En su autobiografía
publicada en 2006 con el título “Beim häuten der zwiebel” (Pelando la cebolla),
Günter Grass confesó que en su adolescencia había militado en las Hitlerjugend
(Juventudes Hitlerianas), una revelación que causó un gran revuelo en todo el
mundo, pero especialmente en su país de origen. Poco después, Grass se disculpó
pidiendo perdón por su “pecado de juventud”. Ya en su adultez, declaró en
reiteradas oportunidades que “estamos viendo que el sistema en el que vivimos,
el sistema capitalista, está en un proceso de autodestrucción. Actualmente la
política es obediente ante los bancos, tenemos que romper con esto y hacer algo
nuevo”. También fue crítico del neoliberalismo, y aseguró -premonitoriamente-
que el fin último del capitalismo sería la descerebración de los seres humanos,
una condición necesaria para que fuera posible la apropiación planetaria por
parte de unos pocos ultra millonarios en detrimento de las inmensas masas
empobrecidas y excluidas del mundo. Entre sus últimos planteos y
preocupaciones, el que más trascendió fue el que expuso en 2012 en “Was gesagt
werden muss” (Lo que debe ser dicho), un poema en prosa donde criticó -también
precursoramente- al Estado de Israel por su violencia y militarismo, y alertó
sobre el peligro nuclear que dicho Estado representaba. La segunda parte de la
charla que mantuvieron el sociólogo francés y el escritor alemán, publicada el
3 de diciembre de 1999 en el periódico “Le Monde”, puede leerse a continuación.
P.B.: “La miseria del mundo”
pretendía asignar a los intelectuales una función mucho más modesta de la que
están acostumbrados. El escritor público, según he visto en el norte de África,
es alguien que sabe escribir y presta sus herramientas a otros para expresar
aquellas cosas que comprenden mejor que él. Los sociólogos están en una
posición muy particular. A diferencia de otros intelectuales, la mayoría de
ellos en general sabe cómo escuchar e interpretar lo que se les dice,
transcribirlo y transmitirlo. Puede que esto les haga parecerse demasiado a un
gremio; pero en mi opinión sería positivo que los intelectuales, de hecho,
todos aquellos con tiempo para pensar y escribir, entraran a formar parte de un
trabajo de este tipo; lo que presupone la capacidad, extremadamente difícil de
encontrar entre los intelectuales, de desprenderse de su habitual egoísmo y
narcisismo.
G.G.: Pero paralelamente sería
necesario apelar a los intelectuales afines al neoliberalismo. He notado que
hay uno o dos dentro de esta esfera capitalista-neoliberal, que, ya sea por su
carácter intelectual o por su formación en la tradición ilustrada, empiezan a
tener algunas dudas sobre si la circulación sin trabas del dinero alrededor del
globo, esta locura desbocada típica del neoliberalismo, debiera operar sin
obstáculos: por ejemplo, fusiones sin sentido ni finalidad cuyo resultado es
que dos mil, tres mil o diez mil personas pierdan sus trabajos. El mercado de
valores sólo refleja la maximización de los beneficios. Necesitamos un diálogo
con estos dudosos.
P.B.: Por desgracia, la
cuestión no es tan sencilla como neutralizar un discurso dominante que se
pavonea de una razón sin fisuras. La cuestión está en que para combatirlo de
manera efectiva necesitamos ser capaces de difundir y hacer público un discurso
crítico. Por ejemplo, ahora mismo estamos hablando sobre y para la televisión,
en mi caso -e imagino que también en el tuyo- con la intención de llegar a un
público que no pertenece al círculo de intelectuales. Yo quería abrir una
especie de brecha en este muro de silencio -puesto que es algo más que puro
dinero-, pero en este punto la televisión es muy ambigua: por un lado, es la
herramienta que nos permite hablar y, al mismo tiempo, la que nos silencia.
Continuamente nos vemos invadidos y acorralados por el discurso dominante. La
gran mayoría de los periodistas en múltiples ocasiones son cómplices
inconscientes de este discurso; es muy difícil escapar a su unanimidad. En
Francia, alguien que no tenga un nombre muy prestigioso virtualmente no tiene
acceso a la esfera pública. Únicamente las figuras consagradas pueden romper el
círculo, la lástima es que tradicionalmente están consagradas precisamente
porque están satisfechas y en silencio, y para afianzar su posición permanecen
en este estado. Muy pocos utilizan el capital simbólico que les brinda su
reputación para romper el silencio y hacer oír las voces de aquellos que no
pueden hablar por sí mismos.
G.G.: Para mí la idea de la
ficción narrativa siempre fue -o para ser preciso, a partir de “El tambor de
hojalata”- la de que debería contar una historia desde el punto de vista de la
gente que no hace la historia, pero a quienes la historia les acontece:
víctimas o culpables, oportunistas, compañeros de viaje, perseguidos. El origen
de esta idea de la ficción narrativa lo sitúo en la tradición literaria
alemana: ¿qué sabríamos, después de todo, de la vida cotidiana durante la
Guerra de los Treinta Años, si no hubiera sido por “El aventurero
Simplicíssimus” de Hans Grimmelshausen? Por supuesto no dudo que en Francia
haya casos comparables. Si únicamente contamos con los documentos de los
historiadores, estoy seguro que se aprende muchísimo acerca de los vencedores;
pero la historia de los perdedores por regla general no se escribe fielmente,
cuando llega a escribirse. En estos casos la literatura funciona como una
especie de parche que interviene cuando es necesario para dar a la gente que no
tiene voz la oportunidad de hablar. Éste es también el punto de partida de tu
libro. Pero te referías a la televisión, la cual -como todas las grandes
instituciones- ha desarrollado sus propias supersticiones: los índices de
audiencia, cuyos dictados deben obedecerse. Ésta es la razón por la que
conversaciones como esta que tenemos ahora rara vez, por no decir nunca,
aparecen en las grandes cadenas, salvo que la Asociación Europea de Televisión
las televise. Es más, esta discusión en un principio fue desechada por la
cadena de radio y televisión Norddeutscher Rundfunk, antes de que Radio Bremen
-sutilmente, como tiende a ser lo pequeño: éste es el lado cómico tipo asuntos-
se colara y nos reuniera alrededor de una mesa en mi estudio. Las mesas
redondas de la década de 1950 y de la de 1960 han dado lugar a los programas de
entrevistas. Nunca participo en estos “talk-shows”; el formato es imposible, no
produce nada. En medio de todos los disparates, la persona que tiene éxito es
la que habla durante más tiempo o la que más completamente ignora al resto. Por
lo general, no se dice nada nuevo porque en el momento en el que algo empieza a
ser interesante, o que los temas se sacan de su esquema preestablecido, el que
lleva el timón cambia de tema. Tú y yo venimos de una tradición que se remonta
a la Edad Media, la de la disputación. Dos personas, con dos opiniones
diferentes y con dos cúmulos de experiencias que se complementan mutuamente.
Por eso, si realmente nos esforzamos, algo puede salir de ahí. Tal vez podría
dar una recomendación a ese monstruo, la televisión: volvamos a la valiosa
forma del diálogo crítico sobre un tema en concreto, como en una disputación.
P.B.: Creo que estoy de acuerdo
con el objetivo que planteas. Pero lamentablemente tendrían que darse una serie
de circunstancias muy especiales para que aquellos que producen el discurso
-escritores, artistas, investigadores- fueran capaces una vez más de apropiarse
de sus propios medios de producción. Utilizo estos términos marxistas algo
pasados de moda de forma deliberada. Pues paradójicamente los escritores y
pensadores de hoy han sido completamente desposeídos de los medios de
producción y de transmisión; ya no tienen ningún control sobre ellos y están
obligados a mostrar sus opiniones en programas cortos, utilizando todo tipo de
trucos y subterfugios. Nuestra conversación únicamente puede emitirse a las
once de la noche, en un canal de acceso restringido dirigido a intelectuales.
Si intentáramos decir lo que estamos diciendo ahora en un canal público de gran
audiencia, seríamos -tal y como has señalado- inmediatamente interrumpidos por
el presentador: de hecho, censurados.
G.G.: A pesar de todo,
deberíamos evitar caer en una postura victimista. Siempre hemos sido una
minoría, y lo que sorprende cuando se mira al curso de la historia es el efecto
tan grande que se puede tener siendo una minoría. Por supuesto, para ello ésta
ha debido de desarrollar ciertas prácticas, estratagemas concretas, que le
permitan hacerse oír. Por ejemplo, como ciudadano, me veo a mí mismo forzado a
romper una regla elemental de la literatura: “¡no repetirse!”. En política
tienes que repetir y repetir como un loro ideas que sabes que son acertadas y
que están refutadas, lo cual es agotador; constantemente oyes el eco de tu
propia voz, y acaba sonando como un loro, incluso para ti mismo. Pero claro,
eso es parte del trabajo si queremos encontrar algún oyente en un mundo tan
lleno de voces diferentes.
P.B.: Lo que admiro de tu
trabajo -por ejemplo en “Mi siglo”- es tu búsqueda de medios de expresión que
permitan transmitir un mensaje crítico, subversivo, a una gran audiencia. Pero,
con todo, hoy la situación es muy diferente a la que existía en la época de la
Ilustración. La “Enciclopedia” fue un arma que movilizó nuevos medios de
comunicación contra el oscurantismo. Hoy tenemos que luchar contra formas
completamente nuevas de oscurantismo.
G.G.: Pero también como
minoría.
P.B.: Que son incomparablemente
más fuertes que aquellas que se unieron en su día en un frente contra la
Ilustración. Nos estamos enfrentando a corporaciones multinacionales de medios
de comunicación inmensamente poderosas que controlan todos salvo unos pocos
enclaves. Incluso en el mundo de las editoriales se está volviendo cada vez más
difícil producir libros críticos y densos. Por eso me pregunto si no debería
intentarse establecer una especie de Internacional de Escritores -ya sean
científicos, literarios o de cualquier otro tipo- que estén comprometidos con
formas diferentes de investigación. Posiblemente me digas que cada cual debería
pelear sus propias batallas, pero en las condiciones actuales dudo de que esto
sea efectivo. Si me pareció tan importante establecer este diálogo contigo, fue
porque pienso que deberíamos esforzarnos por inventar nuevas formas de producir
y transmitir un mensaje. Por ejemplo, en lugar de ser instrumentos de la
televisión, deberíamos hacer de esto un medio para hacer circular lo que
queremos decir.
G.G.: Sí, bueno, no hay mucho
espacio para maniobrar. Hay una cosa más que me ocurre y que encuentro
llamativa: nunca pensé que llegara el día que tuviera que exigir un mayor papel
del Estado. En Alemania siempre hemos tenido demasiado Estado, cuyo poder
estaba por encima de todo. Había buenas razones para imponer un control más
democrático a su capacidad de decisión. Pero ahora nos encontramos a nosotros
mismos deslizándonos hacia el extremo opuesto. El neoliberalismo ha asumido la
aspiración última del anarquismo -obviamente sin la más remota similitud
ideológica-, esto es, acabar totalmente con el Estado. Su mensaje es: fuera con
él, nosotros lo echaremos de aquí. En Francia o Alemania, en el caso de que se
vaya a llevar cabo una reforma necesaria -y estoy hablando de reformas más que
de medidas revolucionarias- nada podrá hacerse hasta que se cumpla la exigencia
de la industria privada de bajar los impuestos y se cuente con el beneplácito
de la economía. Esto supone una reducción del poder del Estado con la que los
anarquistas sólo podrían soñar, pero que ya se está produciendo; y por eso me
encuentro a mí mismo, como probablemente estás tú, en la curiosa posición de
pretender garantizar que el Estado, una vez más, asuma responsabilidades; que
regule la sociedad de nuevo.
P.B.: Acabas de dar justo la
vuelta a los términos en los que yo planteaba antes la cuestión. Estamos
paradójicamente abocados a defender aquello que no es defendible en absoluto.
¿Pero basta con reivindicar una vuelta al “más Estado”? Para poder evitar caer
en la trampa tendida por la revolución conservadora, creo que debemos inventar
otra clase de Estado.
G.G.: Sólo para estar seguro de
que nos entendemos: el neoliberalismo, obviamente, lo único que quiere es
acabar con aquellas actividades del Estado que se entrometen en la economía. El
Estado abarcaría la policía, para reforzar el orden público; éstos no son los
asuntos del neoliberalismo. Pero si se priva al Estado de su poder para regular
la esfera social y de su responsabilidad hacia aquellos -no sólo
discapacitados, niños y ancianos- que son excluidos del proceso de producción o
que todavía no se han integrado en él, si se expande una forma de economía que
pueda escapar a cualquier tipo de obligación en una huida que tiene su
escapatoria en la globalización, entonces la sociedad está obligada a
intervenir para restaurar el Estado del bienestar y la provisión social vía el
Estado. La irresponsabilidad es el principio organizador de la óptica
neoliberal.
P.B.: En “Mi siglo” evocas una
serie de acontecimientos históricos, entre los cuales hubo varios que encontré
muy estimulantes. Estoy pensando en la historia del niño pequeño que asiste a
un mitin en el que habla Liebknecht, y se hace pis en el cuello de su padre.
Desconozco si esto es un recuerdo personal, pero desde luego es una forma
sumamente original de descubrir el socialismo... También me gustó mucho lo que
tenías que decir sobre Jünger y Remarque: entre líneas se desprende que
compartes con ellos la idea del papel de los intelectuales como cómplices de
los acontecimientos trágicos, incluso cuando parecían ser críticos con ellos.
Del mismo modo aprecio tus comentarios sobre Heidegger, una cosa más que
tenemos en común, pues en una ocasión escribí un análisis crítico de la
retórica de Heidegger, que ha causado estragos en Francia hasta hace muy poco.
G.G.: La fascinación por Jünger
y Heidegger entre los intelectuales franceses es un ejemplo del tipo de cosas
que me hacen gracia, ya que da la vuelta a todos los clichés que Francia y
Alemania alimentan recíprocamente sobre la imagen que estos países tienen el
uno del otro. Que el pensamiento sombrío que tuvo consecuencias tan fatídicas
en Alemania vaya a ser tan admirado en Francia es una absurdidad brillante.
P.B.: Efectivamente, en mi caso
personal, después de oponerme claramente al nuevo culto a Heidegger, estuve muy
aislado. No ha sido placentero ser un francés empeñado en mantener la fe en la
Ilustración en un país que se precipita de cabeza al oscurantismo moderno. A
mis ojos, que un presidente de la República francesa condecorara a Jünger era
un acontecimiento detestable. Pero en París, incluso hoy, describir a Jünger
como un revolucionario conservador -he analizado sus trabajos “teoréticos”, su
diario de guerra en el que describe su vida cotidiana en la Francia ocupada-
significa ser sospechoso de arcaísmo, de nacionalismo, etc. Además, ahora
incluso cierto tipo de internacionalismo puede caer bajo sospecha.