1 de noviembre de 2008

Conversaciones (XXI). Pierre Bourdieu - Günter Grass. Sobre los intelectuales y el neoliberalismo (3/3)

Según cuenta la historia, el 20 de noviembre de 1999 Günter Grass recibió a Pierre Bourdieu en su casa de la ciudad de Lubeck, en Schleswig-Holstein, Alemania. El escritor y el sociólogo pasaron revista a la situación social e intelectual y charlaron sobre la regresión de la política de la izquierda europea y su transformación al neoliberalismo en varios países del continente. En la conversación, ambos coincidieron en la pérdida de los valores europeos frente a la influencia norteamericana, desde los asuntos económicos a los culturales. La conversación entre los autores de obras notables como los ensayos “Les héritiers. Les étudiants et la culture” (Los herederos. Los estudiantes y la cultura), “Le sens pratique” (El sentido práctico), “La misére du monde” (La miseria del mundo), “La reproduction” (La reproducción), “Contre feux. Propos pour servir á la resístanse contre l'invasion néoliberale” (Contrafuegos. Reflexiones para servir a la resistencia contra la invasión neoliberal), “Sur la télévision” (Sobre la televisión) y “Les structures sociales de l'économie” (Las estructuras sociales de la economía) en el caso de Pierre Bourdieu, y de las novelas “Die blechtrommel” (El tambor de hojalata), “Der butt” (El rodaballo), “Örtlich betäubt” (Anestesia local), “Unkenrufe” (Malos presagios), “Mein jahrhundert” (Mi siglo), “Die box” (La cámara) y “Im krebsgang” (A paso de cangrejo) en el caso de Günter Grass, fue publicada pocos días después en el diario francés “Le Monde”. Lo que sigue es la tercera y última parte de dicha conversación.


G.G.: Me gustaría regresar al relato sobre Liebknecht. En la familia del relato era una tradición que el padre se llevara consigo al hijo. Esto ya se daba en los años de Wilhelm Liebknecht y continuó siendo así en la época de Karl Liebknecht: el hijo se subiría a los hombros del padre a escuchar al orador de masas. Lo que me parecía importante era que, por un lado, Liebknecht estaba despertando a la juventud a un movimiento progresista en nombre del socialismo y, por otro, que al mismo tiempo el padre, en su entusiasmo, no percibía que el niño quería bajarse de sus hombros. Cuando el hijo se hace pis en su cogote, el padre le pega, incluso cuando todavía está hablando Liebknecht. El comportamiento autoritario de este padre socialista hacia su hijo lleva a éste a alistarse al estallar la Primera Guerra Mundial; con lo que termina haciendo exactamente lo que Liebknecht quería evitar. Éste no es un giro que doy de manera explícita, sino más bien algo que se hace claro a medida que la historia discurre y que se me ocurrió durante el proceso de escribirla. De vuelta a la consideración con la que claramente se toma en Francia a Jünger y a Heidegger: tal vez sería más útil para los intelectuales franceses tomar nota de los pensadores de la Ilustración alemana. Si allí tuvieron a Diderot y a Voltaire, nosotros tuvimos a Lessing y a Lichtenberg, quien casualmente era muy ingenioso y cuyas chanzas deberían atraer a los franceses más que nada de lo que pudiera atraerles de Jünger.
 
P.B.: Por tomar el primer ejemplo que se me viene a la cabeza, Ernst Cassirer fue uno de los grandes herederos de la tradición ilustrada, pero su recepción en Francia fue, en el mejor de los casos, muy modesta, mientras que su mayor adversario, Heidegger, tuvo un éxito arrollador. Siempre me ha preocupado esta manera de permutar sus posturas que tienen Francia y Alemania: ¿cómo podemos estar seguros de que nuestros dos países no están simplemente poniendo en común sus aspectos menos atractivos? A menudo uno tiene la impresión de que por alguna ironía de la historia los franceses toman lo peor de lo que los alemanes tienen que ofrecer, y los alemanes lo peor de los franceses.
 
G.G.: En “Mi siglo” retraté a un profesor que durante su seminario de los miércoles reflexiona, treinta años más tarde, sobre la respuesta que dio cuando era estudiante a los acontecimientos ocurridos entre 1966 y 1968. Rememora sus orígenes en la filosofía de lo sublime de corte heideggeriano, que es adonde al fin vuelve otra vez. Pero entretanto se entrega a las corrientes del radicalismo y se convierte en uno de los que públicamente denuncia y ataca a Adorno. Ésta es una biografía muy típica de este periodo para la cual ahora 1968 sirve de versión abreviada. Yo estuve envuelto en todos aquellos acontecimientos. Las protestas de estudiantes estaban justificadas y fueron necesarias y han conseguido más de lo que les gustaría admitir a todos los portavoces de la pseudo revolución de 1968. No tuvo lugar una revolución, no se daban las condiciones para ello, pero hubo una transformación de la sociedad. En “Diario de un caracol” describo cómo se me abucheó cuando dije que el progreso era un caracol. Verbalmente, por supuesto que es posible dar grandes saltos hacia delante -los que me abuchearon eran más o menos maoístas-, pero la etapa que te has saltado, es decir, la sociedad que yace debajo de ti, no tiene prisa por ponerse a tu nivel. Dan un salto por encima de la sociedad, luego se sorprenden de que las condiciones sufran un revés y lo llaman contrarrevolución en el léxico inveterado de un comunista que ya entonces tenía sus dudas. Todo esto no se entendía muy bien.
 
P.B.: En aquel tiempo escribí un libro que se llamaba “Los herederos”, donde describía las distintas posturas políticas de estudiantes con distintos orígenes sociales, desde el obrero, el pequeñoburgués y el burgués. Los estudiantes burgueses eran los más radicales, mientras que los estudiantes pequeñoburgueses eran más reformistas, es decir, aparentemente más “conservadores”.
 
G.G.: Lo que ocurría normalmente era que los hijos de las familias pudientes proyectaban en la sociedad los conflictos que tenían con sus padres y que nunca habían sido capaces o nunca se habían atrevido a poner sobre la mesa pues entonces el dinero se podría haber acabado.
 
P.B.: Una dualidad que estaba muy presente en el movimiento de 1968, donde, como por otro lado ocurre en todo este tipo de convulsiones, en realidad se produjeron varias revoluciones. Hubo una revolución extremadamente visible y rimbombante de carácter más bien simbólico y artístico que hacia fuera era muy radical y que estaba encabezada por gente que posteriormente se volvería muy conservadora. Luego, a un nivel inferior, había otros cuyas reivindicaciones en aquel momento fueron consideradas reformistas -y ridículas-, gente que quería cambiar los métodos de enseñanza o ampliar el acceso a la educación superior, gente que tenía objetivos modestos pero realistas y que fue despreciada por los mismos que hoy se han vuelto conservadores.
 
G.G.: Durante la década de 1970, en Alemania y Escandinavia comenzó a crecer la conciencia de que, si se permitía a la economía continuar explotando los recursos naturales de la manera en que lo venía haciendo, se terminaría por destruir el medio ambiente; era el nacimiento del movimiento ecologista. Sin embargo, los partidos socialistas y socialdemócratas estaban centrados, al igual que lo habían estado antes, únicamente en las cuestiones sociales tradicionales y o bien pasaban por encima de la ecología en general o bien se trataba de forma antagonista a sus propias reivindicaciones. Los sindicatos de izquierda, que para todo lo demás eran progresistas, pensaban que desde el momento en que se abordaran cuestiones ecológicas se pondrían en peligro los puestos de trabajo; una visión que persiste hasta nuestros días. Si confiamos en que la derecha, el lado neoliberal, utilice su intelecto y entre en razón, entonces, lo mismo deberíamos hacer respecto a la izquierda. Lo que hay que entender es que las cuestiones ecológicas no pueden separarse de las cuestiones del trabajo y el empleo y que todas las decisiones tienen que ser ecológicamente sostenibles.
 
P.B.: Sí, pero lo que tú dices acerca de los ecologistas también es cierto respecto a los socialdemócratas. El liberalismo social, el nuevo laborismo, la tercera vía, todas estas pseudo invenciones son formas de internalizar la óptica de los poderes dominantes dentro de los propios dominados. Los europeos están avergonzados hasta lo más hondo de su civilización y ya no se atreven a defender sus tradiciones. El proceso comienza en la esfera económica, pero se extiende gradualmente al campo de la cultura. Se avergüenzan de sus tradiciones culturales, sienten una culpabilidad permanente en la defensa de tradiciones que perciben y condenan como arcaicas: en el cine, en la literatura y en otros lugares.
 
G.G.: En nuestro país, los integrantes del ala renovadora del Partido Socialdemócrata se ven a sí mismos como modernizadores y tachan a todos los demás de partidarios de la tradición; lo que es, por supuesto, una reducción disparatada. Los neoliberales lo mejor que pueden hacer es recrearse contemplando a los socialdemócratas y a los socialistas en Alemania, al igual que ocurre en otros países, enfangados en estas definiciones sin sentido.
 
P.B.: Tomemos el problema de la cultura: fue un placer que fueras galardonado con el Premio Nobel, con ello se hacía honor no sólo a un escritor muy bueno, sino también a un escritor europeo que está dispuesto a hablar alto y a defender prácticas artísticas que otros podrían ver como algo pasado. La campaña contra tu novela “Es cuento largo” se montó con el pretexto de que como literatura estaba caducada. De un modo muy parecido, debido a cierta inversión ahora dominante, los experimentos formales de la vanguardia -ya sean en literatura, en el cine o en el arte- son progresivamente rechazados por arcaicos. Se está poniendo cada vez más difícil resistir a un tipo de modernismo superficial, que normalmente proviene de los países anglosajones y que al mismo tiempo que se presenta a sí mismo como si hubiera trascendido las manifestaciones más antiguas, retrocede a mucho más atrás de cualquiera de las revoluciones artísticas del siglo XX.
 
G.G.: En cuanto al Premio Nobel: conseguí vivir bastante bien sin él y tengo la esperanza de poder vivir con él. Algunos dijeron “¡por fin!”, otros “¡qué tarde!”, pero me alegro mucho de que me llegara a una edad avanzada, ya pasados los setenta años. Si un escritor joven, pongamos que alrededor de los treinta y cinco, obtuviera el Nobel, imagino que sería una carga bastante pesada por lo altas que serían entonces las expectativas. Hoy, me puedo referir a ello irónicamente y, con todo, sentirme feliz. Pero en lo que a mí concierne, no hay mucho más que decir sobre este tema. Creo que tendríamos que estar haciendo ofertas que no pudieran ser fácilmente ignoradas. Las grandes compañías de televisión también tienen pérdidas en su descabellado culto a los índices de audiencia. Deberíamos ayudarles un poquito a colocarse en la dirección correcta. Claramente, lo mismo puede decirse respecto a las relaciones entre Alemania y Francia. Estos países han luchado y derramado su sangre recíprocamente casi hasta la última gota, sus heridas de las guerras mundiales y de las guerras que se remontan al siglo XIX aún no están cerradas y se han realizado toda clase de intentos retóricos para reconciliarse. Con ello se entiende enseguida que no es precisamente la barrera del idioma lo que nos divide, sino otras dimensiones menos reconocidas. Ya me he referido a una de ellas: el hecho de que ni siquiera estemos en una posición que nos permita reconocer el proceso europeo compartido de la Ilustración. Las cosas eran diferentes antes de que los Estados-Nación se hicieran tan poderosos. Francia tomó nota de lo que ocurría en Alemania, y viceversa; por ejemplo, Goethe tradujo a Diderot y se estableció cierto grado de comunicación entre grupos de ambos países, de minorías que luchaban por la difusión de la Ilustración y contra sus censuras respectivas. Es el momento de restablecer aquellas conexiones. Todo lo que tenemos que aferrar son las ideas que nos ha legado la Ilustración europea, al igual que debemos tomar los posteriores fracasos de sus desarrollos. La única alternativa es reformar la Ilustración con los métodos de la Ilustración, revisándolos si se demuestra necesario. Aunque tengamos razón en desacreditar la hegemonía neoliberal y señalar las áreas en las que se sitúa su irresponsabilidad, también deberíamos considerar qué es lo que ha ido mal en el proceso de la Ilustración europea. Tal y como ya he dicho, el capitalismo en su forma moderna y el socialismo en su forma rudimentaria son hijos de la Ilustración y de alguna manera necesitan sentarse de nuevo a la misma mesa.
 
P.B.: Me parece que eres un poco optimista. Por desgracia yo no estoy seguro de que se pueda plantear el problema en esos términos, puesto que me parece que las fuerzas económicas y políticas que actualmente abruman a Europa son tales que el legado de la Ilustración está realmente en peligro. El historiador francés Daniel Roche acaba de escribir un libro en el que demuestra que la tradición ilustrada tiene significados muy diferentes en Francia y Alemania: que “aufklärung” no significa lo mismo que “lumières” incluso cuando la Ilustración parecía haber sido una cosa que los dos países compartían completamente. Pero la diferencia está ahí y es un obstáculo significativo que debemos superar si vamos a resistir a la destrucción de lo que más comúnmente asociamos con la Ilustración: el progreso científico y tecnológico y el control sobre este progreso. Necesitamos inventar un nuevo utopismo enraizado en las fuerzas sociales contemporáneas, lo cual, aun a riesgo de parecer estar avivando un retorno a las visiones políticas anticuadas, será necesario para crear nuevas formas de movimiento. Los sindicatos, si quieren cumplir sus fines, en su forma actual resultan organizaciones arcaicas; deben reformarse, transformarse, redefinirse, internacionalizarse, racionalizarse y basarse en los descubrimientos de las nuevas ciencias sociales.
 
G.G.: Lo que tú propones es una utopía. Supondría una reforma fundamental del movimiento sindical, y sabemos lo difícil que es transformar ese aparato.
 
P.B.: Pero una utopía en la que tenemos un papel que jugar. Por ejemplo, los movimientos sociales en Francia son mucho menos potentes ahora de lo que lo fueron hace unos pocos años. Tradicionalmente, nuestros movimientos han tenido una fuerte perspectiva obrerista muy hostil a los intelectuales y en parte con buena razón. Hoy, al estar en crisis, el movimiento social en su conjunto está más abierto, más receptivo a la crítica y se está volviendo mucho más reflexivo. Sin que fuera de esperar, está más preparado para dar la bienvenida a nuevas formas de crítica de la sociedad de la que son parte. En mi opinión, el futuro está en estos movimientos sociales críticos y reflexivos.
 
G.G.: Yo lo veo de manera más escéptica. A nuestra edad podemos comprometernos a seguir hablando alto durante el tiempo que nuestra salud nos lo permita, pero es un periodo de tiempo limitado. No sé cuál es la situación en Francia -supongo que no mucho mejor-, pero entre los jóvenes escritores alemanes veo poca inclinación o interés en continuar la tradición ilustrada de hablar alto, de comprometerse. Y este lado de la buena tradición europea se perderá para siempre si no hay nadie que nos releve, en el mejor sentido de esta palabra.