7 de noviembre de 2008

Conversaciones (XXIII) Frei Betto - Vicente Zito Lema. Sobre el cristianismo, el capitalismo y el socialismo (2/2)

Nacido en Buenos Aires, Vicente Zito Lema se recibió de abogado en 1961 en la Universidad Nacional de Buenos Aires, especializándose en el estudio y la práctica de los derechos humanos. En la Facultad de Filosofía y Letras de dicha universidad creó la carrera de Tecnicatura en Producción y Gestión de las Artes, una cátedra enfocada en el estudio de los mecanismos de creación artística. A lo largo de su vida trabajó como periodista en distintos periódicos como “Clarín”, “El Cronista Comercial” y “La Opinión”. También fundó y dirigió las revistas culturales “Cero” y “Talismán” y, en la década de los años '70, se vinculó con distintas revistas como “Liberación”, “Nuevo Hombre” y “Crisis” en las que participó junto a grandes personalidades como Julio Cortázar (1914-1984), Haroldo Conti (1925-1976), Rodolfo Walsh (1927-1977) y Eduardo Galeano (1940-2015).
Fue abogado defensor de los presos políticos de la cárcel de Rawson y de los militantes políticos asesinados en la llamada Masacre de Trelew, los crímenes perpetrados en agosto de 1972 por la dictadura militar autodenominada "Revolución Argentina", la que, tras derrocar al presidente constitucional Arturo Illia (1900-1983), gobernó al país hasta 1973 bajo el mando de los generales Juan Carlos Onganía (1914-1995), Roberto Marcelo Levingston (1920-2015) y Alejandro Agustín Lanusse (1918-1996) sucesivamente. Tras el Golpe de Estado de 1976 en Argentina fue perseguido y acosado por la dictadura y debió abandonar el país en 1977. Tras pasar por varios países se radicó en Holanda, desde donde integró la Comisión Argentina por los Derechos Humanos (CADHU) junto a intelectuales como Alicia Moreau de Justo (1885-1986), David Viñas (1927-2011) y el citado Julio Cortázar, entre otros, trabajando activamente por la visibilización de los crímenes de lesa humanidad cometidos por el Proceso de Reorganización Nacional, tal como se conoció a la dictadura cívico-militar-clerical que gobernó la Argentina entre 1976 y 1983, año este último en el que pudo regresar a su país natal donde fundó la revista “Fin de siglo” y dirigió la revista “Cultura y Utopía”.
Incansable defensor de los derechos humanos, Vicente Zito Lema fue autor de una treintena de libros de teatro, poesía y psicoanálisis. Entre ellos los dramas “Eva Perón resucitada”, “Oratorio mater”, “Delirium teatro”, “Lengua sucia: escenas de poder, servidumbres y muerte”, “El bronce que sonríe: el mito, el hombre y la parca” y “Sombras nada más”; los poemarios “Tiempo de niñez”, “Feudal cortesía en la prisión del cerebro”, “Blues, largo y violento”, “Carta de Matilde”, “Rendición de cuentas”, “Voces en el hospicio” y “Belleza en la barricada”; y los ensayos “El alma no come vidrio. Los manifiestos de la locura”, “Breve antología del crimen pasional en la Argentina según las noticias de los diarios durante los años 1968 a 1970”, “El viaje hacia la otra realidad”, “La paz de los asesinos” y “Triunfos y derrotas”.
“Vaya a saber por qué no sufro escribiendo -declaró una vez en sus últimos años de vida-. Sufrí viviendo la realidad, pero después aparece ese proceso que bien sintetizaba mi maestro Enrique Pichón Rivière, que es pasar de lo siniestro a lo maravilloso. De eso se trata. En el caso de la pandemia, de los desaparecidos, del rencor de esta sociedad me meto con lo siniestro, y no porque lo siniestro sea lo único que existe, sino porque también existe. No hay alegría más grande que las pasiones alegres, pero las pasiones tristes también están: la pulsión de vida, tan fantástica, convive a la par con la pulsión de muerte”.
Vicente Zito Lema, poeta y filósofo argentino, ha compartido espacios de reflexión vinculados a la teología de la liberación y el compromiso social con el fraile dominico, filósofo y antropólogo brasileño Frei Betto. Ambos intelectuales coincidieron en la defensa de los derechos de los pobres y la crítica al neoliberalismo, y promovieron el compromiso político contra las injusticias sociales, frecuentemente reflejadas en los medios de comunicación, tanto en los tradicionales como en las modernas redes sociales, a veces para exponerlas y analizarlas y otras para justificarlas y defenderlas. Lo que sigue es la segunda y última parte de la charla que mantuvieron el teólogo que alguna vez, ante la pregunta “¿Cuál va a ser el paradigma de la postmodernidad?”, respondió que “delante de ese interrogante hay dos posibilidades, una sería la globalización de la solidaridad pero, si el mercado se impone como paradigma de la postmodernidad, la otra sería que no hay más futuro para la humanidad”, y el escritor que alguna vez se preguntó: “¿Estamos preparados para la interrogación de la historia que súbitamente nos sorprende y nos sacude mientras el cuerpo avanza a los tumbos en las lejanías de la tragedia sureña, donde nunca fuimos más que espectros asombrados de la crueldad del mundo?”, a lo que se respondió: “la lectura que hoy hacemos del ayer pensando en el mañana, nos mueve, nos sacude, nos ata y nos desata; nos advierte que la entrada al paraíso del poder establecido no es más que el confín de un precipicio”. La conversación se publicó en Buenos Aires en marzo de 2001 en el nº 2 de la revista "Locas. Cultura y utopías".


Z.L.:
¿Considera la religiosidad en el pueblo brasileño -no sólo de raíz católica sino también de otros cultos- como un elemento que contribuye al crecimiento de la conciencia crítica, o debemos ligarlo a una cuestión fetichista, que retrasa más que contribuye a una acción liberadora?
 
F.B.: Acepto que es un tema de controversia. Mi posición es la siguiente. La religiosidad es un componente que no es ni fetichista ni crítico, sino un componente humanizador de la gente. El pobre, en Brasil, encuentra en la religiosidad su primera ideología, su primera manera de comprenderse y de comprender al mundo. El mundo ha sido creado por Dios, tenemos que ser buenos, somos hermanos. Eso es muy positivo. Ahora, depende de cómo eso es trabajado. Puede ser trabajado en una línea fetichista como en una línea liberadora. Entonces, la mayoría de la gente tiene una religión sincretista, una religión de conformidad con el suelo, que no es del todo mala. Y aquellos que están organizados en las comunidades eclesiales de base, en las pastorales sociales, en la pastoral de la tierra, o en la pastoral obrera, ésos tienen una visión más evangélica. Porque es más crítica de la situación social desde los valores evangélicos. Porque tienen una religiosidad mejor trabajada desde el punto de vista bíblico, político, etcétera.
 
Z.L.: ¿Es un sentimiento real, es una definición ideológica profunda, o es una simple especulación para preservar el poder lo que ha movido a la Iglesia católica a ponerse a la cabeza de las luchas por las transformaciones sociales brasileñas?
 
F.B.: Efectivamente, la Iglesia católica brasileña se puso junto a la mayoría del pueblo. Ese es el punto. No es que se puso a la vanguardia de la transformación. No, se puso en la retaguardia del pueblo. Y por eso la Iglesia es un portavoz privilegiado de las inquietudes del pueblo. Si hay problemas con los indígenas, la caja de resonancia primera es la Iglesia. Si hay problemas con los niños de la calle, ahí está la Iglesia. Si hay problemas con los campesinos, ahí está la Iglesia. Porque la Iglesia es una institución muy bien organizada en este país, muy fuerte, y con una sensibilidad social evangélica para los pobres muy profunda. Y por eso funciona, entonces, como caja de resonancia. Yo veo en todo esto un sentimiento auténtico, una definición evangélica, para nada especulativa.
 
Z.L.: A partir de sus definiciones aparece como más notoria la diferencia de la Iglesia de Brasil frente a otras iglesias católicas latinoamericanas. ¿Qué hay detrás de todo esto?
 
F.B.: Hay que analizar las razones históricas. En breves trazos, podemos decir que la humanización del catolicismo brasileño se ha dado hace muy poco tiempo, en los últimos cien años. Durante la colonia, el catolicismo de Brasil era muy independiente de Roma. Y entonces, aquí se ha desarrollado toda una religiosidad callejera, que no responde al superhéroe de la autoridad eclesiástica. Por otra parte, los obispos, cuando empezó la romanización, tuvieron muchos conflictos con el Estado, podemos afirmar que los obispos de Brasil nunca se han dejado seducir por el Estado; tampoco se dejaron ganar por los partidos políticos. Aquí nunca hubo un partido demócrata-cristiano. Para ser más precisos lo hubo, pero tuvo una vida muy breve, ya que no tenía ningún apoyo de la jerarquía católica. Otro punto para destacar es que los obispos de Brasil, y aquí hay que nombrar a monseñor Helder Cámara, siempre han tenido un fuerte espíritu de colegialidad, la decisión de trabajar juntos. Y con eso han logrado mantener una relativa autonomía hacia Roma. En nuestro país el Nuncio apostólico nunca tuvo importancia alguna, es un señor representante diplomático del Estado Vaticano. Por último, recordemos que aquí existieron movimientos laicos, como la Acción Católica, y ahora las comunidades de base, que han sensibilizado fuertemente a toda una generación de curas y de obispos, y de religiosas, para la causa de los pobres. Estas son algunas razones históricas que explican lo que ha pasado en este país, que hacen que la Iglesia católica de Brasil sea mayoritaria y hegemónicamente -aunque no totalmente- progresista y con opción por los pobres.
 
Z.L.: ¿Y en cuanto a las otras iglesias católicas latinoamericanas?
 
F.B.: Hay sectores progresistas fuertes en México, en Guatemala, en toda la lucha por la defensa de los indígenas; en Ecuador se destaca monseñor Proanio, en Perú, monseñor Calderón... Pero como fenómeno hegemónico, el compromiso institucional pleno con los pobres se da solamente en Brasil.
 
Z.L.: Desde afuera, los que no vivimos en Brasil pero tenemos contacto con la realidad brasileña, sentimos que hay un fuerte avance de los sectores más marginados hacia una toma de conciencia crítica; e incluso un acceso a ciertas formas de poder que, por lo menos, muestran una realidad más esperanzadora. ¿Es una apreciación cierta? ¿O la situación social es más negativa?
 
F.B.: La realidad es más negativa. No hay expectativa alguna de transformación de estructuras en este país en la próxima década, desde mi punto de vista. Primero, porque es uno de los países más fuertes en el mundo desde una lectura capitalista. Esta es la décima economía mundial. Un país que está cada vez más involucrado en el proceso de globalización, en la privatización de toda su infraestructura, de todo su patrimonio público estatal. Hay intereses muy fuertes en Brasil. Entonces, yo creo que estamos agudizando contradicciones con los avances del Partido de los Trabajadores, con el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra, a partir del trabajo de base de la Iglesia. En fin, hay serios factores de confrontación, que muestran una situación social dinámica. Pero estamos muy lejos de lograr un cambio de estructuras. Evidentemente, eso se va a facilitar, no con una revolución, pero sí con una evolución hacia un estado de bienestar social si logramos elegir un presidente de la oposición, del Partido de los Trabajadores por ejemplo, en el 2002. Eso no es imposible, es posible. Debido a las fuerzas sociales y políticas que se van acumulando en este país, y sobre todo por el impacto que los hechos de corrupción en la vida política tienen en la gente. El Partido de los Trabajadores es el único partido sobre el cual no hay sospechas de corrupción. Esto impresiona mucho a los electores. Si no se cambian autoritariamente las reglas de juego hay viabilidad de llegar al gobierno, pero eso no significa que llegaremos al poder. Eso es otra cosa, es un trabajo para muchas décadas todavía.
 
Z.L.: Es público su apoyo político al Partido de los Trabajadores. ¿La Iglesia, en general, a nivel de sus organizaciones, tiene una postura política definida? ¿O manifiesta un apoyo más entre líneas?
 
F.B.: El criterio es muy claro. La Iglesia apoya a todos aquellos sectores que están a favor de la causa de los pobres. Así, por ejemplo, en la Campaña de la Fraternidad, o en el Grito de los Excluidos, en los carteles que aparecen, están el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra, la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil y la Central de Movimientos Populares entre muchos otros, con excepción de los partidos políticos. Es decir, la Iglesia apoya explícitamente a los movimientos sociales, no a los partidos políticos.
 
Z.L.: Hablemos sobre la crisis de toda índole que sufre en su conjunto América Latina. Con perspectiva histórica, ¿adónde va este continente?
 
F.B.: Yo creo que vamos a la creciente africanización y dominación directa de los Estados Unidos. El proceso de dolarización, el proceso del Plan Colombia, el proceso de agravamiento del bloqueo a Cuba, todo eso significa una estrategia directa de actualización de la vieja Doctrina Monroe. El Plan Colombia reviste apenas una versión actual, regional, de la inalterable Doctrina Monroe, que es la de "América para los americanos", o sea, América Latina para los Estados Unidos.
 
Z.L.: Es una visión cruda y no muy esperanzadora, al menos para las próximas décadas... ¿Qué me dice de las sacudidas cíclicas y terribles a que está sometida la economía norteamericana?
 
F.B.: Sí, mi visión es muy cruda. A menos que haya un derrumbe del bienestar en los Estados Unidos, lo que no está fuera de las posibilidades, ya que comparto la apreciación que más allá de las apariencias es una economía muy inestable. Pero si no se da ese derrumbe, pienso que el futuro para nosotros es muy sombrío.
 
Z.L.: Una de las maneras de comprobar la realidad social concreta de un país está en la vigencia de los Derechos Humanos. ¿Cuál es la situación en Brasil?
 
F.B.: Ah, es terrible. Porque sin hablar de represiones, prisiones y torturas, somos ciento sesenta y siete millones de habitantes, de los cuales ciento once millones ganan hasta tres salarios mínimos. Lo que equivale, más o menos, a 210 dólares. Si reconocemos que en una favela no se puede vivir con un alquiler de menos de 50 dólares, podemos valorar por ahí lo difícil que es vivir para la gente. Un país que tiene alrededor de cuarenta millones de marginados totales, cincuentaiún millones de pobres. Tenemos el 10% de la fuerza laboral en desocupación, ocho millones de niños en la calle, 10% de la población con 53% de la renta nacional en sus manos, 20% con el 64% de la renta nacional en sus manos, un 1% con el 17% de la renta nacional en sus manos. Somos un país de dimensiones continentales, y un 1% de los propietarios rurales mantienen el dominio del 44% de las tierras. Se trata de un país con contradicciones muy agudas, muy fuertes, y con una situación de exclusión social creciente y preocupante.
 
Z.L.: ¿Brasil está sobre un volcán?
 
F.B.: Sobre un volcán en ebullición...
 
Z.L.: ¿Cuál es la actitud de los intelectuales brasileños, hablo en especial de los más notorios, frente a esta situación tan dramática que describe?
 
F.B.: Con el derrumbe del Muro de Berlín, tras la elección de Cardoso -que era considerado un intelectual de izquierda-, hay cada vez menos intelectuales del lado de la gente pobre, del pueblo, a favor del socialismo. O sea, muchos de los intelectuales progresistas de Brasil han ido a los brazos de Cardoso, exhiben su conformidad con el sistema bajo la excusa que no hay más futuro para el socialismo, que la globalización es inevitable. Hacen suyo lo dicho por el economista Stevenson, de los Estados Unidos, "la guerra contra la pobreza ha terminado, y los pobres la perdieron".