La obra ensayística de
Jean Paul Sartre incluye tratados relevantes como “L'être et le néant” (El ser
y la nada), “L'existentialisme est un humanisme” (El existencialismo es un
humanismo) y “Critique de la raison dialectique” (Crítica de la razón
dialéctica). También escribió novelas y relatos como “La nausée” (La náusea) y
“Les chemins de la liberté” (Los caminos de la libertad); y obras teatrales
como “Morts sans sépulture” (Muertos sin sepultura) y “Les mains sales” (Las
manos sucias). Por su parte, Simone de Beauvoir fue autora de los ensayos “Le
deuxième sexe” (El segundo sexo) y “La pensée de droite aujourd'hui” (El
pensamiento político de la derecha). Además escribió, entre otras obras, las
novelas “L'invitée” (La invitada) y “Tous les hommes sont mortels” (Todos los
hombres son mortales); y los relatos “L’âge de discrétion” (La edad de la
discreción) y “La femme rompue” (La mujer rota). Lo que sigue es la segunda y
última parte de la charla entre Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir para la
televisión francesa el 27 de octubre de 1976.
S.
de B.: Hay zonas en las cuales
las mujeres se sienten profundamente involucradas, sin ser muy conscientes de
su relevancia. La batalla acerca del aborto fue liderada en primera instancia
por un puñado de intelectuales. Cuando firmamos el Manifiesto de las 343, había
aún muy pocas de nosotras, pero despertó tal resonancia, entre todas las
mujeres, que al final la nueva ley sobre el aborto le fue arrancada al
gobierno. No es una ley enteramente satisfactoria, ni mucho menos, pero es una
victoria de todos modos.
J.P.S.: Sí,
pero acordate que muchos hombres también están a favor del aborto. A menudo es
el hombre quien paga por un aborto. Un hombre casado que tiene una amante, por
ejemplo, no desea tener un hijo con ella.
S. de B.: Pienso que estás siendo
un tanto optimista acerca de la preocupación de los hombres por las mujeres embarazadas.
En un número considerable de casos, el hombre desaparece por completo, sin
ofrecer ni dinero ni apoyo moral. La batalla por el aborto fue ganada por las
mujeres.
J.P.S.: Hasta cierto punto, en la
actualidad, sí. Pero, a pesar de todo, fue un parlamento masculino el que votó
la ley; una instancia de una cierta complicidad entre los sexos.
S. de B.: Dicho esto, hay muchas
mujeres que no son conscientes de su opresión de una manera positiva, que
piensan que es natural hacer todo el trabajo doméstico por sí mismas y tener la
responsabilidad casi exclusiva por los niños. ¿Qué pensás del problema que
confrontan las mujeres en el movimiento de liberación femenina cuando se
encuentran, digamos, las mujeres que por un lado trabajan en una fábrica donde
son explotadas y, por otro lado, son explotadas por sus maridos en sus casas?
¿Pensás que deberían hacerse conscientes de esta opresión doméstica o no?
J.P.S.: Ciertamente. Pero es
obvio que en la actualidad hay una distancia entre las mujeres burguesas o pequeño-burguesas
y las mujeres de la clase trabajadora. Sus intereses básicos son los mismos y,
además, en tanto mujeres pueden comunicarse entre sí, pero siguen estando
separadas. Esto es resultado, en gran parte, de la diferencia de clases que
separa a sus maridos y del hecho de que ellas están obligadas a reflejar las
ideas sociales de sus maridos, sean burgueses o de clase trabajadora. Esta es
la distinción relevante entre las mujeres burguesas y las mujeres de clase
obrera, porque la forma básica de la vida -la administración de la casa, el
cuidado de los niños y demás- se encuentra en grados diversos en ambos lados.
S. de B.: Sí. Únicamente la mujer
de clase proletaria que trabaja por su cuenta está sujeta a ambas opresiones.
Mi pregunta específica, la que me hago por razones prácticas, es esta: ¿puede
la mujer, por así decirlo, hacerle frente a su marido siendo que a menudo él
parece ser el único refugio que ella encuentra ante la opresión de sus
patrones?
J.P.S.: Ahí hay una
contradicción. Pero tenés que recordar que es lo opuesto de lo que se suele
decir. La contradicción mayor es la de la lucha entre los sexos, y la
contradicción menor es la de la lucha de clases. Cuando las mujeres se
encuentran sujetas a una doble opresión, la lucha sexual ocupa el primer lugar.
Creo que las mujeres de la clase trabajadora deberían tratar de diseñar una
síntesis, que tendría que variar de acuerdo a cada caso entre la lucha de los
trabajadores y la lucha de las mujeres, sin subestimar la importancia de ambas.
Yo no creo que esto vaya a ser fácil, pero es una dirección en la cual el
progreso es posible.
S. de B.: Sí. Pero me acuerdo de
una discusión que tuvimos después de ver de “Golpe por golpe” de Karmitz. Había
entre los espectadores mujeres del movimiento de liberación femenina y mujeres
trabajadoras. Cuando hablamos de la opresión por parte de sus maridos, nos
dieron a entender muy claramente que se sentían mucho más cercanas a un marido
trabajador que a una mujer burguesa.
J.P.S.: En un sentido, eso parece
obvio. Pero la cuestión es si los problemas de las mujeres burguesas son o no
son los mismos que los que enfrentan las mujeres trabajadoras. Porque, como
hemos visto, una mujer burguesa abandonada por su marido o que simplemente haya
enviudado, está en peligro de unirse a la mujer de clase trabajadora o en todo
caso a la mujer pequeño-burguesa en un trabajo muy mal pago.
S. de B.: Vos podés ver una
conexión entre la lucha de clases y la lucha entre los sexos cuando las mujeres
inician movimientos que implican demandas profesionales. Hubo casos en que las
trabajadoras realizaron huelgas muy combativas, expresaron algunos puntos de
vista extremadamente feministas, explicando que recién empezaban a tomar
conciencia de la doble explotación y rechazando ambos aspectos de la misma. En
tu opinión, entonces, ¿podemos concluir que esto es algo bueno para ayudar a
las mujeres a abrir sus ojos, aun a riesgo de crear una cierta tensión que
podría ser dolorosa para ellas?
J.P.S.: Por supuesto. Me parece
imposible esperar que parte de la población renuncie a una de las luchas
humanas esenciales. Dado que las mujeres son víctimas, deben hacerse
conscientes de ese hecho.
S. de B.: Estoy de acuerdo. Deben
hacerse conscientes de ello, deben encontrar medios para luchar y no deben
sentirse aisladas en su lucha. Ahora, hay otra cuestión sobre la que me
gustaría preguntarte, una que me parece muy importante y que es discutida en el
movimiento de liberación de las mujeres: ¿qué relación debe establecerse entre
la promoción, si querés llamarlo así, y la igualdad? Porque, por un lado,
estamos a favor de una sociedad igualitaria y a favor de abolir no sólo la
explotación del hombre por el hombre, sino todas las jerarquías, todos los
privilegios, etc. Pero, por otro lado, queremos tener acceso a las mismas
calificaciones que los hombres, para empezar con las mismas oportunidades,
queremos tener igualdad de remuneración, las mismas oportunidades de empleo,
las mismas posibilidades de alcanzar la cima de la jerarquía. Hay una cierta
contradicción en esto.
J.P.S.: La contradicción existe
esencialmente porque hay una jerarquía. Si visualizáramos un movimiento -como
el que me gustaría ver- que deshiciera la jerarquía, entonces la contradicción
se desvanecería; en otras palabras, las mujeres serían tratadas exactamente de
la misma manera que los hombres. Habría una profunda igualdad de hombres y
mujeres en el trabajo, y este problema ya no existiría. Pero tenemos que ver
las cosas tal como son actualmente. Los hombres mismos, hoy, son bastante
iguales en puestos subordinados, trabajos que están mal pagados o que requieren
poco conocimiento especializado. Pero también hay trabajos muy bien pagados,
que confieren una cuota de poder y requiere un cuerpo de aprendizaje. Me parece
legítimo que la mayoría de las mujeres deba unirse para obtener la absoluta
igualdad de hombres y mujeres en el nivel donde las jerarquías ya no existen y,
en otro nivel, en la sociedad actual, que deban probar a través de los logros
de algunas mujeres que son iguales a los hombres, incluso en las carreras de
élite. Entonces considero que un cierto número de mujeres, siempre y cuando
pertenezcan al mismo movimiento igualitario y feminista, deba, ya que puede,
dirigirse hacia la cumbre de la escala social: para enseñar, por ejemplo, que
no carecen de inteligencia matemática o científica, como muchos hombres
declaran, y que son capaces de hacer el mismo trabajo que los hombres. Me
parece que estas dos categorías de mujeres son esenciales en este momento,
siempre y cuando se entienda que la categoría elitista se delega, en cierto
modo, por la masa de las mujeres, para demostrar que en la sociedad actual
basada en las élites y en la injusticia contra las mujeres, al igual que los
hombres, pueden desempeñar un papel de élite. Esto me parece que es necesario,
porque va a desarmar a los hombres que están en contra de las mujeres, con el
pretexto de que las mujeres son inferiores, intelectualmente o de alguna otra
manera.
S. de B.: Se podría decir que eso
va a desarmarlos en lugar de convencerlos. Quieren creer inferiores a las
mujeres porque quieren el papel de liderazgo para sí mismos. Pero, ¿no existe
el peligro de que estas mujeres sirvan como excusa?
J.P.S.: Pienso que existe, aunque
es fácil responder a esa línea masculina en particular, como lo hiciste
adecuadamente, por ejemplo, en el número especial sobre las mujeres de “Les
Temps Modernes”. El peligro existe, no obstante. Por eso, la “mujer símbolo”
que mencionás es una criatura ambigua; puede ser utilizada para justificar la
desigualdad, pero sólo existe como delegada, en cierto sentido, de las mujeres
que quieren igualdad. Sin embargo creo que, en nuestra sociedad actual, es
imposible ignorar el hecho de que hay mujeres que hacen trabajos de hombre tan
bien como los hombres.
S. de B.: Después de todo, se
podría decir que siempre hay un riesgo de ser convertida en excusa, de
volvernos coartada de eso mismo contra lo que estamos luchando. Está conectado
con la idea de “hacer el juego a...”. No se puede emprender nada sin estar
comprometida con el juego de alguien más de una manera u otra. Por ejemplo, no
dejamos de escribir con el pretexto de que, incluso aunque escribamos en contra
de la burguesía, la burguesía nos asimila como escritores burgueses. Así que
estamos de acuerdo en que es algo bueno que las mujeres obtengan las más altas
calificaciones. Pero me gustaría hacer una distinción entre la calificación y
el trabajo; porque incluso si las mujeres obtienen las calificaciones,
¿deberían ocupar puestos de trabajo que impliquen la reproducción de las
jerarquías que no queremos?
J.P.S.: Pienso que es imposible,
en la actualidad, concebir calificaciones que no conduzcan a puestos de
trabajo. En estos puestos de trabajo, las mujeres pueden introducir cambios.
S. de B.: Otra cosa que podés decir
es que hay algunos trabajos que los hombres debieran rechazar también. Después
de todo, una mujer debe negarse a ser Inspectora General o Ministra en un
gobierno como el que tenemos; y lo mismo un hombre. Básicamente, lo que es imposible
para un sexo es imposible para el otro. Pero las mujeres están en un gran
peligro de hallarse atrapadas, porque van a ejercer el poder de sus
calificaciones otorgadas en un mundo de hombres, donde los hombres ostentan
virtualmente todo el poder. Se podría esperar, por ejemplo, que una mujer que
realizara investigación biológica dirigiera sus esfuerzos hacia los problemas
de las mujeres, menstruación, anticoncepción, etc. Pero, de hecho, ella va a
trabajar en un marco previamente establecido por los hombres y, por lo tanto,
creo que, en una situación muy delicada si ella no quisiera servir
exclusivamente a los intereses masculinos. Todo lo cual nos lleva a otra
pregunta, también fuente de controversias en el movimiento de liberación
femenina: ¿las mujeres deben rechazar este universo masculino globalmente o
deben hacer un lugar en él para ellas mismas? ¿Deben robar la herramienta o
cambiarla? Me refiero tanto a la ciencia como al lenguaje y las artes. Todos
los valores están marcados con el sello de la masculinidad. ¿Es necesario, por
lo tanto, rechazarlas por completo y tratar de reinventar algo radicalmente
diferente a partir de cero? ¿O habría que asimilar esos valores, tomarlos y
usarlos con fines feministas? ¿Qué te parece?
J.P.S.: Esto plantea el problema
de si hay valores específicamente femeninos. Me doy cuenta, por ejemplo, de que
las novelas de las mujeres a menudo tratan de aproximarse a la vida interior de
la mujer, y que sus autoras hacen uso de los valores masculinos para describir
realidades femeninas. Hay algunos valores peculiares de las mujeres, conectados
con la naturaleza, la tierra, la ropa, etc., pero estos son valores
secundarios, que no corresponden a ninguna realidad femenina eterna.
S. de B.: Ahí metiste otra
cuestión, la cuestión de la “femineidad”. Ninguno de nosotros acepta la idea de
una naturaleza femenina, pero, ¿no es posible, culturalmente, que el estado de
opresión de la mujer haya desarrollado ciertos defectos en ellas, y también
ciertas cualidades positivas, que difieren de las de los hombres?
J.P.S.: Ciertamente. Pero eso no
significa que en un futuro más o menos lejano, si triunfa el feminismo, esos
principios y esta sensibilidad esta tenga que permanecer necesariamente en
existencia.
S. de B.: Pero si sentimos que
poseemos ciertas cualidades positivas, ¿no sería mejor comunicárselas a los
hombres que eliminárnoslas en las mujeres?
J.P.S.: Es posible, de hecho, que
un mejor, profundo y preciso autoconocimiento pertenezca más a las mujeres y
menos a los hombres.
S. de B.: Dijiste al principio que
solías preferir la compañía de las mujeres a la de los hombres, ¿no es esto
porque, como resultado de su opresión, ellas evitaban ciertos defectos
masculinos? Vos comentaste a menudo que eran menos “cómicas” que los hombres.
J.P.S.: Absolutamente. La
opresión tiene mucho que ver con eso. Lo que quiero decir con “cómico” es que,
en la medida en que un hombre se erige como un hombre común y corriente, llega
a un acuerdo con las condiciones externas que lo hacen realmente cómico. Por
ejemplo, al ver a mi machismo como una cualidad personal y no como el efecto de
la sociedad sobre mí, yo era cómico.
S. de B.: ¿Querés decir que los
hombres son engañados más fácilmente?
J.P.S.: Más fácilmente engañables
y más cómicos. La sociedad masculina es una sociedad cómica.
S. de B.: En términos generales,
¿esto se debe a que todo el mundo está jugando un papel y es completamente
antinatural en estos roles?
J.P.S.: Es así. Acaso las
mujeres, en tanto personas oprimidas, son más libres que los hombres en algunos
aspectos. Su comportamiento está controlado por un menor número de principios.
Son más irreverentes.
S. de B.: ¿Entonces estás de
acuerdo con la lucha feminista?
J.P.S.: Absolutamente. Y
encuentro del todo normal que las feministas no estén de acuerdo entre ellas
sobre todos los puntos, que haya fricciones y divisiones. Es normal para un
grupo que ha alcanzado esta etapa. Pienso, también, que les falta una base de
masas y que su tarea ahora es ganar una. Si esta condición se cumpliera, la
lucha feminista, en alianza con la lucha de clases, podría poner a nuestra
sociedad al revés.