Según cuenta la historia,
el 20 de noviembre de 1999 Günter Grass recibió a Pierre Bourdieu en su casa de
la ciudad de Lubeck, en Schleswig-Holstein, Alemania. El escritor y el
sociólogo pasaron revista a la situación social e intelectual y charlaron sobre
la regresión de la política de la izquierda europea y su transformación al
neoliberalismo en varios países del continente. En la conversación, ambos
coincidieron en la pérdida de los valores europeos frente a la influencia
norteamericana, desde los asuntos económicos a los culturales. La conversación
entre los autores de obras notables como los ensayos “Les héritiers. Les
étudiants et la culture” (Los herederos. Los estudiantes y la cultura), “Le
sens pratique” (El sentido práctico), “La misére du monde” (La miseria del
mundo), “La reproduction” (La reproducción), “Contre feux. Propos pour servir á
la resístanse contre l'invasion néoliberale” (Contrafuegos. Reflexiones para
servir a la resistencia contra la invasión neoliberal), “Sur la télévision”
(Sobre la televisión) y “Les structures sociales de l'économie” (Las
estructuras sociales de la economía) en el caso de Pierre Bourdieu, y de las
novelas “Die blechtrommel” (El tambor de hojalata), “Der butt” (El rodaballo),
“Örtlich betäubt” (Anestesia local), “Unkenrufe” (Malos presagios), “Mein
jahrhundert” (Mi siglo), “Die box” (La cámara) y “Im krebsgang” (A paso de
cangrejo) en el caso de Günter Grass, fue publicada pocos días después en el
diario francés “Le Monde”. Lo que sigue es la tercera y última parte de dicha
conversación.
G.G.: Me gustaría regresar al
relato sobre Liebknecht. En la familia del relato era una tradición que el
padre se llevara consigo al hijo. Esto ya se daba en los años de Wilhelm
Liebknecht y continuó siendo así en la época de Karl Liebknecht: el hijo se
subiría a los hombros del padre a escuchar al orador de masas. Lo que me
parecía importante era que, por un lado, Liebknecht estaba despertando a la
juventud a un movimiento progresista en nombre del socialismo y, por otro, que
al mismo tiempo el padre, en su entusiasmo, no percibía que el niño quería
bajarse de sus hombros. Cuando el hijo se hace pis en su cogote, el padre le
pega, incluso cuando todavía está hablando Liebknecht. El comportamiento
autoritario de este padre socialista hacia su hijo lleva a éste a alistarse al
estallar la Primera Guerra Mundial; con lo que termina haciendo exactamente lo
que Liebknecht quería evitar. Éste no es un giro que doy de manera explícita,
sino más bien algo que se hace claro a medida que la historia discurre y que se
me ocurrió durante el proceso de escribirla. De vuelta a la consideración con
la que claramente se toma en Francia a Jünger y a Heidegger: tal vez sería más
útil para los intelectuales franceses tomar nota de los pensadores de la
Ilustración alemana. Si allí tuvieron a Diderot y a Voltaire, nosotros tuvimos
a Lessing y a Lichtenberg, quien casualmente era muy ingenioso y cuyas chanzas
deberían atraer a los franceses más que nada de lo que pudiera atraerles de
Jünger.
P.B.: Por tomar el primer
ejemplo que se me viene a la cabeza, Ernst Cassirer fue uno de los grandes
herederos de la tradición ilustrada, pero su recepción en Francia fue, en el
mejor de los casos, muy modesta, mientras que su mayor adversario, Heidegger,
tuvo un éxito arrollador. Siempre me ha preocupado esta manera de permutar sus
posturas que tienen Francia y Alemania: ¿cómo podemos estar seguros de que
nuestros dos países no están simplemente poniendo en común sus aspectos menos
atractivos? A menudo uno tiene la impresión de que por alguna ironía de la
historia los franceses toman lo peor de lo que los alemanes tienen que ofrecer,
y los alemanes lo peor de los franceses.
G.G.: En “Mi siglo” retraté a
un profesor que durante su seminario de los miércoles reflexiona, treinta años
más tarde, sobre la respuesta que dio cuando era estudiante a los
acontecimientos ocurridos entre 1966 y 1968. Rememora sus orígenes en la
filosofía de lo sublime de corte heideggeriano, que es adonde al fin vuelve
otra vez. Pero entretanto se entrega a las corrientes del radicalismo y se
convierte en uno de los que públicamente denuncia y ataca a Adorno. Ésta es una
biografía muy típica de este periodo para la cual ahora 1968 sirve de versión
abreviada. Yo estuve envuelto en todos aquellos acontecimientos. Las protestas
de estudiantes estaban justificadas y fueron necesarias y han conseguido más de
lo que les gustaría admitir a todos los portavoces de la pseudo revolución de
1968. No tuvo lugar una revolución, no se daban las condiciones para ello, pero
hubo una transformación de la sociedad. En “Diario de un caracol” describo cómo
se me abucheó cuando dije que el progreso era un caracol. Verbalmente, por
supuesto que es posible dar grandes saltos hacia delante -los que me abuchearon
eran más o menos maoístas-, pero la etapa que te has saltado, es decir, la
sociedad que yace debajo de ti, no tiene prisa por ponerse a tu nivel. Dan un
salto por encima de la sociedad, luego se sorprenden de que las condiciones
sufran un revés y lo llaman contrarrevolución en el léxico inveterado de un
comunista que ya entonces tenía sus dudas. Todo esto no se entendía muy bien.
P.B.: En aquel tiempo escribí
un libro que se llamaba “Los herederos”, donde describía las distintas posturas
políticas de estudiantes con distintos orígenes sociales, desde el obrero, el
pequeñoburgués y el burgués. Los estudiantes burgueses eran los más radicales,
mientras que los estudiantes pequeñoburgueses eran más reformistas, es decir,
aparentemente más “conservadores”.
G.G.: Lo que ocurría
normalmente era que los hijos de las familias pudientes proyectaban en la
sociedad los conflictos que tenían con sus padres y que nunca habían sido
capaces o nunca se habían atrevido a poner sobre la mesa pues entonces el
dinero se podría haber acabado.
P.B.: Una dualidad que estaba
muy presente en el movimiento de 1968, donde, como por otro lado ocurre en todo
este tipo de convulsiones, en realidad se produjeron varias revoluciones. Hubo
una revolución extremadamente visible y rimbombante de carácter más bien
simbólico y artístico que hacia fuera era muy radical y que estaba encabezada
por gente que posteriormente se volvería muy conservadora. Luego, a un nivel
inferior, había otros cuyas reivindicaciones en aquel momento fueron
consideradas reformistas -y ridículas-, gente que quería cambiar los métodos de
enseñanza o ampliar el acceso a la educación superior, gente que tenía
objetivos modestos pero realistas y que fue despreciada por los mismos que hoy
se han vuelto conservadores.
G.G.: Durante la década de
1970, en Alemania y Escandinavia comenzó a crecer la conciencia de que, si se
permitía a la economía continuar explotando los recursos naturales de la manera
en que lo venía haciendo, se terminaría por destruir el medio ambiente; era el
nacimiento del movimiento ecologista. Sin embargo, los partidos socialistas y
socialdemócratas estaban centrados, al igual que lo habían estado antes,
únicamente en las cuestiones sociales tradicionales y o bien pasaban por encima
de la ecología en general o bien se trataba de forma antagonista a sus propias
reivindicaciones. Los sindicatos de izquierda, que para todo lo demás eran progresistas,
pensaban que desde el momento en que se abordaran cuestiones ecológicas se
pondrían en peligro los puestos de trabajo; una visión que persiste hasta
nuestros días. Si confiamos en que la derecha, el lado neoliberal, utilice su
intelecto y entre en razón, entonces, lo mismo deberíamos hacer respecto a la
izquierda. Lo que hay que entender es que las cuestiones ecológicas no pueden
separarse de las cuestiones del trabajo y el empleo y que todas las decisiones
tienen que ser ecológicamente sostenibles.
P.B.: Sí, pero lo que tú dices
acerca de los ecologistas también es cierto respecto a los socialdemócratas. El
liberalismo social, el nuevo laborismo, la tercera vía, todas estas pseudo
invenciones son formas de internalizar la óptica de los poderes dominantes
dentro de los propios dominados. Los europeos están avergonzados hasta lo más
hondo de su civilización y ya no se atreven a defender sus tradiciones. El
proceso comienza en la esfera económica, pero se extiende gradualmente al campo
de la cultura. Se avergüenzan de sus tradiciones culturales, sienten una
culpabilidad permanente en la defensa de tradiciones que perciben y condenan
como arcaicas: en el cine, en la literatura y en otros lugares.
G.G.: En nuestro país, los
integrantes del ala renovadora del Partido Socialdemócrata se ven a sí mismos
como modernizadores y tachan a todos los demás de partidarios de la tradición;
lo que es, por supuesto, una reducción disparatada. Los neoliberales lo mejor
que pueden hacer es recrearse contemplando a los socialdemócratas y a los
socialistas en Alemania, al igual que ocurre en otros países, enfangados en
estas definiciones sin sentido.
P.B.: Tomemos el problema de la
cultura: fue un placer que fueras galardonado con el Premio Nobel, con ello se
hacía honor no sólo a un escritor muy bueno, sino también a un escritor europeo
que está dispuesto a hablar alto y a defender prácticas artísticas que otros
podrían ver como algo pasado. La campaña contra tu novela “Es cuento largo” se
montó con el pretexto de que como literatura estaba caducada. De un modo muy
parecido, debido a cierta inversión ahora dominante, los experimentos formales
de la vanguardia -ya sean en literatura, en el cine o en el arte- son
progresivamente rechazados por arcaicos. Se está poniendo cada vez más difícil
resistir a un tipo de modernismo superficial, que normalmente proviene de los
países anglosajones y que al mismo tiempo que se presenta a sí mismo como si
hubiera trascendido las manifestaciones más antiguas, retrocede a mucho más atrás
de cualquiera de las revoluciones artísticas del siglo XX.
G.G.: En cuanto al Premio
Nobel: conseguí vivir bastante bien sin él y tengo la esperanza de poder vivir
con él. Algunos dijeron “¡por fin!”, otros “¡qué tarde!”, pero me alegro mucho
de que me llegara a una edad avanzada, ya pasados los setenta años. Si un
escritor joven, pongamos que alrededor de los treinta y cinco, obtuviera el
Nobel, imagino que sería una carga bastante pesada por lo altas que serían
entonces las expectativas. Hoy, me puedo referir a ello irónicamente y, con
todo, sentirme feliz. Pero en lo que a mí concierne, no hay mucho más que decir
sobre este tema. Creo que tendríamos que estar haciendo ofertas que no pudieran
ser fácilmente ignoradas. Las grandes compañías de televisión también tienen
pérdidas en su descabellado culto a los índices de audiencia. Deberíamos
ayudarles un poquito a colocarse en la dirección correcta. Claramente, lo mismo
puede decirse respecto a las relaciones entre Alemania y Francia. Estos países
han luchado y derramado su sangre recíprocamente casi hasta la última gota, sus
heridas de las guerras mundiales y de las guerras que se remontan al siglo XIX
aún no están cerradas y se han realizado toda clase de intentos retóricos para
reconciliarse. Con ello se entiende enseguida que no es precisamente la barrera
del idioma lo que nos divide, sino otras dimensiones menos reconocidas. Ya me
he referido a una de ellas: el hecho de que ni siquiera estemos en una posición
que nos permita reconocer el proceso europeo compartido de la Ilustración. Las
cosas eran diferentes antes de que los Estados-Nación se hicieran tan
poderosos. Francia tomó nota de lo que ocurría en Alemania, y viceversa; por
ejemplo, Goethe tradujo a Diderot y se estableció cierto grado de comunicación
entre grupos de ambos países, de minorías que luchaban por la difusión de la
Ilustración y contra sus censuras respectivas. Es el momento de restablecer
aquellas conexiones. Todo lo que tenemos que aferrar son las ideas que nos ha
legado la Ilustración europea, al igual que debemos tomar los posteriores
fracasos de sus desarrollos. La única alternativa es reformar la Ilustración
con los métodos de la Ilustración, revisándolos si se demuestra necesario.
Aunque tengamos razón en desacreditar la hegemonía neoliberal y señalar las
áreas en las que se sitúa su irresponsabilidad, también deberíamos considerar
qué es lo que ha ido mal en el proceso de la Ilustración europea. Tal y como ya
he dicho, el capitalismo en su forma moderna y el socialismo en su forma
rudimentaria son hijos de la Ilustración y de alguna manera necesitan sentarse
de nuevo a la misma mesa.
P.B.: Me parece que eres un
poco optimista. Por desgracia yo no estoy seguro de que se pueda plantear el
problema en esos términos, puesto que me parece que las fuerzas económicas y
políticas que actualmente abruman a Europa son tales que el legado de la Ilustración
está realmente en peligro. El historiador francés Daniel Roche acaba de
escribir un libro en el que demuestra que la tradición ilustrada tiene
significados muy diferentes en Francia y Alemania: que “aufklärung” no
significa lo mismo que “lumières” incluso cuando la Ilustración parecía haber
sido una cosa que los dos países compartían completamente. Pero la diferencia
está ahí y es un obstáculo significativo que debemos superar si vamos a
resistir a la destrucción de lo que más comúnmente asociamos con la
Ilustración: el progreso científico y tecnológico y el control sobre este
progreso. Necesitamos inventar un nuevo utopismo enraizado en las fuerzas
sociales contemporáneas, lo cual, aun a riesgo de parecer estar avivando un
retorno a las visiones políticas anticuadas, será necesario para crear nuevas
formas de movimiento. Los sindicatos, si quieren cumplir sus fines, en su forma
actual resultan organizaciones arcaicas; deben reformarse, transformarse,
redefinirse, internacionalizarse, racionalizarse y basarse en los
descubrimientos de las nuevas ciencias sociales.
G.G.: Lo que tú propones es una
utopía. Supondría una reforma fundamental del movimiento sindical, y sabemos lo
difícil que es transformar ese aparato.
P.B.: Pero una utopía en la que
tenemos un papel que jugar. Por ejemplo, los movimientos sociales en Francia
son mucho menos potentes ahora de lo que lo fueron hace unos pocos años.
Tradicionalmente, nuestros movimientos han tenido una fuerte perspectiva
obrerista muy hostil a los intelectuales y en parte con buena razón. Hoy, al
estar en crisis, el movimiento social en su conjunto está más abierto, más
receptivo a la crítica y se está volviendo mucho más reflexivo. Sin que fuera
de esperar, está más preparado para dar la bienvenida a nuevas formas de
crítica de la sociedad de la que son parte. En mi opinión, el futuro está en
estos movimientos sociales críticos y reflexivos.
G.G.: Yo lo veo de manera más
escéptica. A nuestra edad podemos comprometernos a seguir hablando alto durante
el tiempo que nuestra salud nos lo permita, pero es un periodo de tiempo
limitado. No sé cuál es la situación en Francia -supongo que no mucho mejor-,
pero entre los jóvenes escritores alemanes veo poca inclinación o interés en
continuar la tradición ilustrada de hablar alto, de comprometerse. Y este lado
de la buena tradición europea se perderá para siempre si no hay nadie que nos
releve, en el mejor sentido de esta palabra.