1 de noviembre de 2008

Conversaciones (XXI). Pierre Bourdieu - Günter Grass. Sobre los intelectuales y el neoliberalismo (2/3)

En su autobiografía publicada en 2006 con el título “Beim häuten der zwiebel” (Pelando la cebolla), Günter Grass confesó que en su adolescencia había militado en las Hitlerjugend (Juventudes Hitlerianas), una revelación que causó un gran revuelo en todo el mundo, pero especialmente en su país de origen. Poco después, Grass se disculpó pidiendo perdón por su “pecado de juventud”. Ya en su adultez, declaró en reiteradas oportunidades que “estamos viendo que el sistema en el que vivimos, el sistema capitalista, está en un proceso de autodestrucción. Actualmente la política es obediente ante los bancos, tenemos que romper con esto y hacer algo nuevo”. También fue crítico del neoliberalismo, y aseguró -premonitoriamente- que el fin último del capitalismo sería la descerebración de los seres humanos, una condición necesaria para que fuera posible la apropiación planetaria por parte de unos pocos ultra millonarios en detrimento de las inmensas masas empobrecidas y excluidas del mundo. Entre sus últimos planteos y preocupaciones, el que más trascendió fue el que expuso en 2012 en “Was gesagt werden muss” (Lo que debe ser dicho), un poema en prosa donde criticó -también precursoramente- al Estado de Israel por su violencia y militarismo, y alertó sobre el peligro nuclear que dicho Estado representaba. La segunda parte de la charla que mantuvieron el sociólogo francés y el escritor alemán, publicada el 3 de diciembre de 1999 en el periódico “Le Monde”, puede leerse a continuación.
 

P.B.:
“La miseria del mundo” pretendía asignar a los intelectuales una función mucho más modesta de la que están acostumbrados. El escritor público, según he visto en el norte de África, es alguien que sabe escribir y presta sus herramientas a otros para expresar aquellas cosas que comprenden mejor que él. Los sociólogos están en una posición muy particular. A diferencia de otros intelectuales, la mayoría de ellos en general sabe cómo escuchar e interpretar lo que se les dice, transcribirlo y transmitirlo. Puede que esto les haga parecerse demasiado a un gremio; pero en mi opinión sería positivo que los intelectuales, de hecho, todos aquellos con tiempo para pensar y escribir, entraran a formar parte de un trabajo de este tipo; lo que presupone la capacidad, extremadamente difícil de encontrar entre los intelectuales, de desprenderse de su habitual egoísmo y narcisismo.
 
G.G.: Pero paralelamente sería necesario apelar a los intelectuales afines al neoliberalismo. He notado que hay uno o dos dentro de esta esfera capitalista-neoliberal, que, ya sea por su carácter intelectual o por su formación en la tradición ilustrada, empiezan a tener algunas dudas sobre si la circulación sin trabas del dinero alrededor del globo, esta locura desbocada típica del neoliberalismo, debiera operar sin obstáculos: por ejemplo, fusiones sin sentido ni finalidad cuyo resultado es que dos mil, tres mil o diez mil personas pierdan sus trabajos. El mercado de valores sólo refleja la maximización de los beneficios. Necesitamos un diálogo con estos dudosos.
 
P.B.: Por desgracia, la cuestión no es tan sencilla como neutralizar un discurso dominante que se pavonea de una razón sin fisuras. La cuestión está en que para combatirlo de manera efectiva necesitamos ser capaces de difundir y hacer público un discurso crítico. Por ejemplo, ahora mismo estamos hablando sobre y para la televisión, en mi caso -e imagino que también en el tuyo- con la intención de llegar a un público que no pertenece al círculo de intelectuales. Yo quería abrir una especie de brecha en este muro de silencio -puesto que es algo más que puro dinero-, pero en este punto la televisión es muy ambigua: por un lado, es la herramienta que nos permite hablar y, al mismo tiempo, la que nos silencia. Continuamente nos vemos invadidos y acorralados por el discurso dominante. La gran mayoría de los periodistas en múltiples ocasiones son cómplices inconscientes de este discurso; es muy difícil escapar a su unanimidad. En Francia, alguien que no tenga un nombre muy prestigioso virtualmente no tiene acceso a la esfera pública. Únicamente las figuras consagradas pueden romper el círculo, la lástima es que tradicionalmente están consagradas precisamente porque están satisfechas y en silencio, y para afianzar su posición permanecen en este estado. Muy pocos utilizan el capital simbólico que les brinda su reputación para romper el silencio y hacer oír las voces de aquellos que no pueden hablar por sí mismos.
 
G.G.: Para mí la idea de la ficción narrativa siempre fue -o para ser preciso, a partir de “El tambor de hojalata”- la de que debería contar una historia desde el punto de vista de la gente que no hace la historia, pero a quienes la historia les acontece: víctimas o culpables, oportunistas, compañeros de viaje, perseguidos. El origen de esta idea de la ficción narrativa lo sitúo en la tradición literaria alemana: ¿qué sabríamos, después de todo, de la vida cotidiana durante la Guerra de los Treinta Años, si no hubiera sido por “El aventurero Simplicíssimus” de Hans Grimmelshausen? Por supuesto no dudo que en Francia haya casos comparables. Si únicamente contamos con los documentos de los historiadores, estoy seguro que se aprende muchísimo acerca de los vencedores; pero la historia de los perdedores por regla general no se escribe fielmente, cuando llega a escribirse. En estos casos la literatura funciona como una especie de parche que interviene cuando es necesario para dar a la gente que no tiene voz la oportunidad de hablar. Éste es también el punto de partida de tu libro. Pero te referías a la televisión, la cual -como todas las grandes instituciones- ha desarrollado sus propias supersticiones: los índices de audiencia, cuyos dictados deben obedecerse. Ésta es la razón por la que conversaciones como esta que tenemos ahora rara vez, por no decir nunca, aparecen en las grandes cadenas, salvo que la Asociación Europea de Televisión las televise. Es más, esta discusión en un principio fue desechada por la cadena de radio y televisión Norddeutscher Rundfunk, antes de que Radio Bremen -sutilmente, como tiende a ser lo pequeño: éste es el lado cómico tipo asuntos- se colara y nos reuniera alrededor de una mesa en mi estudio. Las mesas redondas de la década de 1950 y de la de 1960 han dado lugar a los programas de entrevistas. Nunca participo en estos “talk-shows”; el formato es imposible, no produce nada. En medio de todos los disparates, la persona que tiene éxito es la que habla durante más tiempo o la que más completamente ignora al resto. Por lo general, no se dice nada nuevo porque en el momento en el que algo empieza a ser interesante, o que los temas se sacan de su esquema preestablecido, el que lleva el timón cambia de tema. Tú y yo venimos de una tradición que se remonta a la Edad Media, la de la disputación. Dos personas, con dos opiniones diferentes y con dos cúmulos de experiencias que se complementan mutuamente. Por eso, si realmente nos esforzamos, algo puede salir de ahí. Tal vez podría dar una recomendación a ese monstruo, la televisión: volvamos a la valiosa forma del diálogo crítico sobre un tema en concreto, como en una disputación.
 
P.B.: Creo que estoy de acuerdo con el objetivo que planteas. Pero lamentablemente tendrían que darse una serie de circunstancias muy especiales para que aquellos que producen el discurso -escritores, artistas, investigadores- fueran capaces una vez más de apropiarse de sus propios medios de producción. Utilizo estos términos marxistas algo pasados de moda de forma deliberada. Pues paradójicamente los escritores y pensadores de hoy han sido completamente desposeídos de los medios de producción y de transmisión; ya no tienen ningún control sobre ellos y están obligados a mostrar sus opiniones en programas cortos, utilizando todo tipo de trucos y subterfugios. Nuestra conversación únicamente puede emitirse a las once de la noche, en un canal de acceso restringido dirigido a intelectuales. Si intentáramos decir lo que estamos diciendo ahora en un canal público de gran audiencia, seríamos -tal y como has señalado- inmediatamente interrumpidos por el presentador: de hecho, censurados.
 
G.G.: A pesar de todo, deberíamos evitar caer en una postura victimista. Siempre hemos sido una minoría, y lo que sorprende cuando se mira al curso de la historia es el efecto tan grande que se puede tener siendo una minoría. Por supuesto, para ello ésta ha debido de desarrollar ciertas prácticas, estratagemas concretas, que le permitan hacerse oír. Por ejemplo, como ciudadano, me veo a mí mismo forzado a romper una regla elemental de la literatura: “¡no repetirse!”. En política tienes que repetir y repetir como un loro ideas que sabes que son acertadas y que están refutadas, lo cual es agotador; constantemente oyes el eco de tu propia voz, y acaba sonando como un loro, incluso para ti mismo. Pero claro, eso es parte del trabajo si queremos encontrar algún oyente en un mundo tan lleno de voces diferentes.
 
P.B.: Lo que admiro de tu trabajo -por ejemplo en “Mi siglo”- es tu búsqueda de medios de expresión que permitan transmitir un mensaje crítico, subversivo, a una gran audiencia. Pero, con todo, hoy la situación es muy diferente a la que existía en la época de la Ilustración. La “Enciclopedia” fue un arma que movilizó nuevos medios de comunicación contra el oscurantismo. Hoy tenemos que luchar contra formas completamente nuevas de oscurantismo.
 
G.G.: Pero también como minoría.
 
P.B.: Que son incomparablemente más fuertes que aquellas que se unieron en su día en un frente contra la Ilustración. Nos estamos enfrentando a corporaciones multinacionales de medios de comunicación inmensamente poderosas que controlan todos salvo unos pocos enclaves. Incluso en el mundo de las editoriales se está volviendo cada vez más difícil producir libros críticos y densos. Por eso me pregunto si no debería intentarse establecer una especie de Internacional de Escritores -ya sean científicos, literarios o de cualquier otro tipo- que estén comprometidos con formas diferentes de investigación. Posiblemente me digas que cada cual debería pelear sus propias batallas, pero en las condiciones actuales dudo de que esto sea efectivo. Si me pareció tan importante establecer este diálogo contigo, fue porque pienso que deberíamos esforzarnos por inventar nuevas formas de producir y transmitir un mensaje. Por ejemplo, en lugar de ser instrumentos de la televisión, deberíamos hacer de esto un medio para hacer circular lo que queremos decir.
 
G.G.: Sí, bueno, no hay mucho espacio para maniobrar. Hay una cosa más que me ocurre y que encuentro llamativa: nunca pensé que llegara el día que tuviera que exigir un mayor papel del Estado. En Alemania siempre hemos tenido demasiado Estado, cuyo poder estaba por encima de todo. Había buenas razones para imponer un control más democrático a su capacidad de decisión. Pero ahora nos encontramos a nosotros mismos deslizándonos hacia el extremo opuesto. El neoliberalismo ha asumido la aspiración última del anarquismo -obviamente sin la más remota similitud ideológica-, esto es, acabar totalmente con el Estado. Su mensaje es: fuera con él, nosotros lo echaremos de aquí. En Francia o Alemania, en el caso de que se vaya a llevar cabo una reforma necesaria -y estoy hablando de reformas más que de medidas revolucionarias- nada podrá hacerse hasta que se cumpla la exigencia de la industria privada de bajar los impuestos y se cuente con el beneplácito de la economía. Esto supone una reducción del poder del Estado con la que los anarquistas sólo podrían soñar, pero que ya se está produciendo; y por eso me encuentro a mí mismo, como probablemente estás tú, en la curiosa posición de pretender garantizar que el Estado, una vez más, asuma responsabilidades; que regule la sociedad de nuevo.
 
P.B.: Acabas de dar justo la vuelta a los términos en los que yo planteaba antes la cuestión. Estamos paradójicamente abocados a defender aquello que no es defendible en absoluto. ¿Pero basta con reivindicar una vuelta al “más Estado”? Para poder evitar caer en la trampa tendida por la revolución conservadora, creo que debemos inventar otra clase de Estado.
 
G.G.: Sólo para estar seguro de que nos entendemos: el neoliberalismo, obviamente, lo único que quiere es acabar con aquellas actividades del Estado que se entrometen en la economía. El Estado abarcaría la policía, para reforzar el orden público; éstos no son los asuntos del neoliberalismo. Pero si se priva al Estado de su poder para regular la esfera social y de su responsabilidad hacia aquellos -no sólo discapacitados, niños y ancianos- que son excluidos del proceso de producción o que todavía no se han integrado en él, si se expande una forma de economía que pueda escapar a cualquier tipo de obligación en una huida que tiene su escapatoria en la globalización, entonces la sociedad está obligada a intervenir para restaurar el Estado del bienestar y la provisión social vía el Estado. La irresponsabilidad es el principio organizador de la óptica neoliberal.
 
P.B.: En “Mi siglo” evocas una serie de acontecimientos históricos, entre los cuales hubo varios que encontré muy estimulantes. Estoy pensando en la historia del niño pequeño que asiste a un mitin en el que habla Liebknecht, y se hace pis en el cuello de su padre. Desconozco si esto es un recuerdo personal, pero desde luego es una forma sumamente original de descubrir el socialismo... También me gustó mucho lo que tenías que decir sobre Jünger y Remarque: entre líneas se desprende que compartes con ellos la idea del papel de los intelectuales como cómplices de los acontecimientos trágicos, incluso cuando parecían ser críticos con ellos. Del mismo modo aprecio tus comentarios sobre Heidegger, una cosa más que tenemos en común, pues en una ocasión escribí un análisis crítico de la retórica de Heidegger, que ha causado estragos en Francia hasta hace muy poco.
 
G.G.: La fascinación por Jünger y Heidegger entre los intelectuales franceses es un ejemplo del tipo de cosas que me hacen gracia, ya que da la vuelta a todos los clichés que Francia y Alemania alimentan recíprocamente sobre la imagen que estos países tienen el uno del otro. Que el pensamiento sombrío que tuvo consecuencias tan fatídicas en Alemania vaya a ser tan admirado en Francia es una absurdidad brillante.
 
P.B.: Efectivamente, en mi caso personal, después de oponerme claramente al nuevo culto a Heidegger, estuve muy aislado. No ha sido placentero ser un francés empeñado en mantener la fe en la Ilustración en un país que se precipita de cabeza al oscurantismo moderno. A mis ojos, que un presidente de la República francesa condecorara a Jünger era un acontecimiento detestable. Pero en París, incluso hoy, describir a Jünger como un revolucionario conservador -he analizado sus trabajos “teoréticos”, su diario de guerra en el que describe su vida cotidiana en la Francia ocupada- significa ser sospechoso de arcaísmo, de nacionalismo, etc. Además, ahora incluso cierto tipo de internacionalismo puede caer bajo sospecha.