando su opinión. Pero tal vez debería explicar un poco más mi pregunta anterior. Tanto tú como yo -tú como sociólogo y yo mismo como escritor- somos hijos de la Ilustración, una tradición que hoy se cuestiona, al menos en Alemania y Francia, aduciendo el fracaso del proceso de la Ilustración europea, como si hubiera habido un corte en seco, como si ahora pudiéramos continuar sin ella. Yo no estoy de acuerdo. Yo veo grietas y desarrollos incompletos, por ejemplo, la razón se queda reducida a lo que es pura y técnicamente factible. Muchos modelos de creatividad presentes en su comienzo -estoy pensando concretamente en Montaigne- se han perdido con el paso de los siglos, el humor entre ellos. El “Cándido” de Voltaire o “Jacques el fatalista” de Diderot, por ejemplo, son libros en los que las circunstancias de la época también son aterradoras, pero aun así la capacidad humana de ofrecer una figura cómica, y en este sentido victoriosa, persiste incluso a través del dolor y del fracaso. Creo que entre los síntomas del descarrilamiento de la Ilustración está el que se haya olvidado cómo reír, reír en lugar de sufrir. La risa triunfante del derrotado se ha perdido en el proceso.
 
P.B.: Pero hay una conexión entre este sentido de haber perdido las tradiciones de la Ilustración y el triunfo global de la visión neoliberal. Veo el neoliberalismo como una revolución conservadora, tal y como el término fue utilizado en Alemania en el periodo de entreguerras; una curiosa revolución que restaura el pasado pero que se presenta a sí misma como progresista, transformando la misma regresión en una forma de progreso. Lo hace tan bien que consigue que los mismos que se oponen a ella parezcan retrógrados. Esto es algo que los dos hemos sufrido: enseguida se nos trata como pasados de moda, como los que “han sido”, “retros”...
 
G.G.: Dinosaurios...
 
P.B.: Exactamente. Ésta es la gran fuerza de las revoluciones conservadoras, de las restauraciones “progresistas”. Incluso parte de lo que has dicho hoy está influenciado por esta idea: se dice que nos falta sentido del humor. ¡Pero no vivimos tiempos graciosos! Realmente no hay nada de lo que reírse.
 
G.G.: No estaba diciendo que vivamos tiempos felices. La risa infernal que la literatura puede provocar es otra forma de protestar contra las condiciones en las que vivimos. Hablas de una revolución conservadora; lo que hoy se vende como neoliberalismo simplemente es una vuelta a los métodos del liberalismo de Manchester del siglo XIX, es la creencia de que la historia se puede rebobinar. En las décadas de 1950 y de 1960, e incluso en la de 1970, por toda Europa se hizo un intento, relativamente exitoso, por civilizar al capitalismo. Si se admite que tanto el capitalismo como el socialismo son artefactos, hijos rebeldes de la Ilustración, entonces pueden contemplarse como dos fuerzas que han estado imponiéndose límites mutuamente. Hasta el capitalismo estaba obligado a aceptar y hacerse cargo de ciertas responsabilidades. En Alemania a esto se le llama economía social y de mercado, e incluso entre los democratacristianos se comprendió que nunca debería permitirse que se repitieran las condiciones que se dieron durante la República de Weimar. Este consenso se vino abajo a principios de la década de 1980. Y desde el colapso de las jerarquías comunistas, el capitalismo -ahora neoliberalismo- se ha visto completamente libre, fuera de control. Ya no hay un equilibrio en la balanza. Hoy, incluso los pocos capitalistas responsables que quedan dan la voz de alarma pues ven que pierden el control de los mandos y cómo el neoliberalismo repite los mismos errores del comunismo; se ponen en circulación objetos de fe que niegan cualquier otra alternativa al mercado libre y que proclaman su infalibilidad. Los católicos están actuando de la misma manera con algunos de sus dogmas, exactamente como habían hecho antes los burócratas de los comités centrales.
 
P.B.: Sí, pero el poder del neoliberalismo descansa en el hecho de haber sido implementado, al menos en Europa, por aquellos que se llaman a sí mismos socialistas. Schroeder, Blair, Jospin, todos apelan al socialismo para impulsar políticas neoliberales. Esto hace extremadamente difícil el análisis crítico porque una vez más se han invertido los términos del debate.
 
G.G.: Lo que se está produciendo es una capitulación ante la economía.
 
P.B.: Al mismo tiempo se hace cada vez más difícil adoptar una postura crítica respecto a la izquierda de los gobiernos socialdemócratas. En Francia las huelgas de 1995 movilizaron amplios sectores de la población obrera, de los empleados y también de los intelectuales. Desde entonces ha habido toda una serie de movimientos: los desempleados organizaron una marcha a escala europea, los inmigrantes sin documentación, etc. Se ha dado una especie de conflictividad permanente que ha obligado a los socialdemócratas en el poder a adoptar al menos la pretensión de un discurso socialista. Pero en la práctica este movimiento crítico aún es muy débil y en gran parte se debe a que todavía se ciñe a un escenario nacional. Una de las mayores cuestiones políticas a las que nos enfrentamos, pienso yo, es cómo crear a escala internacional una posición a la izquierda de los gobiernos socialdemócratas desde la cual sea posible ejercer una influencia real sobre ellos. Hasta ahora las tentativas de crear un movimiento social europeo no han sido más que experimentos. Lo que yo preguntaría es: qué podemos aportar nosotros, como intelectuales, a este movimiento. Un movimiento que es absolutamente esencial, ya que históricamente -contrariamente a la perspectiva neoliberal- todos los logros sociales han sido el resultado de enérgicas luchas. Es decir que, si queremos tener una “Europa social”, como se dice a menudo, necesitamos tener un movimiento social europeo. Creo que los intelectuales tienen una gran responsabilidad en ayudar a dar a luz un movimiento como éste, ya que el poder del orden dominante no es simplemente económico, también es intelectual, descansa en la esfera de las creencias. Ésta es la razón por la que uno debe salir a hablar: a reinstaurar un sentido de la posibilidad utópica; una de las mayores victorias del neoliberalismo ha sido acabar con ella o hacerla parecer anticuada.
 
G.G.: Quizá esto también se deba al hecho de que los propios partidos socialistas o socialdemócratas se han creído la tesis de que la caída del comunismo también significa el desvanecimiento del socialismo. Han perdido la fe en los movimientos obreros europeos, existentes desde mucho antes que el comunismo. Romper con las propias tradiciones es una forma de renuncia que lleva a la acomodación con leyes autoproclamadas de la naturaleza como el neoliberalismo. Mencionabas las huelgas de 1995 en Francia. En Alemania hubo intentos más minoritarios de organizar a los trabajadores que a la postre fueron olvidados. Llevo años intentando decirles a los sindicatos: no pueden prestar atención a los trabajadores únicamente mientras trabajan; tan pronto como pierden sus trabajos se precipitan a un agujero sin fondo. Establezcan un sindicato a escala europea para los desempleados. Nos quejamos de que la unificación europea únicamente esté teniendo lugar en un plano económico, pero lo que está faltando es un intento por parte de los sindicatos de superar la estructura nacional y crear una forma de organización y de movilización que trascienda las fronteras. El eslogan que preside la globalización carece de la respuesta adecuada. Permanecemos confinados en una esfera nacional, incluso en el caso de países limítrofes como Francia y Alemania; nosotros no estamos en una posición que permita llevar a cabo experimentos exitosos como los realizados en Francia, ni podemos encontrar equivalentes en Alemania o en ninguna otra parte con los que hacer frente al neoliberalismo global. Entretanto muchos intelectuales tragan con todo. Pero todo lo que se puede conseguir es una indigestión, sólo eso. Tienes que hablar fuerte. Ésta es la razón por la que dudo de que únicamente se pueda confiar en los intelectuales. Mientras que en Francia la gente todavía habla constantemente de “intelectuales” -al menos eso es lo que me parece- mi experiencia en Alemania me dice que sería un error relacionar automáticamente ser un intelectual con ser de izquierdas. La historia del siglo XIX ofrece varios contraejemplos: Goebbels era un intelectual. Para mí ser intelectual no es una garantía de calidad. Respecto a la situación de Francia únicamente puedo ofrecer conjeturas, pero en Alemania gente que en 1968 se pensaba a sí misma muchísimo más a la izquierda que yo, ahora sólo para poder verlos tengo que tirar de mi cuello hacia la derecha, hacia la derecha radical para ser precisos; Bernd Rabehl, un antiguo líder estudiantil, ahora frecuenta esos círculos. Ésta es una razón de más para tratar el término “intelectual” de manera crítica. La miseria del mundo demuestra que la gente trabajadora que lleva toda su vida sindicada tiene muchísima más experiencia en la esfera social de la que tienen los intelectuales. Hoy, o bien están desempleadas o están jubiladas; ya nadie parece necesitarlas. Su fuerza está completamente sin aprovechar.