13 de noviembre de 2008

Conversaciones (XXIV). Elmore Leonard - Martin Amis. Sobre el género policial y el cine (1/2)

El escritor estadounidense Elmore Leonard (1925-2013) fue autor de numerosas novelas y la crítica especializada lo consideró en forma casi unánime como el más importante de los cultores del género policial. Nacido en Nueva Orleans, Luisiana, hizo sus estudios secundarios en la University of Detroit Jesuit High School y luego se graduó en Inglés y Filosofía en la University of Detroit Mercy. En 1949 consiguió empleo como redactor en la Campbell-Ewald Advertising Agency, una agencia de publicidad ubicada en Detroit, Michigan. Allí trabajó varios años y, en simultáneo, se dedicó de lleno a la escritura participando en concursos de cuentos y enviándolos a revistas para su publicación. Su primer éxito lo obtuvo en 1951 cuando la revista “Argosy” publicó su cuento “Trail of the apache” (El rastro del apache). Sus primeras novelas, publicadas en la década de 1950, fueron wésterns entre los que se pueden citar “Valdez is coming” (Valdez está llegando), “Last stand at Saber river” (Última batalla en el río Saber) y “3:10 to Yuma” (El tren de las 3:10 a Yuma), pero posteriormente, desde 1969, se especializó en la novela negra y de suspenso, como por ejemplo “The bounty hunters” (Los cazadores de recompensas), “Unknown man n° 89” (Hombre desconocido n° 89), “Killshot” (Disparo mortal), “Out of sight” (Fuera de vista), “Comfort to the enemy” (Consuelo para el enemigo), “Road dogs” (Perros callejeros), “Confession” (Confesión) y “The trespassers” (Los intrusos) entre muchas otras. De sus más de cincuenta obras, cerca de veinte fueron llevadas al cine por directores tan prestigiosos como Martin Ritt (1914-1990), Barry Sonnenfeld (1953), Quentin Tarantino (1963) o Steven Soderbergh (1963). En julio de 2001 publicó una columna en “The New York Times” con el título “10 rules of writing” (10 reglas para escribir), las cuales presentó como sus preceptos para la escritura diciendo: “A lo largo del camino me hice con algunas reglas que me ayudan a permanecer invisible cuando estoy escribiendo un libro, que me ayudan a mostrar más que a contar lo que está pasando en la historia. Si tienes imaginación y facilidad para la palabra, y el sonido de tu voz te satisface, la invisibilidad no es lo que estás buscando, y podrías saltearte estas reglas. Pero, aun así, deberías mantenerlas vigiladas”. Entre esas reglas propuso evitar los prólogos, controlar los signos de exclamación, evitar las descripciones demasiado detalladas de los personajes, usar los dialectos o las jergas locales muy de vez en cuando, no entrar en demasiados detalles al describir lugares y cosas, eliminar las partes que los lectores tienden a saltear, etc.
Dos años después falleció en su casa de Detroit víctima de un accidente cerebrovascular después de haber sufrido un ataque al corazón. Al día siguiente de su fallecimiento la revista estadounidense “Esquire” republicó un texto de Leonard que originalmente había aparecido en 2005 bajo el título “What I've learned” (Lo que he aprendido). En él, entre otros conceptos sostuvo que “cuando uno conoce a alguien que lo aburre, tiene que tolerarlo hasta que se va. Pero cuando uno se encuentra con un personaje aburrido, da vuelta la página”.
El 23 de enero 1998 se llevó a cabo en el Writers Guild Theatre de Beverly Hills en Los Ángeles, California, un ciclo de conferencias patrocinadas por la fundación Community Partners. En esa ocasión Elmore Leonard se reunió con el escritor británico Martin Amis (1949-2023), con el cual mantuvo una larga conversación que fue reproducida un mes después en el diario “Los Angeles Times”. La primera parte de esa charla es lo que sigue a continuación.
 

M.A.: Le damos la bienvenida a Elmore Leonard, también conocido como el holandés. Y mucho menos formalmente, como el Dickens de Detroit. Esta parece ser una descripción válida, porque creo que es lo más cercano a un novelista nacional que tienen aquí en Estados Unidos: un concepto que parecía haber muerto con Charles Dickens, pero que aquí ha revivido. Recientemente estuve en Boston, de visita en la casa de Saul Bellow, y en los estantes del laureado Nobel descubrí varios libros de Elmore Leonard. Saul Bellow tiene una opinión muy elevada, hasta exaltada, de lo que es y hace la literatura. Para él, crea una zona privada donde ciertas esencias alimentan lo que él llama nuestras almas puras. Esta clase de literatura del tipo Proust-Nabokov recientemente fue caratulada de interés minoritario. No existe ningún interés minoritario en Elmore Leonard. Es un escritor popular en varios sentidos. Pero Saul Bellow y yo coincidimos en que, para lograr una infusión absolutamente confiable y generosa de placer narrativo en una prosa milagrosamente purgada de toda cualidad falsa, no había nadie como Elmore Leonard. Pensé que podíamos empezar por el principio y hablar sobre sus primeros años como escritor y sobre cómo empezó. En mi experiencia, todos a la edad de catorce o quince años (o tal vez un poco antes) empezamos a comunicarnos con nosotros mismos, hacemos anotaciones y llevamos un diario. Sólo los escritores continúan con ese tipo de comunicación adolescente. ¿A usted le sucedió lo mismo? ¿Vislumbró la idea de escribir mucho antes?
 
E.L.: Permítame preguntar algo primero: ¿cree que si viviera en Buffalo sería Dickens?
 
M.A.: El Balzac de Buffalo tal vez.
 
E.L.: Tuve deseos de escribir muy temprano, pero no lo hice. Sólo escribía lo que debía escribir en las composiciones escolares y cosas por el estilo. Recién cuando estaba en la universidad, después de la Segunda Guerra Mundial, fue cuando escribí un par de cuentos. El primero porque el instructor de inglés dijo: “Si participan en este concurso -era un club de escritores local dentro de la Universidad de Detroit-, les pondré una calificación alta”. Siempre me sirvió de inspiración esta suerte de acercamiento comercial a la escritura. Es por eso que, para empezar, elegí los westerns. En 1951, decidí estudiar el campo. Analicé el mercado y leí westerns en el “Saturday Evening Post”, en la “Colliers”, prácticamente en todos lados desde el “Ladies Home Journal” hasta las revistas para hombres. Por ese entonces quedaban en el mercado, por lo menos, una docena de revistas de este tipo y las mejores pagaban dos centavos por palabra. Pensé que ése era el mercado. Con todas esas revistas que compraban cuentos, era un buen lugar donde empezar -además de que me gustaban mucho los westerns en el cine y quería venderle uno a Hollywood pronto y ganar mucho dinero-. Encaré esta profesión con un deseo de escribir, pero también, al hacerlo, de ganar todo el dinero que fuera posible. No veía nada de malo en esto. Creo que el tercer libro se vendió bien y, desde entonces, todos se vendieron. Pero luego el mercado se agotó y tuve que pasarme al crimen.
 
M.A.: También escribía, según tengo entendido, comentarios para películas educativas e industriales.
 
E.L.: Sí. Películas industriales sobre la contaminación del aire, la construcción de autopistas, la Enciclopedia Británica, la geografía y películas históricas. Hice una docena de filmes de este tipo: el asentamiento en el valle del Mississippi, la guerra francesa e india, el Danubio, Puerto Rico. Creo que eran películas de 27 minutos. Me dediqué a esto inmediatamente después de haber abandonado una agencia publicitaria donde escribía avisos para Chevrolet -algo que me volvía completamente loco-. Porque, en ese entonces, había que escribir de una manera atractiva. Y eso me costaba mucho. Podía hacer avisos de camiones, pero me resultaba imposible dedicarme a los convertibles. Decidí abandonar esta tarea. Pero tenía que seguir ganándome la vida. Así que incursioné en las películas industriales e hice un poco de publicidad en forma independiente.
 
M.A.: Pero el gran despegue fue “Hombre”, ¿no?
 
E.L.: Sí: la venta para el cine. Porque el libro en sí lo escribí en el '59 y, en ese entonces, el mercado estaba muy debilitado. A mí me pagaban 4.000 dólares por una edición de tapa blanda, por ejemplo. Tampoco obtuve tanto por los derechos para el cine, cuatro o cinco años más tarde. Fue entonces cuando empecé a escribir ficción.
 
M.A.: ¿Cómo se siente cuando un libro suyo pasa por el molino que lo convierte en una película? A mí me pasó una vez, con mi primera novela “El libro de Raquel” y pensé: “No importa lo que hagan, el libro siempre seguirá existiendo”.
 
E.L.: Creo que es así. No hay duda. No me preocupa si la adaptación es demasiado fiel al original. Sólo espero que sea una buena película. Por ejemplo, con “Ponche de ron” se hizo “Jackie Brown”. Quentin Tarantino, poco antes de empezar el rodaje, me dijo: “Tuve miedo de llamarlo durante todo este año”. Yo le dije: “¿Por qué? ¿Por qué cambió el título de mi libro? ¿Y por qué convocó a una mujer negra para el papel protagónico?”. Y él respondió: “Sí”. Entonces yo le dije: “Usted es un cineasta. Puede hacer lo que quiera”. Y agregué: “Creo que haber convocado a la actriz Pam Grier fue una idea magnífica. Siga adelante”. Además, me gustaron mucho los resultados.
 
M.A.: ¿Y qué me dice de “El nombre del juego”? Ese también debe de haber sido otro punto crucial.
 
E.L.: Lo fue. Fue la primera historia contemporánea mía que realmente me gustó en la pantalla. Y le dije a Barry Sonnenfeld, el director: “Pero la estás publicitando como una comedia”. Y él me respondió: “Bueno, es que es un libro gracioso”. Creo que sonaba como que la hubiera escrito yo, pero visualmente era un producto típico de Barry. Podía oír a mis personajes en la pantalla y la razón por la que funcionó, creo, fue porque todos se tomaban mutuamente en serio y no se reían. No había ningún guiño a la audiencia, ninguna sonrisa o insinuación que le advirtiera al público que una línea era graciosa. La audiencia tenía que decidir por sí sola.
 
M.A.: Yo estuve en el set de “El nombre del juego”. Como periodista estaba escribiendo un perfil de John Travolta. Y, por lo general, cuando un periodista va a un set de filmación, se queda seis horas y luego regresa a su casa otra vez. Pero en esta ocasión pude presenciar la pelea entre Chili, el personaje de Travolta, y el Oso, el personaje de James Gandolfini, en el estacionamiento. Y John Travolta, que es la dulzura personificada, me permitió ver cómo funciona el sistema de las estrellas. Todos nos íbamos a almorzar y apareció una limusina. Yo iba a almorzar con John en su trailer. Pensé que, obviamente, el tráiler de John quedaba un tanto lejos. Nos subimos. El auto anduvo unos pocos metros y John le dijo al conductor: “deténgase”, y después le preguntó al Oso si quería subir. Y el Oso dijo que no, que estaba bien, que iría caminando. Y entonces volvimos a arrancar y nos detuvimos en el ascensor. Y hasta ahí llegamos. El Oso se unió a nosotros en el auto y fuimos juntos. Travolta explicó que es tan importante parecer una estrella como ser una estrella. Las películas tienen que ver, en gran medida, con lo externo y los libros con lo interno. ¿Le parece que ésta es la principal diferencia entre las formas?
 
E.L.: Diría que es decididamente así. Es indudable, me parece, que a las películas les resulta difícil internalizar. La razón por la que pude vender todos mis libros es porque parecen fáciles de filmar. Están escritos en escenas y las historias avanzan a través del diálogo. Creo que el problema, en el pasado, fue que se los tomó demasiado en serio. Nadie percibía su sentido del humor. Por otra parte, cuando un manuscrito de trescientas cincuenta páginas termina reducido a ciento veinte, gran parte de lo bueno que tienen mis libros desaparece. Porque ahí uno está más interesado en el argumento que, digamos, en el desarrollo del personaje.
 
M.A.: Se dice que las películas serán la némesis de la novela. Aunque creo que es una crisis ya superada. Me da la sensación de que la novela está más amenazada por Internet que por el cine. Pienso que las películas siguen siendo una forma inmadura, una forma joven, que todavía está atravesando una etapa adolescente. Pasará un tiempo hasta que puedan desafiar la naturaleza interna del libro. ¿Le preocupa la muerte del libro?
 
E.L.: No, ni se me ocurre. En una oportunidad, Ed McBain y yo estábamos en un programa matutino y nos preguntaron: “¿A qué atribuyen el nuevo auge de popularidad de la ficción criminal?”. Nos miramos desconcertados, porque siempre nos había parecido muy popular. Ni siquiera sabíamos que había descendido el interés. Siempre tenemos que tener novelas. Mi Dios, ¿qué leeríamos?
 
M.A.: Ahora, le voy a formular una pregunta que siempre ha sido mi tortura. Es la pregunta infaltable en cualquier entrevista. ¿Se fija una cantidad de horas para escribir por día? ¿Cuánta presión ejerce ante el papel cuando escribe? Me hacen esta pregunta tan infaliblemente que llego a pensar que sospechan que algún día voy a revelar que entro al estudio, conecto mi oreja al enchufe y alguna voz interior me dice qué escribir. De cualquier modo, ¿cuál es su rutina?
 
E.L.: Cuando estoy escribiendo, escribo todos los días, algunos sábados y domingos, unas pocas horas cada día. Porque no quiero perder el ritmo. Si paso un día o un par de días sin escribir, me cuesta recuperar el ritmo. Suelo empezar a trabajar a eso de las 9:30 y trabajo hasta las 18:00. Tengo suerte si llego a lo que considero cuatro páginas limpias. Son limpias hasta el día siguiente, hasta la mañana siguiente. El tiempo vuela. No puedo creerlo. Cuando miro el reloj y son las 15:00: “Qué bien, me quedan tres horas”. Y luego pienso: “Debo tener el mejor trabajo en el mundo”. No lo veo como un trabajo. No lo veo como ningún tipo de prueba, ningún tipo de demostración de lo que puedo hacer. Lo paso bien.
 
M.A.: ¿Y todo fluye? ¿No hay días en que se pasa horas enteras mirando por la ventana, tocándose la nariz y preparando café?
 
E.L.: Sí, pueden pasar horas enteras de trabajo y lo único que hice es un párrafo corto.